Diamante de sangre y poder (Diamantes de la Mafia nº 4) Capítulo 19
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Capítulo 19

Seis meses después del contrato de matrimonio

Desde que hace unos meses me colé en casa de Ania por primera vez, mi obsesión solo ha ido en aumento.

Ya sé cómo huele, cómo sabe su boca y cómo se siente su piel bajo mis manos.

He sentido en mis huesos el poder que tiene su voz sobre ellos, sobre mis músculos y mis emociones…

En este momento, si ella me pidiera que le diera mi vida, lo haría.

Le daría mi arma y dejaría que me apuntara con ella si es lo que de verdad desea.

Con gusto moriría por un tiro certero de su implacable mano.

La observo mientras duerme. Apenas queda una hora para que amanezca y sé que debería irme, pero no puedo.

No sin antes saber que el sueño húmedo que está teniendo es conmigo.

Anoche llegué de Palermo cuando acababa de quedarse dormida.

Estábamos hablando por teléfono y, mientras ella hablaba, yo la observaba como siempre desde el ordenador.

l entrar la madrugada, su voz se fue apagando hasta que la escuché suspirar y dormirse.

No pude resistirme y en lugar de ir a la casa en la que vivo cuando estoy aquí, fui en su busca.

Ya no tiene seguridad bajo su ventana, así que no me resultó difícil colarme de nuevo, como ya es costumbre.

Su pelo desparramado por la almohada y su braguita sexy me tentaron a despertarla y explicarle, de la manera menos gentil, por qué debe ponerse un pantalón de pijama cuando sabe perfectamente que la veo por la cámara.

Me senté a observarla y me acomodé la polla como cuatro veces; cada maldita vez que se removía en sus sueños.

Hace veinte minutos tenía pensado irme, pero cuando puse un pie en el alféizar para salir, empezaron los gemidos y las palabras sucias saliendo entrecortadas de su boca pervertida Así que aquí estoy, con los celos comiéndome porque no dice mi nombre y con la polla como una piedra porque gime como una puta diosa.

Cansado de esperar, me acerco a ella. Me agacho para quedar cara a cara y la miro fijamente, esperando que diga mi nombre de una maldita vez. Entrecierro los ojos y con mi voz ronca por no hablar durante horas, la amenazo con toda mi ira.

—Más te vale que sea yo quien te esté dando placer en ese sueño, Ania, o te juro que acabaré sabiendo su nombre y trayéndolo a tus pies en una caja.

Pienso despellejarlo, desangrarlo y cortarlo delante de ti, para que lo único que te quede al soñar con él sean imágenes que alimenten tus pesadillas, mi amor.

Eres solo mía; en los días y en las noches, en la consciencia y la inconsciencia.

No importa lo que tenga que hacer para que eso suceda, mataré y mutilaré sin remordimientos.

Así tenga que llevarte conmigo en contra de tu voluntad. Te encadenaré a mí hasta que me ames.

La veo retorcerse. Se mueve por un momento y, muy despacio, vuelve a relajarse contra la almohada.

Agarro la sábana para taparla y su mano sale disparada hacia la mía.

Me agarra por la muñeca con fuerza y me clava las uñas.

No abre los ojos, pero sé que nota que estoy aquí.

En silencio, guía mi mano bajo las sábanas hasta sus bragas.

Está empapada. Su coño está chorreando, gritando para que me meta en él.

Su agarre es implacable en mí. No me suelta mientras gime de nuevo y se frota contra mi mano.

Sus caderas se mueven en un contoneo sensual.

Mi polla salta y me maldigo por no haberme quitado los guantes.

Está dormida, ¿qué coño va a ver de mis manos?

Intento zafarme de ella. O me retiro ahora o me la acabo follando.

Por lo que tiro fuerte y consigo soltarme.

Me giro para irme mientras ella lloriquea por la pérdida de contacto.

Pongo los cannolis de pistacho que le traigo siempre en su mesita de noche y salto por la ventana antes de arrepentirme.

Está amaneciendo y me juego el pellejo si me ven aquí.

Llaman a mi puerta y me resigno a abril los ojos. No he conseguido conciliar el sueño. No puedo quitarme de la cabeza la imagen de Ania montando mi mano, buscando placer.

Me levanto de la cama, me siento en ella y doy permiso para abrir.

Nikolai entra en mi habitación, mira a su alrededor y se acerca al ventanal para correr del todo la cortina.

La luz baña mi cuarto e irrita mis ojos por un momento.

Kolya me mira y suspira; se sienta a mi lado.

Le doy un golpecito en el hombro a modo de ánimo para que me cuente lo que pasa.

