Capítulo 9 #2
—Nadie va a morir, Vova. —digo mientras saco una botella de vodka del armario que hay detrás de mi silla y voy echando copas mientras les sigo hablando—.
Al menos no nosotros; somos perfectamente capaces de llevar esto a cabo y aunque no lo fuéramos…
no estaremos solos. Karsov es un hijo de puta, pero, es leal a mí.
—¿Confías en él? —me pregunta Nikolai.
—No tanto como en ti, Kolya. Pero sí. Como he dicho, es un cabrón, pero gracias a él estamos donde estamos. —levanto la copa y acto seguido la levantan los demás para brindar—. Za zdaròvie.
—Adelante, entonces. —Vladimir da un golpecito en la mesa mientras se levanta—. Todo el mundo a ducharse. Mamá tiene razón: olemos a mierda.
Todos mis compañeros van subiendo a sus respectivas habitaciones, pero yo me quedo un momento más.
Me sirvo otro vodka y apoyo los codos en la mesa para meter la cabeza entre las manos.
Lo que está a punto de ocurrir en la organización va a marcar un antes y un después; habrá gente que quiera matarnos por querer ponernos al mando.
Muchos de ellos son de la vieja escuela; no quieren el cambio y eso, estoy seguro de que nos va a traer muchos problemas.
Suspiro y cojo mi teléfono para escribirle a Gavrel el mensaje que tanto espera.
Yo: Estamos dentro.
Tres semanas después de acceder al golpe de poder con Karsov
—¿Todos en posición? —pregunto por el pinganillo.
—Afirmativo, esperando permiso para avanzar. —Alexei es el primero en contestar.
Estamos todos un poco nerviosos en esta misión; es importante sacarla adelante si no queremos morir de la manera más atroz que jamás haya existido.
Matar a un Pakhan no es cualquier cosa, y aunque normalmente seamos nosotros los que vamos a repartir el dolor, todos sabemos que Karkarov no llegó al poder por arte de magia.
Escaló a base de dolor y muerte hasta llegar a donde está.
Su padre le puso difícil quedarse con el puesto.
Miro por los prismáticos y voy observando cómo el Pakhan sale de la sede con su compañía de turno; su mano derecha, el puto Voinescu.
Gavrel no quiere matarlo, lo quiere de segundo, aunque yo sigo pensando que es una mala idea.
El cabrón no es que sea menos psicópata que su jefe…
y si lo que Karsov quiere es tenerlo de segundo, al menos tendría que haber tanteado el terreno con él.
No vaya a ser que se lo encuentre en el bando equivocado.
La comunicación que tenemos pinchada en el coche se activa con sus voces en cuanto arrancan y la conversación que se escucha no tiene desperdicio.
—¿Tenemos noticias del equipo de Italia? —Voinescu parece ansioso—. Tenemos que asegurarnos de que todo va como lo planeamos o podemos tener problemas. Ya hay bastantes soldados descontentos.
—Tranquilo, en este momento están asaltando la casa del Pakhan de la zona. Cuando tomes tú el poder, todo será más fácil y podremos matar a quien se interponga en nuestro camino. Incluido Karsov. Con él fuera de juego, Volkov y su equipo estarán de nuestra parte.
—Ese niñato nos traerá problemas a la larga; es demasiado violento. Incluso Karsov lo ha castigado muchas veces por no querer doblegarse. No es bueno obedeciendo… Deberíamos matarlo también.
La boca se me seca. Mientras nosotros planeábamos el golpe, ellos planeaban el suyo propio.
No solo es que Karsov no vaya a tener segundo al mando, sino que uno de nuestros aliados fuera de Rusia está siendo asesinado en este momento.
Empiezan a llover las preguntas en mi mente cuando un mensaje me llega al teléfono.
Gavrel: Ese cabrón va a joderlo todo. Si mato a ese bastardo, no te quiero bajo mi mando aquí, Pavel. Eres el próximo Pakhan de Italia. Si esto sale bien, en un mes te largas de Rusia. Da la señal, es la hora.
Me quedo tan impactado por lo que Karsov quiere hacer que, por un segundo, no puedo moverme.
Veo como dos de nuestros coches no registrados siguen al blindado del Pakhan calle abajo.
Todo el mundo está en sus puestos. En cuanto el coche sale de la calle, doy la señal y tres de nuestros francotiradores acaban con los soldados de la sede.
Solo los más allegados a Karkarov trabajan aquí, así que todos van a morir. No queremos dejar ningún cabo suelto.
Cuando los soldados de las estancias más próximas a las puertas están muertos, Sergei y Alexei se adentran en la sede con un equipo de asalto de diez hombres para acabar con todo el que esté dentro.
Lo bueno de que estos cabrones sean de la vieja escuela es que, aquí no hay mujeres trabajando; los chicos no tienen que tener cuidado.
Solo hay que entrar y disparar a todo lo que se mueve sin preguntas.
Oigo por la red de comunicación como van cayendo poco a poco los hombres del Pakhan.
