Diagnostico: Nosotras (Entre nosotras nº 3) Capítulo 27
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Capítulo 27

Minerva

La noche fue bien, nos reímos mucho, pero cada minuto que pasaba se me colaba en la cabeza lo que me mandó Bárbara.

Y ahí venía el pack completo: agobio, pinchazo en el pecho y ganas de meterme debajo del sofá, que mira tú qué útil.

Pero luego miraba a Nerea… esa manera de reírse torciendo la boca, el pellizquito en la rodilla por debajo de la mesa, la mano subiendo un poco más de la cuenta y yo ya sin neuronas.

Se me iba todo del tirón. Porque Nerea seguía ahí.

A mi lado, en mi sofá, en mi cama y en mi cuerpo.

Y yo, pues yo encantada, qué quieres que te diga.

Hoy no ha sonado el despertador a las siete y yo ni me muevo, me da pánico despertarla y que me salga la voz en modo acusación.

Me abraza por detrás, manos en mi cintura, respiración en mi cuello.

Me siento una farsante por no girarme y preguntarle.

Pero hoy no me nace. Estoy harta de estar siempre con el susto puesto, esperando a que cualquier cosa lo reviente todo.

No quiero. Me niego. Quiero esto. Sus manos aquí. Ella aquí.

Hoy he citado a Bárbara y a Paqui después del curro. A Carol no la llamo. La quiero mucho, pero es un altavoz con pelo y no le puede ocultar nada a Eva, y Eva a la media hora le está escribiendo a Nerea. Y eso, por ahora, no.

El plan es simple: entender qué narices está pasando y luego ver qué hacemos con eso. Sin montar un pollo delante de Nerea, a poder ser. Que bastante pollo llevo yo en el pecho ya.

Bárbara está en la mesa del fondo con una cerveza ya avanzada.

Va perfecta, claro. Pelo bien, labios bien, postura bien.

Y después está Paqui, que hoy viene con la cara de quien ha pasado la noche entera negociando con el universo.

Menos zombi que ayer… pero poco. Ojeras, moño mal apañado y la mirada de «me queda un empujón y muerdo».

Me acerco, dejo el bolso en la silla y me siento.

—Bueno —digo—. ¿Quién empieza? ¿El drama o la investigación?

Bárbara levanta la cerveza.

—Primero hidratarse. Luego ya decidimos a quién le partimos la cara.

Paqui se frota las manos.

—Yo voto por partirle la cara a alguien ya. Me da igual el orden.

—Tres cervezas —le dice Paqui al camarero, sin levantar mucho la voz, pero con un tono de mala leche que te sirve igual para pedir pan que para pedir un juicio.

Me ajusto la chaqueta y tiro.

—Bárbara… ¿de dónde has sacado eso?

Ella coge aire, apoya las manos en la mesa, mira el móvil y lo pone boca abajo. Luego lo vuelve a coger. Se toca el flequillo, se sube las gafas. Todo muy controlado, pero hay tensión.

—Venga, Bárbara —digo—. Dilo ya, que me está entrando sudor frío y no estoy pa estas cosas a las tres de la tarde.

—En el grupo de Cati, Nati y Mati —suelta por fin—. Ahí lo han mandado.

—¿Las salidas esas? —pregunta Paqui, con su tono de «yo no quiero estar aquí pero aquí estoy».

—Sí, esas —contesta Bárbara—. He estado mirando y la cuenta no tiene seguidores, no tiene publicaciones antiguas, no tiene fotos personales, no comenta, no da likes…

Nada. Solo subió eso y lo ha ido mandando por grupos y por sitios de bolleras.

Bares, chats, listas de difusión… Va a mala idea, vamos.

Paqui da un golpe suave con los dedos en la mesa.

—Mala idea no. Mala leche.

Me llega la cerveza. Le doy un trago que me raspa la garganta y me centra.

