Capítulo 6
El frío de Siberia es mil veces peor de lo que había escuchado hablar a los hombres.
Estamos aquí porque esta es la idea de castigo de Karsov para nosotros, por meternos en una pelea en la discoteca; un puto asalto en plena estepa.
Joder, la pelea ni siquiera fue culpa mía.
Simplemente vi a Nikolai en problemas con tres tíos que intentaban aprovecharse de que iba borracho y drogado; no tuve más remedio que levantarme para defenderlo.
Por supuesto que Alexei, Vova y Sergei vinieron detrás de mí y en cuanto uno de los matoncillos intentó ponerme una mano encima, llovieron los golpes, pero…
¿qué culpa tengo yo? Nikolai necesita ayuda y yo estoy decidido a ayudar a ese cabrón adicto en cuanto terminemos en esta puta misión en medio de la nada.
Todos estamos tremendamente enfadados por culpa del frío glaciar que hace, y aunque tengamos los cojones congelados, no podemos abandonar; el juramento que le hicimos a la Bratva nos lo impide.
Mi palabra como hombre me lo prohíbe. Avanzamos por la nieve hasta una base militar supuestamente abandonada en medio del horizonte blanco y desierto, donde se supone que tienen secuestrado a un activo importante para el Pakhan.
Alexei da un vistazo rápido al lugar y nos da la señal unos metros más adelante.
Todo parece en orden. Cuando llegamos hasta él, corta la verja de alambre y entramos de uno en uno.
Mi equipo está integrado por diez personas.
Karsov me está poniendo a prueba como brigadier y no sé para qué, sinceramente, tampoco quiero saberlo.
Me quedo el último y solo entro después de haberme cerciorado de que nadie nos sigue.
Están siendo muy duros en los entrenamientos con ese tipo de cosas como para olvidarme ahora, en medio de la nada.
Nos metemos en la base y la recorremos de arriba a abajo sin encontrar nada ni a nadie.
Esto no me huele nada bien y estoy alerta, pero los hombres empiezan a ser descuidados al ver que estamos solos.
Doy dos gritos para dejarlos en silencio.
Los chicos y yo nos miramos. Aquí hay algo que no encaja.
Nos acercamos unos a otros para cubrirnos un poco y empezamos a mirarlo todo más detenidamente. Alexei me mira.
—El suelo apenas tiene polvo acumulado; aquí hay gente.
—Vova, ¿traes juguetes? —no sé para qué pregunto si ya sé la respuesta.
—Rotundamente sí —sonrío y muevo la cabeza—. Entendido, empiezo a repartir plastilina.
Vladimir empieza a moverse con cuidado por el lugar mientras nosotros seguimos haciendo un barrido de todo.
Sabemos que aquí hay gente porque nos han mandado a rescatar a un hombre, pero lo han dejado todo vacío y yo no sé si quieren hacernos creer que esto está abandonado o simplemente hemos venido en mal momento.
No somos tontos, podemos ver que esto está habitado con todas las señales que esos inútiles han dejado como un rastro de miguitas de pan.
—Hay una puerta en la esquina pero tiene cerradura —dice Sergei sacándose un juego de ganzúas del bolsillo—. Me está llamando con su canto de sirena para que la abra.
Hace un movimiento con las cejas y se va guiñándome un ojo.
Se para delante de la puerta y empieza a toquetearla moviendo ágilmente las manos.
Mirando a mis amigos, cada uno en una esquina de la sala, me doy cuenta del gran equipo que tengo, de cómo unos niñatos sin futuro han acabado uniéndose y pateando culos hasta convertirse en esto: familia.
Sergei finalmente consigue abrir la puerta y se queda mirando fijamente el interior.
Los tres desde nuestras posiciones lo vemos inmóvil y decidimos ir a ver qué es lo que lo ha dejado así.
Al acercarnos, nos encontramos con que debe ser la puerta de la armería.
Digo debe porque solo quedan los soportes; la sala está completamente vacía.
De repente, el receptor de los sensores de movimiento que he ido poniendo, mientras entrábamos en la base, empieza a pitar. Mierda.
—¡En posición! —grito a mis hombres.
—Sabían que veníamos: es una puta emboscada —me dice Sergei. Alexei y Vladimir empiezan a moverse—. ¡Estaos quietos! Me ponéis los nervios de punta.
—¿Tenemos idea de cuántos son? —pregunta Vova pero nadie responde—. No puedo detonarlo todo con nosotros dentro. Tenemos que salir de aquí.
—¿Quieres que Karsov nos mate? No podemos irnos sin el activo —los tres me miran—. Tú mandas, Volkov. ¿Qué hacemos?
—Vamos a buscar al tío. Si la cosa se pone fea nos vamos. ¿Comunicaciones encendidas? —todos asienten—. Bien, moveos.
