Capítulo 3
Salgo de la ducha y miro en el espejo la cicatriz en forma de siete de mi cabeza.
Recuerdo como si fuera ayer el castigo de Karsov por matar a aquel dueño del prostíbulo donde la madre de los chicos trabajó.
Veinte minutos de paliza sin movernos y cada vez que uno se movía, empezábamos de cero.
El modus operandi que más le gusta, reiniciar las cuentas atrás.
A día de hoy sigo pensando que aquella misión no fue solo para recuperar dinero y fortalecer las mentes de los chicos, como él quiso hacernos ver.
Estoy seguro de que Karsov tiene algo en contra de Sergei…
desde que lo conocí, y aquella misión fue un golpe bajo. No tengo pruebas, pero tampoco dudas.
Me seco el pecho, teniendo cuidado de no restregar con fuerza en los tatuajes más recientes.
Desde aquella noche, hemos recibido un tatuaje por misión; la manera más tonta de captar adolescentes, aparte del dinero.
Tengo ya ocho tatuajes y tres muertes a mi espalda.
Nada mal para alguien de mi edad, según mi nuevo jefe. Mi móvil suena con un SMS.
Katty: Sé a lo que te dedicas. Paso de que me maten por un tío que no me presta la suficiente atención. No me busques.
Katty lleva en un tira y afloja conmigo desde el año pasado.
«Entrenas demasiado, no me haces caso, ya no vienes por las noches, eres un mierda…
». Ha sido un amor-odio continuo que no he sabido cómo parar correctamente.
Mis noches empezaron a complicarse y aunque no quería, dejé de visitarla.
No supe explicarle el porqué de mis ausencias, por lo que se puso triste pensando que ya no quería estar en su vida, y bastardo de mí…
no se lo negué. Para que pueda pasar página y seguir con su vida sin mí, he cortado la relación de golpe.
Ni la llamo, ni le escribo… Me limito a ir y venir con ella de clase; no quiero que esté sola.
Que haya sido un capullo con ella no implica que descuide su seguridad.
Sabía que tarde o temprano se enteraría de por qué ya no estoy con ella por las noches.
También sé que no es lo que le gusta y que tiene miedo.
Me lo ha dicho muchas veces en estos años: teme que Nikolai acabe metido en turbio para mantenerlos.
Es mejor así. Al fin y al cabo, no es más que mi mejor amiga.
Ella lo sabe todo sobre mí y aunque es un problema con patas, en el fondo nos apoyamos mucho el uno en el otro.
Siempre dijimos que éramos novios, nos besábamos y esas cosas.
Eso era mucho más fácil que explicarle a la gente que yo hacía su vida algo más feliz y que ella me sacaba de la cabeza los desaires de mi padre.
Nos ayudábamos mutuamente a sobrellevar nuestros problemas.
Ni siquiera le he tocado un pelo de la cabeza más allá de besarnos y meterle mano debajo del vestido.
Para follar tengo a Ivana, otra chica que iba con nosotros a clase.
Ella es un polvo rápido y seguro, nada emocional.
Le contesto con un mensaje rápido.
Yo: Haz lo que te dé la gana. Eso no significa que no vaya a ir igualmente todos los días para acompañarte a clase. Vives en un puto barrio de mierda, no puedes caminar por ahí sola.
Su respuesta es aún más rápida.
Katty: No te molestes en venir. Ya tengo quien me acompañe. Alguien, que de hecho, me presta más atención que tú.
¿Está de coña, no?
Yo: No me importa mancharme las manos de sangre y lo sabes, Katterina.
Un beep.
Katty: No te tengo miedo, Pavel.
No me hace falta tener que escuchar su voz para saber el tono de reto que tiene esa frase. Tecleo rápido para intentar no congelarme aún más las pelotas mientras sigo mojado y desnudo después de la ducha que acabo de darme.
Yo: No eres tú quien debe tenerme miedo, malysh.
A este último mensaje ya no le llega una respuesta. Supongo que se ha cansado de la demostración de testosterona que le acabo de lanzar por mensaje.
Termino de secarme, me pongo los calzoncillos y una camiseta para que mi madre no vuelva a desmayarse al ver los tatuajes de mi cuerpo.
Cuando eso pasó por primera vez, mi padre me miró con desprecio haciendo burbujear mi ira.
Cuando le pregunté qué estaba mirando, me levantó la mano y se arrepintió al instante.
Le agarré por la muñeca para detener el golpe y lo sujeté tan fuerte que se llevó con dolor una semana.
Después de eso, ya ni siquiera me mira a la cara y la verdad es que no me importa.
Él no nos quiere, no nos ha querido nunca, así que yo tampoco tengo por qué respetarlo entonces.
Mi madre ha salido con Dimitri a comprar unos materiales para sus clases de pintura creativa. Debería estar solo en casa, pero a medida que avanzo por el pasillo, me parece estar escuchando a mi padre en su oficina. Ha debido de volver antes a casa.
