Diagnostico: Nosotras (Entre nosotras nº 3) Capítulo 29
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Capítulo 29

Nerea

Cuando abro la puerta del piso, lo primero que escucho es a Carol peleándose con la sartén.

—Pero no escupas aceite, hija de puta… que me voy a quemar.

—Creo que estás hablando con los utensilios de cocina otra vez —dice Eva desde el sofá—. No calla esta mujer.

Cierro la puerta con cuidado. Las tres levantan la cabeza a la vez. Carol desde la cocina, Eva desde el sofá y Minerva con el móvil en la mano.

Eva me mira de arriba abajo y me localiza el fallo con una precisión que me da rabia.

—¿Qué cara es esa?

Me quito el bolso del hombro intentando no parecer rara.

Aunque lo raro es otra cosa: la casa está recogida.

Recogida de verdad. No hay copas en sitios absurdos.

No hay mantas por el suelo. No hay pañuelos en la mesa del salón.

Ni una bolsa del súper vacía vigilando la puerta. Las miro con desconfianza.

—¿Habéis limpiado?

Carol asoma con la espumadera en la mano.

—No cambies de tema.

—No, perdona, esto sí es tema. ¿Quiénes sois y qué habéis hecho con Minerva y con este piso?

—Nerea —dice Eva, seria—. ¿Qué ha pasado?

Ese tono me pone tiesa. Eva psicóloga no pregunta: abre expediente.

Minerva deja el móvil boca abajo en el sofá sin apartarme la mirada.

—Cuéntaselo —dice, seca.

Respiro hondo y ordeno el desastre en la cabeza. Qué difícil.

—Recursos Humanos me ha abierto un procedimiento interno.

—¿Perdona? —dice Carol—. ¿Un procedimiento de qué?

—Interno. Formal. De esos con correos, actas y gente con cara de «esto va en serio».

Eva se levanta y se me planta delante. Uf.

—Nerea. ¿Motivo?

Lo escupo sin más.

—Una residente me ha denunciado por acoso.

—Eso es absurdo —dice Eva, inmediata.

Casi me da alivio escucharla decirlo tan rápido.

—Ya. Gracias. Mi parte con neuronas también opina eso.

Me dejo caer en el sofá y me apoyo en el respaldo. Siento el cuello tenso, los hombros altos. Me dan ganas de gritar y de ducharme.

—Y luego apareció una cuenta falsa de Instagram. Con fotos mías. Comentarios. Insinuaciones. Lo típico: que si soy una acosadora, que si abuso de mi posición, que si «todo el mundo lo sabe».

Carol abre la boca, escandalizada.

—¿Qué?

Minerva suelta aire por la nariz, cabreada.

—Hija de la gran puta.

Eva no se mueve. Me sostiene la mirada.

—¿Quién lo ha hecho?

—Luz.

Carol deja la espumadera en la encimera con cuidado, demasiado cuidado. Eva inclina la cabeza y baja la voz.

—Vale. Necesito que me digas algo, Nerea. No el resumen. Lo que te pasa por dentro. ¿Miedo, rabia, vergüenza?

Me río sin ganas.

—Las tres. Y algo más: asco. De la situación. De la gente mirando. De que parezca que tengo que demostrar que no soy un monstruo.

Eva asiente, suave.

—Eso se llama indefensión aprendida cuando te empiezan a quitar control. No significa que seas débil. Significa que el entorno te ha puesto contra la pared.

Carol grita desde la cocina.

—Yo la pared se la ponía a ella en la cara.

—Carol —dice Minerva, sin apartar los ojos de mí—. Déjala hablar.

Sigo, ya lo he empezado y frenarlo ahora sería peor.

—Me obligaron a cogerme vacaciones mientras investigan.

Carol abre los ojos.

—¿Vacaciones? Eso es «vete a tu casa mientras decidimos si te reventamos la vida».

—Exacto.

Me froto las manos. No tengo frío, tengo electricidad por dentro. Mi cabeza lleva días con el mismo runrún.

