Epílogo
Paqui
—Pasad. Y no me deis ruido, que vaya día largo he tenido —dice Úrsula mientras prepara la camilla.
Estira el papel, coloca la pantalla, se pone los guantes y nos mira a todas sonriendo.
—Sois un cuadro, chicas. Es la segunda vez que vivo esto. Parece que estoy en el día de la marmota. Es como meter ocho personas en un seiscientos.
Eso lo dice mirando directamente a Carol y a mí.
Normal. Tiene experiencia. Sabe identificar a las personas incapaces de callarse incluso en situaciones médicas delicadas.
Hay talento natural y luego estamos nosotras.
La pierna de Carol va por libre, un balanceo que sube y baja, que parece que se va a arrancar a bailar.
Y yo con mi calma fingida, que ya no hay padrastro que comerme.
Minerva se sienta en la camilla. Lleva toda la mañana haciéndose la tranquila y no le está saliendo. Habla demasiado despacio y ella cuando está nerviosa, vocaliza. Parece una presentadora de documentales, aunque se esté muriendo por dentro.
Se sube la camiseta y resopla.
—Cómo me hagas esperar más, Úrsula, me tiro por una ventana. No puedo con tanto público. Llevo con taquicardia desde las siete de la mañana.
—No dramatices —dice Carol automáticamente—, que hoy va a salir bien.
Eva y Carol se colocan a la derecha de la camilla.
Pegaditas, de la manita. Nerea ocupa la izquierda al lado de Úrsula, con los brazos cruzados y cara de inspectora de homicidios.
Bárbara, prudente, se queda casi en la puerta para «no molestar», porque ella es así, capaz de ser portera «de aquí no se sale ni entra nadie hasta que no sepamos los resultados».
Me guiña un ojo. Joder. No me guiñes, automáticamente se va la vista a su boca.
Muy bien Paqui, muy tú cuando estás al borde del colapso emocional.
Y la Boquerona aparece detrás de mí con un paquete de Ruffles York´eso. Sí, un paquete de patatas en una ecografía.
—¿Tú qué haces comiendo? —le susurra Bárbara.
—Estoy nerviosa.
—¿Y eso te da hambre?
—A mí todo me da hambre.
Complicidad entre las dos. Respuesta honestísima.
No lo respeto una mierda. Aún me acuerdo cómo se comieron la boca en la boda de Eva y Carol.
Me entra un no sé qué de tirarle el paquete de patatas al suelo y zarandéala hasta espelucarla.
Pero me contengo, porque hay público y porque una sabe estar en los sitios. Perra, deja de coquetear.
Yo me coloco a los pies de la camilla porque no sé dónde meterme. Entre la tensión, el calor y el olor raro este de hospital, siento que en cualquier momento voy a llorar o desmayarme o ambas.
Úrsula echa el gel en la barriga de Minerva.
—Hostia qué frío, cojones —protesta ella, pegando un bote.
—El gel caliente se acabó en la sanidad pública en 2008 —dice Úrsula.
La Boquerona asiente, masticando.
—Los recortes.
Nadie le ha preguntado nada. Úrsula coge el aparato y ajusta la pantalla para ponerla a la altura de todas.
Y ahí cambia el aire. Porque por mucho que hagamos bromas, todas estamos pensando lo mismo.
Que por favor. Que esta vez sí. Que ya está bien.
Que ya han sido dos betas positivas y al final, nada. Y eso quema mentalmente y al bolsillo.
Úrsula empieza a mover el aparato despacito. Silencio. Carol aprieta la mano de Minerva tan fuerte que le va a cortar la circulación. Eva se está comiendo las uñas. Bárbara directamente parece que va a rezar, aunque no cree en Dios. Yo noto el corazón golpeándome en la garganta.
La Boquerona deja de masticar. Eso es gravísimo. Histórico incluso. Úrsula entrecierra un poco los ojos mirando la pantalla. Y entonces se escucha.
Tac, tac, tac, tac, tac.
Rapidísimo. Pequeñito. El sonido más bonito del mundo.