—Hoy es uno de esos días en los que la vida me consume, Pavel. La echo tanto de menos…—no me hace falta su presencia triste para saber que hoy es el aniversario de la muerte de Katterina, ni tampoco necesito mirarlo de frente para saber que tiene los ojos rojos—. ¿Qué hice mal?

—Lo hemos hablado muchas veces, Kolya. No es tu culpa, nada de lo que pasó lo es.

—intento animarlo, pero mi propia garganta empieza a cerrarse—.

Joder, esto es una mierda. Yo tampoco puedo superar esa noche.

No puedo borrar de mi mente ni su presencia ni tu reacción.

Fue la peor experiencia de mi vida, Kolya…

—Al menos te tengo a ti y a los chicos. No habría sobrevivido sin vosotros.

—traga con fuerza—. Voy a tatuarme su nombre.

Quiero un recordatorio de las veces que la cagué.

Quiero que ella sepa que la amo, si es que me está viendo desde alguna parte; que no la olvido aunque no la nombre.

Que no es que quiera ocultarla; es que no puedo decirlo.

Cada letra es como un corte ácido en mi alma… Mierda, necesito una copa.

—Llamaré a Vitale a ver si conoce un buen tatuador aquí. —miro mi reloj—. Te diría de desayunar con una buena copa, pero, por la hora que es, pasemos a la comida y pensemos qué hacernos para recordar a nuestra pequeña flor.

Me levanto de la cama y dejo que Niko se adelante.

Me ducho rápido y hago una llamada a mi tatuador en Palermo.

Tiene un par de contactos de confianza por esta zona así que me va a pasar los números para que yo mismo elija.

Me pongo algo de ropa cómoda sabiendo que hoy no tengo nada que hacer y que será un día largo en esta casa.

La muerte de Katty es algo que nos persigue a todos y Nikolai tampoco nos facilita el trabajo.

Tenemos que controlarlo durante unos días porque no queremos que recaiga en sus adicciones.

Controlamos muy bien el alcohol, pero sé que lo que más le llama es la cocaína.

Por lo que extremamos las precauciones con él: no dejamos que participe en ninguna misión en la que haya drogas y, cuando salimos de noche, siempre vigilamos a nuestro alrededor.

No es que no confiemos en él; tiene las cosas muy claras, pero un adicto no deja de serlo jamás…

Solo queremos facilitarle la vida. No quiero tener que volver a encerrarlo en el sótano como hacía cuando se ponía violento porque no le dejábamos consumir.

Antes de salir de la habitación, echo un vistazo y veo la ropa que usé anoche.

Un escalofrío me recorre y mi polla me recuerda que sigue vivita y coleando en mis pantalones; que bajo ningún concepto va a olvidar la imagen que vi y que tendré que masturbarme hasta el infierno para poder empezar a relajarme.

Sin pensarlo dos veces, me acerco a la silla donde suelo dejar lo que me quito y guardo los guantes en la mesilla de al lado de mi cama.

El olor de su coño es algo que no pienso lavar de mi ropa, no hasta que se impregne en mi polla.

Después de la comida, llevo a los chicos al estudio de tatuajes del amigo de Vitale.

Pues Tras haber visto los trabajos de los dos tíos que me mandó…

nos decantamos por este. Aparco el coche en la calle de atrás y nos dirigimos por el callejón hacia las puertas de cristal.

Me toco la pistola para cerciorarme de que sigue en su sitio, por si la necesito, y recuerdo que tengo el móvil en el bolsillo.

Ania me ha mandado un par de mensajes, pero no le he respondido aún; Kolya necesitaba mi atención.

En cuanto entramos al estudio, dejo que estos cabrones vuelvan loco al tatuador y me siento en la silla más alejada de la puerta. Desbloqueo mi teléfono y leo.

Yo: Anoche soñé contigo. ¿Has estado aquí? Mi habitación huele a ti…

Paso al siguiente mensaje con una sonrisa pícara en la cara. Ya sé que soñaste conmigo, cariño… Montaste mi mano como una profesional.

Ania: ¡Claro que has estado aquí! Gracias por los cannolis. Son mis favoritos.

Desde hace un tiempo, cada vez que puedo le llevo una caja de cannolis de pistacho.

Me estuve fijando que, siempre que comía algo entre comidas, era eso.

Opté por llenar sus pensamientos y satisfacer sus antojos.

No tengo más mensajes en la bandeja del teléfono y son las cinco de la tarde.

Esos eran de por la mañana y estoy extrañado; normalmente cuando no contesto, me acribilla a mensajes. Tecleo.

Yo: Buenos días, Tiff. Anoche estuve ahí, te vi dormir y te vi gemir. Exijo que me cuentes qué soñabas mientras me agarrabas la mano y te restregabas en ella para correrte. Mi guante huele a tu coño. Los cannolis son para que repongas fuerzas.

