Capítulo 26 #2
Le acaricio el brazo despacio, noto el temblorcillo leve que intenta esconder. Me dan ganas de meterla en la cama ya, con un vaso de agua y la manta buena. La de invierno. La que rasca, pero es la que más abriga. Yo qué sé, tengo soluciones domésticas para todo, reina de mi casa.
—Bueno, pues me parece bastante responsable por tu parte, doctora intensita.
—Gracias por el rigor científico.
—De nada. Yo también soy experta en agotamiento mental. Llevo años conviviendo conmigo misma. Y no te creas, tiene mérito.
Nerea baja la mirada y luego vuelve a mí. Sin levantar murallas. Rarísimo también. Mira qué colección de novedades estoy teniendo hoy.
—Podrías habérmelo dicho antes —murmuro.
—Lo sé. Pero primero necesitaba entenderlo yo. Si te lo contaba antes… sonaba peor en mi cabeza.
La entiendo. Hay cosas que, dichas demasiado pronto, se agrandan. Y otras que, si las masticas sola, llegan menos afiladas. Aunque sigan doliendo, claro. Qué pesados somos los humanos. Incluyéndome. Sobre todo incluyéndome.
Le paso la mano por el brazo, arriba y abajo, distraída, para anclarla aquí. Para anclarme yo también, que soy experta en irme mentalmente a Cuenca en medio de una conversación importante.
—Así que… ¿vacaciones terapéuticas clandestinas? ¿En plan rehabilitación emocional deluxe?
Se le curva la boca.
—Algo así.
—Sin bata. Sin bisturís. Sin residentes mirándote y pensando que eres Jesucristo en el quirófano.
—Sin decisiones grandes —añade ella—. Sin correr. Sin treinta personas pidiéndome cosas a la vez. —Hace una pausa pequeña—. Y contigo.
Y claro. Ahí una intenta mantener la compostura, pero es complicadísimo cuando una cirujana guapísima y agotada te mira así, tan directa, tan sin pedir perdón por necesitarte.
Me coloco el flequillo y me sale la voz más baja.
—Pues conmigo lo que quieras. Pero con condiciones.
Nerea pone cara de «a ver qué invento traes».
—Ajá.
—Primera: duermes. Segunda: comes algo decente. Tercera: el móvil, fuera ratos. Que yo te lo escondo, ¿eh? Y ni lo vas a encontrar, que yo he escondido cosas mejores en casas peores.
—Eso suena a amenaza.
—Eso suena a plan de cuidados. Y yo también tengo mi parte sanitaria, aunque sea de barrio.
Ella suelta otra risa, más fácil.
—Vale.
—Y cuarta. —La espachurro—. Me lo cuentas. No todo hoy, si no puedes. Pero me lo cuentas de verdad.
Nerea no se mueve. Le noto el esfuerzo por no tensarse otra vez. Luego asiente muy despacio.
—Te lo contaré.
—Bien. Porque yo te quiero mucho, pero no tengo paciencia infinita. Y me da un mosqueo tremendo verte callarte cosas por orgullo.
—No es orgullo —dice—. Es… miedo a decepcionar.
Se me aprieta el pecho, pero no hago drama. Le beso la frente, corto, torpe, práctico.
—Pues decepcióname un rato en el sofá, anda. Que yo te pongo la cena.
—No tienes arreglo.
—Ni ganas.
Su cuerpo afloja de verdad. Se apoya en mí. Se deja. Y yo la sujeto, pero pensando que esto va a ser duro… pero al menos lo vamos a hacer juntas, que ya era hora.
Apoya mejor la cabeza en la almohada y tira de mí hasta pegarme otra vez a ella.
Yo me dejo, claro. Si es que, la verdad, podría pasarme media vida aquí metida, sin hacer nada más que escucharle la respiración y buscarle pelea por chorradas.
Qué panorama, hija. Y encima feliz. Para matarme.
Sigo abrazándola, con la cara hundida en su cuello.
—¿Cenamos? —pregunta ella al rato, con la voz ya blandita, medio dormida.
—Por favor. Que el ejercicio me da hambre.
Nerea suelta una risa contra mi cuello, calentita.
—Qué exagerada eres.
—Perdona, llevo horas sosteniendo esta relación con mi pelvis. Un respeto.
—Idiota.
Levanta la cabeza para mirarme con esa cara de «te soporto por pura fe» que luego siempre termina en beso.
A mí me entra la risa sola. Soy así de pesada y encima me creo graciosísima.
Y entonces suena el WhatsApp. Las dos miramos hacia la mesita.
Ella alarga la mano hacia el móvil. Es de nuestro grupo con Eva y Carol.
Es Carol, avisando de que vienen de camino, con niños y todo.
—Pues huelo a sexo. ¿Tenemos tiempo para ducharnos las dos o las recibimos así, a lo salvaje? —le pregunto, con la boca medio torcida y el pelo pegado a la frente. Glamurosa.