Carol suelta aire de golpe. Minerva se tapa la boca.
Eva empieza a llorar ya directamente porque cuando se trata de su hermana no puede evitar nada.
Pero Nerea sigue mirando la pantalla con el ceño fruncido.
Muy fruncido. Más fruncido. Y de pronto dice:
—¡Hostia puta!
Todas giramos la cabeza.
—¿Qué pasa? —dice Carol blanca.
—¡Hostia puta! ¡Hostia puta!
—¿Puedes dejar de decir eso, carajota? —dice Carol.
—¿Qué pasa? —repito yo automáticamente porque el pánico es contagioso.
Úrsula sonríe. Sonríe de verdad.
—Pues pasa… que hay dos.
Silencio. Silencio absoluto. El cerebro tarda en procesarlo.
—¿Dos qué? —pregunta Bárbara desde la puerta.
Úrsula gira un poco la pantalla.
—Dos sacos, criatura, no va a ser dos balones de fútbol. Dos embriones. Dos latidos —dice Nerea casi sin voz.
Y entonces se escucha otra vez.
Tac, tac, tac, tac.
Tac, tac, tac, tac.
Dos ritmos pequeños galopando al mismo tiempo. Minerva se congela. Carol abre la boca. Eva pega un chillido. La Boquerona dice:
—Ay, mi madre, doble gasto en pañales.
Porque cada persona procesa las emociones como puede. Nerea empieza a reírse. Pero de esas risas nerviosas de persona al borde del colapso mental. Mandíbula apretada y esa vena que ya todas conocemos.
—No puede ser —dice Minerva tapándose la cara.
—Puede perfectamente —dice Úrsula —. Y además parecen fuertes.
Carol ya está llorando sin dignidad ninguna.
—¿Dos bebés?
—Dos bebés —confirma la doctora.
Minerva mira la pantalla como si acabaran de enseñarle el universo entero metido en una televisión pequeña.
—¡Me cago en mi vida! —grita Minerva.
—Espera, voy a comprobar que no sean trillizos —dice Úrsula
Todas la miramos horrorizadas.
—¿Qué?
—Es broma.
—No hagas eso, hija de puta —dice Carol llevándose la mano al pecho.
La Boquerona vuelve a coger una patata.
—Pues yo ya los quiero.
—Ni siquiera han nacido todavía.
—Me da igual. Yo ya tengo favoritos.
—¿Cómo vas a tener favoritos entre dos fetos?
—La energía se nota.
Nerea sigue mirando la pantalla. Como si necesitara comprobar que eso sigue ahí.
Que no va a desaparecer si parpadea. Luego se acerca a Minerva despacio.
Muy despacio. Y le coge la barbilla. Así.
Con esa forma suya de tocar que parece una orden y una caricia al mismo tiempo.
Qué mujer más peligrosa, de verdad. A mí me mira así y le firmo una hipoteca o una confesión de asesinato. Soy fan de ella.
—Preciosa, esto es nuestro.
Minerva intenta responder algo, pero no puede. Se le escapa un llanto pequeño primero. Apenas nada. Un sonido roto. Y después abre los brazos para dejarse abrazar por Nerea.
Nerea la envuelve enseguida. Fuerte. Y ahí ya nos venimos abajo todas, claro.
Porque una puede sobrevivir a divorcios, a hacienda y a un audio de tu madre diciendo «¿has cerrado el gas?», pero ver a alguien feliz de verdad… eso te revienta.
Carol se acerca primero llorando. Luego Eva.
La Boquerona con las patatas todavía en la mano porque ni en un momento histórico deja de comer.
Bárbara se acerca desde la puerta, como siempre.
Ese miedo suyo a ocupar espacio. A entrar demasiado.
A molestar incluso cuando claramente la quieren dentro.
Y al final también viene. Todas acabamos alrededor de la camilla en una especie de abrazo colectivo desorganizado.
Brazos por encima. Cabezas chocando. Alguien pisándome el pie.
Creo que Eva me mete un codo en una costilla, espero, ya no sé distinguir el dolor físico de la emoción.