—No es solo el procedimiento. Tengo la sensación de que cualquier palabra podría convertirse en un arma contra mí. Me he pasado toda la semana con la paranoia a tope, pensando que la gente me miraba distinto, no sé, dándole vueltas.

Eva me abraza.

—Eso es hipervigilancia. Tu sistema nervioso disparado. Y te digo otra cosa: cuando alguien te acusa de algo sexual, aunque sea mentira, toca zonas muy jodidas. Identidad, reputación, seguridad. Te deja con la cabeza hecha un lío.

La abrazo fuerte, que me ha salido muy lista mi hermanita pequeña.

—Gracias por el diagnóstico gratis.

—Te lo cobro en forma de que no te lo comas sola. ¿Por qué no me lo contaste antes?

—Porque me da vergüenza que me veáis así, Eva. Y tampoco quería que te preocuparas.

Carol bufa desde la cocina. Eva no me quita la mirada.

—Eso es vergüenza tóxica. La que te dice que pedir ayuda te resta valor. Y tú eres de las que no quieren deberle nada a nadie.

Minerva carraspea.

—Y de las que se meten en líos y luego vienen con cara de «yo puedo».

—Porque puedo.

Y puedo, sí. Me he sacado cosas peores de encima. He trabajado con gente que te grita, te manipula, te prueba. También me he ido a casa con ganas de follar para sacarme el día del cuerpo. No soy frágil. Lo que pasa es que esto… esto es sucio. Y a mí lo sucio me da rabia.

Eva baja el tono.

—Nerea, que tú seas una mujer segura, sexual, libre, no le da derecho a nadie a dibujarte como una depredadora.

Carol asiente fuerte.

—Eso. Que a ti te guste el sexo no significa que vayas por el hospital tirándote a la gente en los pasillos.

—Gracias por la imagen —murmuro.

—No me digas que no te imaginas el pasillo —suelta Carol.

—Carol —dice Eva, y luego me mira otra vez—. Te voy a preguntar algo de psicóloga pesada: ¿qué has hecho para protegerte estos días?

—Nada bonito. Dormir mal. Café malo. Pensar demasiado.

—Y aislarte —añade Eva—, que es lo que hace que la ansiedad crezca. Vale. Ahora pregunta de hermana: ¿qué necesitas hoy?

Miro el salón, las tres, la casa limpia. Me sorprende lo mucho que me afloja el pecho estar aquí, sin tener que actuar.

—Que no me tratéis como una víctima, por favor. Y que estéis.

Minerva me lanza un beso.

—Eso te lo puedo dar. Lo de no tratarte como víctima, fácil. Lo de estar… ya estamos.

Carol vuelve a coger la espumadera y regresa al fuego, pero habla sin dejar el tema.

—¿Y el hospital? ¿Qué te dijeron?

—Que investigan. Que «por protocolo». Que «hasta que se aclare». Ya sabéis. Frases para lavarse las manos.

Eva aprieta los labios.

—Eso es gestión de riesgo institucional. Y, por favor, dime que has guardado pruebas.

—He hecho capturas de todo. Correos, mensajes, la cuenta de Instagram, todo.

—Bien —dice Eva—. Y abogada.

—Estoy en eso.

Minerva cruza una pierna, tranquila pero con tensión.

—¿Y Luz qué?

Aquí viene lo feo. Y lo divertido. Y lo peligroso.

—No va a seguir con esto.

Carol se gira, con la espumadera apuntándome.

—¿Cómo que no?

—Hoy he hablado con ella.

Eva me mira, alerta.

—¿Cómo ha sido esa conversación?

—Directa.

Minerva entrecierra los ojos.

—Nerea.

Levanto las manos, antes de que me crucifiquen.

—Escuchad. Antes de que os pongáis en modo sermón: lo he solucionado.

Eva no se traga el «solucionado» sin más.

—Define «solucionado».