—Vale —digo—. Y ahora qué. ¿Qué queréis que haga yo con esta información? ¿Le compro un anillo y me voy con ella a vivir al campo a criar gallinas, donde nadie nos conozca?

Paqui suelta una risa corta, por primera vez.

—Lo de las gallinas te pega. Pero lo del anillo… espérate, hija, que luego pasan cosas.

Bárbara se recuesta en la silla, se cruza de brazos y me mira seria.

—Mine, yo no tengo dudas de Nerea. Ninguna.

Y te lo digo yo, que he sido una tía que se ha liado con quien le ha dado la gana, cuando le ha dado la gana y sin pedirle permiso a nadie.

Y me cabrea que a una le pongan el sello de «peligrosa» por vivir su vida…

que me hierve la sangre. A mí me han llamado de todo por menos.

Paqui asiente fuerte, con la barbilla.

—Y yo, vamos, ni te cuento —dice—. Desde ayer Nerea es mi persona favorita en el mundo.

Mi Gonzalín con la brecha, yo cagada de miedo y ella…

tranquila, rápida, sin ponerme mala cara, sin regañarme, sin nada.

Me curó al niño y encima me habló bien. ¿Tú sabes lo que es eso, Mine?

Que yo estaba pa ponerme a llorar en urgencias.

Así que yo soy su fan. Su defensora oficial. Yo le hago una camiseta.

Me sale una risa nerviosa.

—Paqui, tú a Nerea le haces una camiseta y luego le montas un altar con velitas del chino.

—Pues también —dice ella, tan seria—. Y te digo otra cosa: que una cosa es que Nerea se haya liado con medio mundo, que ole su coño, y otra que sea una acosadora o una manipuladora. Eso no me lo creo.

Bárbara señala con el dedo la mesa, marcando cada palabra.

—Aquí el tema no es juzgarla. Es: ¿qué hacemos con esto? Porque alguien quiere hacerle daño. Y eso es lo que me preocupa.

Yo las miro a las dos y me entra una mezcla de alivio y ganas de llorar, que soy muy digna hasta que se me va la pinza.

—Yo también la conozco —digo, más bajito—. Y sé cómo es. Intensa, mandona, cabezona… y a veces se pasa tres pueblos. Pero es directa, tiene principios. Y a su manera, es honesta. Por eso me está reventando la cabeza esto.

Paqui se activa.

—Vale, sí. Pero no vamos a comernos el coco aquí. Vamos a movernos.

Bárbara se inclina hacia mí, rollo reunión de trabajo, pero con cerveza.

—Opciones. Una: se lo dices a Nerea y le preguntas de frente si sabe de qué va esto. Dos: no dices nada todavía y tiramos del hilo primero. Yo voto por la dos. Porque en cuanto se lo digas, si se asusta, va a querer arreglarlo ella sola y eso acaba regular.

—¿Regular? —repito.

—Regular de que se lía parda —dice Paqui—. Que esa mujer pa tranquila no ha nacido.

—Gracias, Paqui —murmuro—. Me estás dando paz.

Paqui bebe y me mira con cara de «yo digo verdades, no doy abrazos».

—Mine —dice Bárbara—. Vamos a pensar. Esa cuenta nueva, vamos a analizarla.

Le paso el móvil. Bárbara lo coge y hace zoom con cara de forense.

—Vale. Capturas de pantalla ya. Que luego lo borran y nos quedamos con cara de tontas.

—Hecho —digo, y empiezo a sacar capturas con el pulgar tembloroso, que parezco mi padre con WhatsApp.

Paqui se asoma.

—¿Y si denunciamos la cuenta?

—También —dice Bárbara—. Pero antes quiero ver por dónde se mueve. A ver si comete algún fallo.

—¿Un fallo? —pregunto.

—Un horario, una forma de escribir, a quién etiqueta, qué hashtags usa, si reutiliza fotos… lo típico.

Paqui chasquea la lengua.

—Lo típico dice. Yo lo típico es poner una lavadora y que se me olvide tenderla.

