Capítulo 20
Un año y medio después del contrato de matrimonio
Me encuentro en Milán. Ha llegado una llamada telefónica del Don de la Cosa Nostra, aquí en el norte, diciendo que quiere una reunión con nosotros.
No sé cómo se reparten las familias este territorio exactamente, pero sé que los dos mandos más altos hasta el momento en la organización son el de Alessandro Brassi, en el norte, y el de Giordano, en el sur.
Con el segundo ya tenemos lazos, pero con el primero aún no.
He escuchado las historias de su frialdad, de su mente violenta y calculadora.
Cosa que no me genera ninguna puta confianza.
¿La razón por la que quiere que nos reunamos?
Ni idea, pero estoy a punto de descubrirlo.
Entro en el edificio en el que se encuentra la empresa de moda con la que Brassi blanquea el dinero.
Camino por el vestíbulo hasta los ascensores y presiono el botón para llamarlo.
Cuando se abren las puertas, me meto en el ascensor con Alexei y Sergei mientras Kolya y Vova se quedan en el coche haciendo la guardia frente al edificio.
No hemos traído muchos hombres porque no los necesitamos.
Llámame arrogante, pero sé de sobra que si pasa algo en este edificio, no seremos nosotros los que sangremos.
El ascensor va subiendo plantas y, antes de encontrarme con el Don, quiero avisar a mi matoncilla.
Saco el teléfono y le escribo a Ania. Le dije que iría esta noche.
Hace meses que no me cuelo en su casa, pero con esto de la reunión se me ha alargado un poco el viaje.
A pesar de necesitar olerla y estar a escasos centímetros de ella, estoy conteniéndome.
Es una chica lista y no quiero que el día que su padre nos presente oficialmente pueda reconocerme.
Ya he tenido que cambiar de colonia para cuando no soy «Cosi» porque ella sabe cómo huelo.
No puedo jugármela con que ella pueda reconocer el olor en la oficina de su padre. Tecleo el mensaje.
Yo: No puedo ir esta noche, Tiff. Se me ha enredado la cosa en el trabajo. Te lo compensaré.
Salgo del ascensor y camino por el pasillo hasta la mesa de la recepcionista, que me sonríe en cuanto me ve. Le clavo una mirada salida directamente del infierno y sus labios se tensan.
— Pavel Volkov. Tengo una reunión con el señor Brassi. —ni siquiera la miro cuando le digo quien soy. La escucho teclear buscándome en la agenda de su jefe—. No tengo todo el día.
— Sí, señor Volkov. Le paso el recado al señor Brassi. Enseguida estará con usted.
Asiento y me separo del mostrador. Escucho como llama por teléfono y le dice a su jefe que he llegado.
Espero que ese cabrón no me haga esperar después de haber sido él mismo quien me ha llamado para venir.
Saco el teléfono de nuevo y veo la respuesta de Ania.
Su mensaje ha llegado mientras hablaba con la recepcionista.
Ania: Sigues siendo una mierda de acosador. Tranquilo, saldré con las chicas.
La bilis me sube por la garganta; ni de coña va a salir sin que yo esté presente. Llamo a Kolya.
—¿Jefe? —pregunta como un buen subordinado por si alguien escucha, aunque hablamos en ruso.
—Coge a Vova y llévate el jet. Va a salir esta noche y quiero que lleve escolta.
—No puedes quedarte solo. —me espeta enfadado—. Es buena soldado; sabe defenderse.
—Es una puta orden. Coge el jet y lárgate. Búscala en cualquier discoteca y manteneos en la sombra. Contrata otro jet para que me espere en el aeródromo hasta que pueda salir de esta puta reunión. Volaré lo antes posible.
—Sí, Pakhan.
La llamada termina justo cuando la puerta del fondo se abre y sale un hombre, no mucho mayor que Alexei.
Viste un traje a medida y se nota que es tremendamente italiano.
Pelo oscuro, barba de tres días bien perfilada y pelo engominado hacía atrás.
Una puta versión moderna de cualquier personaje de De Niro en Once upon a time in America.
El hombre nos mira y de su boca sale una medio sonrisa lobuna que nos pone en alerta a los tres.
Alessandro Brassi nos hace un gesto con la cabeza para que entremos tras él.
Obedecemos por educación y le seguimos. Entro yo primero seguido de Alexei y Sergei que se quedan pegados a la puerta cuando la cierran al entrar detrás de mí.
Alessandro se sienta y me señala con la mano para que me siente en uno de los sillones frente a él.
Mira a los chicos por encima de mi cabeza y sonríe.
—Bueno, caballeros… Bienvenidos a mi humilde oficina. —gesticula a su alrededor con los brazos—. ¿Una copa?
—Si no es vodka, ahórrate el dinero.
Brassi se gira sobre sí mismo un poco más serio que hace unos momentos, vuelca algo de alcohol en un vaso y gira la muñeca dándole vueltas para que el hielo enfríe el líquido ámbar. Me mira y su semblante cambia por completo antes de hablar.
