Diagnostico: Nosotras (Entre nosotras nº 3) Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

No es una orden. Tampoco una petición. Paqui duda, porque Paqui no suelta a su hijo ni aunque se lo pida el Papa, pero Nerea le pone una mano en el antebrazo, firme, y Paqui cede.

Nerea coge a Gonzalín con cuidado, se lo ajusta a la cadera.

—Hola, campeón. Soy Nerea, ¿te acuerdas de mí? —le dice bajito—. Te va a picar un poco cuando mire, pero tú me ayudas, ¿vale? Mírame a mí.

Gonzalín solloza, agotado. Se le agarra al cuello con las manitas. Nerea le habla sin ñoñerías, pero suave.

—Paqui, necesito que me cuentes rápido y claro —dice Nerea, sin apartar la vista del niño—. ¿A qué hora ha sido? ¿Desde qué altura se ha caído? ¿Ha sido golpe contra una esquina, contra el suelo… qué?

—Ha sido hace… hace nada, en el salón —balbucea Paqui—. Ha resbalado y se ha dado con el pico de la mesa.

—Ha sido la esquina —apunta Bárbara.

—¿Ha llorado al momento?

—Sí, sí. Un chillío… —Paqui se rompe.

—Vale. ¿Ha perdido el conocimiento en algún momento? ¿Se ha quedado dormido raro? ¿Se ha puesto muy flojo, muy apagado?

—No, no, ha llorado todo el rato.

—¿Vómitos?

—No.

—¿Convulsiones? ¿Se ha quedado mirando fijo, ausente?

—No.

—Bárbara, ¿tú has visto la caída?

—Sí —responde Bárbara—. Ha sido un golpe seco con el canto. Ha sangrado mucho al momento.

—En la cabeza sangra muchísimo aunque sea una brecha pequeña —dice, y se lo dice a Paqui, no a nosotras—. La sangre impresiona. No significa que sea grave.

Yo me planto al lado, mirando la escena con el corazón pegando golpes en sitios que no sabía ni que existían, porque ver a Nerea así es verla en su sitio. Y me fascina, y me da coraje estar yo aquí de adorno.

Nerea retira el paño despacio, para que no vuelva a sangrar más por el tirón. Gonzalín protesta, cansado. Paqui se tapa la boca y pone una cara que me parte.

—Cariño, mírame —le pide Nerea al niño—. Abre los ojos grande… eso es.

Le revisa la mirada, le observa las pupilas y le pasa los dedos por el borde del cuero cabelludo, separando el pelo.

Murmura cosas médicas. Yo no entiendo ni la mitad, pero el tono me sirve.

Nerea levanta la vista hacia Paqui.

—Paqui, escúchame —dice—. No veo signos de gravedad ahora mismo. Está despierto, responde, llora, te busca. La herida parece superficial, pero hay que limpiarla bien y habrá que poner puntos o grapas.

Paqui se queda tiesa.

—¿Puntos?

—Sí, lo habitual en este tipo de brechas. Se hace con anestesia local. Duele más el susto y el rato de la limpieza que otra cosa, pero lo vamos a hacer bien.

Bárbara suelta el aire. Paqui, en cambio, llora más, de alivio y de culpa mezclados.

—Ay, mi niño… mi niño…

—No ha sido culpa tuya —le dice Nerea a Paqui—. Los niños se caen. Punto. Ahora vamos a centrarnos en que no trague sangre y en que no se toque.

Paqui asiente, temblando.

—Perdón… he entrado en pánico.

La Boquerona, que estaba detrás, por fin habla, no puede tener la boca cerrada más de dos minutos seguidos.

—Ha entrado en pánico no… ha invocado a todos los santos de Andalucía.

Paqui la mira con odio, entre lágrimas.

—Cállate, Boque.

—No puedo, es mi condición pa aliviar tensiones —responde ella, y luego mira a Nerea—. Tía, qué gusto da verte trabajar. Me dan ganas de partirme yo algo por acompañarte.

Nerea ni la mira. Está ya en automático profesional, pero del bueno. Vuelve a colocar el paño y ajusta la presión.

—Paqui, sigue apretando aquí cuando yo te diga, ¿vale? Sin levantar el paño cada dos por tres. Si lo levantamos, vuelve a sangrar.

—Vale, vale.

