Capítulo 18
Dos meses después de firmar el acuerdo de matrimonio
Estoy detrás de mi ordenador, mirando en la pantalla cómo Ania se peina frente al tocador de su habitación sin tener ni idea de que la estoy observando.
En cuanto accedí a este matrimonio de conveniencia con mi chica ya no tan misteriosa, hice que Vova activara un perímetro de seguridad alrededor de la casa de los Giordano, llenándolo de cámaras para poder ver qué es lo que pasa en su vida.
Su padre me importa una mierda, pero ella…
Lo malo de las cámaras que ha conseguido Vova en el último momento es que no son de muy buena calidad y los micrófonos apenas se oyen; no son de alta tecnología como las que usamos en Palermo.
Últimamente si quiero escucharla, cosa que estoy queriendo con bastante continuidad, simplemente la llamo con el distorsionador de voz y me tumbo en la cama mientras me cuenta cualquier cosa.
Ya sabe que conozco su identidad, así que no se molesta en esconder secretos.
Me ha hablado de su familia, su rutina —aunque ya la sé— y de lo mucho que se aburre en esa casa.
Después de escuchar todo lo que me cuenta, me parece jodidamente normal que quiera salir de su casa a hurtadillas cada día.
Pero con la rutina de entrenamientos que le pone su padre y los estudios, apenas le da tiempo a nada; solo sale los días de mercado para comprar fruta a esa señora.
Me dijo que había tenido sospechas de que era familia de su madre, pero que después de investigar un poco más a fondo, resultó que su madre nunca había tenido familia aquí.
Luego simplemente le cogió cariño a la anciana y la sigue visitando cada día para comprarle fruta y darse un paseo.
Veo a Ania cogerse una cola y después trenzar el pelo que le cuelga.
Mira hacia la puerta y se levanta para abrirla.
¿Han llamado? Putos micrófonos de mierda…
Gira la llave y cuando la puerta se abre, aparece ese guardaespaldas que hace de padre de cara a los demás.
Arturo Leone entra en su cuarto sonriendo y se sienta a los pies de su cama mientras ella vuelve a la silla de su tocador.
Los veo hablar, pero las cámaras no me dan nada para jugar.
Ella niega con la cabeza poniéndose las manos en la cara.
Él se levanta, la coge por el brazo para que ella haga lo mismo y la abraza.
Mi corazón se acelera aunque sé que no tengo nada de qué preocuparme con ese tío.
Es como un padre para ella, pero… ¿qué hay de lo que él siente?
De eso no puedo estar tan seguro y definitivamente no me gusta que la toque así.
Después de un rato consolándola por lo que sea que le pasa, sale de la habitación y ella vuelve a cerrar con llave. Es algo que no entiendo. ¿No se fía de su propia familia? Levanto el teléfono y la llamo.
—¿Por qué lloras, preciosa? —reprimo por un momento llamarla malysh, eso descubriría mi nacionalidad y definitivamente no queremos eso.
—Hoy es el cumpleaños de mi madre. Una vez más recuerdo que maté a la única persona que podría haberme amado de manera diferente. Arturo quiere quedarse conmigo, pero le he dicho que vuelva a su habitación. Es su día libre y yo no tengo ganas de salir.
—Ma… —casi la cago llamándola malysh—. Cariño, tú no mataste a nadie.
Son cosas que pasan. Estoy seguro de que tu madre habría dado la vida por ti de igual manera si lo hubieras necesitado, Ania.
Quiero que deseches esos pensamientos de tu cabeza.
Hoy te has levantado demasiado hermosa como para esto.
—¿Me sigues espiando? —se ríe por fin y se asoma a la ventana. Mira a todos lados hasta que da con la cámara del árbol frente a su ventana—. Oh, qué malo eres, Cosi.
—¿Cómo sabré que el hijo de puta de tu padre no te meterá en otro lío y no volverás a una misión como la de la otra vez, si cuando lo haces no me contestas los mensajes? Habéis sido tú y tu comportamiento los que habéis hecho que tenga que ponerte cámaras, Tiffany.
—Ah, sí. Cúlpame a mí de tus obsesiones pervertidas. —se calla por un momento y mira a la cámara con los ojos abiertos—. ¡¿Me espías mientras me cambio de ropa y estoy desnuda?!
Empiezo a reírme cuando le saca el dedo del medio a la cámara y cierra las cortinas… Mierda. Me hago la nota mental de que tengo que arrancarlas.
—Más te vale descorrer esas cortinas, Ania. Te juro que iré yo mismo a arrancarlas si no lo haces.
