Diamante de sangre y poder (Diamantes de la Mafia nº 4) ​​Capítulo 16
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​​Capítulo 16

Llego al hotel en ruinas que “alquilé” para mis negocios temporales en Catania y hago un barrido con la vista para controlar que todos mis hombres estén en sus puestos para esta noche.

Mañana por la mañana se hará el gran envío de armas al noreste de Italia y nos toca hacer recuento, supervisar que estén todas en perfecto estado y corroborar que no hay errores con el inventario.

Una vez que veo y saludo a todos mis hombres, me siento en la mesa del fondo y saco mi ordenador para empezar a trabajar.

Sé que puede parecer agotador el parase con cada persona del equipo, pero me gusta saber con quién trabajo y que me vean como a uno más.

Mi teléfono vibra con el sonido de aviso de que Ania se ha conectado a la misma torre telefónica que yo.

¿Dónde cojones va? Estamos en medio de la nada.

A mi alrededor solo está este hotel, unas cuantas naves y una gasolinera.

Me dijo que iba a salir, pero… Saco el teléfono y le escribo rápidamente.

Yo: No sé dónde ni con quién cojones vas, pero más te vale volver de una pieza, Tiffany. O me colaré en tu casa y te mataré con mis propias manos.

Me enciendo un cigarro y empiezo a observar a todos mis hombres mientras trabajan, deseando que alguno la cague para sacar mi pistola y disparar a alguien. Espero diez minutos antes de empezar a blasfemar de todas las maneras inimaginables y volver a coger el puto teléfono.

Yo: El puto juego de ignorarme solo va a empeorar las cosas, Ania. Y te aseguro que cuando te encuentre, te haré pagar cada segundo que no contestes. Habrá placer, pero también dolor. No juegues con mi paciencia.

La noche empieza a caer y sigo sin tener señales de vida de ella.

Dos putas horas aquí metido con todos estos bastardos sin una puta respuesta a mis mensajes.

¿Qué es tan importante como para no contestar?

Ya estaba suficientemente enfadado esta mañana con la mierda esa de que no doy miedo.

Ni siquiera encontrar y matar a ese bastardo me ha aliviado la ira.

Y ahora esto… ¿A qué cojones está jugando?

Tengo intención de llamarla justo cuando Nikolai se acerca con cara de problemas.

—Los números no encajan. Faltan medio centenar de AK-47 y doce lanzagranadas. —baja la voz y se acerca a mí—. Se está corriendo la voz de que no estás muy activo últimamente, Pavel. Nos están tanteando.

—¿Tenemos sospechas de quién ha sido? Dudo que sea cosa de Romanov. ¿Quién ha traído las armas hasta aquí? —veo que baja la mirada por un momento—. Dilo.

— Fabrizio.

Siento cómo mis fosas nasales se abren como si fueran las de un toro y cómo mi cara empieza a calentarse.

No me hace falta mirarme a un espejo para saber que estoy jodidamente rojo de la ira.

No solo falta a su palabra en los negocios y me hace perder dinero, sino que también tiene los cojones de robar parte del cargamento con el que ya de por sí cobra bastante dinero…

Es una rata sin palabra, un mal hombre. Nos ha engañado a todos, incluyendo a su familia.

Debí darme cuenta de la clase de hombre que era cuando hizo negocios conmigo a espaldas de su padre, su capo.

—¿Lo quieres muerto? —me pregunta Nikolai.

—Sí, pero primero haz que se arruinen todos los negocios donde él tenga mano.

Luego corre la voz de que le gusta el juego y la droga, para que nadie quiera hacer negocios con él.

Respecto a los rumores, corta las lenguas de los que hablan.

Y las manos de los que roban, córtalas y clávalas en la pared. Que vean que Drácula nunca se fue.

—Sí, Pakhan.

Nikolai vuelve a su lugar con los demás y yo vuelvo a centrarme en el ordenador.

Mi móvil suena. Por fin, por fin responde a mis putos mensajes.

