Capítulo 27 #2
—Exacto. Nada de culpabilidades. Aquí no se juzga. Aquí se actúa.
Yo respiro hondo y miro el móvil otra vez, con rabia.
—Vale. Equipo Sevilla. ¿Qué hacemos primero?
—Primero —dice Bárbara—: recopilar todo. Capturas, fecha, hora, quién lo mandó al grupo. Segundo: perfil falso con caniche, que esto me está matando. Tercero: preguntar en los grupos con cuidado. Cuarto: denunciar en Instagram, pero todas a la vez, pa que les salte el aviso rápido.
Paqui levanta la cerveza.
—Y quinto: si hace falta, yo me planto en el bar donde lo hayan compartido y me siento al lado de las que estén con el móvil. Que yo con el rabillo del ojo veo todo.
—Paqui, tú vas a acabar detenida por cotilleo agravado —le digo.
—Pues que me detengan, hija. Yo por Nerea aguanto lo que sea.
Bárbara se ríe otra vez y me mira.
—Y tú, Mine, por favor: no se lo digas todavía a Carol.
—No, no —digo rápido—. Carol no. Carol se entera y en media hora está haciendo una lista de sospechosas en una servilleta. Y al final la servilleta llega a Nerea por un camino raro. Yo la conozco.
Paqui ladea la cabeza.
—¿Y la Boquerona? Que tú y ella en la boda… estabais muy amiguitas, Bárbara.
Bárbara se tensa. Paqui se da cuenta y se calla, cosa histórica.
—A ver —digo yo, cansada—. La Boquerona no. Si le preguntamos, se lo cuenta a Nerea y ya la hemos liado. Esto tiene que ser discreto.
Bárbara me señala con la cerveza.
—Eso. Discreto. Dentro de lo que nosotras podemos.
Paqui se recuesta.
—Yo puedo ser discreta.
—Tú no puedes ni ser paciente —le suelto.
—Yo puedo ser lo que me dé la gana —dice Paqui—. Que pa eso estoy agotada.
Me río, por fin más de verdad.
—Venga —digo—. Ponemos el caniche, recopilamos pruebas y vamos tirando del hilo. Y al que esté detrás… le vamos a dar un lunes precioso.
Paqui sonríe por primera vez en condiciones.
—Ahí está mi Mine. La novia de Nerea no se toca.
Bárbara asiente, seria otra vez.
—Ni a Nerea. A esa mujer, por lo que sea, alguien le tiene ganas. Y nosotras vamos a averiguar quién es. Aunque tengamos que patearnos media Sevilla y tomarnos veinte cafés malos.
—Veinte no —digo—. Que luego me da taquicardia y me pongo intensa yo. Y no me lo perdonáis en la vida.
—Ay, amiga Leo, tu está enamorada.
—Y tú eres gilipollas, amiga Sagitario.
Nos quedamos debatiendo largo y tendido. En un momento en que Bárbara se levanta al baño, le agarro la mano a Paqui.
—Paqui… ¿lo que me querías contar?
—Ahora no, Mine.
No le saco nada más. Y tampoco estoy yo como para apretar con lo que llevo encima.
***
Cuando llego a casa, Nerea está peleándose con la lavadora.
Hoy toca colada de blanco. Yo, en mi vida, he separado una prenda.
Yo era de meterlo todo y que Dios reparta…
y a otra cosa. Pero desde que vive aquí, cada color tiene su misa, su cura y su penitencia.
Ahí está, tiesa, concentrada, con las etiquetas en la mano, leyendo en voz baja, con esa cara suya de «yo controlo» que a mí me da entre ternura y ganas de darle un meneo.
Y claro. Yo miro eso y pienso: o no sabe lo que están diciendo de ella o lo sabe y por eso lleva días con el cuerpo apretado. Me iba a esperar. Lo había hablado. Lo habíamos decidido. Tres mujeres adultas con un plan. Al final me dura la prudencia lo que tarda en calentarse el aceite.
—Nerea… Tenemos que hablar.
Se para en seco. Deja la botella de suavizante sobre la encimera y se gira despacio.
—¿Qué pasa ahora? —dice, con la voz de «no me vengas con dramas», pero los ojos no acompañan del todo.
Le toco la muñeca, suave, sin invadir.
—Siéntate, quilla.
—No hace falta…
—Sí hace falta.
No se resiste mucho, pero lo disimula, y eso me enternece y me molesta a la vez. Nos sentamos en la mesa pequeña de la cocina. Yo saco el móvil del bolsillo y lo planto delante de ella.
Nerea mira la pantalla. No pestañea casi. Luego me mira a mí. Luego vuelve al móvil. Se muerde el labio, se arrepiente, lo suelta. Control, control, control.
El silencio se pone pesado. Yo respiro hondo, porque me conozco y sé que, o lo digo ya, o exploto por otro lado.
—Alguien te está difamando.