Cojo aire. Me apoyo mejor. Las miro a las tres, ya da igual disimular.

—La ayudé a llegar a ciertas conclusiones.

Carol se queda con la boca abierta.

—La he llevado por donde me interesaba. Le he hecho ver que si seguía, le podía salir caro. A nivel legal y a nivel personal.

Eva se pasa los dedos por la sien, como contando hasta diez.

—Nerea… ¿estás loca?

—Le di dos opciones: o retiraba la denuncia y se retractaba de Instagram, o yo iba a por todas. Le dejé claro que no soy su juguete ni su fantasía ni su excusa para hacerse la víctima.

Minerva suelta una risa breve, sin humor.

—Eso suena a amenaza.

—Suena a límites —le corto—. Y le gusta el drama, así que se lo di.

Carol deja la espumadera en la encimera otra vez.

—Nerea, eso es jugar con fuego.

—Lo sé. Me apetecía. Y me salió bien.

Eva me mira con mezcla de orgullo y bronca.

—Te entiendo, pero como psicóloga te digo: cuando alguien está desregulado y tú aprietas botones, escalas el conflicto. Y como tu hermana te digo: me da miedo que te metas en un lío más grande.

—No voy a pedir perdón por defenderme —digo, seca—. Estoy hasta el coño de poner la otra mejilla.

Minerva asiente lento, pero me señala con el dedo.

—Defenderte, sí. Manipular… te acerca a su terreno.

—Ya —admito—. Pero ha funcionado. Va a retirar la denuncia. Y va a retractarse en Instagram. Lo ha dicho.

Carol se lleva una mano al pecho, teatral.

—Madre mía. Vale. Me cae mal reconocerlo, pero… me alivia.

Eva suelta el aire, por fin. Se le aflojan los hombros.

—Me alivia, sí. Y también quiero que lo hagamos bien: no vuelves a hablar con ella a solas. Ni una vez.

—Hecho.

Minerva ya está desbloqueando el móvil.

—Entonces tengo que llamar a Paqui y a Bárbara para anular el plan.

Yo parpadeo, desconfiada.

—¿Qué plan?

Carol se tapa la boca para no reírse. Minerva levanta la vista, con toda la cara dura del mundo, y suelta, con cachondeo:

—Nada, nada.

—Minerva —digo, apuntándola—. Tú y yo vamos a hablar de ese «nada».

Eva me mira y estira el brazo para tocarme la rodilla, firme.

—Estamos contigo. Y te voy a regañar un poco más: no vuelvas a desaparecer. No te hace más fuerte. Te hace más sola.

Asiento, tragándome el nudo. No lloro. No me sale. Me sale otra cosa: una calma rara, real.

Carol vuelve al fuego.

—Vale, pues si mañana retira la denuncia, hoy cenamos. Y luego, si te apetece, te pones algo sexy, te miras al espejo y te recuerdas que no eres la mala de ninguna historia.

—Eso ya lo sé —digo, con una sonrisa—. Pero me gusta que me lo digas.

Minerva vuelve al móvil, tecleando.

—Voy a anular el… nada.

Eva me mira otra vez.

—Y después de cenar, me cuentas todo con detalles, sin hacerte la dura. Te hago té, o vino, lo que toque.

—Vino —digo—. Hoy vino.

Y, por fin, respiro sin el peso en el pecho. Aquí puedo bajar la guardia. Aquí no tengo que demostrar nada. Aquí están. Mi familia. Conmigo. Y eso me vale.

Dos meses después

—Tramposa —dice Minerva.

—Perdedora.

No la miro. Paso de girar la cabeza. Sé muy bien por dónde va: a mi izquierda, medio paso por detrás, respirando más fuerte de lo que cree que se oye. Y a mí ese resuello me encanta. Me pone nerviosa y me da vida, todo a la vez.

El paseo está casi vacío. Siete de la tarde. Un calor que para la gente normal es excusa para no mover el culo y para Minerva es la excusa perfecta para venir a demostrarme algo.