Diamante de sangre y poder (Diamantes de la Mafia nº 4) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Una hora después, Karsov está haciéndonos sudar todo el vodka que nos bebimos anoche.

Parece que este cabrón se ha enterado de la pelea, así que cien flexiones y dos vueltas al barrio nos sirven de castigo.

Nos está matando a burpees, peleas cuerpo a cuerpo con los más grandes del gimnasio y cero segundos de descanso.

No tolera que nos peleemos como niños de recreo cuando hacemos vida nocturna en los clubes; dice que eso da mala imagen a la Bratva.

Cuando nos comunica que el entrenamiento ha terminado, nos dejamos caer en el suelo, luchando por respirar.

—Ahora traedme a mi hombre y no la ceguéis como la última vez, niñatos hijos de puta. —Karsov sale de la sala y nos deja allí luchando por respirar, sin que parezcamos cerdos al borde de la asfixia.

Entro en el vestuario como puedo para ducharme y poder ponerme un traje como una persona normal. Cuando cojo la ropa del banco y me dirijo a los cubículos de las duchas, veo que mi taquilla está abierta. Me acerco y descubro que de ella asoma un paquete con una nota.

¿Karsov dándome un regalo de cumpleaños?

A cualquiera que se lo cuente… Abro el paquete y me encuentro con un fajo de billetes enrollados, un cuchillo con la empuñadura de oro y una botella del mejor vodka de toda Rusia.

Me echo a reír bajo la ducha al ver lo sentimental que es el bastardo en el fondo.

En el momento en el que todos estamos limpios, vestidos y listos para la acción, nos metemos en el G-Wagon blindado que usamos para trabajar y nos dirigimos al punto de encuentro para “recoger” al objetivo.

El secuestro de hoy, en principio, será en buenos términos; nosotros solo venimos a hablar.

Si el señor se opone a venir con nosotros por las buenas, cuatro soldados lo meterán en el maletero por las malas.

Aparcamos el coche en la puerta de una gran casa.

No es una mansión, pero se ve que la gente que vive aquí tiene algo de poder.

Llamo con los nudillos a la puerta y espero a que alguien responda.

Escucho unos pasos ligeros tras ella y, la que supongo que es la sirvienta, nos deja entrar.

Cuando llegamos a la oficina del caballero, sembrando el pánico con nuestra presencia por cada pasillo, me quedo helado al verle la cara a la mujer que está a su lado, su esposa. La señorita Yulia.

—No esperaba que lo mandaran a usted a por mi marido, señor Volkov.

Las manos me tiemblan y cierro los puños con fuerza para que nadie note que mi mente está a punto de colapsar. Respiro profundo y en silencio para poner mi mejor voz antes de hablar.

—Señorita Yulia, no me complace verla en esta situación. Si su esposo accede de buen grado a acompañarnos, le prometo que no le causaré ningún daño.

—¿Puedes decir lo mismo por tu jefe, chico? —me dice el marido.

—No, señor, no puedo. Ni siquiera sé por qué le reclaman; solo soy el intermediario. —me explico intentando excusarme, mientras miro a la mujer que me ha dado tantas oportunidades durante mis años estudiando.

—Eres demasiado inteligente para ser solo el intermediario, Pavel Volkov. Siempre lo has sido. No olvides jamás que vales más de lo que te hacen sentir hombres como tu padre. Ellos solo buscan su propio beneficio.

Su marido le toca la mano disimuladamente para que deje de hablar, pero ella lo mira con severidad.

De repente, toda la pena que no sentí por mi padre me invade.

Estoy jodidamente frustrado en este momento y no sé qué hacer.

La señorita Yulia me mira a los ojos con una compasión y un perdón que no merezco por hacer lo que estoy a punto de hacer. Me sonríe y habla de nuevo.

—La Bratva quiere los terrenos del colegio para crear una sede más grande y reclutar más jóvenes, pero mi esposo y yo nos negamos.

—Siento escucharlo. Por favor, acompáñeme—. Trago saliva y me giro.

La seriedad no abandona mi voz ni mi cara, aunque por dentro solo quiero disculparme y arrodillarme ante esta mujer por lo que va a pasarle a su marido. Después de todas las oportunidades que ella me ha dado… Joder.

El hombre se despide de ella secándole las lágrimas, sabiendo que no volverá a verla. No sé cuánto tiempo lleva el Pakhan detrás de este hombre, pero si ha mandado a intervenir a Karsov, debe ser un hueso duro de roer. Antes de salir de la mansión, la mujer me agarra del brazo deteniéndome.

—Pavel, haz que sea rápido, por favor. No quiero que sufra.

No puedo contener mi ira por un segundo y le pregunto con enfado.

—¿Por qué no luchan con todo? Parece que se hayan rendido.

—Sabemos lo que pasa cuando te enfrentas a la Bratva, Pavel. —me toca la cara—. No queremos que nuestros hijos sufran. La negativa es un ataque directo, y los ataques se pagan. No nos queda otra opción.

—No tiene sentido. Nada de esto tiene sentido. Haré lo que pueda por su marido, se lo prometo. —asiente y me deja ir.

Salgo de su casa con más pesadumbre en el pecho de la que me gustaría.

