Diamante de sangre y poder (Diamantes de la Mafia nº 4) Capítulo 10
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Capítulo 10

—¿Cuánto te están pagando, chico? —se acerca como si nada.— ¿Es de Italia de donde viene la orden?

—¿Acaso no puede ser esto cosa mía? Deja de moverte de una puta vez. —como no me hace ni puto caso, le disparo a una pierna.— Te lo he advertido.

Me quedo asombrado de la resistencia de este hombre. Apenas se ha inmutado después de abrirle un agujero en el muslo.

—Tu plan de mierda no va a salir, chico. Soy el jefe. —da otro paso hacia mí.

—Un jefe al que nadie quiere. Mira a tu alrededor: ni tu esposa ni tu servicio… —le disparo en la mano en el momento que veo que levanta su arma—. Ni tus hombres están aquí. La mitad están muertos y la otra mitad te quieren bajo tierra, Karkarov. Estás acabado.

Me acerco a él y le doy una patada en la pierna buena.

Lo dejo caer al suelo para después golpearle con la culata del arma en la cabeza.

Cae inconsciente a mis pies, totalmente a mi merced.

Podría matarlo ahora mismo y acabar con todo este lío, pero a Karsov no le gustaría nada no poder formar parte de la muerte de este bastardo.

Llamo a Vorobiev, que está esperando a que lo avise y, entre los dos, metemos al Pakhan a duras penas en el furgón; el mismo que dejamos aparcado en la parte trasera de la propiedad al llegar aquí.

Me subo y le digo a Karsov que voy de camino a la nave.

Él ya ha dejado a Nadia en su escondite temporal y también va hacia allí.

Sergei va conduciendo. Vladimir y Niko han ido con Alexei a interceptar a Voinescu; también lo llevarán a la nave.

Veremos de qué pasta está hecho ese cabrón.

Hemos contactado con la gente de Italia; lo que ha ocurrido allí es una masacre y no sabían de quién venía el ataque hasta que les hemos pasado las grabaciones de voz que teníamos del Pakhan. Karsov ha quedado en hacer una videoconferencia después, cuando todo esto se solucione.

Llegamos a la nave que Karsov tiene en medio de un polígono convenientemente abandonado. En cuanto paramos el motor, los chicos se acercan y descargan a un Karkarov aún inconsciente. ¿Tan fuerte le he dado que aún no ha despertado?

La gente va llegando poco a poco para poder presenciar la caída del hombre que yace a mis pies.

Le doy un par de patadas en el costado hasta que va recobrando la consciencia, le pongo una bota en el pecho y lo giro hasta que queda boca abajo con las manos atadas a la espalda.

Agarro las cuerdas que lo mantienen sujeto y lo levanto del suelo.

Lo hago caminar como buenamente puede hasta el centro de la nave.

Lo dejo caer de nuevo, pero esta vez de rodillas.

—Es tu fin, viejo. Es hora de pagar todo lo que nos has hecho —le susurro al oído.

Me mira por encima del hombro para escupir a mis pies.

Mala jugada. Sergei le propina un golpe seco en la cara que le saca volando un diente; una puta muela.

Karsov aparece por fin caminando despreocupado hacia nosotros.

La nave repleta de hombres se queda en silencio.

Se para frente a mí sin prestar atención a su futuro exjefe y habla en voz alta sin dejar de mirarme fijamente.

Voinescu no aparta su mirada desconfiada de nosotros mientras permanece amablemente escoltado por mis chicos.

—Hoy es el día del cambio. Hoy, todos y cada uno de vosotros con alguna causa personal pendiente contra este hombre tendrá la oportunidad de vengarse —un murmullo resuena cada vez más alto. Karsov sigue—. Ningún golpe será mortal, pues ese me corresponde a mí.

—¿Vais a obedecer órdenes de este niñato? ¿Cómo creéis que llegó aquí? Si no fuera por mí, ninguno de vosotros seríais nada. —Karkarov escupe de nuevo al suelo—. Moriréis todos. No estoy solo.

Karsov sonríe y le hace un gesto a Alexei con la cabeza para que haga avanzar a Voinescu, su aliado.

Gavrel extiende la mano hacia mí sin decir una palabra, me llevo la mano a la espalda y saco mi cuchillo.

Voinescu abre los ojos como platos mientras Karsov se acerca a él lentamente, le mira a los ojos y le corta las cuerdas de las manos.

