Diamante de sangre y poder (Diamantes de la Mafia nº 4) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Incluso nos va bien fuera del gimnasio. Vladimir tiene casa y comida, tolera mejor a su hermano y Sergei se está aprovechando de eso para desquiciar a su padre, metiendo en su casa al hijo de su ex a la fuerza. Todos salimos ganando.

Los entrenamientos han duplicado su dureza; dos veces a la semana bajamos al sótano del gimnasio, donde Karsov nos ha hecho descubrir un campo de tiro.

Creo que la sala ocupa más espacio del que tiene arriba como gimnasio.

Hay siete puestos de tiro que nos permiten entrenar los tres a la vez sin tener que turnarnos.

Y en cuanto a lo de disparar… la verdad es que tengo una puntería de mierda, pero al menos no soy el peor.

Sergei realmente apesta con las armas. No tengo claro si darle un arma es más una ventaja que un peligro para los que estamos a su alrededor.

Eso sí, jugando a su favor, sigue destacando en el cuerpo a cuerpo.

Una tarde, en uno de los entrenamientos de tiro, Karsov nos interrumpe.

—Tengo un encargo para vosotros. No es algo fácil para tres niñatos de catorce y dieciséis años, pero quiero ver de lo que estáis hechos.

—nos tira una carpeta en la mesa donde tenemos esparcidas todas las armas que estamos usando—.

Ese tío nos debe dinero y, cuando vayáis a reclamarlo, se va a reír en vuestra cara, pero vuestro deber es traer los dos mil que nos debe.

Es una calderilla que vosotros, panda de mocosos, tenéis que recuperar para mí.

Si lo lográis, os haré un tatuaje a cada uno y os podréis repartir el dinero.

Solo quiero que ese cabrón sepa que por pequeña que sea la deuda, la Bratva siempre reclama.

Si falláis, tendréis un castigo. Tomáoslo como una prueba para ver si de verdad tenéis los cojones tan grandes como decís y si realmente valéis para servir a la Bratva.

Os doy tres días para demostrarme que no me he equivocado con vosotros.

En cuanto se marcha, los tres nos tiramos encima de la mesa a coger la carpeta, listos para despotricar sin escucharnos siquiera entre nosotros.

Treinta y cinco minutos después, harto de los gritos y el descontrol, le doy un golpe a la madera que suena más alto de lo que había pensado.

Los dos hermanos se giran despacio y se quedan en silencio.

Por lo que opto por tomar el control de la situación y empiezo a encauzar la conversación.

Los tres opinamos como si fuéramos personas casi civilizadas y vamos trazando planes poco a poco...

Solo a mí se me ocurre preguntar qué ideas tienen.

Dios, si mi padre cree que soy un salvaje, que venga y escuche las ideas que tienen estos dos desequilibrados.

Decidimos que podemos hacerlo rápido y a la una de la mañana nos vamos a nuestra primera misión.

Nos quedamos tres esquinas más abajo del local de alterne que dirige nuestro objetivo. Pese a que no tengo muy claro que el plan en mente vaya a salir, tenemos que intentarlo dado que no me apetece una mierda descubrir qué castigo tiene pensado para nosotros la mente retorcida de Karsov.

Es fácil colarse por la ventana del primer piso porque está justo encima de unos cubos de basura, que, por cierto, apestan a perro muerto.

Al saltar dentro del local caemos en un almacén que tiene una mezcla de olores a alcohol desinfectante, como el que mi madre me pone en las heridas cuando me peleo, y a tabaco.

Indudablemente, prefiero este olor que al de los cubos bajo la ventana.

En silencio, nos movemos por la primera planta hasta que encontramos la puerta del pasillo, la que supuestamente corresponde a la oficina del dueño; nuestro objetivo.

¿Por qué nos colamos en un club en el que entran personas cada segundo?

Porque somos menores y no nos dejarían entrar.

¿Por qué no decimos que venimos de parte de la Bratva?

Por la misma razón. Nadie en su sano juicio dejaría entrar a la organización, a la que le debe dinero, en su propio local.