Me meto en el coche junto al marido de la persona más amable que conozco sin poder mirarlo siquiera a la cara.

Entiendo lo que hacemos en la Bratva, pero hay cosas que no puedo compartir.

Tengo que hablar con Karsov sobre esto. Últimamente está muy molesto con el Pakhan y quizá me ayude.

Hago el camino hasta la oficina lleno de tensión.

Este hombre tiene valor, no agacha la cabeza ni sabiendo que va camino de su final.

Jamás, en el tiempo que llevo en la Bratva, he encontrado un hombre con tanto temple ante la muerte.

Intento no pensarlo mucho; hago mi trabajo y lo dejo en la oficina.

Me voy hacia donde está Karsov y le explico lo que ha pasado. Su cara se tensa.

—Le debo muchas cosas a esa mujer, por favor. Intenta hacer entrar en razón al Pakhan o al menos pide ayuda a su verdugo. Haz que sea rápido. Te deberé una.

Karsov asiente y me marcho habiendo hecho esa promesa que sé que a la larga me meterá en problemas.

Gavrel es un cabrón hijo de puta, pero no es un mal hombre.

Le debo casi lo mismo a él que a la señorita Yulia.

Seguramente, sin la ayuda de Karsov, estaría metido en un buen lío a estas alturas de la vida.

No habría tenido el valor de enfrentarme a mi padre y, seguramente, estaría muerto a causa de sus berrinches.

Gavrel me dio herramientas para controlar mi ira y momentos para desatarla.

Me ha convertido en el hombre que soy hoy.

Son apenas las diez de la noche cuando por fin me meto en la cama, sin ni siquiera haber cenado.

Estoy tan cansado que no me entra ni un trozo de pan.

A mí, que normalmente repito tres veces la comida.

En cuanto me tumbo, toda mi musculatura empieza a soltar la tensión de estos días y no tardo mucho en quedarme dormido.

No sé cuánto tiempo he pasado dormido hasta que mi teléfono ha empezado a sonar y sonar, sacándome del sueño profundo.

Me giro lentamente en la cama, maldiciendo toda la puta vida sobre este planeta.

Miro la pantalla. Uno de mis soldados me ha mandado unos cuantos mensajes y ahora me está llamando.

¿Qué puta hora es? Entrecierro los ojos y veo la hora.

Las tres y media de la madrugada. Pulso el botón verde.

—¿Qué cojones quieres a esta hora? ¿Estás buscando que te mate por gilipollas? —le espeto sin decirle ni hola.

—Siento despertarlo, señor. Tenemos un problema en casa de su amigo, el señor Kosov.

—Voy para allá.

Le cuelgo antes de que pueda contarme nada más, dejándolo con la palabra en la boca.

Me levanto de un salto de la cama, me pongo un pantalón de chándal, la primera camiseta que pillo por ahí y salgo corriendo mientras me enfundo el arma en la espalda.

Corro por el pasillo y voy aporreando las puertas de mis amigos.

—¡Arriba, arriba, arriba! ¡Tenemos problemas, levantaos!

No tardamos ni cinco minutos en subirnos al G-Wagon y ponernos en marcha. No sé qué ha pasado en casa de esos dos, pero si ese cabrón ha vuelto a molestar a Katty o si Nikolai vuelve a estar drogado, juro que alguien va a morir esta noche.

Sigo conduciendo y paso un par de controles que mis hombres han montado para asegurar el perímetro y que nadie pueda acceder a la zona.

Cuando llego frente a la casa, dejo el coche con la llave puesta y salgo de un salto.

En cuanto el aire de la noche me golpea, me viene un fuerte olor a quemado.

¿Qué cojones ha pasado aquí? No veo a los Kosov por ninguna parte.

Diviso unas cuantas cabezas y me acerco al grupo de hombres que hay frente a la puerta.

Todos los soldados que hay se callan en cuanto llego.

No sé a qué viene tanto secretismo. Agachan la cabeza y yo dirijo la mirada hacía donde ellos miraban hace un momento.

Entonces la veo. Me quedo completamente bloqueado.

Sergei choca con mi espalda y por las pisadas, sé que los otros dos se han parado justo detrás.

—¿Eso es...? Oh, joder. —Sergei se da la vuelta y se marcha.

Cuando logro hacer que mi cuerpo reaccione, empujo a la gente que tengo delante y corro hacia ella cayendo de rodillas a su lado. No sé qué hacer, cómo actuar… Ni siquiera sé cómo respirar en este puto momento. Tengo a Katty delante de mí, con medio cuerpo quemado y el otro medio lleno de ampollas.

Sé que no respira, que está muerta, pero no puedo evitar buscar algún movimiento en su pecho. Me tiembla el cuerpo y hago un esfuerzo colosal para que no se me note que estoy a punto de colapsar. Quiero llorar, quiero gritar, matar, mutilar, torturar…

—¿Dónde cojones está Nikolai? —grito mientras intento no vomitar.

—No lo hemos encontrado, señor. No está en ninguna parte y tampoco coge el teléfono.

¿Se ha ido tras él? Espero que le esté dando caza. Llamo por teléfono a Nikolai quince veces hasta que me lo coge y solo oigo ruido. Su voz medio incomprensible intenta balbucear algo. Ese cabrón está drogado.