Sus ataduras caen al suelo y el cuchillo sube a su garganta.

—Elige bando, elige bien. —Voinescu mira al Pakhan, pero Karsov es más listo—. Puedes elegirme a mí o puedes elegir morir con tu Pakhan, sin honor.

Lo peor que le puedes hacer a un hombre de la Bratva es dejarlo morir sin honor, sin reconocimiento. Dejarlo morir sin que nadie lo recuerde luego, sin ningún logro ni ningún valor. Hacer como si nunca hubiera existido. Si a eso le sumamos que este hombre es una rata chaquetera…

—Elijo tu bando. No moriré hoy sin honor.

—Maldito bastardo traicionero, te lo he ofrecido todo y me lo pagas rindiéndote y dejándome a mi suerte para salvar tu pellejo de rata mugrienta… Te encontraré en el infierno y te mataré con mis propias manos.

—Oh vamos, no te enfades. —Karsov le da un par de toques en la cabeza a Karkarov como si se tratara de un perro y le pone una mordaza para que deje de hablar y no lo interrumpa—.

Tu amigo solo quiere poder. Un poder que habéis intentado usurparle al Pakhan de Italia con ese operativo traicionero, en plena noche.

—la sala estalla con los gritos de todos los hombres, acusándolos de traición—.

Tranquilos, todos los hermanos en Italia tendrán su funeral.

Toda la familia del Pakhan ha muerto a manos de estos dos hombres con ansias de poder —se gira hacia Voinescu—, pero no lo obtendrás.

Hoy no morirás sin honor y tampoco lo tendrás por el resto de tu vida.

Te dejaré vivir con la vergüenza sobre tus hombros, ahora todos saben lo que has hecho.

¿Y para qué? Para que mi joven amigo, Pavel Volkov, se quede con lo que tanto ansiabas.

Voinescu empieza a ponerse rojo e intenta acercarse a mí en vano; ninguno de los presentes se lo permite.

Vladimir es el primero en interponerse entre nosotros y asesta un golpe en su rodilla que lo hace caer.

Doy un paso al frente, no me amedrento ante nadie y en esta sala todos deben saberlo.

Karsov me mira y asiente, se gira y comienza a hablar de nuevo.

—Todos hemos estado de acuerdo en que yo seré quien tome la posición de Karkarov; yo seré el nuevo Pakhan.

Pero lo que ha pasado en Italia nos ha cogido completamente desprevenidos.

Creo que lo correcto es mandar a la fuerza más potente que tenemos a cubrir el puesto de nuestro hermano caído.

A todos nos conviene que este hombre que tengo a mi lado, al que soléis llamar Drácula desde aquella declaración sangrienta contra su propio padre, ocupe el puesto que le corresponde. ¿Hay alguien en contra?

Desde el fondo se oyen algunas voces. «Es el más nuevo».

«Los mayores deberían estar antes». «No sabemos nada de él».

Gavrel asiente y ordena dar un paso al frente a quien cree que merece el puesto en Italia.

Dos de los compañeros de círculo de Voinescu aparecen entre la multitud; la sangre vieja de la cúpula.

Voinescu parece orgulloso de sus amigos, pero no todos opinan igual.

Karsov saca su arma y les mete un tiro en la cabeza.

Lo que ya me hace saber que tendremos muchos problemas en un futuro con todos los que piensen igual.

—¿Alguien más? —después de unos segundos de silencio se guarda el arma—. Bien, ahora que todos estamos de acuerdo, centrémonos en lo importante: matar a este hijo de puta. Mañana se hará todo el papeleo de lo demás.

Gavrel va llamando a sus compañeros más cercanos, los que sabe a ciencia cierta que Karkarov ha maltratado, se ha sobrepasado con su poder o simplemente ha sufrido por sus decisiones macabras.

Todos y cada uno de ellos le asestan puñaladas, puñetazos, patadas…

Ningún golpe mortal. Ese derecho lo tiene Karsov, que es el último de la cola.

Cuando llega su turno, se agacha un poco para quedar a la altura del hombre que está, después de todo, casi al borde del abismo.

—Esto ni siquiera es por mí, Karkarov… Esto es por ella.

Y con esas palabras, Gavrel apuñala en el ojo al hombre que le arrebató la inocencia al amor de su vida.