Enciendo la pantalla y me quedo un poco sorprendido.

Debe de estar fallando la aplicación de rastreo que instalé.

Antes marcaba que Ania estaba cerca y ahora me marca el punto de ubicación justo encima del mío; dice que está aquí.

Eso es imposible. Meto de nuevo todos los datos y antes de que la búsqueda finalice para corroborar el resultado, los hombres empiezan a gritar.

Setenta rusos gritando es un jodido dolor de cabeza.

Empiezan a disparar hacia todas partes y en menos de un minuto mis cuatro hombres de confianza están cubriéndome las espaldas.

Armas en mano, empezamos a avanzar hacia la bulla, viendo cómo mis hombres van cayendo como sacos de harina.

A medida que avanzo, mi teléfono sigue pitando con más intensidad.

Veo al tirador y levanto mi arma. Estoy a punto de apretar el gatillo cuando me fijo en su cuerpo: en la curva de su cintura, en su culo respingón, en su manera de caminar…

y me quedo petrificado. Reconocería ese cuerpo en cualquier lado.

Me he pasado horas imaginándolo entre mis manos. Mierda.

—¡No disparéis! —grito en ruso. — ¡Qué nadie dispare, joder!

Nadie parece escucharme y siguen los disparos. Ella se va cubriendo con lo que puede sin dejar de disparar. Mi aire se corta y automáticamente empiezo a disparar a todos los hombres bajo mi mando que están apuntando a Ania con sus armas. Uno de ellos le alcanza una pierna y la hace caer.

—Mierda, disparad a todo el que vaya a por ella. —les digo a mis amigos.

—¿Quién es? —Sergei me hace la pregunta totalmente desconcertado—. ¿Es ella? Oh, joder. Es un puto soldado, Pavel. Tienes que matarla. No podemos fiarnos.

Me giro rápidamente y le pongo la pistola en la sien.

—El único que va a morir hoy eres tú, Sergei. Si vuelve a amenazar su vida, estás muerto. —miro a los demás—. Abatid a todo el que la tenga a tiro.

En cuanto me giro para volver a ver dónde o cómo está, me doy cuenta de que ha huido.

Miro a mi alrededor y veo la cantidad de hombres en el suelo.

La cantidad de hombres que ella ha matado, sola.

Me fijo en algo que brilla en el suelo, me acerco y me agacho a cogerlo.

Una carta metálica con un ojo apuñalado en el centro.

Me fijo mejor en el puñal del dibujo, F.G.

Mi alma parece salir de mi cuerpo. Ella es una soldado y esta es una advertencia de la familia para la que trabaja.

Los Giordano. Es la carta que dejan como advertencia de muerte.

Lo vi en el informe que me entregó Romanov de ellos.

Marco el teléfono de Fabrizio, da tres tonos y descuelga.

—¿Pavel? Son las dos de la mañana…

—Cállate. Te juro que haré de tu vida un infierno, Fabrizio.

No se jode con la Bratva. No se jode con Pavel Volkov.

No solo me has hecho perder dinero, me has robado y me has tendido una trampa…

sino que mandas a una mujer a matarme. Estás acabado, hijo de puta.

—voy a colgar, pero no puedo contenerme y antes de hacerlo le espeto—La mujer está herida. Más te vale atenderla bien.

Cuelgo la llamada antes de que me conteste y camino por la sala ensangrentada y llena de cadáveres. Miro todo lo que ha pasado en menos de diez minutos y me llevo las manos a la nuca.

—Limpiad este desastre; nos vamos a casa. Necesito un trago.

Una hora después recibo un mensaje de Ania que ni siquiera abro. Directamente la llamo a través de una aplicación de distorsión de voz para que no pueda reconocerme si alguna vez nos cruzamos, antes de que decida llevármela para siempre. Descuelga al primer toque.

—¿Cosi? —su voz, aunque agitada, es como un sedante para mi enfado, pero no lo suficientemente fuerte para calmar mis demonios.

