Diagnostico: Nosotras (Entre nosotras nº 3) Capítulo 24
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Capítulo 24

Minerva

Paqui vive en un adosado en las afueras de Sevilla. De esos con jardincito delante. La típica casa que te dice: aquí hay hipoteca de las gordas, letra para aburrir y, de propina, separación con papeles y con conversaciones pendientes.

En el jardín está Gonzalín, en modo Dios del Caos: un Ken aplastado por un Ferrari rosa y una Barbie despeluchá de piloto. El niño va con la lengua fuera y una concentración que ya la quisiera yo para ordenar un cajón.

Grita, se cae, se levanta, vuelve a gritar. Un niño feliz, con pulmones de categoría y que no entiende el concepto de silencio porque su madre tampoco lo practica. Cuando a Paqui le da por hablar, no hay quien la pare. Yo a veces desconecto y solo la veo mover los labios fingiendo que la escucho.

Paqui sale al jardín desde la cocina con una bandeja de vasos y el hielo tintineando.

—¿Coca Cola?

—¿Coca qué? —digo yo, con mi cara de asco profesional, la que saco para todo, para comer brócoli y para hablar con el banco.

—Refresquito aliñao, Mine, que pareces tonta, hija.

Abre mucho los ojos y hace un gesto diminuto con la cabeza hacia Gonzalín. Traducción: niño delante. Compórtate dos minutos.

—Ah, vale. Entonces sí. Tráeme dos, que hoy vengo fina.

Me apoyo en el respaldo, estiro las piernas, me recoloco el pelo tres veces y miro el jardín. Paqui deja la bandeja y se sienta enfrente, acomodándose con tranquilidad, en chándal. Cruza los brazos y suelta, seca, directa, sin calentamiento:

—¿Tú estás bien?

—¿Eso es una pregunta altruista o que quieres cotilleo del bueno?

—Quiero todo —responde—. Últimamente tenéis todas una cara…

—¿Una cara de qué?

Paqui me mira de arriba abajo, sin prisa, que ella evalúa con calma y te deja en evidencia sin despeinarse.

—De que os estáis portando bien. Y eso en vosotras es sospechoso.

—Nerea me ha domesticado. Estoy feliz. Mira qué cosa más mona.

—A ti nadie te domestica. Tú te domesticas sola cuando te conviene.

Me callo porque, por desgracia, Paqui siempre te clava una frase que dan ganas de denunciarla por invasión de privacidad. Y encima se queda tan ancha, la gachona.

Se escuchan pasos, un chasqueo de boca y esa presencia que no puede ser otra.

Es Bárbara, que desde que Paqui se ha divorciado, tiene llaves de la casa, mira tú.

Entra, monísima con lo que se ponga, qué asco me da.

Gafas de sol enormes, moño alto. Ni una arruga, ni una duda.

Yo no necesito que me diga nada: ya sé el plan que trae.

Viene en su día de no. Se le nota en boca apretada, en la forma de arrastrar los pies y en cómo nos mira. Se baja las gafas.

—Hola —saluda con una desgana que te da ganas de pedirle perdón por existir.

Paqui estira la mano y le roza la muñeca, suave, con cariño. Bárbara la retira rápido.

—¿Qué te pasa? —pregunta Paqui.

—Nada.

Paqui no se conforma. Vuelve a tocarle la mano, insistente, de madre que ya huele el incendio. Bárbara vuelve a apartarse.

—Te pasa algo.

—No me pasa nada.

—Eso es mentira.

Bárbara mira al suelo.

—Pues hoy necesito mentir.

Se levanta y se aleja de nosotras. Se va dentro con Gonzalín. No dice nada más. Ni un «perdonad», ni un «no puedo», ni un «luego». Nada.

Paqui me mira y ahí se le ve el miedo por debajo del enfado.

—Mine, creo que la he cagao con Bárbara.

Por fin. Por fin me va a hablar de los mensajes. Yo me muero de ganas de ser la primera en enterarme, abro los ojos y las orejas a la par, me inclino un poco hacia delante… y cuando está a punto de soltarlo, llega el caos.

Se escucha un golpe seco, después un llanto enorme y toda la calma que teníamos se va al carajo en un periquete.

—¡GONZALIIIIN! —chilla Bárbara.

Y después viene el sonido que a mí me corta el cuerpo antes incluso de asomarme: el de una madre perdiendo el control. Se me encoge el estómago y ya voy tarde, porque mi cabeza va a mil y mi cuerpo va detrás, arrastrándose. Minerva, que seguro que no es para tanto. Ya. Claro.

Paqui y yo nos teletransportamos al salón en tres segundos.

Gonzalín está de pie, llorando con la boca abierta, la cara roja, la camiseta manchada de sangre.

Le chorrea desde la frente y le baja por la nariz, por la boca, por la barbilla…

todo. Se me ponen los pelos de punta. A mí la sangre me marea, no te voy a mentir.

Me entra un frío por la espalda que ni te cuento.

Paqui se le echa encima con las manos temblando, repitiendo lo mismo, sin parar, sin aire:

—Sangra… —dice, atragantada—. Sangra… está sangrando mucho… ¡Mi niño! ¡Mi niño!

Bárbara, que para las emociones se atasca, pero para las crisis se activa, se hace cargo.

Se arrodilla delante del niño. Le sujeta la barbilla con cuidado, con una delicadeza que no le sale nunca para nada, y le tapa la brecha con un paño limpio que ha sacado de algún bolsillo secreto o de otra dimensión, yo qué sé.

Presiona donde tiene que presionar. Sin aspavientos.

