Capítulo 15
Ania
Me despierto con mi padre aporreando la puerta. ¿Qué hora es? Alargo la mano hacia donde está el despertador; son las ocho y media de la mañana de un sábado y eso solo puede significar una cosa: trabajo.
Me levanto de la cama para abrirle la puerta, siempre cerrada con llave desde dentro. Nunca me ha gustado sentirme indefensa ante cualquiera que pueda entrar en mi habitación, ya sea Cosi o mi padre. Abro la puerta y veo a mi padre excesivamente tranquilo; cosa que no sé cómo tomarme.
—Papá, de verdad que te quiero, pero… ¿las ocho de la mañana, en serio?
—Baja a desayunar. Tengo que encargarte algo extremadamente importante. —suspira con preocupación y esa calma extrema que empieza a ponerme nerviosa.
—Nada de desayuno. Primero cuéntame qué pasa. —lo empujo suavemente hacia la oficina y me siento en el sillón bajo la ventana—. Vamos, suéltalo.
—He tenido un negocio fallido con los rusos a espaldas de tu abuelo. No ha salido como esperaba y ahora quieren nuestra cabeza. —mis ojos se abren de par en par—. Eres mi única esperanza. Nadie te conoce, nadie te espera.
—¿Me pides que los liquide? —asiente con la cabeza— ¿Cuándo?
—Esta noche. Estarán en un edificio abandonado no muy lejos de aquí. Es noche de recuento de armas. No se lo esperarán.
—¿Cuántos hombres?
—No los suficientes para patearle el culo a mi niña. —me guiña un ojo y aunque siento que hay más información que no me está contando, asiento y acepto—. Esa es mi chica. Prepárate, será esta noche. Es pan comido.
—Es una misión suicida…
—Has hecho cosas peores, cariño. Eres la mejor en esto.
Su sonrisa no me tranquiliza, pero dejo que siga contándome todos los detalles, enseñándome los planos y explicando cosas sobre los rusos.
Dos horas más tarde, vuelvo a mi habitación con un café doble, una caja de cannolis de pistacho y toda la información que mi padre me ha dado.
Tengo un mal presentimiento de lo que va a pasar esta noche, pero me lo trago y paso al siguiente pensamiento, Cosi.
Cojo mi móvil y escribo un mensaje de buenos días.
Yo: ¿Sigues sin estar muerto? Mierda, realmente eres malo acosando. Tendrías que ser tú quien escribiera primero, ¿sabes?
Cosi: Te has levantado demasiado temprano esta mañana. No sabía que podías vivir con tan pocas horas de sueño, Tiffany.
Yo: El café ayuda.
Cosi: El café es malo. Te aviso de que hasta mañana no te voy a escribir, como te pones nerviosa cuando desaparezco de tu vida, te informo de que tengo trabajo.
Yo: No me pongo nerviosa. Era emoción de pensar que no me ibas a molestar más. No te lo tengas tan creído, Cosi. Eres terrible acosando. Ni siquiera das miedo. Yo también tengo cosas que hacer esta noche así que…
Cosi: Has hecho muy mal en decir que no doy miedo, Amor. Muy, muy mal. Hasta mañana.
Tres horas después, en mi paseo de escapada por el mercado, la señora Mancini me da mi bolsa de fruta fresca y un baulito de madera.
Cuando la miro pensando que se ha equivocado, veo su sonrisa más pequeña que de costumbre.
¿Miedo? Salgo del mercado con el pecho acelerado por mis latidos que galopan a mil por hora.
Me siento en un banco y saco la caja que he metido en la bolsa de la fruta.
Tiene una nota escrita a mano, pegada. Cuando empiezo a leer veo de quién se trata; no es una letra cualquiera, es su letra.
No puedo evitar sonreír y temer a partes iguales.
Abro la caja y contengo un grito al ver un puto corazón humano.
¿Estaba allí observando aquella noche? Es ahora cuando debería tener miedo, pero…
solo siento un profundo placer en mi cuerpo y un cosquilleo en mi propio corazón. Mi bolsillo vibra, me está observando.
Cosi: ¿Me temes hora, Ania?
Sonrío como una imbécil y entre carcajadas le respondo.
Yo: Jamás, Cosi.
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