Capítulo 25 #2
Le quito la cuchara de la mano y la dejo donde sea. Ni miro. Doy un paso y la agarro por la cintura con las dos manos, firme. Que lo entienda rápido, sin charla previa.
—Nerea… —dice, con una risa medio cortada—. ¿Pero tú qué…?
No la dejo acabar. La levanto y la subo a la encimera. Ella abre la boca, sorprendidísima un instante, y luego la sorpresa le dura poco porque Minerva es de las que se adaptan rápido cuando la tocas donde le gusta.
—¿Qué haces? —pregunta, pero ya me está agarrando como para no dejarme ir.
—Callarte.
Me meto entre sus piernas y la beso. Es un beso que viene de aguantar demasiado, de tragarme demasiadas cosas, de llegar a casa con la cabeza llena y querer vaciarla en su boca. Ella responde al momento, me chupa el labio, me agarra del cuello.
—Te he echado de menos —dice contra mi boca—, pero se me va a quemar el pollo, cabrona.
Esa frase me da una punzada en el pecho, de las buenas. Porque cocina, se preocupa, me suelta una guarrada cariñosa sin pensar.
—Apaga el fuego. —Le rozo la boca y uso el tono de mandar que ella finge que no le gusta—. Ahora.
—¿Y si tengo hambre? —me provoca.
—Tengo prioridades.
Le muerdo el labio otra vez. Ella suelta una risa corta, y se le corta cuando meto la cara en su cuello.
Estira la mano sin bajarse, sin dejar de mirarme.
Toca la vitro y la apaga. Luego vuelve a mí.
No hablamos de nada útil. No me interesa.
Me interesa su piel, su olor, la forma en la que me mira cuando sabe que voy a por todas.
Me agarra la cintura fuerte, tirando hacia ella.
—Estás muy… tú —dice, con media sonrisa—. ¿Qué te ha sacado hoy de quicio? Venga, suéltalo.
—Tú.
—¿Yo? Si llevo aquí desde hace horas, haciendo de señora de casa.
—Tú, con esa boca y esa camiseta sueltecita que llevas puesta.
Su expresión cambia, un punto. No se hace la tonta.
—Ah. —Se ríe por lo bajo—. ¿Te pone esta?
—Mucho. —Le beso la mandíbula—. Pero me pone más saber que estás caliente y que además me provocas sin mover un dedo.
—Yo no provoco. —Le tiembla un poco la voz—. Tú vienes ya lanzada.
—Yo vengo con ganas de ti, que es distinto.
Le apoyo una mano en el muslo, por dentro. La piel está caliente. Subo despacio y Minerva abre un poco más las piernas sin decir nada.
—Nerea… —murmura, y mi nombre le sale como aviso y como permiso a la vez—. No me hagas perder la cabeza, que luego…
—Calla, pesada.
Le muerdo el cuello, fuerte, para que lo sienta mañana. Ella suelta aire y me agarra del pelo, sin tirar, sujetándome ahí.
—Madre mía… —dice—. Te he cocinado y vienes en modo depredadora.
—Te cocino yo luego, si quieres —le contesto—. Ahora te quiero aquí.
—¿Aquí? ¿En la encimera? Acabo de cocinar y está todo por medio, están los botes abiertos, se van a derramar y te va a dar un tic en el ojo.
—Me da igual. Luego limpias. —Me río por dentro—. El tic ya me lo gestiono yo.
—Me das órdenes y encima me haces fregar.
—Te encanta.
Me besa y me rodea el cuello con el brazo. Me aprieta, me pega a ella. Y todo el día se me borra de la cabeza. Mi terapia: su boca, su respiración y mis manos.
Voy directa a su pantalón y se lo desabrocho. Ella se estremece, pero no se calla.
—Espera —dice, haciéndose la sensata—. Espera. Cuéntame tu día. Aunque sea por encima. Te he visto la cara al entrar.
Yo ni paro ni tengo intención de pararme. Le desabrocho el primer botón de la camisa. Luego el segundo. Despacio. A propósito, para que sepa que decido yo el ritmo.
—Luego —le digo—. Ahora no.
—Nerea…
—Shh.
Le desabrocho otro. Mi boca baja al cuello, pero no la beso. Respiro sobre su piel y la oigo tragar saliva. Me encanta tenerla así, pendiente, con ganas.
—Te deseo mucho —le digo, claro—. Y hoy necesito esto. Tu cuerpo. Tu boca. Tu coño. Ahora.
Minerva me mira raro un instante, intentando leerme algo más. No se aparta. No pone freno. Me coge las manos.
—Eh… —me dice, más seria—. Mírame.
Se las suelto con suavidad. Doy un paso atrás, para que me vea la cara entera.
—Te estoy mirando —digo.
—No. Mírame bien.
Minerva empieza a desabrocharse la camisa ella sola, botón a botón. Verla tomar el control también me excita. Se la quita. Luego el sujetador.
—¿Quieres esto? —pregunta.
—Sí.
—¿Cuánto? —insiste, y se le curva una sonrisa.
No pienso.
—Mucho.
—Eso lo dices fácil —me corta—. Quiero oírte decirlo bien.
Yo subo la mirada a sus ojos. No bajo la cabeza. No me escondo.
—Quiero tus tetas en mi boca —digo—. Y quiero meterte la mano en las bragas ya.
Minerva aprieta los labios, complacida. Baja de la encimera al suelo y se baja los pantalones. Me coge la mano y la guía hacia su entrepierna.
—¿Esto también lo quieres? —pregunta.
No me hago la tonta.
—Sí.
—Tócame entonces —ordena, bajito.
Voy directa. Su reacción es inmediata: suelta aire, apoya la frente en la mía y me aprieta la muñeca para que no me vaya.
—Así, Nerea… aquí de pie —susurra.
—Así —repito, y muevo los dedos con calma, a mi ritmo.
Ella me corta con un apretón.
—Despacito, que lo disfrute.
—Me dices eso y me dan más ganas.
—Ya. —Sonríe, peligrosa—. Por eso te lo digo.
Me mira de arriba abajo, sin vergüenza. Luego me agarra y tira de mí hacia ella, hasta que nuestras bocas se rozan.
—Entonces no hables —me susurra—. Luego me cuentas tu día. Ahora quiero que hagas lo que venías a hacer. Aquí. Encima de mí. Con esa cara de no pensar en nada más.
—No pienso en nada más. Ahora mismo, solo tú.
Y no quiero saber nada del mundo. Solo su respiración, su cuerpo respondiendo y yo haciendo lo que quiero.