Sin tiempo a reaccionar, sin aviso ni piedad.
Uno tras otro van sonando los disparos y, tras cada uno de ellos, las voces de mis chicos para saber que siguen en pie.
Veinte minutos después, estoy en la puerta de la casa del Pakhan con Karsov llamando a la puerta.
Se supone que debería abrir el servicio, pero en cambio, es su esposa la que abre la puerta.
La cara de terror al verme hace que me arrepienta de haberle hecho caso a Karsov y no dejar el AK-47 en el coche.
No tiene más de veinticinco años, casi veinte menos que su marido, y aunque viste bien, no tiene pinta de estar muy feliz en esta vida; no la culpo, conozco bien lo de casarse por obligación.
Empieza a frotarse las manos con nerviosismo.
—Mi esposo no está. Se fue a una reunión y no volverá hasta las siete. —bien. Tenemos una hora.— Puedo llamarlo…
—Nadia, tranquila. —Karsov sale de detrás de los setos en los que estaba meando para terminar de joder—. Viene conmigo. Vamos, entremos antes de que nos vea alguien y den el aviso.
La cara de la joven se suaviza mientras mira a Karsov, pero en el momento que recuerda que sigo aquí, sus ojos se llenan de temor.
Nos hace un gesto para que entremos y cierra la puerta detrás de nosotros.
Nos guía hasta la parte del servicio donde se supone que deberían estar las sirvientas, pero aquí no hay nadie.
—¿Dónde cojones está todo el mundo? —le pregunto y ella se encoge de hombros.
—Yo he hecho que se vayan. —responde Karsov—. Lo que va a pasar aquí hoy no es de gusto para nadie. Ellos ya han elegido bando.
Nadia abre los ojos como platos y empieza a negar con la cabeza. Su cuerpo tiembla como si la temperatura hubiera caído en picado y se le saltan las lágrimas.
—¿Vas a matarlo? No, no, no… —veo como traga saliva con trabajo—. Esto no va a salir bien, Gavrel. Va a matarte. Nos matará a todos.
—Te dije que no habría poder en el mundo que pudiera con nosotros, malysh. Hoy voy a demostrártelo. —Karsov le toca la cara con suavidad y ella cierra los ojos. No quiero entender qué es lo que está pasando—. Haz la maleta y vete. Afuera tienes un coche esperándote.
—¿Qué pasa contigo? —gimotea mientras lo abraza.
—Me reuniré contigo más tarde. —ella lo mira fijamente con los labios temblando mientras aguanta un sollozo—. Te prometo que iré. Vamos, haz la maleta y déjame trabajar.
Nadia sale corriendo. Se oyen sus pasos escalera arriba, y cuando la puerta se cierra y el silencio inunda la casa, Karsov se gira hacia mí. Mi enfado por la información que me ha ocultado bulle hacia mi garganta.
—¿Me has arrastrado a la puta traición por un coño? —su mano agarra mi garganta de inmediato—. No me jodas, Gavrel.
—Llevo diez años detrás de ella. Karkarov me vio recogerla una puta vez de la escuela…
Una puta vez, Volkov. Un beso furtivo y a la semana fue a buscarla y le ofreció un trato a sus padres.
Me la quitó por placer. —su agarre se afloja de mi cuello—.
Se casó con ella, conmigo estando en primera fila.
Cuando tenemos reunión, la trae con la ropa más corta que tiene en el armario y la manosea en contra de su voluntad delante de mis narices.
Se la folla como a una cualquiera; incluso después de seguir frecuentando clubs.
—¿Por qué haría eso?
—Para joderme —asiento—. Yo soy como tú, Pavel.
No me arrodillo fácilmente, no sin una razón y ella es mi razón.
Para doblegarme, la usa y eso no me lo perdono ni a mí por ponerla en esta situación, ni a él por hacerle daño.
Quiero el puesto, quiero un cambio… pero también quiero a mi chica y que Karkarov pague por lo que le ha hecho.
—Tenías que habérmelo contado. ¿Es que no confías en mí?
Justo cuando Karsov va a responderme, los pasos apresurados de Nadia bajando la escalera nos sacan de la conversación.
Ella sigue llorando, con su maleta en la mano y sus ojos clavados en Gavrel.
Supongo que el sentimiento es mutuo y debe estar aterrorizada.
Le pongo la mano en el hombro a mi jefe, a mi amigo…
—Tiene miedo. Ve con ella donde sea que la vayas a esconder. Asegúrate de que llega y luego vuelve. Yo me encargo del resto. Nos vemos en la nave. —Karsov lo piensa por un momento—. Lárgate antes de que me arrepienta, mentiroso hijo de puta.
Karsov sonríe por un momento, coge a Nadia al vuelo y echa a correr hacia el coche sin mirar atrás.
Maldito sea. No solo va a quitarle el puesto; no solo va a matarlo, sino que va a quedarse con absolutamente todo lo que le pertenece, aunque sea robado.
Me siento en la escalera y espero a que mi futuro ex Pakhan, vuelva de la reunión con su segundo.