Capítulo 23
Nerea
Hoy tengo la cita con Recursos Humanos. Así que hago mi ritual, el de cuando toca ir seria y no de «vengo a currar y ya».
Cierro la puerta del baño, echo el pestillo y me meto en la ducha con el agua más caliente de la cuenta.
Me froto fuerte, dos veces, y me lavo el pelo con calma, masajeando el cuero cabelludo hasta que me escuecen un poco los dedos.
Me enjuago, me envuelvo en la toalla y me planto delante del espejo sin darme tiempo a pensar.
Me hidrato la cara. Contorno de ojos. Corrector. Base ligera. Polvos donde brilla. Rímel, el justo para que parezca que he dormido y no que llevo días contando las horas. Me marco los ojos y me pongo un pintalabios nude, el de «soy profesional» y también «me da igual lo que opines».
Luego el pelo: raya limpia, secador, cepillo redondo.
Lo recojo con una pinza bonita primero, lo suelto, lo vuelvo a recoger en una coleta baja más formal.
Porque hoy no me apetece que nadie tenga material para comentar nada.
Me miro de frente. Me giro de lado. Respiro hondo por la nariz, suelto el aire despacio y me doy cuenta de que tengo las manos frías, así que las froto entre sí hasta que entran en calor.
Elijo ropa de «no me toques»: pantalón negro, blusa clara, americana.
Me pongo pendientes pequeños, los de aro finito, y perfume en el cuello y en las muñecas.
No mucho. La idea es que me huelan cuando se acerquen, no que me recuerden toda la semana.
Reviso el bolso: llaves, cartera, cargador, cacao, una goma del pelo y un paquete de pañuelos por si a mi cuerpo le da por hacer de las suyas.
En el móvil tengo la hora de la cita marcada, pantalla de bloqueo con la alarma, porque hoy no me voy a permitir despistes.
Salgo al pasillo y la casa sigue oliendo a chorizo. Porque el chorizo sigue ahí colgado y yo sigo sin atreverme a quitarlo. Estoy esperando a ver si Minerva se lo come o pasa algo que no me obligue a tocarlo.
Minerva está apoyada en la encimera con el móvil en la mano, despeinada, guapa. Me mira de arriba abajo sin hablar. No pregunta, pero hace inventario. Y yo lo pillo, porque Minerva tendrá desorden, pero tonta no es. Lleva una semana viéndome rara, aunque yo haga mi numerito de «todo bien».
—¿Te vas ya?
—Sí. Hospital. Tengo movida.
—¿Movida de qué tipo? Porque si es de esas de «me lío con alguien en un pasillo», me interesa.
Le lanzo una mirada de «qué lista eres» y me cierro la americana.
—No te voy a dar ese gusto.
Minerva se ríe y se acerca. Me agarra por la cintura y me besa en los labios.
—Anoche me lo pasé bien —digo, porque soy humana, y porque tampoco me da la gana ir de piedra todo el tiempo—. Oye, una cosa.
—Dime, jefa.
—Mi hermana me ha dicho que a Stella le encanta el chorizo. Podríamos regalárselo, ya que tú no te lo comes.
Minerva abre los ojos, divertida, y mira hacia el maldito embutido.
—¿El chorizo te molesta?
—No me molesta —corrijo, finísima—. Me da respeto. Y me da asco. Las dos cosas a la vez.
—Qué fino lo de «me da respeto» —se ríe—. Te pone nerviosa un chorizo colgado en tu casa y luego vas por ahí tan chula.
—No me provoques, que voy con el depósito emocional lleno.
Minerva, por una vez en su vida, hace caso sin discutir. Va, lo descuelga con cuidado y lo mete en una bolsa.
—Vale. Se lo doy a las niñas y santas pascuas. ¿Algo más que quieras donar? ¿Tu paciencia? ¿Tu jefa interior?
—Mi jefa interior no se dona, se cobra —digo, y me sale una sonrisa que ni yo me esperaba—. Gracias. Me acabas de evitar un brote clasista contra los embutidos.
Minerva se gira hacia mí otra vez. Ya sin risa. Me mira la cara buscando la grieta, el detalle, el fallo en la máscara. Se le ve que está atenta de verdad.
—Estás preocupada.
A mí se me tensa el estómago. Me entra el miedo ese de que me saque la verdad a base de insistir, porque a ella le funciona con medio mundo. Y conmigo a veces también.
—Estoy cansada —digo, y lo digo bien, con tono neutro, con la espalda recta.
Minerva frunce el ceño. No se lo compra. Pero tampoco me acorrala. Me conoce lo suficiente para saber que, si me empuja, yo cierro la persiana y ni la luz entra.
—Vale… —dice, más suave—. Pero si pasa algo, me lo dices. Aunque sea feo.
Podría decírselo. Podría abrir la boca y largarlo todo y respirar.
Pero no. No hasta que tenga por escrito de qué van.
Porque una cosa es confiar y otra es ir por la vida soltando el pánico y luego tener que recogerlo del suelo.
Yo no soy así. Yo primero quiero saber qué hay, y luego ya veré si lloro, si grito o si le prendo fuego a alguien con educación.
Abro la boca para decirle algo y en ese momento le suena el móvil.
Contesta con esa voz suya de «soy resolutiva y carismática» que solo usa cuando alguien la está liando en su trabajo.
