Diagnostico: Nosotras (Entre nosotras nº 3) Capítulo 29 #2
98%

Capítulo 29 #2

—Has salido antes —insiste, con ese tono de «te pillo, te pillo».

—He salido mejor.

—No, Nerea. Has salido antes.

—Minerva —digo sin aflojar el ritmo—, si necesitas repetir la carrera hasta que te suba la autoestima, lo hablamos en terapia. O en el bar. Donde tú quieras.

Resopla, pica el suelo más fuerte y acelera. Yo la dejo hacer. Me gusta darle cuerda. Siento sus pasos acercándose. Pum, pum, pum. Que se crea que me alcanza.

La miro de reojo. Ceño fruncido, esa obsesión suya por ganarme que le sale de dentro y que a mí me calienta más que el asfalto. Minerva compitiendo es preciosa. Minerva compitiendo conmigo es un problema.

Me adelanta y levanta la barbilla, reina.

—¿Ves?

No contesto. Mantengo el ritmo estable, pulso controlado, 128 ppm, respiración regular. Me callo a propósito, para que se venga arriba. Para que se crea la película. Tres zancadas después, acelero y la paso sin esfuerzo.

Se queja. Algo entre una risa y una amenaza.

—Te estás viniendo arriba para alguien que hace tres meses no corría ni detrás del autobús —añado.

Sigo corriendo. Y ahí me atraviesa algo que no tiene nada que ver con las piernas. Me sube al pecho, a la garganta, al orgullo. No freno. No cambio el ritmo. No me va a ganar. Ni hoy ni ningún día.

—Eh.

No contesto. Me roza el brazo al adelantarme, aposta. Me conozco esa mierda.

—Que te estoy ganando.

La miro. Está sonriendo. Orgullosa. Guapa y reventada, con esa cara de «esta vez sí». Pues no, cariño.

Me concedo una pausa mínima, para que se emocione. Después acelero. La paso otra vez.

—Eso no va a pasar.

—¡Oyeeee! —chilla, con una voz demasiado aguda para ir de dura.

—Corre más y deja de llorar —le grito sin mirar atrás.

—¡Eres insoportable!

—Y tú muy confiada.

Se ríe. La oigo detrás. Sigue. No se rinde. Me gusta. Me pone. Me jode a la vez porque me dan ganas de pararme solo para agarrarla por la cintura y callarle la boca a besos, pero no hoy. Primero se gana.

El final del paseo está a unos cincuenta metros. Aprieto un poco más, por vicio, por costumbre de ganar y cruzo primero. Bajo el ritmo despacio, manos en las caderas, respiración alta pero controlada.

Minerva llega después. Se dobla hacia delante y se apoya en las rodillas. Está sin aire y aun así saca fuerzas para mirarme mal.

—Te odio.

—No —le digo—. Tú lo que odias es perder contra mí.

Levanta la cabeza. Me mira con ese gesto suyo: mitad desafío, mitad «vente aquí».

—Si por verte perder gano verte con esa ropa de deporte, me compensa.

Lleva shorts negros y una camiseta de tirantes también negra. Está fuerte. Mucho. Y sabe que a mí me gusta verla así, sudada, con la piel brillante, con la respiración desordenada. Me excita verla reventada y aun así intentando morder.

Le sujeto del brazo y la paro en seco.

—Ven.

—No quiero.

Lo dice, pero ya se está moviendo. Siempre se mueve. La protesta es el único deporte que practica con soltura.

Le cojo las muñecas y tiro de ella hasta pegarla a mí. Sin margen. Sin darle tiempo a montar un discurso. Inclino la cabeza y le muerdo el cuello, donde sé que le fastidia y le gusta a la vez. La noto tensarse y soltar el aire por la nariz, enfadada y caliente. Levanto la mirada.

—Estás saladita.

—Tú muy crecida y gilipollas.

Pero no se aparta. Al contrario: me besa. Directa. Con hambre. Me empuja contra su cuerpo, sudor con sudor. Y yo respondo igual. Me come la boca y yo se la devuelvo, sin hacerme la buena.

Me entra la idea: parque, hora decente, gente con móviles, dos tías pegadas y sin disimulo. Me giro un poco, miro alrededor rápido. No veo a nadie cerca. Bien.