—Sí, lo hacemos juntas… —dice, y ni se inmuta. Tan tranquila.
—¿Tú no puedes parar, no? Es que si la hacemos juntas me lías.
—Solo ducha. Agua, jabón… roces que pasan sin querer —remata. Qué arte tiene para tocarme las narices.
—Vas a acabar conmigo. —Me inclino hacia su boca, sin resistencia ninguna—. ¿Tú sabes parar?
Sonríe sin girarse, segura.
—No.
Se frena en la puerta del baño. Me mira de arriba abajo.
—Eres preciosa.
Qué peligrosa es la cabrona. Y yo, que iba a ducharme, y ya estoy pensando en liarla otra vez.
Suben las niñas con Ulises y Stella y, en cuanto abren la puerta, mi salón deja de existir. Se convierte en gritos, mochilas tiradas, chaquetas por medio y zapatos que aparecen donde no tienen que estar. Y Nerea no dice nada, milagro.
Stella entra acelerada, dando saltitos y diciendo que le duelen los pies, y Ulises entra detrás con cara de drama. Ya se ha dado un chocazo en algún sitio y lleva aquí menos de un minuto. Eficiencia infantil.
—De puta madre… cómo echaba de menos este pollo —dice Carol, con el tenedor en los labios, probando a ver si el pollo está para nota o para tirarlo por la ventana.
—Carolina, las palabrotas —dice Eva, muy seria, con esa voz suya de profe que te pone firme—. Tienes hijos. Están aquí. Y han salido de aquí.
Y se señala la entrepierna con una tranquilidad que a mí me deja muerta.
Carol la mira, parpadea, y luego se rinde.
—Perdón, perdón. Oye… y vosotras estáis muy relajadas, ¿no? Habéis estado «montando un mueble de Ikea», ¿eh? —Hace las comillas en el aire, toda fina—. Aquí huele raro. Ni el pollo mata ese olor.
Nerea suelta una risa bajita, que dice «te aguantas».
—Cariño, en esta casa hay lo que hay…
—Calla —la corto, rápida, antes de que se venga arriba.
Porque las Medinas se ponen a hablar de sexo y ya no hay Dios que las saque del tema. Y aquí hay menores. Seres con oídos y con una capacidad para repetir cosas en público que me da pánico.
Stella ya ha invadido el sofá y se está quitando los zapatos a tirones, refunfuñando.
Ulises intenta quitarse los suyos sin desatarlos y está a punto de caerse de culo.
Carol mira alrededor buscando pruebas evidentes de lo de antes.
Y yo, apoyada con la espalda en la pared, pienso que esto es lo que pasa cuando juntas demasiada confianza y demasiadas lesbianas salidas en un piso que no estaba pensado para tanto jaleo. Ni para tanto volumen.
Me vibra el móvil en el bolsillo. Mensaje de Bárbara. No lo ha mandado al grupo de Spoiler Girls. Es solo para mí. Y eso ya me alarma, Bárbara no escribe en privado para preguntarte por el tiempo. Me separo sin decir nada y me voy a la cocina.
Abro el mensaje. Un enlace. Instagram. Pincho.
Una cuenta nueva. Sin fotos. Sin seguidores. Sin nada. Una publicación. Y en la foto, Nerea en una imagen sacada sin permiso, de esas que se nota que no son para subir. Encima, en letras grandes: Acosadora.
¿Pero qué cojones…? Se me revuelve el estómago. ¿Quién ha escrito esto? ¿Y por qué? Me entra un pensamiento de golpe, feo, directo: ¿es por esto por lo que se ha cogido vacaciones? ¿Por esto está rara a ratos, por esto se muerde la lengua, por esto cambia de tema cuando le pregunto?
Levanto la cabeza y miro hacia el salón. Todo sigue igual. Nerea está sentada a la mesa, riéndose de algo que acaba de soltar Carol. Le pega un codazo y Carol pone cara de indignada, actuando, que le encanta. Eva se ríe fuerte y su risa se oye desde aquí, clarita.
Carol le roba un trozo de pan del plato a Nerea.
Nerea le da con el trapo de cocina que trajo mi madre, que mira tú por dónde hoy sí sirve para algo.
Están bien. Están a gusto. Están normales.
Y a mí me entra una punzada rara en el pecho, porque sé que en cuanto yo abra la boca esto se va a torcer.
Y no tengo ganas. Pero tampoco puedo tragarme esto. O sí.
Apago la pantalla. Guardo el móvil en el bolsillo y cojo una botella de vino de la encimera. Si hay un momento para echar mano del vino, es este. Vuelvo al salón andando rápido, con la sonrisa ensayada y la cabeza dando vueltas.
Se la planto delante a Nerea.
—Toma, ábrela tú —digo, que suena a normal, pero no me engaño ni yo.
Ella me guiña un ojo. Qué coraje. Qué bonita es. Y pienso, sin poder evitarlo: «¿Qué está pasando, Nerea?».