Lo que sucede a continuación pasa todo tan rápido que lo proceso cuando ya no se puede dar marcha atrás: entramos sin llamar, abriendo la puerta con una patada poco experta para este caso, e interrumpimos al susodicho mientras una mujer le está chupando la polla.

Ella se levanta, nos mira fijamente por un momento y se va corriendo.

El hombre empieza a gritar hasta que se queda mirando fijamente a Vladimir.

Giro la cabeza y lo veo apuntando con una pistola. Oh, joder, esto no era parte del plan.

—Le debes dinero a la Bratva. Paga o muere.

El bastardo empieza a reírse de nosotros y se enciende un cigarro mientras se recuesta en su silla.

—¿Desde cuándo la Bratva contrata huérfanos?

—los chicos se quedan petrificados. Señala con el dedo a Vladimir—.

Ah, por esa cara que pones intuyo que no creías que fuera a reconocerte, ¿verdad?

Tu madre trabajaba aquí y eres exactamente igual que ella.

— Señala con el dedo a Vladimir—. Me costaste el dinero, chico. Por ti se fue de aquí.

—¿Quieres pagar o morir? —le interrumpo viendo cómo esas palabras han calado en mis amigos, dejándolos congelados.

Hasta yo, que no tengo su sangre corriendo por mis venas, siento un pellizco doloroso en mi pecho y estómago.

—Vamos a hacer una cosa. Una mejor y más justa para todos.

Vosotros dos, hijos de puta, primero, vais a pagar lo que le debo a la Bratva, y luego, vais a empezar a hacer trabajos para mí.

A ver si así podéis pagar todo lo que vuestra madre me hizo perder al teneros.

¿Sabíais que nadie quiere follar con una puta preñada?

Los chicos están totalmente quietos, casi petrificados, haciendo aún más visible a un Sergei que empieza a temblar y a ponerse rojo de la ira.

No obstante, el impacto no llega hasta que veo cómo se le cae una lágrima a Vova, una sola lágrima por el ojo izquierdo sin que ello contraiga la cara imperturbable que tenía antes.

El hombre empieza a reír ante la visión de dolor que proviene de mis nuevos compañeros a causa de sus palabras.

Lleno de odio por la incomodidad que les ha provocado, le arranco el arma a Vladimir de las manos y disparo.

Doy en el blanco haciendo que la cabeza del cabrón caiga hacia atrás en un golpe seco por el impacto.

La sala se queda en un silencio sordo, solo roto por el sonido continuo de la sangre goteando en el suelo.

Toda la pared tras su escritorio está salpicada de sangre mezclada con trozos de masa viscosa.

Miro a Vladimir y lo veo sonreír levemente mientras se lame la lágrima que cae ya cerca de su boca.

Sergei sigue temblando con la cara roja y los puños cerrados, con la mirada fija en el hombre que acaba de decirle que su madre era una prostituta mientras se reía en su cara.

De repente, el silencio se rompe con las carcajadas de Vladimir. Arqueo las cejas y lo miro.

—¿Qué coño está mal contigo? Acabo de matar a un hombre. —le pregunto con estupefacta curiosidad—. ¿De qué mierda te ríes?

—Mira toda esa sangre y cachitos de cerebro decorando la pared… ¿No es maravillosa la manera en la que le ha reventado la cabeza?

—Genial, comparto sangre con un sádico. —dice Sergei que por fin reacciona—. Vámonos antes de que venga alguien.

—¿Qué pasa con el dinero? Tenemos que buscarlo antes de irnos. No quiero saber qué nos hará Karsov si llegamos sin él. Échale el pestillo a la puerta, Pavel. —me dice Vladimir. Nosotros asentimos y empezamos a buscar.

Ponemos el despacho patas arriba en menos de tres minutos. No he visto más basura metida en armarios y cajones en mi vida. Me dan hasta arcadas del olor que sale de ellos. Pienso hacerle más caso a mi madre cuando me diga que sea más limpio y ordenado… Paso de ser como este asqueroso.