—¡Es la última puta vez que te metes en una jodida misión suicida como esta! ¿¡Me oyes?! ¿¡En qué cojones estabas pensando!?

—¿Qué? —se queda en silencio un momento— ¿Me estás espiando? Joder… ¿Cómo sabes eso? Mira yo, yo no soy una chica normal, Cosi. Estoy entrenada para esto; puedo defenderme. Ya has visto que he salido viva de ahí. ¿Dónde cojones estabas tú? Podrías haber venido a ayudar…

—¡Me sudan los cojones para lo que estés entrenada, joder!—no puedo dejar de gritarle.— ¡Te han pegado un puto tiro en la pierna!

—Mira, no me importa. No es la primera vez que recibo un disparo. Estoy bien y esta es mi vida. No puedes cambiarme por mucho que me acoses o por mucho que nos divierta esta mierda de tira y afloja.

—Me perteneces; te lo advertí. No me importa lo que seas o lo que hagas. Solo mantente sana y salva de una puta vez, joder.

Le cuelgo antes de quedar como un jodido neandertal de manual, termino mi cuarta copa de la noche y me meto en la cama. Me llega un mensaje.

Ania: Por muy cachonda que me ponga tu territorialismo, eres un gilipollas. No vuelvas a gritarme en tu puta vida.

Me quedo rígido por un momento; tiene razón. No importa lo frustrado que esté o lo enfadado y aterrado que me sienta, eso no es ninguna excusa para hablarle como lo he hecho. Le respondo y me duermo.

Yo: Tienes razón, lo siento. Pero si vuelves a poner tu vida en peligro, seré yo quien haga que te desangres.

Hace dos días que ocurrió el incidente de la noche de recuento de armas.

La noche en la que Ania irrumpió y mató a decenas de mis hombres sin apenas pestañear.

Dos días desde que apareció como si fuera el mismísimo diablo a las puertas del infierno desatando el caos en la sala y en mi cabeza.

Me enfadé tanto cuando la vi allí y, a la vez, me puso tan jodidamente cachondo todo lo que la vi hacer: la sangre, el sigilo con el que se coló burlando mi seguridad, la manera de moverse y de disparar.

Es un puto espectáculo en todas sus facetas.

Ya sabía que era de armas tomar, pero jamás me imaginé hasta qué punto era capaz de llegar.

No me equivoqué al ponerle el apoyo de Tiffany, aunque creo que «pequeña asesina» le vendría mejor.

Los días que han pasado desde entonces son la misma cantidad de días que lleva enfadada conmigo por haberle gritado. Solo contesta mis mensajes para que no la acribille a llamadas. Como ayer, que no respondió en dos horas y ciento treinta y tres llamadas pérdidas después, respondió:

Ania: Eres un puto psicópata. Deja de llamarme, estoy en las curas de la pierna y tampoco tengo interés en hablar contigo. Olvídame.

Ania: Bueno no me olvides, pero estoy enfadada.

Todas sus respuestas a los mensajes son: «sigo enfadada», «estoy bien», «no me duele la pierna», «sí», «no» y «no es asunto tuyo». Es tremendamente irritante a la par que divertido; cuanto más le escribo, más secas son las respuestas y más me hace saber que le queda poco tiempo de enfado.

Estoy al tanto de que mis chicos están haciéndole la vida imposible a Fabrizio después del ataque.

Yo no he podido ir a verlo hasta ahora porque he estado intentando arreglar el desastre junto con Romanov.

Detengo el coche en la puerta de la casa Giordano y me bajo.

Sus hombres deben estar enterados de la masacre porque empiezan a ponerse nerviosos.

No hay ni rastro del viejo. Fabrizio tenía que saber que vendría hoy, si no, no lo hubiera hecho salir de aquí.

Irrumpo en su oficina con Sergei y Alexei detrás.

Lo encuentro tomando una copa en su asiento, sintiéndose alguien importante.