—Paqui, concéntrate —le digo—. ¿Qué propones tú?

Paqui se apoya en la mesa y levanta un dedo.

—Yo propongo infiltración.

—¿Infiltración de qué? —pregunto—. ¿Tú me ves a mí infiltrándome? Si yo me pongo nerviosa hasta pa pedir una tapa.

—Infiltración en los grupos esos —dice Paqui—. Nos metemos, preguntamos, hacemos de cotillas profesionales. Que yo tengo cara de buena y a mí me cuentan cosas.

Bárbara suelta una carcajada.

—Paqui, tú tienes cara de que te deben dinero.

—También —dice Paqui, sin pestañear—. Eso ayuda.

Yo me masajeo la sien.

—Vale, vale. Infiltración. ¿Cómo?

Bárbara ya va lanzada.

—Yo puedo escribir en el grupo de Cati, Nati y Mati en plan «oye, ¿alguien sabe de dónde ha salido esto?

». Pero con cuidado, sin poner el nombre de Nerea en grande.

Y otra cosa: podemos pedir a alguna de confianza que nos diga quién lo compartió primero.

Porque siempre hay una primera persona que lo reenvía.

—¿Y si nadie lo dice? —pregunto.

—Pues se aprieta. A mí no me tiembla el pulso —afirma Paqui.

—Paqui, por favor, que no estamos en un interrogatorio de comisaría —digo, y me entra una risa tonta—. Que luego me da apuro hasta mirar a la cara al camarero.

Paqui señala mi móvil.

—Yo lo que haría es crear un perfil falso.

Bárbara abre los ojos.

—Uy.

—Uy nada —dice Paqui—. Perfil falso, foto de un caniche enano con lacito, nombre de señora mayor y empezamos a seguir a la cuenta esa. Le hablamos. Le decimos que tenemos «más info» y que queremos aportar.

Yo la miro.

—Paqui, tú eres un peligro.

—Gracias —contesta ella, orgullosa—. Yo por Nerea, lo que sea. Que ayer me arregló la tarde y hoy le arreglamos nosotras el día.

Bárbara se ríe y asiente, ya metida en la dinámica.

—Vale, eso puede funcionar. Pero hay que hacerlo fino. Nada de escribir en modo Paqui, que se nota.

—¿En modo Paqui? —Paqui frunce el ceño—. ¿Cómo se escribe fino? ¿Con faltas de ortografía pero educada?

—Con frases normales —digo yo—. Sin amenazas.

—Yo no amenazo, yo informo de consecuencias —dice Paqui, y da un trago.

Bárbara sigue.

—Otra: buscar si la foto o el texto está copiado de algún lado. A ver si lo han puesto antes en Twitter, en Facebook, en un foro… lo que sea.

—Y otra —añado yo, ya con el cerebro arrancando—: hablar con gente de los bares donde lo han movido. Pero sin soltar nombres. Algo tipo «oye, ¿habéis visto una cuenta que está largando cosas de una médica?» Y a ver quién pone cara rara.

Paqui chasquea los dedos.

—Eso. Cara rara. Ahí está la clave. La gente no sabe mentir con la cara. Yo sí.

—Ya —digo—. Tú sí, claro.

Bárbara me mira a mí, más suave.

—Mine, y tú… tú estás bien, ¿no?

—Estoy que no sé ni qué camiseta ponerme. Una parte de mí quiere ir a casa y decirle a Nerea «mira lo que están diciendo de ti» y abrazarla. Y otra parte quiere mirar su móvil, su ordenador, su vida entera, y eso me da asco hasta pensarlo. Que yo no soy esa persona. O eso me cuento.

Paqui me toca la mano.

—Tú no eres esa persona —dice—. Y Nerea tampoco es lo que dicen ahí. Así que vamos a hacer algo útil: encontrar a quien está detrás y cortarle el rollo.

Bárbara asiente.