—Eh, eh, eh… mírame, campeón —le dice a Gonzalín, con una voz baja y firme—. Respira conmigo, ¿vale? Uno… dos… así. Eso es. No es nada.

Gonzalín llora, pero ya no pega esos gritos descontrolados. Ahora llora de susto y de dolor, pero va siguiendo la voz de Bárbara. Se nota que se agarra a lo que puede.

Paqui no. Paqui está en shock. Se ha quedado sin sonido. Tiene la cara descompuesta y los ojos abiertos, mirando sin mirar. Bárbara gira hacia ella sin soltar al niño y se pone seria de verdad. A ella le habla distinto. Más cerca. Más íntimo.

—Paqui —dice—. Tranquila, cariño. No le va a pasar nada.

—¿Seguro? —lloriquea Paqui con la barbilla temblando, la pobre.

Bárbara asiente sin dudar.

—Seguro.

Bárbara no está calmando al niño. Al niño lo tapa, lo cura, lo controla. A Paqui la sostiene. Y Paqui se deja sostener, porque no tiene fuerzas para otra cosa.

Yo hago lo que hago siempre cuando me acojono: poner voz de mando.

—Nos vamos al hospital.

—¿Al hospital? —Paqui me mira, perdida.

—Sí, Paqui. Ahora. Vamos.

—No le va a pasar nada —repite Bárbara, sin levantar la voz—. Vamos.

Paqui asiente regular, se agacha, coge a Gonzalín en brazos y se le nota en la cara el golpe. Porque Gonzalín ya no llora fuerte. Ahora solo solloza pegado a su cuello. Y ese sonido es peor, porque es el que hacen los niños cuando ya no les queda energía para asustarse más.

—Mi vida… —le dice Paqui, apretándolo—. Tranquilo… tranquilo…

Bárbara le pasa la mano por la espalda. Yo miro el suelo, el paño, la sangre, la camiseta… y me entra una mala leche seca. Qué asco la vida, de verdad. En diez minutos te pasa de la Coca Cola aliñaíta al miedo.

Salimos disparadas hacia el coche. Paqui sube detrás con Gonzalín en brazos. Respira raro, como cortado. A mí se me va la vista a su cara una y otra vez. Por favor, que no se maree ahora. Bárbara se sienta a su lado y le da una mano. Con la otra sigue presionando la herida sin aflojar.

Yo me pongo al volante. Meto primera con un golpe torpe porque me tiembla el pie. Genial, Minerva, controla.

—Vamos al hospital de Nerea.

Y ahí me doy cuenta de una cosa que me da una punzada: yo siempre soy la que aguanta, la que bromea, la que apaña, la que hace de fuerte. Y ahora mismo lo único que quiero es llegar y que Nerea esté allí. Que me mire con esa cara de «ya está, yo lo arreglo» y nos diga qué hay que hacer.

El camino se me hace eterno. Semáforos, coches, una señora cruzando despacio… Yo voy con el volante apretado, miro al frente, sin decir una palabra. Solo escucho el sollozo de Gonzalín y la respiración de Paqui, que va a tirones.

Tardamos quince minutos que me envejecen. El hospital aparece, feo, enorme. Aparco mal, fatal, donde pillo. Ya vendrá una multa, si eso. Otra más para mi colección de «eres una artista, Minerva». Corto el motor y me bajo de golpe.

—Venga, vamos, vamos —digo, y mi voz sale con una urgencia que sé que va a poner más nerviosa a Paqui, pero no me sale otra. Me odio un poquito por eso, pero voy para delante.

Paqui va blanca, con Gonzalín en brazos.

Él tiene la cara mojada, los ojos hinchados, la frente tapada, y aun así intenta respirar al ritmo que le marca Bárbara.

Bárbara va a su lado, pegada, sujetándole el codo, la espalda, la mano…

lo que haga falta, sin hacerse notar demasiado, pero sin soltarlos.

La puerta de urgencias pediátricas está a la derecha. A mí se me activa el modo automático: paso largo y mirada al frente.

Estoy a punto de llamar a Nerea cuando la veo.

Está en la entrada, con ropa de calle, sin bata, el bolso en el suelo y un cigarro en la mano.

La Boquerona le dice algo y ella asiente, seria.

Eso es mala señal, porque la Boquerona siempre está de cachondeo.

Y encima Nerea ya no fuma… ¿qué hace ahí con un cigarro, quillo?

Levanta la cabeza y me ve. Se le cambia la cara. Se acerca tan deprisa que casi se come el bordillo del paso.

—¡Minerva!

Corre hacia mí. Corre de verdad, sin disimular. Y cuando llega, me agarra por los brazos, me mira el pecho, la mancha, buscando el origen. Yo ni me había enterado, pero llevo una mancha gorda y chorretones hacia abajo.

—¿Dónde estás herida?

Yo señalo a Gonzalín al instante, para que lo mire a él y no se le vaya la cabeza. Qué mona, por Dios.

—No es mía —digo rápido—. Es del niño. Me he manchado al apretarle.

Me pasa la mano por la mejilla, una caricia corta, controlada, pero ahí está. Y se le nota el amor, qué quieres que te diga.

Entonces cambia el foco a lo que importa de verdad. Gonzalín: cuatro años, cara manchada de sangre ya seca, ojos hinchados de llorar, el paño apretado en la cabeza. Paqui sin aire, con el pecho subiendo y bajando a trompicones, sujetándolo. Bárbara al lado, manchada también.

Nerea se mueve hacia ellos, directa.

—Paqui, mírame —dice, primero, antes de tocar al niño—. Respira. ¿Me dejas verlo?

Paqui asiente con la cara empapada.

—Dámelo. Lo cojo yo.