Diagnostico: Nosotras (Entre nosotras nº 3) Capítulo 26
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Capítulo 26

Minerva

El silencio después del sexo debería venir con instrucciones o con una alarma en la mesita que dijera: «atención, en los próximos cinco minutos puedes empezar a rayarte sin motivo real».

Es fuerte la velocidad a la que una pasa de «esta mujer me acaba de dejar la cabeza a mil» a «igual está pensando en impuestos, en la compra del Mercadona o en la contraseña del banco mientras yo sigo aquí medio desnuda y emocionalmente en bragas».

Nerea está tumbada a mi lado, respirando ya más tranquila.

Y a mí me apetece volver a besarla y, a la vez, zarandearla un poquito.

Porque ella después de follar no se pone blandita y feliz, ni se queda con esa sonrisita tonta de persona normal.

Ella se pone seria. Callada. Con los ojos en un punto fijo y el cuerpo quieto.

Concentrada, fría, me pone nerviosa aunque no esté haciendo nada malo.

Yo sigo medio encima de ella, con la pierna enganchada a su cintura, el pecho subiendo y bajando todavía a lo loco, cuando la veo sacar un brazo fuera de la cama buscando no sé qué en la mesita.

Y ya está. Me cambia el cuerpo al reconocer el gesto.

El de «vuelvo al planeta Tierra». El de «la pausa se acabó».

Y me da un coraje absurdo que vuelva tan rápido, que ni me ha dado tiempo a terminar de aterrizar yo.

—¿Vamos a comer pollo? —pregunta, así, tranquilísima.

Y mira qué frase más normal y más criminal a la vez. El pollo. El puto pollo. Hace nada me estaba agarrando fuerte y ahora parece una señora organizando táperes para la semana. Yo la miro en silencio. Ni pestañeo. Si abro la boca igual me sale cualquier drama.

Ella se da cuenta enseguida, claro. Nerea detecta microcambios de respiración. Es insufrible. Te lee el cuerpo antes de que tú sepas lo que te pasa.

—¿Qué? —pregunta.

Yo le aparto el pelo de la frente. Despacio. Con cuidado, con esa delicadeza rara que me sale cuando estoy asustada y me hago la madura. Una comprobación técnica, de estas mías ridículas. La toco para asegurarme de que está aquí, de que es ella y no mi ansiedad con forma de mujer guapa.

Porque está rara. No distante. Ojalá fuera distante, eso es más fácil, eso lo entiendo: te enfadas, te vas, punto.

Ella no. Ella está… metida en su cabeza.

Y cuando Nerea se mete ahí, yo siento que me toca hacer guardia en la puerta y esperar a ver si sale y me mira, o si se me queda horas dándole vueltas a algo y yo sin enterarme.

—Ven aquí un momento —murmuro.

Ella obedece, pero con esa tensión pequeñita que ya le conozco hasta dormida. Se pega más a mí. Me rodea la cintura con una pierna. El cuerpo sí. La cabeza va por libre, a su ritmo.

Le acaricio el cuello. La mandíbula. Tiene la piel caliente todavía y el corazón le va rápido, o eso creo.

O igual soy yo, que desde que estoy enamorada me creo cardióloga emocional y voy interpretando señales donde no hay nada.

Fatal. Me estoy convirtiendo en una de esas personas que preguntan «¿estás bien?

» diecisiete veces y luego se quejan de que les dicen intensas. Reina de la intensidad, aquí servidora.

—¿Te pasa algo?

—No.

La respuesta sale demasiado rápida. Profesional total. Diagnóstico emitido antes de mirar al paciente. Me lo conozco.

—Nerea.

Suspira. Ahí está. El suspiro de «estoy calculando cuánto puedo contarte sin liarla parda».

—Nada grave —dice al final—. Solo estaba pensando.

Maravilloso. Pensando. La actividad favorita de las personas que están a punto de decirte algo que te va a joder la noche. Le aguanto la mirada, pero se me va la vista a su boca, a su cuello, a cualquier sitio menos a lo que toca, soy así de valiente.

Me acerco más y apoyo la frente en la suya. Le rozo la nariz. Le doy un besito corto, de «no te escapes».

—Pues no pienses tanto después de follar, hija. Se ve feísimo. Una aquí desnuda, vulnerable, entregada al amor… y tú con cara de estar revisando un TAC.

Se ríe. Gracias a Dios. Porque cuando se ríe vuelve un poco, y a mí se me baja la taquicardia un pelín, que ya estaba yo con el drama en la garganta.

—No puedo bajarle el volumen tan rápido —dice.

Ahí me toca algo, y me da rabia, porque la entiendo.

Yo también hago ruido por dentro todo el tiempo, solo que el mío viene con chistes malos, con prisas y con ganas de hacerlo todo ligero para que no se note.

Yo me hago la graciosa y por debajo estoy todo el rato comprobando si molesto, si estorbo, si me van a cerrar la puerta en la cara. Qué cabeza, de verdad.

—Ya… pero es que cuando te pones así me entra una paranoia horrible. Siento que te vas antes de irte. Siento que estás aquí conmigo, pegada, calentita… y a la vez te noto lejos, en otro tema, en otra movida.

Nerea me mira de verdad ahora. Sin evasivas. Sin apartar la cara. Y me da una rabia tremenda querer tanto esa mirada.

—Estoy aquí contigo —dice.

—Ya, pero no me lo digas con tono de azafata, ¿vale? Que parece que después me vas a señalar el pasillo y me vas a decir dónde está el chaleco.