—¿Tiene alguna alergia? ¿A medicamentos, a anestésicos, a algo?

—No… no que yo sepa.

—¿Medicaciones? ¿Algún jarabe estos días? ¿Algún problema de coagulación?

—Nada.

Nerea asiente. Mira a Gonzalín otra vez.

—Campeón, ¿te duele mucho? Señálame con el dedo dónde te duele.

Gonzalín señala la cabeza y luego se agarra más fuerte, con el labio temblando.

—Vale. No te toques, ¿eh? La mano abajo.

Le baja la mano con suavidad y firmeza, sin regañarle.

Vamos hacia dentro. Todas siguiéndola.

—Hola —le dice Nerea a la del mostrador de triajes—.

Niño de cuatro años. Herida inciso-contusa en cuero cabelludo por golpe contra esquina de mesa.

Sangrado activo, controlado con compresión.

Sin pérdida de conciencia referida, llanto inmediato.

Sin vómitos, sin convulsiones. Conducta adecuada para la edad.

Se mantiene despierto y reactivo. Precisa valoración, limpieza y cierre de herida.

Revisar vacunación antitetánica, analgesia y signos de traumatismo craneal.

La enfermera la mira, la ubica al instante por el tono y asiente sin preguntas de más.

—Perfecto. Pasad por aquí. ¿Nombre y fecha de nacimiento del peque? ¿Y quién es la madre o el padre?

Paqui da un paso al frente todavía con las manos temblonas.

—Gonzalo… Gonzalo Ruiz… Nació el…

Nerea no pierde el hilo. Va con Gonzalín en brazos, una gasa apretada en la cabeza, y con la otra mano ya está señalando.

—Camilla aquí. Vamos a tomar constantes.

Nerea mira a la enfermera.

—Tensión, saturación, frecuencia. Y glucemia capilar si lo veis muy nervioso, pero ahora mismo está reactivo. Vamos a hacer exploración neurológica básica aquí mismo.

Yo estoy al lado, con la camiseta hecha un cuadro, y Nerea me mete una mirada en la cara. Rápida, de arriba abajo. Dos cosas en esa mirada: una, la médica que está haciendo checklist mental; dos, la novia a la que casi le da algo viéndome llena de sangre.

Yo le aguanto con cara de «te como». A mí me sale esa valentía cuando estoy a punto de desmayarme, que soy así de idiota.

—Minerva, tú estás bien —me suelta sin miramientos—. No te marees ahora. Y esa camiseta la cambias en cuanto puedas.

—Hombre, por favor. Bastante tengo con existir.

—Eso pensaba.

La enfermera canta números y Nerea los recoge.

—Constantes bien —dice—. Gonzalo, enséñame las manos. Ahora aprieta mis dedos. Eso es. Mira mi dedo… ahora míralo otra vez… perfecto.

Le ilumina las pupilas con la linterna y Gonzalín protesta.

—¡No!

—Ya, ya, lo sé, un coñazo —dice Nerea sin perder el control—. Es para ver que los ojos responden bien. Ya está.

—¿Le habéis dado algo para el dolor?

—No, nada, salimos corriendo.

Nerea asiente y por fin mira la herida con calma real.

Gonzalín gimotea.

—No quiero.

—No te estoy pidiendo opinión, cielo —dice Nerea, y lo dice suave, pero firme—. Te voy a avisar antes de cada cosa, ¿vale? Primero limpiamos. Después dormimos la zona. Y después cerramos con puntos o con grapas, según vea.

Entramos en consulta. Paqui con la respiración cortada, Bárbara con su calma, la Boquerona soltando comentarios por lo bajini y Nerea al frente, seria y rápida, con Gonzalín encima y la herida controlada.

—Gonzalo, vas a notar agua fría y luego un líquido que huele fuerte. Te va a molestar, pero no te voy a hacer daño a propósito. Si te duele, me lo dices, ¿vale? No me muerdas.

—No muerdo —dice él, ofendidísimo.

—Mejor. Porque yo muerdo de vuelta —responde Nerea, seca, y Gonzalín se queda cortado, que eso también es medicina a su manera.

Le lavan con suero, desinfectan. Nerea revisa bien. Paqui traga saliva.

—¿Le vas a coser?

