Diamante de sangre y poder (Diamantes de la Mafia nº 4) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Mi cuerpo vibra aún más en violencia con ese mensaje. No sé cómo he podido no darme cuenta antes de las intenciones de ese cabrón. Joder, si la he recogido cada día desde los quince años, ¿qué coño me pasa? Anoto en mi lista mental un futuro muerto más.

Yo: Dalo por hecho. Termino el trabajo y me pongo a ello.

Vuelvo al sitio donde me quedé antes de los mensajes: las armas. Cojo un cuchillo de caza; es lo que más me gusta. Un agarre increíble para un acto terrible. Le doy vueltas en mi mano sin dejar de mirarlo y escucho cómo mi padre, ya atado a su silla, se remueve y se queja por detrás de su mordaza.

—Menos mal que te han puesto eso en la boca. No podía soportar escucharte llorar como un débil de mierda ni un minuto más. ¿Crees que si tu plan hubiera funcionado, yo gritaría así? Incluso Dimitri tiene más cojones que tú. Mi madre tiene más cojones que tú.

Me acerco a él, concretamente a sus muñecas, y se tensa sabiendo que podría cortarle las venas y fingir un suicidio a causa de la bancarrota, pero quiero que esto se sepa.

Quiero que todo el mundo sepa que no se jode con Pavel Volkov ni con su familia, que si lo hacen les espera una muerte segura y atroz.

Corto las cuerdas con las que le han atado las manos y parece como si acabara de matar un perrito, porque los chicos cogen aire y se tensan.

Justo cuando voy a fulminarlos con la mirada, Alexei entra por la puerta y suspira.

—¿Qué haces? —Vova está nervioso, va de esquina a esquina de la oficina.

—Mide uno ochenta y chilla como una niña…

Solo quiero ver que hace en un cuerpo a cuerpo.

—me encojo de hombros, me giro y miro a mi padre—.

Sabes que vas a morir, viejo. Al menos pelea como un hombre y acepta tu destino como tal.

Si no mueres en mis manos, lo harás en las de ellos, ¿sabes por qué? Porque son mi familia, no tú.

Con esa declaración, mi padre, ya suelto de sus ataduras, se abalanza sobre mí y empezamos a pelear.

No me cuesta mucho trabajo marearlo, dando vueltas y esquivando sus golpes.

Cuando creo que es suficiente, entro en acción.

Dos puñetazos después, empieza a escupir sangre.

Se limpia con el brazo e intenta agarrarme de la camiseta.

Doy un salto hacia atrás y respondo; una patada directa al pecho para desestabilizarlo y hacerlo caer de culo al suelo.

—¿No es un poco estúpido por tu parte hacer esto después de tenerme entrenando como un cabrón en un club de boxeo de la Bratva? —mi padre se congela—. Oh, vamos… No me digas que no lo sabías. Levántate y pelea, viejo, ha llegado tu hora.

—No podía salir otra cosa que escoria del coño de tu madre.

Eres basura y te juntas con basura. ¿Te vas con la Bratva?

No tardarán mucho en darse cuenta de que no vales para otra cosa que no sea pelear.

¿Por eso estás ahí? ¿Para apalear gente y hacerles el trabajo sucio?

Ojalá te desechen pronto como la basura que eres.

—Tus cuentas de banco no dicen lo mismo. Te lo he quitado todo en un pestañeo. Sí que valgo para eso, ¿verdad? Esos cientos de miles le quedan tan bien a la cuenta de mi madre…

Lleno de ira, mi padre se lanza encima de las armas y agarra lo primero que pilla; un cuchillo de carnicero.

Se tira encima de mí mientras oigo a Sergei decir: «Sabía que era una puta mala idea soltarle las jodidas cuerdas».

En cuanto tengo a mi padre a la distancia de un brazo, le apuñalo con el cuchillo que me había guardado cuando empecé a pelear con él.

Lo oigo gemir y encogerse. El cuchillo de su mano cae al suelo mientras agarra mi puño el mismo que aprieta y hace girar el arma de su abdomen.

Aún lo mantengo dentro de él, quien se sostiene aferrándose a mi agarre con fuerza, intentando sacarlo de su cuerpo.

Giro la mano un poco más y retuerzo la hoja en sus entrañas. Le susurro al oído.

—Solo hay un Volkov con poder en esta casa, padre, y ese soy yo. Limpiaré mi apellido de tu suciedad, el corazón de mi madre sanará y mi hermano no recordará tu cara.

Rajo el estómago de mi padre tan profundo como puedo.

La sangre lo mancha todo. Cae por todas partes, como las lágrimas que mi madre ha derramado cada noche desde que tengo uso de razón.

Mi padre tose en mi cara, salpicándome con la sangre que le brota por la garganta después de lo que acabo de hacer.

Veo mi imagen sangrienta en el espejo de su oficina, justo detrás de él; es la imagen del monstruo en el que me han convertido sus actos.

Soy una bestia decidida a morir por los suyos, decidida a morir matando sin temerle a la oscura eternidad.

Antes de dar el golpe de gracia, tengo que intentar comprender esa mota de tristeza que queda con el nombre de mi padre en mi negro corazón.

—¿Por qué? —quiero saber—. ¿Qué te hemos hecho para que nos odies?