Nos movemos por el lugar lo más camuflados que podemos.
Los soldados que activaron los sensores entran en masa sin darnos un respiro.
Empezamos a disparar a todo lo que se mueve hasta que descubren nuestras posiciones y nos toca movernos de nuevo para repetir la jugada desde otro sitio.
Los hombres que Karsov ha mandado a esta misión con nosotros son poco menos que inútiles; unos cuantos de ellos se han metido en la sala de armas a resguardarse de las balas.
Directamente los doy por muertos. Ellos solos se han tendido la trampa.
Alexei ha podido escabullirse del tiroteo y está buscando al activo sin resultados.
—Este lugar está vacío. No hay nadie más por las otras salas. Nada de escaleras, tampoco hay trampillas —nos dice por el pinganillo—. Es hora de salir y volarlo todo.
—Hecho —contesta Vova.
La mayoría de los soldados están muertos.
Hago la llamada y empezamos a replegarnos.
Veinte minutos después del tiroteo, casi no queda nadie en pie.
Sergei tiene un tiro en el hombro, justo donde acaba el chaleco antibalas.
Vova tiene una raja en la cara que le llega a la oreja a causa de un tiro que podía haberle volado la cabeza, y Alexei sale cojeando del recinto por una pelea cuerpo a cuerpo que ha acabado con la vida de su contrincante.
Hemos trancado la puerta al salir, dejando dentro a los muertos, a los moribundos y a los que se han salvado de las balas.
Echamos a correr por la nieve sin parar en ningún momento.
Alexei lo tiene más complicado. Se está quedando atrás, pero Vova se da cuenta y se mete debajo de su brazo.
Yo me retraso para cubrirlos. No estamos muy lejos cuando todo estalla.
A tres kilómetros del punto de encuentro, cojo el móvil vía satélite y llamo a Karsov.
—¿Todo bien? —pregunta en cuanto lo coge.
—Hola a ti también, Gavrel. —me falta el aire por la carrera.
—Sí, hola.
—Ni rastro del activo. Lo hemos volado todo. —hay silencio al otro lado de la línea—. Nos han tendido una emboscada.
—Ya hablaremos cuando lleguéis. Helicóptero en el punto de encuentro —cuelga dejándome con la vista clavada en los chicos.
—Estamos en problemas.
—Vamos, no me jodas… Me llevo un tiro, a mi hermano casi le vuelan los sesos y ese cabrón va cojo. No llevamos ni la mitad de soldados que traíamos… ¿Y estamos en problemas? —Sergei se indigna—. No me importa el castigo que me pueda poner. Eso de ahí dentro ha sido para no salir vivo.
—Estás demasiado positivo… Eso me genera desconfianza. ¿Quién eres tú y qué has hecho con mi hermano? —Vova se ríe y Sergei le da un puñetazo en el hombro con el brazo bueno—. Mikhaila te está cambiando; me gusta.
Nos reímos y llegamos como podemos al punto de encuentro, donde nos espera el helicóptero para salir de aquí.
La misión ha durado menos de veinticuatro horas y creo que no me he cansado tanto nunca en mi vida como lo estoy ahora, después de estar corriendo por la puta nieve. Maldita sea, me duele todo.
Me subo al helicóptero, me siento en mi sitio, saco mi mochila de debajo del asiento y rebusco en ella.
Miro mi móvil, sin señal; aún no hay cobertura.
Al menos traíamos el teléfono satelital para estar en contacto con Karsov.
Saco el botiquín del neceser y me pongo a coserle la cara a Vladimir mientras Alexei intenta sacarle la bala del hombro a Sergei.
Los cuatro soldados que quedan están magullados pero vivos.
Una vez que estamos todos medianamente decentes, nos tragamos un analgésico y media botella de vodka para el dolor mientras nos acomodamos en los asientos. Nos quedan unas cuantas horas para llegar, así que es mejor que descansemos; aquí dentro hay poco que hacer.
No pasa mucho tiempo cuando la señal vuelve a los teléfonos y los móviles empiezan a sonar. Miro el mío y veo mensajes de Nikolai.
Nikolai: Katty está en casa, ven.
Mi jodido corazón se acelera y le doy gracias a Dios por eso. Ella está bien… Al menos hasta que yo llegue, porque si no la mata su hermano… lo haré yo en cuanto entre por la puerta de su casa.
Yo: Volviendo de una misión. Nos vemos esta noche.
Apoyo mi cabeza en el asiento y respiro profundamente aliviado, como hace mucho que no hago. Otro beep.
Nikolai: Viene aterrorizada. Se ha escapado y cree que la está buscando.
¿Matar al chico? Apuntado.
Yo: Te pongo hombres hasta que llegue.
