Capítulo 11
Desde que llegué a Palermo hace un par de meses todo ha sido una locura.
La misma noche en la que asaltaron la casa para asesinar a mi predecesor, todos los negocios en esta zona se fueron a la mierda.
Nadie quiere negocios con gente muerta u organizaciones descontroladas.
Cosa que voy arreglando y organizando poco a poco.
Ya he reconducido varias de las tapaderas del tráfico; solo me queda un punto caliente aquí en Sicilia que espero que no me suponga mucho problema.
En unas semanas lo veremos. También he tenido que matar un par de topos de los que estaban aliados con Karkarov, pues empezaron a agitar las mentes débiles de la organización en cuanto llegué.
Las cosas han empezado a calmarse después de tomar mi puesto y repartir los de mis subordinados.
Sergei es mi segundo, mi consejero, mi sovietnik, tal y como ha sido siempre.
Kolya se encarga de los casos extremos en los que hace falta su violencia total; es lo que llamamos un ejecutor o Krysha, aunque todos ejercemos de esto en el momento que se necesite, si es que es precisa una fuerza mayor.
Alexei se encarga de los clubes donde blanqueamos, también tortura por encargo o por placer.
Y Vladimir es mi recaudador, mi obshchak; lo que hace es ir recogiendo los pagos que se nos deben y castigando al que se niegue.
Por supuesto, no desperdicio su valía como «estalla-todo» profesional.
Tenía pensado traerme a Vorobiev y a su esposa.
Siempre ha sido un buen brigadier, pero, no hace mucho, mientras miraba el papeleo del que me traje de casa…
me di cuenta de que me estaba robando bastante dinero.
En cuanto lo llamé me colgó. Le dejé un bonito mensaje advirtiendo que no lo mataría por las veces que me ha ayudado, pero que si volvía a verlo, acabaría con su vida.
Karsov me ha asegurado que mantendrá a mi madre y mi hermano a salvo, que estarán bajo su protección mientras vivan en Rusia.
Cosa que me alivia puesto que sé que Voinescu me la tiene jurada por quedarme con Italia en su lugar.
Sergei entra en la oficina de la casa en la que nos quedamos, la del Pakhan antiguo.
No podemos permitirnos gastar dinero ahora mismo en cosas innecesarias con todo lo que tenemos encima.
Hasta que no estemos perfectamente asentados, no pienso comprar ni una bala de sobra.
Mi predecesor tenía varias casas por toda Italia, así que no deberíamos tener mucho más problema.
Sergei se sienta en la silla frente a mí y puedo ver que no está bien.
Unos días antes de venirnos a Italia, Karsov me pidió llevarlos a él y a Vova a una misión secreta y clasificada de la que no pueden hablar porque estaban bajo el mando de Karsov.
Lo único que sé es que Vladimir no recuerda nada.
Vino completamente noqueado en el asiento de atrás del coche…
Y después de aquello, Sergei no ha sido el mismo.
A eso podemos sumarle la desaparición en combate de Mikhaila, que en cuanto supo que se venía a Italia conmigo, lo abandonó.
Está realmente jodido, aunque intenta esconderlo con ese humor de mierda que tiene.
—¿Cuándo vas a olvidar esa misión, o es ella la que te tiene así?
—¿Qué? Estoy bien. Está superado. —mueve las manos en el aire restando importancia—. La misión fue una mierda. Simplemente me jodió ver a mi hermano así.
—Si tú lo dices… —pone los ojos en blanco—. ¿A qué has venido tan temprano?
—El capo ese de la Cosa Nostra ha llamado, el de Catania.
Quiere que nos veamos antes de lo previsto.
Quizá deberíamos dar un paseo por la zona antes de tiempo a ver cómo se mueven las cosas por allí.
Será mejor si estamos preparados y conocemos un poco la zona.
No vaya a ser que sea una reunión de mala fe y tengamos problemas.
Espero que ese viejo no quiera jugársela y nos esté tendiendo una trampa. Definitivamente, haré que acabe muerto en menos de media hora. Sergei tiene razón; deberíamos estar preparados para todo y lo mejor es reconocer un poco la zona y la gente.
—Prepara el viaje. Nos vamos de excursión.
Una semana después
Aún no estoy acostumbrado al jodido calor que hace en este puto país.
Nos hemos separado para hacer un pequeño reconocimiento de los alrededores donde se supone que nos reuniremos.
La casa del capo está en medio de la nada, rodeada de un par de kilómetros de bosque.
No hay nada sospechoso fuera de la anticipación de la reunión, así que pasaremos un par de días viendo qué podemos hacer en esta zona y si podemos sacarle más partido del que ya le sacamos.
Es la hora casi de la comida y mi estómago ruge como a cada hora del día; solo que ahora tengo excusa para comer sin que Kolya o Sergei se metan conmigo.
Nos adentramos en una plaza donde hay decenas de puestos de comida, fruta y ropa.
