Diamante de sangre y poder (Diamantes de la Mafia nº 4) Capítulo 2
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Capítulo 2

Como cada tarde después de clase, estoy pegándole al saco con las manos descubiertas.

Tengo los nudillos ensangrentados, los golpes diarios no dejan que las heridas se cicatricen y la carne vuelve a romperse una y otra vez.

El suelo bajo el saco tiene manchas insalvables de los goterones de sangre que recorren el cuero cada vez que le pego.

Ya apenas siento nada cuando las heridas se abren.

Según el entrenador, así es como se hacen los hombres.

Así es como lo hago desde hace dos años, porque, si algo me ha enseñado mi padre es a querer ser un hombre y no una basura como él.

Golpeo oyendo el rasgar de la carne contra la piel del saco, que se mezcla con las voces de Karsov que está llamándome a gritos.

Me recuerda todas esas veces que me grita para decirme lo que tengo que hacer, ya sean ejercicios o tareas por las que me paga algo de dinero para que no dependa de mi padre: ayudo a limpiar, mover cosas o simplemente escucho como regaña a hombres que le sacan dos cabezas por algo que han hecho mal.

A veces siento como si me estuviera enseñando algo que no entiendo aún.

Me quito un poco el sudor de la frente con la toalla que tengo tirada en un lado, limpio la sangre del saco y me acerco al mostrador que tiene cerca de la puerta para ver qué quiere.

Cuando llego me doy cuenta de que hay dos chicos con él.

Uno de ellos es bajito pero bastante ancho, rubio de ojos azules, y el otro es un palillo de pelo negro con ojos oscuros.

Entro en tensión cuando veo al rubio mirarme de arriba abajo, por lo que le pongo mala cara haciéndole ver que él tampoco me gusta a mí.

—Pavel, estos son Vladimir Petrov y Sergei Kuzmetsov. Necesitan un poco de guía hasta que se hagan con la rutina. Desde hoy te encargas de entrenar con ellos. —quiero quejarme pero me contengo.

—Dijiste que íbamos a ser soldados. No voy a entrenar con este niñato. —el bajito y fuerte se queja.

—¿Soldados? —pregunto mientras veo como la mano abierta de Karsov aterriza en la cara del chico. Se queda petrificado.

—No hagas caso, Pavel. Sergei, una palabra más y te echo de aquí con cuatro dientes menos. Ahora al suelo, cien flexiones gracias a vuestro amigo bocazas y a entrenar.

El chico palillo y yo, fulminamos con la mirada a Sergei y empezamos las flexiones.

Él se une y veo como empieza la serie sin problema, pero a Vladimir se le atragantan en la número diez.

Karsov se le acerca y le pasa el pie por debajo del pecho, retirándole la mano y haciendo que caiga de lado.

Se agacha frente a nosotros y después de un vistazo divertido, nos advierte.

—A partir de hoy, sois un equipo. Si uno falla, todos lo hacéis. Cada vez que Vladimir pare, empezáis de cero.

Sergei empieza a quejarse y a insultar por lo bajo a Vladimir en cuanto el entrenador se da la vuelta.

Mi sangre empieza a calentarse. Yo no soy un santo ni un salvador, pero no puedo con las cosas injustas y este chico no tiene la culpa de tener menos resistencia y fuerza que nosotros.

Me levanto de un salto como cada vez que me han tumbado en un entrenamiento y le pego una patada en la mano, dejándolo caer justo como Karsov ha hecho con Vladimir.

Sergei es una puta piedra; se levanta sin apenas inmutarse y se enfrenta a mí, aunque me llega por la nariz.

—¿Qué cojones te pasa, puto pijo de mierda? ¿Te crees superior a mí con tu ropita deportiva de marca? Cuando quieras te reviento esa nariz y te la coloco en su sitio.

—Me pasa que no me gusta la gente como tú: la puta escoria que machaca a los demás sin razón. Si vuelves a faltarle al respeto a mi compañero, vamos a tener esa pelea que quieres.

—Tu compañero es mi hermano, hijo de la gran puta. —mi cara se congela y miro a Vladimir que agacha la mirada.

—Pero… no entiendo.

—¿Que no entiendes el qué? —sin dejarme abrir la boca, responde mi pregunta sin que la haga.— El por qué no tenemos el mismo apellido no es tu puto problema.

Esta es una información que no tengo muy claro cómo gestionar después de haber sacado la cara por el chico. Miro fijamente a los ojos del hermano abusón y cuando creo que he tenido suficiente con la batalla de gallitos, vuelvo a mis flexiones.

Ayuda ver venir a Karsov por el pasillo ya que no quiero otro castigo tras estas cien.

Parece que a los otros también les viene la misma idea a la cabeza porque, sin tener que decir palabra, comenzamos de nuevo.

Mantenemos el ritmo en todas las ocasiones que el entrenador pasa por nuestro lado para aflojar en cuanto desaparece de nuestra vista.

Vladimir no consigue hacer su serie, pero lo disimula cuando Karsov pone sus ojos en él.

Yo no me quejo, y Sergei está callado con una cara de enfado monumental.

En cuanto los dos acabamos nuestras flexiones, nos sentamos exhaustos en el suelo.