—Voy a poner grapas —decide Nerea—. Son pocas, dos o tres. Más rápido. Menos manipulación. Y el pelo ayuda a tapar luego.

Le infiltra anestesia con paciencia. Gonzalín pega un grito corto y luego se queda tenso, llorando bajito. Paqui intenta meterse a tocarle la mano y Nerea la frena con una frase que no suena borde, suena a orden útil.

—Paqui, tú respira y háblale normal. Si te ve nerviosa, se pone peor. Dile lo que va a hacer después. Algo real.

Paqui, con la voz rota:

—Después te compro… —se corta, porque no sabe qué prometer sin sobornar—. Después vamos a casa y te pongo tu peli.

—Vale. —Gonzalín llora, pero aguanta.

Y en nada, grapa, grapa, grapa. Tres. Nerea limpia, comprueba, coloca apósito pequeño.

—Terminado —dice.

Gracias, que yo necesito esa contundencia para no venirme abajo.

Gonzalín se queda quieto, con la cara empapada, respirando por la boca, y mirándonos a todas con una mezcla de dolor y orgullo de niño que ya tiene historia para el parque.

—Te has portado muy bien —le dice Nerea, sin pastelada—. Te duele porque es una herida, no porque esté mal. Ahora te damos analgésico y te vas.

Cuando todo termina, Paqui sonríe por fin, temblona, pero sonrisa. Bárbara baja los hombros, aliviada. Y Nerea agradece a su colega pediatra que le haya cedido el espacio para atenderlo ella misma.

Ya en el pasillo, Nerea se pone en modo de alta y le da todas las instrucciones a Paqui. Gonzalín tiene el apósito en la cabeza, limpio, bien pegado, y una cara de «me duele, pero me vais a escuchar».

Paqui lo mira, se asegura de que sigue entero. Luego mira a Nerea. Y ahí ya sé que viene algo. Se acerca despacio.

—Nerea… —dice, la voz le sale baja—. Muchas gracias. De verdad.

Nerea la mira con la misma cara que pondría si Paqui le hablara de la tensión arterial.

—Es mi trabajo.

Paqui le toca el hombro.

—Ya, pero… gracias. Lo has calmado. Lo has hecho llevadero.

—Llevadero… Le he cerrado una herida en la cabeza a tu hijo, Paqui.

Paqui suelta una risa por reflejo, porque está a punto de llorar y se agarra a lo que sea.

—Y… perdona. Por lo gilipollas que estuve contigo el otro día.

Nerea parpadea despacio. Silencio. Paqui sostiene la mirada, esperando la colleja.

—Estuviste intensita, criatura.

Paqui no se ofende, porque sabe que es verdad.

—Ya.

—Y controladora —añade Nerea.

Paqui abre la boca para protestar, pero Nerea levanta un dedo y le corta el impulso con precisión.

—Y eso lo entiendo, aunque no me guste.

Paqui se frena.

—¿Sí?

Nerea ladea un poco la cabeza.

—Sí, estabas protegiendo a Minerva, a tu manera.

Paqui se queda tiesa, y se le nota el esfuerzo por no romperse.

—Es que… —murmura—. La quiero mucho.

—Ya lo sé.

—¿Entonces estamos bien?

Nerea sostiene la mirada. Podría seguir dura. Pero afloja un poco. Lo suficiente para que se note.

—Estamos bien —dice—. Pero no me vuelvas a tratar como una amenaza.

Paqui suelta una risa tonta, pequeña.

—Vale.

Nerea se gira para irse, pero Paqui la llama otra vez.

—Doctora Medina.

Nerea se detiene y Paqui le da un abrazo breve. Fuerte. Serio.

—Gracias. De verdad.

—De nada, Paqui. —Se gira hacia mí—. Minerva, la próxima vez avísame antes de presentarte por sorpresa toda llena de sangre, haz el favor.

Me pasa el pulgar por la muñeca, donde todavía tengo una mancha seca, y niega con la cabeza, entre enfadada y aliviada. Qué pesada es cuando se preocupa. Qué suerte tengo, también.

Le doy un beso rápido y la veo alejarse por el pasillo con la Boquerona. La miro hasta que desaparece, con la camiseta para tirar y la cabeza todavía a mil. Y pensando «menos mal que esta mujer existe», aunque a mí me dé coraje admitirlo.

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