—Que te jodan, Cosi. ¿O debería llamarte Chucky? Parece que me rondas y quieres ser mi dueño, y ya que me llamas Tiffany como a su novia…
—Chucky mató a Tiffany, Ania. Y por muchas ganas que me den de ahogarte con la almohada, no lo haré. El día que te ahorque será cuando te esté follando tan duro que no sepas si en realidad vas o vienes del infierno al que pertenece esa puta boca sucia que tienes.
La veo abrir la cortina despacio y mirar a la cámara con la cara roja como un tomate.
—¿Eso es vergüenza? Oh, creo que es la primera vez que consigo que te quedes sin palabras.
Aleluya. Te diré que verte sonrojada me la pone tan, pero tan dura, Ania…
que creo que cada día te diré lo mucho que me apetece follarte en todas las posiciones para poder ver cómo te sonrojas cada puta vez.
Hablamos esta noche, Tiff. Piensa en mí.
Cuelgo el teléfono y disfruto de la cara de sorpresa que sigue poniendo. Es tan jodidamente emocionante encontrar algo que por fin la deje fuera de lugar… Mierda, voy a tener que masturbarme para bajar la hinchazón que tengo ahora mismo en la polla.
Son las tres de la mañana. Dejo el coche aparcado a un lado de la carretera para poder adentrarme en el bosque que rodea la mansión Giordano.
Apago mis propios sensores para que no den alarma en mi teléfono ni el de los chicos.
No son tontos; seguramente ya saben que he venido a rondar, aunque tampoco vamos a confirmarles ninguna puta información.
Sigo caminando hasta la última fila de árboles antes de la verja, miro mi reloj y espero al cambio de turno de los soldados.
En cuanto veo que el último entra por la puerta, me agarro al hierro y salto la valla.
Corro hacia el muro de la casa y me pego a él.
Me cercioro de que, efectivamente, sigue sin haber nadie.
Tengo dos minutos más hasta que los del segundo turno salgan por la puerta.
Desde las cámaras he visto que puedo colarme por su ventana como lo hacía por la de Katty cuando era niño.
Mierda, mi chica favorita… Sé que estaría riéndose de mí en este momento por el cuelgue tan loco que tengo con esta chica.
Incluso me animaría a seguir con lo que estoy haciendo…
Puedo escuchar su voz en mi cabeza: «Vamos, lobito.
Trepa como siempre y enséñale a esa chica que no hay nada mejor que tener a un Volkov entrando por su ventana».
Me río para mí mismo y empiezo a trepar tan rápido como puedo.
Escucho voces y, en el último momento, un pie se me resbala cuando voy a alcanzar el alféizar.
Estoy a punto de caer cuando ella sale y me agarra el brazo.
—Ni eres tan silencioso como crees ni tan ágil como pensabas. Definitivamente, tendré que suspenderte la parte del factor sorpresa como acosador. —me ayuda a entrar a su habitación dando un salto y le gruño por lo bajo—. ¿Se puede saber qué haces aquí? Joder, sí que eres alto…
Me acerco a ella y la arrincono contra la pared.
Le agarro el cuello y me dejo llevar por el sentir de su piel bajo mis dedos enguantados, maldiciendo por no poder hacer piel con piel, aunque eso pueda descubrirme.
Su pulso acelerado apacigua el mío. No como su respiración caliente cerca de mí, que aumenta mi obsesión por absorber cada puto resquicio de aire que sale de ella.
Todos los poros de mi cuerpo gritan con la necesidad de contacto, un contacto duro y posesivo que no puedo permitirme en este momento.
Su cara se aprieta pensando que voy a hacerle daño.
Automáticamente, le suelto el cuello y me flexiono un poco para que su frente y la mía se junten.
Un calambre tortuoso me recorre la columna y no lo soporto más; me subo el pasamontañas hasta que mi boca está al descubierto.
Por fin, después de casi un año, la beso.
La beso sin contenerme, duro y rápido. Le muerdo los labios absorbiendo su sabor, chupo su lengua y juego con ella.
La oigo gemir un solo segundo; lo suficiente para que mi polla empuje el pantalón, buscándola.
Ania agarra el pasamontañas. Sin saber las intenciones, no puedo hacer otra cosa que tensarme y alejarme de ella mientras respira entrecortadamente.
Reconozco que me cuesta no tirarla de espaldas contra el tocador y follarla en este mismo momento.
Lleva el pijama más corto que he visto en mi vida y el hecho de que no deje nada a la imaginación no me facilita parar.
Esta tarde, después de esa llamada que me dejó tan jodidamente caliente, decidí que necesitaba verla. Sabía que no podría hablar con ella con mi propia voz, así que me las tendré que arreglar sin dejar de mandarle mensajes. Tecleo y envío.