—Has estado moviéndote por mi territorio y armando jaleo. La próxima vez que saques tu pistola en alguna de mis ciudades, te mato.
—¿Así es como vamos a empezar esta conversación? Las amenazas conmigo no te van a servir de mucho; no me amedrento con facilidad.
—Después de matar a tu propio padre, supongo que no te amedrentas con facilidad, no.
Saco un paquete de tabaco del bolsillo de mi chaqueta y, sin dejar de mirarlo fijamente, me enciendo un cigarro. Doy una gran bocanada y dejo salir la sonrisa más siniestra que tengo. Este hijo de puta me ha investigado.
—Dale un par de billetes a tu espía, pero no muchos.
Esa información es completamente pública.
—miro la punta encendida de mi cigarro, queriendo quitarle importancia a mis siguientes palabras—.
Sacarle las tripas al bastardo de mi padre por traicionarme, fue lo más placentero que he hecho nunca, ¿sabes?
En fin, supongo que me has traído aquí evidentemente para amenazarme y sacar algo a cambio… ¿Me equivoco?
—Dejemos las cosas claras, Volkov. Este es mi territorio y aquí todos están bajo mi mando; incluso los cuatro rusos renegados que llamaron a mi puerta pidiendo trabajo. —me mira esperando que esas palabras hagan algo en mí—. ¿Vas a contarme qué cojones haces en mi ciudad?
—Nadie reniega de la madre patria, Alessandro.
Solo buscamos sobrevivir en el mundo y ahora estoy yo aquí para que ningún ruso se sienta desamparado.
Podrán jurar a la Bratva y servir para honrar a los suyos; y solo para que lo sepas, tu territorio me importa una mierda.
Tan solo busco un lugar en el que trabajar tranquilo y descansar mientras dirijo cómodamente mi negocio.
—¿No pensabas presentar tus respetos ante mí? —su egocentrismo me está dando ganas de cortarme las putas venas—. Todo esto es mío y tienes que tener permiso para vivir aquí.
Lo último que quiero es vivir en esta puta ciudad donde todos los hombres de la mafia son como él: snobs de mierda que te miran por encima del hombro si no llevas puesto el traje adecuado para su mente, si no fardas de coche, o si tu anillo no es lo suficientemente brillante.
Pero no tiene por qué saber la verdad de lo que hago aquí.
Está nervioso porque cree que vengo a quedarme mientras solo he venido a crear lazos con algunos puntos de transporte en esta zona, y ni siquiera es con los italianos.
—Bonito discurso de jefe de la mafia italiana.
¿Lo practicas cada mañana frente al espejo?
—me echo hacia delante en la silla—. Me importa un carajo tu permiso, Alessandro Brassi.
No reconozco tu puta autoridad; viviré aquí o volaré toda tu maldita ciudad por los aires.
Has investigado lo suficiente para saber que no estoy de puto farol.
—vuelvo a echarme hacia atrás en la silla para apoyarme en el respaldo—.
Ahora podemos hacer negocios o comenzar una jodida guerra. Tú decides.
Media hora después, salgo de la oficina del Don de la Cosa Nostra con un contrato y un nuevo socio.
Es un puto hueso duro de roer, pero no hay persona en la faz de la tierra que resista un pulso verbal conmigo.
De hoy en adelante, cada mes haré una entrega de un millón en coca para este hombre.
Este nuevo acuerdo asegura mi prosperidad y la paz entre los nuestros: carta blanca en sus locales y un salvoconducto para campar a mis anchas por Milán.
Lo que no sabe ese hijo de la gran puta es que no me hacía falta ninguna de estas dos cosas para hacer lo que me sale de los cojones por su supuesta ciudad.
He tratado con los suficientes hombres cortados por la misma tijera para saber que es un perro ladrador al que solo hay que silbar y darle un cacho de carne para tenerlo contento.
La coca de buena calidad y a buen precio es el cacho de carne del perro de Alessandro Brassi.
Me abrocho el cinturón del jet y miro a mis chicos. Vamos todos. Al salir de la reunión llamé a Kolya y aún no habían despegado, así que le dije que nos esperaran. Ahora volamos juntos hacia la pequeña matoncilla a la que acoso desde hace tiempo.
Saco mi teléfono y, al ver que Ania no ha dicho nada porque no le he respondido el mensaje, me tenso un poco.
Ya hemos despegado, así que me meto en el baño sin problema para que esos cabrones no me oigan hablar y que así no tengan material con el que meterse conmigo.
Pulso el botón verde y escucho tono tras tono, esperando que me coja el teléfono.
¿Me lo coge? No. Llamo otra vez y otra vez más.
¿Me está ignorando aposta? No me sale de los putos cojones.
Abro la app de la cámara de seguridad y la veo sentada en su tocador, pintándose.
La sangre empieza a hervir en mi cuerpo.
Tiene el teléfono justo delante. Me ha ignorado descaradamente.
Salgo de la app y le escribo un mensaje.