Es una especie de mercado donde las señoras compran y los hombres se reúnen a cada pocos metros.
Los italianos son tremendamente ruidosos, pero al menos parecen felices.
No hay ni una cara seria en todo el puto mercado.
Ni siquiera en aquella esquina donde dos mujeres mayores parecen pelearse por un melón del tamaño de Croacia mientras gesticulan como el demonio.
Me estoy comiendo algo llamado focaccia cuando mis sentidos se ponen en alerta; no soy tan estúpido como para no darme cuenta de que los dos tíos al otro lado de la calle son soldados, aunque visten como si estuvieran trabajando en el campo.
Por un momento creo que nos han pillado, hasta que sigo su mirada y la veo a ella.
No debe tener más de veinte años, morena de piel y el pelo tan oscuro que es casi negro.
Una maraña de rizos que le llegan a media espalda y una sonrisa despreocupada que ofrece sin preocupación a la señora que le está dando lo que sea que haya comprado.
Me estremezco por un momento pensando que puede ser la mujer más hermosa que me haya cruzado jamás.
Contengo el aliento y toda mi piel se eriza; parece que ella lo siente y levanta la vista, pero no para mirarme a mí.
Al levantar la cabeza y girarla levemente con disimulo, su mirada se encuentra con los hombres que la observan.
Veo cómo se tensa y se pone nerviosa. Con una gran sonrisa se despide de la vendedora y comienza a andar deprisa por el mercado, intentando escabullirse entre la gente.
Los dos hombres van tras ella y mi cuerpo reacciona en automático avanzando en su misma dirección para intentar ayudarla. Sergei me grita.
—¿A dónde vas?
—Creo que he visto algo. Ahora vengo.
Avanzo por el camino por donde he visto desaparecer a la hermosa muchacha y empiezo a dar vueltas por el laberinto de puestos hasta que me cruzo con los hombres.
Me hago el despistado para no llamar la atención y los empujo con fuerza haciendo como que me tropiezo; los hago caer contra un puesto de frutas.
El dueño se pone como loco y me escabullo para dejarlos discutiendo a los tres.
Sigo caminando tras ella, callejeando por el mercado, jugando al despiste hasta que veo que sale deprisa de la plaza por una calle estrecha y, aunque la sigo con rapidez, le pierdo la pista por completo.
Escucho las pisadas aceleradas de Sergei que se para a mi lado y me da un codazo.
—El placaje extraño que les has hecho a esos dos, ha sido completamente deliberado… ¿Me vas a contar qué cojones te pasa?
—No sé de qué me hablas. —por supuesto no me cree y me fulmina con la mirada. No, ni una sola palabra—. Vámonos, aquí ya no hay nada que hacer.
Camino por la entrada de la casa de los Giordano.
El viejo, Francesco, es duro de pelar por lo que he estado investigando.
Su hijo, Fabrizio, es un ex marine del ejército estadounidense, según la información que tengo.
Está completamente adiestrado, fue condecorado varias veces, pero se le perdió la pista cuando volvió a Italia; mis contactos no han dado mucha más información de la que se encuentra en la calle.
Según tengo entendido, es ambicioso, así que tendré que ganármelo con cuentas y números de ganancia de lo más golosos posible.
Reconozco que la casa es bonita, con este paisaje en medio de la nada, bastante tranquila y amplia.
Me parece demasiado para un matrimonio y su hijo, aunque si son como nosotros, vivirá también el servicio.
Hay varios soldados guardando la propiedad.
Observo todo al detalle. No hay cámaras de seguridad y de momento ni rastro de cableado telefónico.
Eso me muestra que son de la vieja escuela.
El viejo es un tipo listo; cuanta menos tecnología, más se me complica el trabajo si en algún momento creo que debo controlarlos.
Entro con Sergei y mi traductor en la oficina del viejo.
Aunque ya me defiendo bastante bien con el idioma, no quiero perderme nada y por eso sigo moviéndome por las reuniones con alguien que domina las dos lenguas.
Mi amigo Romanov, distribuidor de armas y traductor a tiempo parcial, es quien me ha estado ayudando a mí y a los chicos a entendernos con todo el mundo.
Kolya, Vova y Alexei esperan fuera con el rifle en la mano; la intimidación es el primer paso para que nadie quiera echarte el guante.
Le doy la mano al capo. Después a su hijo, apretando un poco más la de este último.
Me siento en la silla en cuanto me lo ofrecen.
Me dejo caer con cuidado desabrochándome los botones de la chaqueta y dejando ver disimuladamente el arma que llevo en el costado. El viejo es el primero en hablar.
—Señor Volkov, es un placer para nosotros darle la bienvenida como nuevo Pakhan en Italia. Espero que nuestra relación de ahora en adelante pueda ser fructífera para ambos como lo era antes con el antiguo Pakhan. —asiento con la cabeza a modo de agradecimiento.