Y entonces noto a Bárbara detrás. Recostándose un poco sobre mi espalda.
Suave. Con cuidado. Como si no supiera si puede hacerlo.
Me encanta su olor y su respiración calentita en mi cuello.
Me aprieta desde atrás rodeándome la cintura y yo me quedo rígida, porque claro, Bárbara y yo ahora mismo somos como dos gatos callejeros intentando fingir que no nos importan las cosas mientras nos desangramos emocionalmente por dentro.
No estamos mal. Pero tampoco bien. Estamos en ese punto rarísimo donde una conversación puede acabar en beso o en denuncia.
Le noto la respiración cerca del cuello.
Y luego su mano. Temblando un poco. Bárbara temblando.
Hostia. Eso me desmonta más que los dos latidos.
Porque Bárbara nunca tiembla. Nunca. Yo le agarro la mano por puro reflejo.
Sin pensar. Porque dejarla ahí colgando me parece cruel y porque sinceramente tampoco sé qué coño hacer con todo lo que hay entre nosotras.
Ella aprieta despacio. No dice nada. Ni yo tampoco.
Delante, Minerva sigue abrazada a Nerea llorando y riéndose al mismo tiempo mientras Úrsula imprime imágenes como si no acabara de cambiarle la vida a ocho personas de golpe.
La Boquerona se sorbe la nariz.
—Voy a ser la tita favorita.
—No tienes ningún criterio maternal —dice Carol.
—Tengo muchísimos. Los niños me aman.
—Porque les das azúcar y les dices tacos.
—Educación emocional.
Y todas nos reímos. Incluso yo. Pero Bárbara no se separa. Sigue pegada a mi espalda. Callada. Y cuando entrelaza los dedos con los míos, muy poquito, casi escondiéndolo, noto una cosa feísima en el pecho. Esperanza. Qué asco y qué bonito a la vez.
Salimos del hospital en estampida.
Bueno, estampida lenta, porque entre los llantos, las felicitaciones, la Boquerona diciendo que ya tiene nombres para los niños y Eva volviendo a llorar cada tres pasos, esto parece una excursión organizada por personas emocionalmente inestables.
Nerea y Minerva van delante. Pegadas. No hablando mucho. Nerea lleva una mano en la espalda de Minerva todo el rato. Son preciosas. Me emociona solo verlas así. Minerva está feliz. Por fin. Y más, con una mujer así.
Eva va diciendo:
—Dos bebés. Dos bebés. DOS BEBÉS.
Como una mujer poseída.
La Boquerona:
—Yo a uno lo veo deportista.
—¿Cómo vas a ver eso? —dice Carol.
—La energía.
—Otra vez con la energía.
Bárbara camina a mi lado. Silencio. Normal. Raro. Silencio de ese que pesa un poquito.
Bajamos las escaleras del hospital porque el ascensor tarda una eternidad y los hospitales tienen una norma secreta: cuanto peor estás, más tarda el ascensor.
Fuera está anocheciendo. El cielo tiene ese color entre azul y naranja que dura dos minutos exactos antes de desaparecer. Y todas siguen andando delante. Hablando. Riendo. Viviendo. Se nos ve felices.
Yo busco las llaves en el bolso. No las encuentro.
Claro. Mi bolso es una dimensión paralela.
Meto la mano. Pañuelos, un peine roto, el ticket del Mercadona, un Superthings y un Piratix.
No se cual es cual, no distingo esta mierda.
Y entonces noto una mano. Bárbara. Me agarra la manga.
La miro. Ella también me mira. Y no dice nada.
Nada. Solo baja despacito la mano. Y entrelaza los dedos con los míos. Una vez. Suave. Como preguntando.
Delante, se escucha a la Boquerona gritar:
—¡Los gemelos me quieren más a mí!
—¡Ni han nacido! —grita Carol.
Y yo miro nuestras manos. Luego a Bárbara. Luego otra vez nuestras manos. Y pienso: «Hostia. La vida. Qué hija de puta. Y qué bonita a ratos».