Esta mano no debería bajar más, pero me da igual. Le agarro el culo y la acerco todavía más. Quiero que lo sienta y que tenga claro que no voy jugando.

Minerva suelta una risa contra mi boca.

—Eres una sinvergüenza.

—Y tú no dices que pare.

No responde. No se separa. Me aparto lo mínimo para mirarla a la cara.

Tiene la respiración acelerada, las mejillas rojas por la carrera y esa mirada que me deja tonta, de verdad, sin frases listas y sin chulería automática.

Y entonces pasa esa mierda rara que me pasa con Minerva últimamente: me la quedo mirando y se me cruzan imágenes absurdas.

Ella en mi cocina. Ella dormida. Ella vieja.

Ella dentro de diez años. Perfecto momento para meter un tema delicadísimo.

—Mine… tengo una amiga que curra en una clínica de fecundación.

—Y yo tengo un tío en Alcalá. ¿A dónde vas con esto?

Los ojos le cambian, se le encienden. Pilla el tema a la primera, siempre. Va por delante en lo emocional y me pone nerviosa porque me deja sin escapatoria.

Le paso el pulgar por el lateral del cuello. Me gusta tocarla cuando se pone así, seria y a punto de saltar.

—Había pensado que… —paro— me gustaría hacer muchas cosas contigo. —Levanto la vista y no la suelto—. Muchas de verdad. De las que dan miedo decir en voz alta.

Minerva deja de respirar. Su mano busca la mía, la aprieta. Ahí ya no hay marcha atrás y, uf, tampoco quiero.

—Quiero que dentro de unos años esto siga siendo mi vida —suelto del tirón, porque si me freno me rajo—.

Tú corriendo fatal. Carol cagándose en el puto microondas.

Eva entrando sin llamar porque le sale del coño.

Yo haciéndome la dura… y luego buscándote por toda la casa cuando no te veo en un rato, porque me entra mala hostia y también porque te necesito cerca.

Ella se ríe nerviosa y se le humedecen los ojos. Se relame los labios, yo le miro la boca.

—No me mires así —dice, medio riéndose, medio a punto de llorar—. No estoy preparada.

—Pues te jodes —le contesto, suave pero segura—. Yo tampoco, y aquí estoy.

Me acerco más. Le hablo bajito.

—Quería saber si… si quieres hacerlo. Si quieres que lo intentemos. De verdad. Con papeles, con médicos, con pinchazos, con lo que sea. Si quieres que tengamos un crío.

No contesta. Me agarra de la camiseta, fuerte, con los dedos tensos, tirando de mí.

Me pega un tirón y me empieza a llenar la cara de besos rápidos, desordenados.

Mejilla. Nariz. Cuello. Pelo. Todo, sin parar.

Me deja la piel húmeda y caliente. Yo me río, porque me entra una risa tonta que no controlo.

La abrazo más fuerte, la pego a mí. Me sorprende lo claro que lo veo todo de golpe, sin necesidad de hacer cálculos ni planes. Yo, que llevo media vida intentando tenerlo todo atado.

—¿Eso es un sí?

Minerva se separa lo suficiente para mirarme. Tiene la cara roja y esa expresión de «no me lo creo» mezclada con ganas. Sigue sin decir nada. Me rodea el cuello otra vez y vuelve a los besos, torpes, rápidos. Se ríe entre respiraciones, me muerde un poco la barbilla.

—Me vas a hacer llorar, cabrona —susurra.

—Entonces llora —le digo—. Pero contesta.

Ella me mira fijo.

—Claro que sí.

La miro de arriba abajo: sudada, despeinada, feliz. Y pienso que he sido idiota mucho tiempo creyendo que controlar era lo mismo que estar a salvo.

La beso otra vez, esta vez bien, con calma y con hambre. Ella me responde igual, abriéndome la boca, pegándose más, metiendo la mano por mi nuca.

—Vale —murmuro contra sus labios—. Entonces tendremos que comprarte unas zapatillas mejores. Nuestro hijo no puede tener una madre tan lenta.

Minerva se limpia con el dorso de la mano por debajo del ojo y me empuja el hombro.

—Vete a la mierda.

—Jamás.