Voy a matarlo y a empalarlo en su puta verja como hice con mi padre.

Fabrizio se levanta con las manos en alto, pidiéndome clemencia sin palabras.

Me saco el cuchillo y se lo pongo en el cuello.

—¿Por qué? —le pregunto.

—Lo siento, lo siento, joder... Me enfadé. Fue un error. No me mates. Podemos arreglarlo; te rebajo las rutas.

—Ya no quiero tus putas rutas. Nuestros negocios se han roto. Estás acabado.

—Espera, espera. Te ofrezco un trato.

—Dudo que tengas nada ventajoso para mí en tu poder. —jugueteo con el cuchillo en el cuello, bajo su oreja—. Aunque tengo que reconocer que tengo curiosidad por saber lo que ofreces antes de que te saque las tripas y te ahorque con ellas en ese árbol tan bonito de la entrada.

Fabrizio empieza a hablar, pero el teléfono vibra en mi bolsillo y pierdo la concentración por un momento. Devuelvo la mente a lo que estoy haciendo y escucho cómo este cabrón divaga con no sé qué mierda.

—Ve al puto grano. No tengo todo el día.

—Mi hija, te ofrezco a mi hija en matrimonio.

—lo miro fijamente y, por un momento, creo no haber oído bien— Tengo una hija de diecinueve años, muy hermosa.

No sale de casa; siempre está bajo mi seguridad.

Entiende que es mi única hija. No puedo dejarla ir así como así en este mundo en el que vivimos, pero haré una excepción contigo.

—No sabía que tenías una hija. Aun así no estoy interesado en matrimonios, Fabrizio. Ve quitándote la camisa. No quiero manchar tu Armani de sangre. —levanto la vista hacia Fabrizio que está con las manos en alto.

—Por favor, piénsalo —se mete la mano en el bolsillo y me preparo para lanzar el cuchillo cuando veo que saca una foto—. Esta es mi hija. Se llama Ania.

El aire de la habitación se corta; puedo sentirlo.

¿Es su hija? Estoy jodidamente sorprendido y furioso a la vez.

¿Manda a su puta hija a un operativo sabiendo la cantidad de hombres que hay?

O es un puto gilipollas o ella es realmente buena.

¿Por qué me la entrega en matrimonio para salvar su vida?

Fabrizio me mira fijamente esperando una respuesta.

Una respuesta que estoy jodidamente entrenado para dar sin inmutarme; pero, tratándose de ella, no sé cómo hablar sin delatarme a mí mismo.

Miro lo más tranquila y desinteresadamente que puedo la foto. Luego miro a Fabrizio.

—Hecho, hablemos ahora de las condiciones.

El acuerdo con mi ex socio y futuro suegro ha sido un éxito.

Fabrizio me ha dado bastante información sobre su inesperada hija.

Tiene diecinueve años, estudia en casa, es deportista —y escapista, aunque eso último me lo he guardado para mí ya que es una información que me conviene que no tenga—.

Es hija de una sirvienta de la que se enamoró cuando era joven.

La mujer murió al dar a luz. Hemos quedado en que será él quien hable con Ania para darle la noticia, pero que el matrimonio no se llevará a cabo hasta que acabe sus estudios y pueda “vivir” un poco más.

Aunque en esta bonita jaula campestre no sé si vive o sobrevive.

No me extraña que haya encontrado la manera de burlar la seguridad de su padre, cosa que tampoco es muy difícil ya que no tiene sistema de seguridad.

Ahora entiendo que es para evitar hackeos y que nadie descubra que tiene una hija, a la que ha mantenido oculta de la sociedad por su bien.

Llego a casa y le digo a Vladimir que quiero todo el perímetro de los Giordano vigilado. Quiero todo lo que pueda conseguir: cámaras, planos, topos… Cualquier cosa que me ayude a que mi chica esté completamente vigilada.

Qué maldito giro de los acontecimientos, de chica misteriosa a nieta de un capo… Una maldita princesa de la mafia en mis manos.