Diagnostico: Nosotras (Entre nosotras nº 3) Capítulo 25
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Capítulo 25

Nerea

La Boquerona se deja caer en el banco a mi lado cuando por fin el pasillo se vacía. Se quita la chaqueta, se abanica con una carpeta y me lanza una mirada de reojo.

—Guapa, ¿te digo una cosa? —dice—. La cara que has puesto al ver a Minerva con la camiseta empapada de sangre… eso no entra en tu rango normal de reacciones.

No la miro. Me obligo a respirar por la nariz, lento, controlado. Técnica básica de quirófano: si tiembla el pulso, la has liado.

—Me he asustado.

—Te he visto el gesto, Nerea. No era solo susto.

Suelto aire.

—No empieces.

—No empiezo. —Sonríe—. Certifico. Estás pilladísima.

—Estoy concentrada —corto—. Y cansada. Y hoy he visto sangre hasta en mi imaginación, gracias.

—Ajá. Y enamorada.

Giro la cara al fin.

—¿Quieres que hablemos de Recursos Humanos o de mi vida sexual y sentimental, que te encanta el salseo?

—De las dos. Pero empieza por lo jugoso. Y luego me sacas el protocolo.

Me echo hacia atrás. El banco cruje. Me da rabia hasta el banco.

—Ha sido Luz. Ha metido una queja formal. Por canal interno, con su numerito: «conductas inapropiadas», «ambiente hostil», «incomodidad». A mí me han entrado ganas de buscarla y tirarle del pelo, y eso sí sería una conducta inapropiada, con pruebas y todo.

La Boquerona frunce el ceño.

—¿Ha ido a RR. HH. o al canal ético?

—A los dos, para rematar. Lo han vestido de «comunicación confidencial» y «apertura de actuaciones previas». Ya sabes: el pasito antes del expediente, para ir tanteando sin mojarse.

—Vale. ¿Y tú qué has dicho?

—Que quiero hechos —digo, seca—. Fechas, testigos, mensajes, partes de incidencia, algo. Porque «me sentí incómoda» no es un dato clínico. Ni legal. Ni nada.

—Bien.

—Y me sueltan: «de momento no apreciamos necesidad de medidas disciplinarias». —Hago comillas con los dedos, con mala leche—. Qué frase tan bonita para no hacer nada y dejarte colgando.

—Esa frase es medicina defensiva, pero en versión RR. HH. —dice ella—. No tratan, observan. Y por si acaso, te ponen en cuarentena social.

—Exacto. Y escucha esta —añado—: me han dado vacaciones.

La Boquerona se para. Ni parpadea.

—¿Perdón?

—Vacaciones —repito—. «Recomendación de descanso». «Para bajar tensión». «Para proteger el clima del equipo». Todo muy humano. Todo muy perverso.

—¿Vacaciones a ti? —Sube el tono—. ¿A la adjunta que no tiene ni una amonestación? ¿A la que firma consentimientos, informes, altas, guardias y además enseña?

—A mí —asiento—. A la que no ha hecho nada.

A la que les resulta más fácil apartar sin ruido.

Sara al menos dio la cara. Poco, pero la dio.

Se quedó al final de la reunión y me dijo: «No hagas tonterías hasta que sepamos qué hay».

Muy jefa. Muy cirujana veterana. Muy «te estoy ayudando aunque no pueda decirlo delante de nadie».

—¿Y a la residente?

—A la residente nada. Que siga viniendo, aprendiendo. La que se va a casa a «reflexionar» soy yo, claro.

La Boquerona chasquea la lengua.

—Esto es de traca. Y te lo van a vender de prevención de riesgos psicosociales, ya verás.

—Eso mismo. Lo han adornado con «medida temporal no sancionadora». —Me río sin ganas—. Temporal, mis ovarios. Es una cautelar encubierta. A falta de base para sanción, me sacan del circuito asistencial y arreglado.

—Te han hecho un «aparta y calla», Nerea.

—Sí —digo—. Cobardía institucional. Se cubren el culo. Evitan conflicto. Y, de paso, mandan un mensaje: si te señalan, tú te vas a casa. Aunque no haya nada.

—¿Te han dado algo por escrito?

—Un correo. Dos párrafos y gracias.

La Boquerona me mira con esa seriedad suya de médica que ha visto demasiada mierda.

—Vale. ¿Y has aceptado?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque si digo que no, me convierto en «conflictiva». Si protesto, «a la defensiva». Si me niego, «algo tendrá». —Aprieto los dientes—. No les regalo ni una lectura torcida.

La Boquerona asiente despacio.

—Estrategia. Te entiendo. ¿Te han hablado de entrevista, audiencia, esa pantomima?

—Dicen que me citarán. Ya. A mí me encanta eso de que me citen, en plan imputada. Lo que quiero es saber si hay investigación interna, si hay protocolo de acoso activado, si han llamado a PRL, si han tomado declaración a alguien. Pero nadie suelta prenda.

—Porque no quieren registrar nada que les obligue a moverse —dice—. Si no hay acta, no hay obligación. Si no hay obligación, pasan semanas. Y tú en tu casa.

Mi casa. Pienso en Minerva con esa camiseta llena de sangre, el pelo recogido a lo loco, los ojos clavados en mí pidiendo instrucciones sin decir ni pío.

Sangre del niño, no suya, pero un foco de contaminación.

Yo solo pensaba: «quítate eso y lávate ya», y también, maldito sea mi cuerpo, «cómo me atrae esta mujer».

—¿Y Minerva? —pregunta La Boquerona, que me lee la mente.

Se me va un poco la fuerza. No toda, pero la suficiente para cabrearme conmigo misma.

—Ese es el problema.

—Claro que lo es.