—¿Vas a estar con el móvil todo el puto día? —Kolya me ladra desde el sillón de tatuajes.

—Acabo de coger el teléfono, Nikolai. Tenía que responder unos mensajes. —respiro profundamente porque no quiero empeorar el día de hoy—. Tranquilízate.

—Siempre es el teléfono, o que te vas de noche o lo que sea que tenga que ver con ella, hijo de puta. —cada vez está más enfadado.

Me levanto de la silla y me acerco a él con una calma letal.

Intento relajar mis músculos. Sergei y Alexei se ponen de pie detrás de Kolya por si hay que agarrarlo, y Vova, a un lado.

Todos sabemos que con Katty se vuelve incontrolable.

El tatuador se queda quieto con los ojos muy abiertos; rueda con la silla hacia atrás, separándose de nosotros. Puede notar la tensión.

—Escúchame, Nikolai. Lo que haga con mi tiempo no es tu puto problema. No voy a pelear hoy contigo. No es el día, pero no me toques los putos cojones.

—No es mi problema hasta que olvidas a mi hermana, ¡en el único día que tienes que pensar en ella!

Eres un bastardo. Cambias a Katterina por una puta italiana a la que ni siquiera le puedes decir que eres tú.

¿Merece la pena mover toda tu vida y gastar todo tu dinero por ella?

—se levanta del sillón de tatuajes y se planta cara a cara frente a mí.

—Ya nos hemos peleado muchas veces por Katty, Kolya.

Hoy no será una de ellas. —pego mi frente a la suya aunque soy un poco más bajo que él.

— Solo ten clara una cosa. Amaba a Katterina más que a ninguna otra, pero jamás como ella quiso que lo hiciera.

Y jodidamente tú te opusiste a eso cada día.

No sé a qué cojones viene esta mierda. Si vuelves a hablar de mi vida de esta manera, te juro que te mando a Rusia con Karsov.

—le hago una señal—. Jamás olvidaré a Katty, Nikolai.

Vuelve a sentarte para que el hombre pueda terminar el tatuaje con su nombre.

Su cara es impasible; está enfadado y al borde de estallar. Los chicos están de pie a nuestro alrededor y no sé en qué momento ha desaparecido el tatuador.

Mi móvil pita con un mensaje. Kolya mira a la mano con la que sujeto el teléfono y empieza a respirar rápido. Da un paso atrás; cerrando los ojos, se lleva las manos a la cabeza y se sienta en el sillón. Al ver que no está el que le hace el tatuaje, nos mira a todos.

— Sueño con ella cada noche desde que murió.

Oigo su risa y su voz… Luego aparece él y todo se vuelve oscuro.

La oigo gritar y suplicar que la deje ir.

El fuego consume mis sueños y no puedo hacer nada.

No puedo ayudarla. La dejé sola y murió porque no estaba allí para salvarla.

—es la primera vez que Nikolai nos cuenta esto.

Me acerco a él, igual que el resto de los chicos, y nos quedamos por un momento junto a él, mostrando nuestro lado vulnerable ahora que no hay nadie a nuestro alrededor. Definitivamente, esto tenemos que arreglarlo. No sé cómo y no sé cuándo… pero tenemos que hablar de esto. No puede vivir así.

Cuando veo que Kolya vuelve a respirar con normalidad y está menos tenso, miro a Vova y asiento. Se aleja unos metros de nosotros y llama al tatuador.

—Sal de dondequiera que estés, cabrón. Acaba el puto tatuaje para que pueda irme a beber una jodida botella de vodka.

—mira a su alrededor y al no verlo, sale a la puerta de atrás.

Un minuto después entra con el tatuador de la oreja—.

Es la última vez que te vas sin permiso, ¿me oyes?

Acaba el puto tatuaje. O vendré esta noche con tres kilos de C4 y volaré este estudio contigo dentro.

Y créeme cuando te digo que destrozar media calle es una simple acción colateral para mí.

Me río con las palabras que Vova le dedica al pobre muchacho, me siento de nuevo y veo el mensaje de Ania.

Ania: No sé si prefiero que me trague la tierra o matarte. ¿Me has dejado montar tu mano en lugar de a ti? En fin, tú te lo pierdes, Cosi. Hoy usaré la mía, atento a la cámara

Maldigo en todos los idiomas que sé. Definitivamente me voy a masturbar como el infierno viéndola meterse los dedos en su pequeño show privado.

Me vuelve loco y lo sabe. Sabe que me tiene comiendo de su puta mano, jodidamente a sus pies.

Me recoloco la polla en los pantalones y espero mi turno para tatuarme mi visión de Katty.

Un tacón rojo por los zapatos rojos del Mago de Oz.

Su canción preferida era de esa película.

“Over the rainbow”: nuestra señal para saber que estábamos cerca el uno del otro.