Le escribo a uno de mis soldados de confianza; uno de los que tenía vigilando a Nikolai, para que esté alerta. Cuando me responde diciendo que pondrá alerta a unos cuando más, cierro los ojos y me dejo ir.
Entro por la puerta del gimnasio. Ya es noche cerrada.
Acabamos de bajarnos del helicóptero hace no más de veinte minutos y en cuanto mis pies han tocado tierra, he notado una descarga eléctrica, augurando que las cosas se van a poner feas.
La cara de Karsov en cuanto nos ve es de pocos amigos.
Me mira de arriba abajo, nos hace un gesto con la cabeza y lo seguimos.
Alexei es el último de nosotros en entrar. Cierra la puerta del gimnasio y echa la llave para que nadie pueda entrar sin que nos demos cuenta. Bajamos al sótano y nos colocamos en formación: uno al lado del otro con las manos por delante, la cabeza alta y la tensión zumbando en la piel.
Karsov es como un hermano mayor al que le gusta joder. Nos tiene aprecio… pero, en cuanto puede, nos da un correctivo. Se queda un rato callado mirándonos y empiezo a inquietarme. Cuando tarda tanto en hablar es porque no sabe qué hacer con nosotros y, definitivamente, eso no es buena señal.
—De rodillas —dice finalmente.
—No —le digo. Oigo a los demás contener el aire.
—¿Cómo dices? —se acerca a mí.— Arrodíllate, Pavel. Ahora.
—Puedo obedecer órdenes y recibir una bala si eso es lo que me pides, Gavrel, pero no me arrodillaré ante nadie.
Karsov abre los ojos, su respiración se acelera y empieza a ponerse rojo.
Me quedo muy quieto, esperando su reacción, sabiendo lo que viene después de esta demostración de poder que he hecho ante los chicos; mis hombres.
Karsov empieza a golpearme y yo sigo sin moverme, sin hacer ni un ruido.
Mantengo mi cara seria y mi cabeza alta.
Recibo golpes en la cara, el estómago y las costillas.
Un dolor intenso me recorre el cuerpo y una pierna me falla por un momento, haciendo que me tambalee.
Sergei me agarra y me mantiene en pie. Veo cómo se mueve para ponerse delante de mí, para protegerme y que la lluvia de golpes pare. Me muevo rápido y se lo impido.
—No —Karsov me oye y se queda quieto. Nos mira.
—¿Quieres recibir su castigo? Aún no he llegado al vuestro, Kuzmetsov, esto solo acaba de empezar. Tu hermano irá primero. Es el más débil de vosotros. No creo que aguante la paliza como Volkov.
La risa de Karsov reverbera en la sala de tiro y Sergei empieza a respirar fuerte. Estos hombres me juraron lealtad y yo les debo la mía. Doy un paso al frente.
—No será necesario. Asumo la culpa de lo que ha pasado en la misión. Asumo el castigo de todos ellos. Yo era la cabeza de mando; es lo justo. Ellos solo reciben órdenes.
—¿Órdenes de quién, Pavel? Porque las mías está claro que no. No te arrodillarás ante mí, pero ellos sí. —los mira y ellos me miran a mí, asiento—. Oh, es eso… Solo te escuchan a ti. Entonces recibirán todo de ti, Volkov. Incluso el castigo.
Se va hacia una esquina donde están los armarios de la munición y rebusca intentando encontrar algo. Cuando se da la vuelta, contengo el aire. Un látigo.
—Cien latigazos a cada uno. Si se quejan…
—Empiezo de cero. —termino por él la frase. Miro a los chicos y veo sus caras blancas. Todos asienten sabiendo que si me niego, será mucho peor—. Arrodillaos.
Me pongo detrás del primero y rezo por no escucharlos quejarse.
Empiezo su castigo con manos temblorosas.
Me sudan las palmas e intento sujetar bien el mango del látigo.
Me aterroriza que un fallo por mi parte signifique volver a empezar para alguno de ellos, o peor aún, que Karsov se arrepienta de haberme dado el poder de castigarlos y quiera hacerlo él.
Si está en mi mano, puedo intentar ser menos brusco, pero si es él…
Dios sabe que será implacable en cada golpe.
Con cada latigazo veo cómo la piel enrojece, cómo se abre la carne y cómo sangra cada herida.
La peor parte se la lleva Vladimir, que, aunque está más fuerte que cuando nos conocimos, sigue siendo el más menudo de nosotros y su piel ha aguantado menos que la de los demás.
¿Mi castigo? Ese ha ido a manos de Karsov.
Iluso de mí, que pensé que mi castigo era psicológico al tener que castigar a mis tres hermanos.
En cuanto termino, los chicos empiezan a salir por la puerta y, entonces, Karsov se acerca a mí.