—¿Con qué cara le digo yo a Minerva que me he cogido vacaciones? —digo, y la rabia sale con filo.

—Diciéndole la verdad y punto, chiqui.

—No, tú no la conoces —niego—. Todavía no. Minerva no traga con estas cosas. Es lista, rápida, y tiene ese punto de… de ir a por el cuello.

La Boquerona me enseña toda la dentadura.

—¿Y a ti te pone eso o te asusta?

Me sale una sonrisa torcida, involuntaria.

—Las dos cosas.

—Ajá.

—No me mires así. —Me recoloco en el banco, incómoda—. Me importa ella. Mucho. Y me importa porque me descoloca. Porque me dan ganas de tocarla en el ascensor y a la vez quiero protegerla de este marrón. ¿Contenta?

—Bastante —dice, disfrutona—. Sigue.

—Estoy protegiendo el proceso —corrijo—. Y a ella. No quiero que se caliente y monte un circo cuando yo todavía no sé a qué me enfrento. Si esto escala a expediente, si meten testigos, si alguien se inventa una escena… yo necesito control.

—Necesitas plan —dice ella—. Y necesitas abogado, si me apuras.

—No me tientes, que lo contrato mañana.

La Boquerona me observa, más suave.

—Estás muy pillada.

—Ya lo has dicho. ¿Cuántas veces? ¿Cuatro?

—Te lo digo en serio. Te importa más Minerva que tu reputación ahora mismo.

Me froto la cara. Porque tiene razón y me jode.

—Me importa porque esta mierda me puede reventar lo que tengo con ella. Y lo que tengo con ella… me hace bien. Y también me vuelve loca. En el sentido malo y en el bueno.

—Porque la quieres.

—Qué pesada eres, hija. Que sí, que la quiero. Y que me la follaría ahora mismo si no estuviera con el cerebro incendiado. ¿Te vale así de claro?

La Boquerona suelta una carcajada corta, de alivio y mala idea.

—Perfecto. Ya has vuelto.

—¿Qué vas a decirle? —insiste.

—Que me han recomendado descansar unos días por el traslado y por la tensión del servicio. Burocracia. Ajustes. Que en breve vuelvo.

—Eso es mentir.

—Es dosificar la verdad —digo.

—Te va a preguntar más y lo sabes.

—Y le contestaré lo que pueda.

La Boquerona suspira.

—Eres una cabezota.

—Soy cirujana —repito—. Y tengo más orgullo que paciencia.

Se hace un silencio. Oigo un carro de curas a lo lejos, ruedas de goma, alguien riendo demasiado alto. Vida normal. Yo por dentro con ganas de partir caras.

—Oye —dice al final—. No me gusta nada esto.

—A mí tampoco.

—Y Minerva no es idiota.

—Ya.

—Y cuando se entere de que te han mandado a casa…

—Cuando se entere —la corto— quiero mirarla a los ojos y decirle: no he hecho el subnormal. No me he dejado arrastrar. He guardado pruebas, he esperado, he jugado con cabeza. Si aun así no me cree, ya veré.

—Vale —dice ella.

—Vale qué.

—Vale que te ayudo a ensayar la cara de «me voy de vacaciones y no pasa nada». —Sonríe—. Y también te ayudo a redactar un correo decente pidiendo que se mojen de una vez. Porque ahora mismo te tienen en tierra de nadie. Con copia a Dirección Médica, si te atreves.

—Me atrevo —digo, levantándome—. A mí no me tumba un correo cutre.

—Eso también es amor, ¿eh? Lo de querer hacerlo bien para ella.

La miro de lado.

—¿Otra vez?

—Sí —dice—. Solo confirmo.

Camino hacia la salida del hospital con la espalda recta, paso firme, cara neutra.

Vacaciones. Palabra bonita para decir: «te apartamos mientras decidimos qué hacemos contigo».

Y encima tengo que llegar a casa y soltarle esto a Minerva sin que se me vea en la cara que me están tocando donde más duele.

Con lo lista que es, lo detecta enseguida.

Y con lo que me conoce ya, me va a preguntar dos cosas: qué ha pasado y por qué no se lo dije antes.

Entro en casa y lo primero que me llega es el olor. Algo caliente. Algo que lleva un rato a fuego lento. Minerva está en la cocina, descalza, con una cuchara de madera en la mano, cocinando en serio, sin tonterías.

—Te he preparado pollo al curry —dice, todavía sin mirarme—. Y arroz frito, con ajito. Del bueno. No del triste.

Me apoyo en el marco de la puerta. La miro más de la cuenta porque me apetece, porque puedo, porque me paso el día apretando los dientes y con ella se me aflojan.

—Eso es una declaración de intenciones —digo.

—¿Ah, sí? —Por fin se gira—. ¿Y cuál sería mi intención, lista?

Se le va la vista a mis labios, ni intenta disimularlo. Conozco esa pausa suya: le entran ganas y se le enciende el humor, que es su forma de ponerse peligrosa.

—Ven —dice—. Prueba esto.

Se acerca con la cuchara. Sopla un poco, por pura costumbre. Me la planta delante de la boca, mandona cuando le da la gana. Yo le sostengo la mirada mientras pruebo. El curry pica, se nota que lo ha hecho pensando en mí, en cómo me gusta. Trago sin bajar los ojos.

—Está muy bueno —digo, y la frase sirve para la comida y para ella.

—¿Qué tal el día? —pregunta, pero lo dice mirando mi boca, no mis ojos.

—Una mierda —respondo—. Pero eso no me preocupa, vamos a centrarnos en otras cosas.

—Ya. —Sonríe—. ¿Hoy te da igual todo?

—Hoy me da igual casi todo —corrijo.