Me dirijo a mi cuarto, que casualmente está en la misma dirección que la oficina de mi padre. Tiene que creer que no hay nadie en casa, porque está insultando a mi madre por teléfono en una conversación con alguien.
—Esa perra quiere el divorcio. ¿Qué la trato mal?
Ahora sí que está jodida. No va a quedarse ni con el uno por ciento de lo que es mío.
Mátala y haz que parezca un accidente. —me quedo helado, como si me hubieran tirado un jarro de agua fría por encima.
Escucho el silencio mientras mi padre atiende a lo que alguien dice al otro lado—.
Sí, si los chicos están con ella, mátalos también.
Pavel es un peligro y Dimitri es poco más que un inútil. No me sirven de nada.
Mi sangre empieza a hervir en mis venas y siento que mi ira se va a descontrolar. Tengo que tranquilizarme o lo mataré aquí mismo. Camino deprisa y me meto en mi cuarto sin hacer ruido; prefiero que ese hijo de puta siga pensando que está solo y que va a salirse con la suya.
Enciendo mi ordenador, tecleo sin parar hasta que hackeo la red telefónica, como he hecho tantas veces para Karsov, y accedo al servidor donde están los datos bancarios de mi padre.
Consigo conectar con el teléfono al que está haciendo la llamada mientras me transfiero todos los datos de su ordenador.
Literalmente, me hago un traspaso de todo el dinero que tiene: empresas, negocios sucios, mensajes, correos electrónicos...
Lo dejo en la absoluta bancarrota y me quedo con toda una fuente de información en mi poder para poder manejar cualquier situación que se me presente.
Cojo mi móvil y marco la tecla de rellamada. La línea empieza a sonar conectando con la última persona con la que hablé.
—Tenemos que hablar. En veinte minutos estoy ahí. —cuelgo sin escuchar la respuesta.
Me escabullo silenciosamente por la casa hasta el garaje y me subo a la Kawasaki roja que me compré con el dinero de mi segunda misión.
Recuerdo la cara de mi padre al verla, el miedo de mi madre al intuir de dónde procedía el dinero y el placer de mancharme las manos de sangre al dejar correr la violencia de mis venas.
Mamá intuye que hago cosas malas; es más lista que mi padre.
Pero lo que no sabe es con quién y para quién. Eso sucederá en el momento indicado.
Me meto en el tráfico de media tarde y adelanto todos los coches que puedo.
Es lo bueno de las motos, que caben en cualquier parte.
Aunque, a decir verdad, prefiero mil veces la comodidad de los coches.
Todavía me queda un año para conducir legalmente, pero Karsov me ha dado una carta blanca con la policía para ello.
Cuando llego a mi destino, llamo a la puerta con un fuerte golpe. Sergei me abre en calzoncillos.
—Me has interrumpido el polvo con tu puta llamada.
—Cállate y ponte un maldito pantalón, se te marca la polla. Además tengo problemas más serios que haberte cortado el polvo. Necesito ayuda. —se hace a un lado y me deja entrar—. Llama a Vova; quiero explotar cosas.
—Sí que está la cosa jodida… Dame un minuto. —entra en la cocina.
Lo escucho reírse, algunas cosas caen al suelo, más carcajadas.
Dos minutos después, sale de la cocina solo con un pantalón de chándal puesto mientras pela una manzana.
Vova empieza a bajar las escaleras y la puerta del servicio da un portazo.
Miro a Sergei con las cejas levantadas y la mirada acusatoria.
—¿No es un poco mayor para jugar al escondite por casa? Por el amor de Dios, dile a Mikhaila que sabemos que folla contigo.
—Cuida tu boca, Volkov. O tendré que cortarte la puta lengua. —me dice poniéndome un cuchillo en la garganta.
—Tengamos la fiesta en paz. —dice Vladimir—. ¿Qué pasa?
—He escuchado a mi padre contratando a alguien para matarnos a mi madre, a mi hermano y a mí. —los dos abren los ojos hasta que prácticamente se salen de las órbitas.
—¿Ese alguien tiene nombre? —pregunta Sergei.
—Valentín Smirnov, y tu hermano va a volar su puta casa con él dentro.
—A Karsov no le va a gustar, así que hagámoslo. —ríe Vladimir encogiéndose de hombros.
—Si está así de jodido con quince años… no sé qué nos espera cuando sea adulto. ¿Por qué carajo está tan desequilibrado? —me dice Sergei mientras Vova pestañea burlándose de su hermano.
—Después de matar a ese cabrón, va mi padre.
Pero ese es mío. Será lento, doloroso y agonizante.
Pienso recrearme como no lo he hecho antes.
—Vladimir se ríe y Sergei niega con la cabeza—.
¿De qué te sorprendes? Vladimir mató al suyo con trece años y tú al tuyo el año pasado después de leer el diario de tu madre… Es mi turno, hijo de puta.
Los dos se empiezan a reír ante mi explicación del turno de matar padres, nos sentamos en el sofá y empezamos a planear cómo atacar al primer objetivo. El sicario.