Eso la hace reír otra vez, más flojo, más cansado. Me agarra mejor de la cintura y a mí el cerebro traidor me dice: vale, seguimos vivas, no hay incendio, no hay abandono, puedes respirar. Qué pena, depender de un gesto mínimo para estar tranquila. Es para darme de collejas.

Me besa suave, sin hambre ya. Más en plan tregua. Y yo se la doy, claro. Soy débil. Esta mujer me mira dos segundos seguidos y yo ya estoy pensando en planes, en domingos, en comprarle su yogur preferido y en ponerme intensa por dentro sin decir nada.

—Vale —murmuro contra su boca—. Luego nos comemos el pollo triste.

—No es triste. Lo has hecho muy bien.

—Gracias, fan.

Sonríe un poco. Y ahí vuelve otra vez la sensación esa, por debajo, callada.

La noto en el estómago. En el pecho. En la garganta.

Esa alerta tonta de que hay algo que no me cuenta, algo pequeño o grande, pero algo.

Y yo me pego a ella, intentando no preguntar de más y no convertir el silencio en otro problema.

Bastante tenemos ya con el pollo, con la cama deshecha y con mi cabeza, que no sabe estar en paz ni después de follar.

A ver si al final a la que se le va la olla es a mí y no a ella.

Respira hondo, coge impulso.

—Me he cogido vacaciones —murmura.

Parpadeo. Vacaciones. Nerea. La misma mujer que revisa horarios de quirófano y turnos de guardia con cara de «aquí se hace lo que yo diga». La que tiene más opciones de operarse ella sola un apéndice que de desaparecer una semana por salud mental.

—¿Perdón?

—Unos días —dice—. Una semana. De momento.

Me incorporo para verla bien. La luz le cae regular y aun así le veo la cara demasiado colocada. Demasiado tranquila. Demasiado medida.

Y eso conmigo no funciona, quillo. Cuanto más tranquilidad aparenta ella, más claro tengo que hay un problema gordo.

—¿Por qué?

Se calla un momento. Nada largo. Pero el suficiente para que yo ya me monte media serie.

—He pedido una revisión interna.

—¿Una revisión de qué? ¿Médica? ¿Administrativa? ¿Te has cargado a alguien y no me he enterado?

—Minerva.

—Estoy preguntando por contexto. Una intenta adaptarse sin romperse por dentro, ¿sabes?

Nerea resopla por la nariz. Mala señal. Muy mala señal. Ese resoplido no es «ay, qué pesada», se está conteniendo.

—De carga asistencial. Agotamiento. Decisiones clínicas. Ese tipo de cosas.

Y ahí ya noto lo raro de verdad. Porque me lo dice demasiado… ordenado. La observo mejor. Mandíbula tensa. Hombros tensos. La mirada colocada con cuidado. No me está mintiendo del todo… pero tampoco me está contando todo. Qué ilusión. Otra noche de «descubre el problema oculto de tu novia».

—He cometido un error pequeño. Nada grave. Lo corregí. Pero me di cuenta de que iba demasiado pasada.

Eso sí me lo creo. Porque trabaja como una psicópata, duerme fatal, vive a base de café y orgullo, y el orgullo no se duerme nunca. Porque tiene esa costumbre suya de aguantar hasta que no puede más.

Le cojo la cara, despacito, con las dos manos. Está más fría de lo normal.

—Oye. Tú sabes que si un día revientas, yo te recojo con recogedor y bolsa industrial, ¿no?

Y ahí sí. Ahí se le rompe un poco la expresión. Nada de llorera ni teatro, que ella no funciona así. Pero lo veo. Ese microgesto de «me ha dado en el sitio».

—Necesito bajar pulsaciones —dice más bajo—. Dormir. Pensar menos. Estar fuera antes de volver a entrar.

Me trago las ganas de preguntarle mil cosas. Porque en cuanto empiezo con el interrogatorio, ella se cierra y yo acabo hablando con una pared.

—No quería hacerlo sola.

Me da directo. Nerea no pide compañía así como así. Nerea ofrece, controla, organiza, resuelve. Pero pedir… pedir le cuesta un riñón. Y encima lo pide bajito, para que no parezca una necesidad. Qué coraje me da verla así.

La abrazo más fuerte sin pensar.

—Pues quédate conmigo entonces —murmuro—. Pero en serio, ¿eh? No que estés aquí físicamente y por dentro estés redactando un informe.

Se ríe bajito contra mi cuello.

—Lo intentaré.

—Más te vale. Que me usas de retiro espiritual y luego te vuelves intensa y misteriosa otra vez y te denuncio yo a Recursos Humanos. Por pesada.

Esta vez sí se ríe de verdad. Eso me relaja.

No del todo, que tampoco soy idiota y hay algo que sigue sin cuadrarme.

Pero lo suficiente para decidir que esta noche no voy a empujar más.

Ya habrá tiempo. O eso espero. Porque hay algo en ella ahora mismo que parece cansancio…

pero no es solo cansancio. Y yo conozco bastante bien el miedo, aunque venga presentado con título universitario y voz tranquila.

—Necesitaba parar antes de convertirme en una versión mía que no me gusta.

No suena dramática. Y por eso me da más miedo. Nerea nunca dramatiza cuando está mal. Ahí es cuando más tranquila habla. Más ordenada. Más médica. Como si pudiera arreglarse por dentro sin ayuda y seguir andando con la misma cara de «todo controlado» que pone cuando no controla nada.