Capítulo 20 #2
Yo: ¿Crees que no veo cómo me ignoras? Más te vale que me cojas el puto teléfono o te juro que me presento en tu puta puerta y mato al bastardo de tu padre. No juegues con mi paciencia, Ania. Es la única advertencia que te voy a dar.
Vuelvo a observar a través de la pantalla; la veo leer el mensaje. Gira la cabeza hacia donde sabe que está la cámara y me saca el dedo del medio. Maldita sea, me está retando.
Yo: Sigues lanzando retos al aire, Tiff. Los acepto todos. Luego no digas que no te lo advertí
La dejo pintarse y vuelvo a mi asiento con el mismo humor de mierda con el que he entrado al baño. Cierro los ojos y trazo un plan para esta noche.
Son las tres de la mañana y me estoy bebiendo una botella de vodka con los chicos en el reservado de siempre; no es que Ania me haya puesto muy difícil encontrarla.
Prácticamente ya ni siquiera uso la app de rastreo para ver si estamos en la misma zona.
Mi chica es más predecible de lo que debería por su propio bien.
La veo bailar con sus amigas, beber y saltar.
Sonríe, pero la alegría no llega a sus ojos.
Sé que me está buscando aún sin saber quién soy en realidad.
Su mente busca pistas de quién puedo ser de esta sala, pero estoy tan metido en la sombra en este reservado que aunque mirara hacia aquí, no vería mi rostro con claridad.
Mis sentidos se ponen alerta cuando veo en la esquina de la barra a un depredador; lo veo en sus ojos.
Mira a mi chica. La mira lascivamente casi sin pestañear.
Ella se gira y se da cuenta de que ese hijo de puta la está mirando y se queda quieta por un momento.
Se fija en él, absorbiendo cada puto milímetro de su rostro.
¿Cree que soy yo? El cabrón le sonríe y ladea la cabeza.
Mi primer instinto es levantarme, pero me contengo.
Ella empieza a caminar lentamente hacia él.
Mi cuerpo se pone en piloto automático: saco mi arma de la espalda y disparo.
La música camufla el tiro, pero Ania ve perfectamente cómo la bala atraviesa el entrecejo del cabrón y se paraliza un segundo antes de mirar hacia donde estamos.
Soy mucho más rápido que ella y doy un segundo disparo hacia el techo, justo al foco que tenemos encima de nosotros.
Nos dejo en la más absoluta oscuridad para que no pueda ver siquiera mi silueta con el hilo de luz que nos estaba dando.
La gente empieza a darse cuenta de lo que ha pasado y los gritos llenan el local.
La gente corre y las amigas de Ania la arrastran fuera a la fuerza, pero ella en ningún momento deja de mirar hacia donde estoy.
Ahora sabe que la observo de cerca y de lo que soy capaz.
Vova tira de mí y nos metemos entre la gente; salimos por la puerta de servicio.
Buscamos el coche y nos vamos a casa. Mi móvil suena. Activo el distorsionador de voz.
—¿No te avisé de lo que pasaría si me ignorabas, Tiffany? —me río escuchando a sus amigas por detrás, alteradísimas.
—¿Por qué? —su voz es apenas un susurro.
—¿Por qué lo he matado? Te miraba como si fueras su puta comida, Ania. Encima ibas hacia él.
—¡Porque pensé que eras tú! Pensé que después de tanto tiempo en la sombra por fin ibas a querer estar conmigo de verdad. —solloza—. ¿Por qué te escondes de mí?
—No me escondo; simplemente no es el momento. Tu vida no es la única que es complicada. Algún día te lo explicaré todo. Te lo prometo.
—Ya no me valen tus promesas, Cosi… Joder.
Ni siquiera sé cómo te llamas. —se ríe mientras sigue sollozando—.
Estoy harta de esto. Has matado a un hombre y ni siquiera me dices por qué.
No quiero seguir esperando cada noche, ¿me oyes?
No quiero seguir con la esperanza de que alguien me quiera de verdad por una puta vez en mi vida y que me decepcione una y otra vez.
Siempre estás ocupado. Nunca es el momento.
Prometes que vendrás y nunca lo haces. Y cuando quiero hacer mi vida, apareces y matas gente. ¡¿Qué coño quieres de mí?!
—¡Te quiero a ti, joder! —ya no me importa que me escuchen los demás.
La estoy perdiendo y estoy aterrorizado por primera vez en mi vida—.
No soy una persona normal, ni vivo una vida normal…
Ni siquiera lo que siento por tí es normal.
Estoy obsesionado contigo; solo pienso en tí todo el puto día.
Quiero besarte, poseerte de todas las maneras posibles.
Quiero que me pertenezcas, que beses el suelo que piso como yo beso el que pisas tú.
Quiero ser para tí lo que tú eres para mí.
¿Crees que es fácil no poder hablar cuando estoy contigo? Nos estoy protegiendo, Ania.
—¿Protegiendo de qué?
Pregunta y no sé qué responderle. ¿De qué nos protejo?
Tengo miedo de que ella sepa quién soy y me rechace; que su padre le cuente mentiras y la manipule como ha hecho hasta ahora y eso haga que huya de mí.
Tengo miedo de que mi vida la consuma, porque es más caótica de lo que está acostumbrada en su casita de cristal.
Porque por muy valiente que sea, la Bratva no es para todos.
La quiero proteger de mi violencia y mi infierno.
Al menos hasta que me ame como creo amarla yo, porque sé que probablemente en algún punto la romperé.
Romperé su corazón y eso solo me llevará a perseguirla y consumirla hasta las cenizas.
Soy el fuego que la hará desvanecerse, como tantas otras cosas que he amado en mi vida.
—¡¿Protegiendo de qué?! —grita espiando la respuesta que aún no le he dado.
—De mí.