Lo digo firme, sin abrir la puerta al «bueno, a ver…». Que lo primero que le entre por la oreja sea seguridad. Aunque por dentro tenga el estómago dando vueltas.
Nerea deja el móvil en la mesa con una delicadeza que no le pega nada a lo que está leyendo. Yo espero una contestación, una mala palabra, una risa seca… lo que sea. Pero no.
Se levanta. Va hacia la lavadora, coge la botella de suavizante y se pone a lo suyo, con una precisión enfermiza: abre el cajetín, mira la rayita, mide, echa despacio. Usa la colada de parapeto. Me dan ganas de arrancarle el cajetín con los dientes.
—Nerea…
No se gira.
—Estoy poniendo la lavadora, Minerva.
—Ya lo veo, chiquilla. Y yo estoy intentando que no te comas esto tú sola.
Cierra el cajetín. Apoya las manos en la encimera y se queda mirando el frontal de la lavadora, con la barbilla alta. Chula. Muy Nerea. Pero la respiración la delata; la lleva corta.
Doy un paso.
—Ven. Siéntate otra vez.
Niega con la cabeza.
—Ahora no.
—Ahora sí.
—He dicho que no. —Su voz sale baja, controlada, fina.
Yo me acerco más, hasta estar a su lado, sin tocarla todavía.
—Mírame, por favor.
Tarda. Cuando gira la cara, los ojos le brillan. Nada exagerado. Lo suficiente para que cualquiera pase de largo. Yo no. Yo no paso de largo ni con un cartel luminoso.
Nerea aprieta los dientes y se recompone. Se recoloca la chulería encima, bien puesta.
—¿Quién te ha mandado eso? —pregunta, ya con tono de jefa. Pero la mano que tiene sobre la encimera sigue temblando.
—Me lo mandó Bárbara. Es una cuenta nueva. Sin seguidores, sin nada. Solo esa publicación y veneno.
—¿Bárbara? —escupe el nombre con desconfianza.
—Le llegó a un grupo. Ya tú sabes… de amigas de amigas que comparten basura por aburrimiento, pa sentirse importantes un rato.
Nerea suelta aire por la nariz. Una especie de «me lo esperaba» mezclado con «me está doliendo».
—Ya. La mierda corre rápido —murmura, con una seguridad ensayada.
La miro. No digo nada al principio, a ver si se le cae una verdad de las manos. Pero Nerea no regala verdades. Las guarda, las archiva y encima les pone contraseña.
—¿Esto ya lo sabías? ¿Por qué no me lo has contado? Te he preguntado mil veces qué te pasaba.
—Porque no quería.
Lo dice con descaro, pero los ojos piden perdón. Vaya mezcla.
—¿Lo de las vacaciones del hospital…? —añado, ya que estamos.
Silencio. Una respiración. Un gesto mínimo.
—Sí.
—¿Es por esto?
Se pasa la mano por la cara. Cansada. No dramática. Cansada de verdad.
—Sí.
Yo me acerco, le busco la mirada.
—¿Y por qué te lo guardaste? —me sale con un nudo en la garganta, pero no lo dejo crecer—. Me tienes aquí. No soy un mueble, ¿sabes?
Se le nota el esfuerzo por seguir con el papel de tía dura. La voz le sale segura, pero hay una grieta.
—Me daba miedo que vieras eso y durante unos minutos dejaras de verme a mí.
Se me revuelve todo por dentro.
—¿Qué?
—Me daba miedo que te montaras tu película antes de escucharme. Que me miraras raro. Que salieras corriendo. Tú… tú a veces no dejas terminar una frase. Te calientas y ya no hay quien te baje.
Yo abro la boca para protestar, pero me veo desde fuera y me entra hasta vergüenza.
—Vale. Sí. Eso es verdad. Qué cabeza tengo. Pero una cosa te digo: correr, no. No contigo. Eso nunca más.
Nerea intenta apartar la mirada. Le tiembla la barbilla, lo disimula apretando. Yo le cojo la mano. Fuerte. Sin miedo.
—Escúchame bien. Sé quién eres. Sé que no eres ninguna acosadora, coño. Lo único que he pensado es que alguien intenta joderte.
Nerea hace amago de soltarse, por puro orgullo, pero al final no lo hace. Aprieta mi mano, y yo ya estoy respirando otra vez. Fatal.
—Tú puedes ser intensa, pesada, mandona, insoportable cuando te da por tener razón… —le digo, mirándola fijo— y encima te pones chulita y te crees que no te afecta nada. Pero yo te conozco. Y sé que no cruzarías esa línea. No tienes por qué tragar con esto tú sola.
Se le mueve algo en la cara. Afloja la tensión de los ojos, pero en seguida vuelve a levantar la barbilla, porque Nerea es Nerea.
—Tampoco quería que te llevaras el sofocón —murmura— ni que te pusieras a lo Vengadora, que te conozco.
—¿Yo? —Me señalo el pecho—. ¿Vengadora? Yo soy una señora muy sensata.