Mi padre tiene que estar a punto de venir a recogerme pero, aun así, el entrenador cierra la puerta del gimnasio con nosotros dentro cuando todos los demás han salido.

Los tres nos miramos un poco nerviosos. Es la primera vez que Karsov cierra la puerta conmigo aún dentro del gimnasio.

El pestillo suena y se vuelve hacia nosotros con mirada depredadora.

Empieza a caminar en nuestra dirección y mi cuerpo se tensa.

Tengo la reacción de querer dar un paso atrás, de retroceder, pero, yo no hago esas cosas.

—No creáis que no me he dado cuenta de lo que ha pasado esta tarde.

Has actuado como un hombre, Pavel, estoy orgulloso.

—se gira hacia mi compañero—. Vladimir, tienes que entrenar más y engordar un poco.

—los chicos van a decir algo, pero Karsov los corta— Me da igual que vivas en la calle, Vladimir, ahora eres un protegido de la Bratva.

—¿La Bratva? —pregunto sin darme cuenta.

—Claro, niño pijo. ¿Qué creías que era esto, un equipito de competición? — Sergei se burla de mí.

—Sergei, cállate. Me importa una mierda que tu padre sea un bastardo.

Ocúpate de que tu hermano viva contigo y se alimente, o haré que la Bratva visite a tu padre para que te quedes huérfano del todo.

Te aseguro que si veo que vuelves a faltarle el respeto a tu hermano de esa manera, estás fuera.

¿Me oyes? Si no respetas tu sangre, ¿cómo esperas que crea que puedes respetar tu juramento?

—mi cuerpo se tensa con esa frase que parece salida de mi propia mente.

—¿Nos estás reclutando? —pregunto.

—¿Quieres que te reclute, Volkov? Eres una bestia con potencial.

Lo vi el primer día que tu padre te trajo; tan descontrolado y tan violento.

Un activo al que modelar. Estos dos son hijos de una mujer manipulada por dos bastardos.

Uno de ellos muerto a manos de su propio hijo.

¿No es así, Vladimir? —a Sergei se le pone la cara tan blanca como la pared—.

Oh, mira a tu medio hermano, Vladimir. Acaba de cagarse encima.

—Se merecía morir por todo lo que le había hecho a mi madre. —son las primeras palabras que Vladimir dice en toda la tarde.

Alguien llama a la puerta del gimnasio dando fuertes golpes en ella y, con la tensión del momento, todos nos sobresaltamos menos el entrenador, que se asoma a la puerta y me sonríe. Nos da un golpecito en la cabeza a cada uno como si fuéramos unos perros buenos.

—Mañana os quiero aquí a primera hora de la tarde.

Seguiremos con esta conversación. Si alguien descubre que esto pertenece a la Bratva, iré a por vosotros y a por vuestras familias.

¿Queda claro? Ahora, largo. —empezamos a salir pero nos vuelve a hablar—.

Sergei, haz lo que creas conveniente, pero Vladimir vivirá contigo o estarás en problemas.

Sergei asiente y sale del gimnasio detrás de nosotros.

Al ver a mi padre, con cara de enfado, me preparo para la retahíla que me espera en el coche.

Seguramente me echará la culpa de no estar en la puerta a tiempo para salir, por haber tenido que bajarse del coche o por cualquier cosa absurda que le haya pasado hoy en el trabajo.

Empiezo a andar en su dirección cuando una mano en el hombro me detiene. Me giro y veo a Vladimir mirándome.

—Nos han presentado, pero ni siquiera te he dado la mano. —me estrecha la mano a modo de saludo—. Puedes llamarme Vova. Gracias por defenderme de mi hermano, no le gusto demasiado.

—No hay problema, es lo mínimo que debo hacer cuando creo que algo es injusto. ¿Puedo preguntarte por qué no le gustas? —mi padre se desespera en el coche y empieza a pitar.

—Creo que es porque yo conocía a mi madre y él pensó siempre que estaba muerta. Su padre nunca le dijo quién era. —Sergei se acerca a nosotros y Vova deja de hablar—. Nos vemos mañana, Volkov.

—Hasta mañana. —miro a Sergei y le hago un movimiento de cabeza despidiéndome.

Unos meses después, los tres empezamos a tener más o menos claro lo que es esto.

Karsov es una especie de ojeador para la Bratva.

Se queda con los chicos con violencia potencial y, como en el caso de Vladimir, con los chicos sin familia a los que puede reclutar como carne de cañón.

Nadie que reclame nada si algún día les pasa algo.

Todos nosotros estamos aquí por alguna razón, y ninguno de nosotros sentimos que tengamos nada que perder al estar aquí, y a nuestra manera, todos somos chicos violentos con bastante ira reprimida.

Ira que, por supuesto, Karsov sabe manejar y moldear a su favor.

El trato es que nosotros danzamos a nuestras anchas como protegidos de la Bratva a cambio de ciertos trabajitos de bajo rango para los soldados.

A los chicos solo tuvieron que ofrecerles entrar, sin muchas florituras.

Los dos se lanzaron de cabeza sin pensárselo dos veces.

¿La manera de convencerme a mí? Desfogar sin meterme en líos; una carta blanca a la violencia y a ser intocable.