Capítulo 11 #2
—Agradezco sus palabras, señor Giordano.
También espero que nuestra relación y nuestros negocios puedan avanzar pacíficamente.
No me gustaría sacar a relucir mi reputación tan pronto, aunque no dudaré ni un segundo si es lo que hace falta para que me respeten.
Bien, caballeros, hablemos de negocios. ¿Seguirán moviendo armas o cocaína?
La segunda es mucho más rentable para todos.
—Bajo ningún concepto entraremos en el negocio de la droga. —el viejo es el primero en hablar—. Seguiremos moviendo las armas como hemos estado haciendo hasta ahora, solo eso. Usaremos los camiones de mi negocio para el transporte por el país. Si está usted de acuerdo, hay trato.
Fabrizio, su hijo, se remueve en su silla; veo cómo parece que le pica todo mientras se contiene para no hablar. Lo miro a los ojos y una sonrisa falsa aparece en su cara. Miro a su padre y asiento.
—Hay trato, señores. Buscaré otro contacto para el movimiento de cocaína. Mi segundo al mando les dará toda la información en unos días. Ahora si me disculpan, tengo asuntos que tratar. Ha sido un placer. —me levanto y les tiendo la mano para estrecharla y cerrar así nuestro trato.
Me despido de los dos hombres y salgo de la casa con Sergei detrás de mí.
Me estoy subiendo al coche cuando veo a Fabrizio hablando con uno de sus hombres, que rápidamente se mueve y se apresura para hablar con uno de los míos, Alexei.
Ambos se dan la mano y los pierdo de vista por un momento cuando el coche arranca y avanza por el camino de salida.
Por el cristal veo como Alexei se monta en el segundo coches y se mueve tras nosotros.
Marco su contacto en mi teléfono y lo llamo poniendo el manos libres; contesta al segundo tono. No me hace falta ni siquiera preguntar.
—El hijo del capo quiere una reunión privada contigo.
—Ha sido más precipitado de lo que me esperaba. Sí que le gusta el dinero. —me río.
—Su soldado me ha ofrecido apoyo. Por la cara que ha puesto al darme la mano… sin duda ha escuchado hablar de nosotros.
—¡Ahora vamos a empezar a vivir! —grita Vova por detrás de la voz de Alexei—. Si de verdad han llegado las historias hasta aquí, seremos los reyes.
—Y si no, desatamos el caos hasta que lo seamos. —Sergei le pone punto y final a la conversación.
Tres días después
El restaurante está lleno a rebosar. La sala es bastante bonita y clásica. A juzgar por todas las joyas, trajes y hombres alerta de la sala, parece que está cenando aquí toda la aristocracia; el dinero viejo y la mafia de Sicilia.
Llevo diez minutos esperando al puto Fabrizio y ya me tiene de jodido mal humor por tener que estar aquí sentado esperándolo; hasta mi segunda copa de vodka no aparece por la puerta.
Se quita el sombrero mojado y se lo tira al camarero de muy malos modos, con superioridad.
Mal gesto. A decir verdad, hace una noche de mierda.
La lluvia cae con fuerza a pesar del calor y el bochorno es insoportable para alguien que viene del frío San Petersburgo.
Fabrizio me busca con la mirada, se acerca a la mesa y se sienta dejándose caer con poco cuidado.
Tengo delante de mí a un hombre de unos cuarenta y pocos años, con pinta de avaricioso y con ganas de gastarse mi dinero.
Ni rastro del supuesto marine condecorado de los Estados Unidos; su ficha y lo que veo delante de mí no encajan.
Tomo la nota mental de tener un cuidado extremo con este caballero y le doy la mano a modo de saludo.
—Perdón por el retraso. La noche está para no salir. —me sonríe y yo solo quiero darle caña. Me transmite cierta desconfianza—. ¿Eso es vodka? ¿Sin cenar siquiera? Ruso de pura cepa.
—Eres tú el que me ha hecho venir, Fabrizio.
—le doy un sorbo al vodka y lo miro—. Quizá deberíamos importar también vodka…
Esta mierda que vendéis aquí sabe a patata podrida.
¿A qué viene tanta prisa por una reunión sin tu padre?
¿O debería decir sin tu capo? —por la cara que pone tras esa frase, sé que he dado en la diana. Pura ambición.
—No quiero que busques otro contacto para el transporte de la nieve.
Mientras mi padre se quede fuera del negocio, yo haré los envíos.
—levanta la mano y llama al camarero—. Está en contra de las drogas, pero yo no.
Tampoco soy un estúpido que vaya a dejar que otro en la Cosa Nostra se lucre con un negocio que intuyo que vale millones.
—¿Quién ha dicho que mi otro contacto fuera de tu organización? Haz lo que quieras con tu padre, pero que sepas que esto no es temporal. Quiero la certeza de que mínimo estaremos un año moviendo la… ¿cómo la has llamado? Ah sí, nieve.
—Tienes mi palabra. —el camarero se acerca por fin—. Tráenos otro vodka y un Four Roses con hielo. ¿Puedo pedir por ti? —me pregunta y yo asiento como muestra de confianza y buena voluntad—. Y tráenos dos Risotto alla milanese.
El camarero se marcha rápidamente con la comanda y yo me quedo mirando fijamente a Fabrizio, que parece no importarle una mierda la mirada de pocos amigos que estoy mostrando, intentando intimidarle. Me echo sobre la mesa como si quisiera contarle algo importante; él hace lo mismo.
—¿Cómo quieres morir si me fallas en este trato, Fabrizio? ¿De la misma manera que agonizó mi padre cuando lo maté? —traga saliva tan fuerte que escucho el sonido—. No es solo tiempo y mercancía. Son millones, respeto y seriedad lo que les ofrezco a mis socios.
—Entiendo. ¿Cuándo empezamos?
—No tan rápido. Hablemos de dinero. ¿Cuánto me va a costar moverme en tus camiones con este tipo de mercancía? Ya negocié un alto precio con las armas. —le digo ladeando la cabeza.
—Quiero cuatrocientos mil por camión. Es lo mínimo para que me mantenga en alto si mi padre se entera. Me echará de la familia y necesito dinero de respaldo. Además, eso es lo que vale mi silencio.
La comida llega y el camarero nos la pone delante; empiezo a picar con el tenedor. El primer bocado no está nada mal, es cremoso. Me gusta.
—No voy a darte ese dinero. Es el doble de lo que pagaría con el otro distribuidor. —su cara es seria por un momento, pero luego fuerza una sonrisa falsa.
—Oh vamos, Volkov. Es un buen trato. De otra forma, no podrás pasar por aquí tus negocios y se te complicaría el asunto. Yo soy tu mejor opción.
—Olvídalo, Fabrizio. Tus rutas no valen tanto para lo que pretendo mover aquí abajo. Ha sido un placer hacer negocios contigo. Debo irme. —tiro un par de billetes grandes a la mesa—. Disfruta del resto de la cena. Hablamos el mes que viene para lo otro.
Me marcho del restaurante dejándolo ahí plantado como un idiota. ¿Cuatrocientos mil euros? Está jodidamente loco.