Nerea me mira con una cara de «anda ya».
—Ya… sensata.
—Mira, sensata o no, esto lo vamos a arreglar. Paso uno: tú no te callas. Paso dos: tú no te escondes. Paso tres: yo no te suelto.
Susurra un «vale» muy bajito, que no le pega nada.
—Ven aquí —le digo, más suave.
Le pongo las manos en los hombros y la acerco. Al principio se pone rígida, sin saber dónde poner los brazos, que a Nerea el cariño le da vergüenza. Luego respira y me rodea la espalda. Me aprieta, por fin, y yo cierro los ojos. Me da un alivio que me deja floja.
—Lo vamos a afrontar juntas y punto —le digo al oído—. Y ahora me vas a hacer el favor de moverte conmigo al salón.
—Minerva…
—Ni «Minerva» ni nada. Anda. Al sofá.
La llevo casi a empujoncitos cariñosos. En el pasillo cojo una mantita del perchero porque en esta casa siempre hay una manta fuera de sitio y hoy me viene de lujo. La siento en el sofá, le subo las piernas, la arropo bien, hasta el pecho.
—Esto es un secuestro suave —la aviso.
—Eres idiota —dice, pero ya le tiembla menos la voz.
—La idiota soy yo, sí, y tú te callas y recibes amor, que es gratis y encima no mancha.
Voy a la cocina, vuelvo con un vaso de agua. Se lo pongo en la mano con cuidado.
—Bebe.
—No soy una niña.
—No. Eres peor. Eres una adulta que se traga las cosas y luego pretende que no le duelen. Bebe.
Bebe. Me mira. Ese mirar suyo de «no me hagas llorar», que me parte.
Me siento a su lado y le pongo la mano en el cuello, primero despacio, y luego empiezo a masajearle la nuca. Está dura. Muy dura.
—Madre mía, quilla… ¿tú tienes cuello o tienes una tabla?
—Para ya —protesta, pero no se mueve.
—¿Para qué? ¿Pa que sigas tiesa? Ni de coña.
Aprieto un poco con los pulgares, en círculos. Ella suelta aire por la nariz.
—Ay… —se le escapa, bajito, traicionero.
—Ajá. Ya te he pillao. La señora independiente disfrutando un masaje.
—Cállate.
—Que no, que me crezco. Mira, te voy a poner nombre de spa: «Nerea, la que no necesita a nadie». Y el tratamiento: «masaje anticoraje».
Nerea suelta una risa pequeña. Una. Y al momento se le rompe la cara. Le cambian los ojos. Se le llenan, ya sin permiso.
—No puedo con esto, Minerva —dice, por fin, con la voz hecha polvo—. Me da miedo.
Ahí está. La grieta, abierta.
Yo dejo el masaje y la rodeo con el brazo, pegándola a mí, sin apretar demasiado.
—Ya. Ya lo sé. —Le beso la sien, rápido, y me sale hasta rabia de lo mucho que la quiero—. Pero no estás sola. Ni hoy ni mañana.
Nerea intenta aguantar. Inspira fuerte, cierra la boca, mira al frente. Dura. Chula. Pero se le va un sollozo.
—Mierda —susurra.
—Sí, mierda —le contesto—. Pero mira qué plan: lloras un rato y luego hacemos una lista. Y si hace falta, me hago un Excel. Que yo con un Excel me vengo arriba.
—Tú… tú no sabes hacer un Excel.
—Por eso mismo. Amenaza seria. Que se entere la difamadora esa de lo que es el caos.
Nerea se ríe y llora a la vez, y ya no puede parar. Se tapa la cara con las manos. Yo le retiro una para que respire y la abrazo fuerte.
—Ea, venga. Suéltalo todo —le digo, con la voz bajita—. Aquí no hay que ser valiente.
—Me da… me da vergüenza —dice entre lágrimas.
—Vergüenza la mía, que llevo calcetines distintos y encima uno tiene un agujero. Lo tuyo es dolor y ya está. Y el dolor se llora.
Nerea vuelve a soltar una risa rota, de esas que salen sin querer, y se pega a mí, buscando calor. Yo le acaricio el pelo, despacio.
—Te voy a ayudar, ¿me oyes? —le digo—. Vamos a ir paso a paso. Y si te vienes abajo, me llamas. Y si yo me pongo intensa, me das un collejón verbal y me pones en mi sitio. Trato.
—Trato —murmura.
—Y ahora escucha: mañana, cuando te despiertes, sigues siendo tú. Con tu carácter, con tus cosas, con tu chulería de marca registrada. Y yo sigo siendo yo, que soy un desastre, sí, pero soy tu desastre.
Nerea suelta otra risa, más clara, y luego vuelve a llorar apoyada en mi hombro. Yo la abrazo, la arropo mejor y me quedo con ella en el sofá, sosteniéndola, mientras se desahoga y se ríe de mis tonterías a la vez, que es lo más Nerea del mundo.