Diamante de sangre y poder (Diamantes de la Mafia nº 4) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

En el doble fondo de un armario, aunque encontramos una pequeña caja fuerte, no hay ni rastro de la llave.

Sergei intenta forzar la cerradura con una navaja que acaba con la punta partida en dos minutos.

Se aparta maldiciendo como si fuera un marinero de setenta años y Vladimir se acerca por detrás para quitarnos la caja, sacándose algo del bolsillo.

—¿Un petardo? ¿Qué tienes, ocho años? —ladra Sergei.

Este tío no está nunca de buen humor. No me ha costado mucho darme cuenta de eso.

Entiendo que no es fácil saber que tu vida ha sido una mentira, que podrías haber conocido a tu madre.

Tuvo que mosquearle mucho saber que hubo otro niño que sí estuvo con ella, y luego enterarte de que era prostituta.

Sergei está cargando con muchas cosas. Me recuerda a Katty…

Solo que ella se apoya en nuestra rara amistad y él simplemente está enfadado con la vida.

—¿Te callarás algún día, joder? Este petardo va a volar la cerradura infantil que ha hecho que tu cuchillito de mierda se parta.

Vladimir mete el culo del petardo en la cerradura, rompiéndolo un poco para que entre parte de él y algo de pólvora.

Saca un mechero, se queda mirando la llama por un momento con los ojos brillantes, y enciende la mecha.

Mierda, realmente tiene un problema en la cabeza.

La cerradura revienta y se abre la caja dejando a la vista un buen fajo de billetes.

Miro a mi alrededor y veo una bolsa a punto de desintegrarse.

A la mierda… Tendrá que servir. Me acerco a cogerla y, mientras estamos metiendo el dinero dentro la caja, alguien llama a la puerta.

Nos quedamos quietos mirándonos en silencio.

Llaman de nuevo. Esta vez una voz suave viene del otro lado.

—¿Sergei, Vladimir? —una voz de mujer nombra a mis amigos y vuelve a llamar de nuevo—. Sé que estáis ahí. Abrid la puerta, por favor… Por favor.

Los tres nos miramos con nerviosismo; sabe quiénes somos.

Tenemos que abrir. No vale de nada esconderse si sabe nuestras identidades.

Suspiro y apunto con el arma a la puerta, Sergei vuelve a sacar la navaja con la punta rota y Vladimir abre despacio.

La mujer que salió corriendo antes, entra con un macuto y cierra la puerta detrás de ella.

—Vosotros no me conocéis, pero yo reconocería esas caras en cualquier parte.

Mierda, os parecéis mucho a ella… los dos.

—alza la mano hacia ellos, pero ambos dan un paso atrás—.

Entiendo, solo quiero que sepáis que ella os amaba a los dos con todo el corazón.

Fue ingenua al creer que vuestros padres la ayudarían a salir de aquí.

De hecho, te dio por muerto, Sergei. Estas son algunas de las cosas que conseguí esconder para que ese cabrón no las tirara.

Estaba muy enfadado cuando ella decidió marcharse y no pudo llevarse algunas pertenencias cuando se fue.

No es mucho, pero es suyo. Está su diario; ahí se explica todo.

—se fija en el muerto—. Mierda, tenéis que salir de aquí. Yo me ocupo.

—¿Cuántos años tienes? No pareces mayor que nosotros. —pregunta Vladimir con curiosidad mientras coge el macuto que le da la chica.

—Tengo veinticinco años. Vuestra madre cuidó de mí cuando me vendieron al prostíbulo con ocho.

Era la encargada de cuidar mi virginidad hasta que se subastó cuando cumplí los diecisiete.

Cuando decidió irse con el dinero que había ahorrado para sacarte de ese centro de menores…

las cosas se pusieron feas, Vladimir. Siento que enfermara.

La echo mucho de menos. Mi nombre es Mikhaila, por cierto.

—mira de nuevo el cuerpo—. Marchaos antes de que os encuentren.

Los de seguridad están a punto de hacer la ronda de esta planta.

—¿Estarás bien? —pregunta Sergei, dejándome asombrado por la amable pregunta.

—Yo siempre estoy bien, Sergei. —le toca la cara y esta vez, él se deja—. Márchate.

Entramos en la oficina de Karsov y le tiro la bolsa de dinero en la mesa. No levanta la mirada hasta que cuenta el último billete y es entonces cuando se percata de la sangre salpicada en nuestras caras.

—¿Lo habéis matado?

—Sí, estaba desestabilizando a los demás y quería quedarse con ellos. —respondo con seriedad.

—¿Desestabilizando? Me importa una mierda lo que hiciera, Pavel. No he dado la orden de matar a nadie. ¿Tus amigos no son capaces de soportar unos golpes o la palabrería de ese bastardo? —Sergei gruñe detrás de mí—. Oh, es que no sabíais que mamá trabajaba en ese sitio… Vaya, culpa mía.

—¿Lo sabías? Lo sabías y nos has mandado allí a modo de prueba… —Vladimir se mueve inquieto y Sergei empieza a respirar fuerte.

—¿No querías ser soldadito, Sergei? La vida no es fácil. Harán cualquier cosa para desestabilizar tu mente y tu temperamento. Empieza a controlarlo y a no dejar que los demás lo usen en tu contra. Tomáoslo como un entrenamiento más. Ahora, panda de inútiles, al sótano. Vais a pagar esa muerte.