Yo: No es que sea poco silencioso, Tiff. Es que llevas mirando a la cámara todo el tiempo, asomada a la ventana. Si quisiera esconderme de ti, hubiera entrado al recinto por otro lado. Te advertí sobre las cortinas.
—¿En serio? No vas a hablar conmigo… —ladea su cabeza mientras me mira—. Así que temes que te reconozca…
Me encojo de hombros, me giro y agarro las cortinas. Tiro con fuerza arrancándolas de una sola vez; el palo que las sostiene cae al suelo y hace un ruido estrepitoso. En menos de treinta segundos, Arturo está aporreando la puerta de Ania.
—¿Princesa? —lo escucho llamar de nuevo—. ¿Qué ha sido ese ruido? Ábreme la puerta ahora mismo o la tiro abajo.
Ania abre los ojos como platos y me agarra del brazo empujándome hacia la ventana.
Cuando mira por ella, ve a todos los guardias que han empezado el segundo turno.
Está muy nerviosa pensando que nos han pillado.
Me mira con angustia y eso hace que mi interior se caliente.
¿Está preocupada por mí? Oh, mi preciosa Tiff…
No sabe que el único peligro para mí es ella misma.
Me vuelvo a levantar el pasamontañas y mientras la beso de nuevo sigo escuchando a Arturo al otro lado.
Corto nuestro beso y me meto bajo la cama, como el monstruo que acechará sus noches por el resto de su vida.
Pone los ojos en blanco, gesticulando un «¿en serio? », y abre la puerta.
—¿Por qué has tardado tanto en abrir? —Arturo entra en la habitación—. ¿Qué cojones ha pasado con las cortinas?
—Las estaba echando de mala gana. Creo que he tirado más fuerte de la cuenta…
—¿Y por qué, si puede saberse?
—Esos hijos de puta de ahí abajo están mirando hacia mi cuarto continuamente. No voy a dejar que me vean el culo.
—¿Que han hecho qué? —lo escucho furioso—. Están jodidamente muertos. Vuelve a acostarte; lo solucionaré. Mañana te las pondré de nuevo.
Le agarro el pie a Ania sin que Arturo se dé cuenta, dando una advertencia silenciosa, y ella da un respingo con el tacto de mis guantes.
—No, no las pongas. Sabes que me gusta la luz. Solo haz que no ronden bajo mi ventana. Odio que estén aquí; me siento observada y cohibida.
Maldita manipuladora… Esas dos últimas palabras sé que van por mí, pero no dejaré de observarla ni después de muerto.
—Está bien, mi amor. Vuelve a la cama. Voy a solucionar esto ahora mismo.
—Gracias, papi.
—Harás que tu padre se enfade, Ania. Ten cuidado cuando me llames así. Te quiero. —le da un beso y se marcha.
Salgo de debajo de la cama cuando oigo cómo echa el pestillo de la puerta. Me tumbo en su cama con las piernas estiradas y las manos detrás de la cabeza. Ania me observa fijamente con la mano en el corazón y me fulmina con la mirada.
—Estás loco… Podría habernos pillado si no tuviera la jodida puerta cerrada siempre —me encojo de hombros—. Ya lo sabías, ¿no? Bien, ahora espera a que esos gilipollas de abajo se larguen y márchate. Tengo entrenamiento mañana y quiero dormir.
Se sienta a los pies de la cama, mira mi ropa y suspira. Llevo pantalones cargo, camiseta negra, pasamontañas, guantes y botas de combate.
—Eres un soldado… —asiento. — ¿Debo temer por mi vida? —niego— Vale, márchate antes de que Arturo quiera hacer guardia él mismo ahí abajo.
Gruño para que sepa que no me gusta ni un pelo lo que acaba de decir.
Escucho voces abajo y veo como su guardaespaldas le da con una barra de hierro en la espalda al último soldado que queda abajo y luego sale tras él para que se vaya.
Esta maldita mentirosa ha conseguido quitar la guardia de su ventana y facilitarme volver...
Sonrío. Es el momento. Me subo el pasamontañas, le doy un beso furtivo y salto por la ventana.
Mis tobillos se quejan por el golpe en el suelo, pero no hago caso y corro hacia la valla.
La salto y cruzo el bosque hasta llegar a mi coche.
Respiro con fuerza, recuperándome de la carrera y de su boca.
Una carcajada incrédula sale de mi pecho.
¿La he besado por fin? Asiento, aprobando lo que acaba de ocurrir y activo de nuevo las seguridad que le puse para poder volver tranquilo a casa.
.