—Juliette… ¿Qué pasa ahora? —Pausa. Luego una carcajada fuerte, le cambian la cara, se le levantan los pómulos—. No toques nada. Ni se te ocurra. En veinte minutos estoy ahí y lo arreglo.
Cojo el bolso y me voy hacia la puerta. Ella se acerca todavía hablando, me da un beso rápido, automático, y luego tapa el teléfono con la mano. Me mira de arriba abajo sin ningún tipo de respeto por mi estabilidad emocional.
—Estás tremenda esta mañana.
Me viene bien que me lo diga hoy.
—No me digas eso o no salgo por esa puerta —le suelto bajito.
Me pego más de la cuenta, solo para recordarle que yo también sé jugar. Minerva se ríe, vuelve al móvil y se va hablando, metida en su película.
Yo me paro en el rellano, respiro, aprieto la mano alrededor del bolso hasta que el cuero cruje un poco y bajo las escaleras sin mirar atrás. Porque hoy voy a Recursos Humanos y ya no sé si estoy cagada o cabreada. Igual las dos.
Bajo las escaleras repitiéndome que voy a entrar como lo que soy: una doctora que no ha hecho nada y a la que le van a tener que mirar a la cara antes de intentar joderle la vida.
Me meto en el coche y dejo el bolso en el asiento del copiloto. Mantengo las manos en el volante, sin moverlas, hasta que me sudan las palmas. Tengo que limpiarme una en el pantalón. A los diez segundos hago lo mismo con la otra. Qué pereza, de verdad.
No tengo ganas de dar explicaciones a nadie, pero hay una persona que ya lo sabe todo. Y hoy la necesito. Pulso llamar.
—¿Qué pasa, guapa? —contesta la Boquerona a la primera.
—Voy camino de Recursos Humanos.
—Ya. ¿Cómo estás?
—Regular. Pero controlo. —Me escucho y me quiero escupir a mí misma—. Estoy en el coche, estoy bien.
—Bueno, no te aceleres. Tú no has hecho nada y esto no va a llegar a ninguna parte. Lo que pasa es que hay que hacer el teatrillo.
—Ya. El teatrillo y el tonito. Me imagino ya el panorama, las caras, las carpetas y el «doctora Medina, siéntese». —Meto primera—. A mí desde luego no me van a intimidar.
La Boquerona suelta una carcajada.
—Esa es mi niña. Escúchame: acuérdate de lo que te dijo el abogado.
—Ya, ya. «No firmes nada. No admitas nada. No expliques de más».
—Eso. Que trabajen ellos.
—Lo sé. —Miro el retrovisor. Tengo buena cara. Bastante mejor de lo que me esperaba—. Pero me pone negra pensar que alguien monta el lío, desaparece, y ahora la que tiene que sentarse derechita soy yo.
—A ver, reina, que también te viene bien para recordarles quién eres. —La Boquerona baja la voz, seria—. Y para saber de una vez qué coño se investiga y quién te ha denunciado. Y que no se pongan listos y te lo den todo por escrito.
—Acta y copia. Sí. —Asiento sola, apretando el volante—. Y si me intentan sacar algo con insinuaciones…
—Tú: «No respondo a insinuaciones. Quiero hechos: fecha, contexto y canal de la queja».
—Me encanta cuando hablas así. Me dan ganas de ponerte en el bolsillo de la chaqueta y sacarte en la mesa.
—Te doy permiso. —Se ríe—. Oye, y una cosa más: ni una sola disculpa. Nada de esas frases que parecen buenas personas y luego te clavan.
—Eso me lo sé. —Me incorporo un poco en el asiento; ajusto el retrovisor otra vez. Me miro los labios. Estoy bien. Estoy mejor de lo que esperaba—. He dormido una mierda y aun así estoy mona. Que se aguanten.
—Mejor. Oye, ve contándome. Ah, y si en algún momento te piden firmar algo, nanai, le dices que lo tiene que revisar tu abogado. Y ya.
—Ya. —Se me seca la garganta, pero sigo—. Oye… gracias.
—Anda ya, qué gracias ni gracias. Tú entra, te sientas, cruzas las piernas y a ver quién es el valiente que te habla a ti como a una cría, chiqui, que tú impones.
—Cruzo las piernas, sonrío y que les dé un ataque. —Ahora sí me sale una risa, más limpia—. Vale. Te llamo al salir.
—Me llamas. Dales fuerte, doctora. Y no te preocupes: aquí la única que está en peligro son las ganas de quien sea de jugar contigo.
Cuelgo, dejo el móvil boca abajo en el asiento y pongo el piloto automático.
Mientras conduzco, empiezo a ensayar, porque yo soy de prepararme.
Lo hago cuando me llaman a quirófano por una urgencia: repaso el procedimiento, los riesgos, las complicaciones y la cara del residente que va a estorbar.
Esto va por el mismo carril. Solo que ahora la urgencia soy yo.
«Buenos días. Soy la doctora Nerea Medina León. Me han citado para una reunión y quiero saber quién va a estar presente».
Suena firme. Educado y cortante a la vez. Deja poco espacio para los jueguitos.
Semáforo. Otro. Me tenso. Los imagino: Recursos Humanos, portátil abierto, bolígrafo con logo. Y yo, enfrente, con mi sonrisa de «vas tarde». A mí no me asusta un despacho. A mí me asusta una hemorragia masiva, un paciente que no remonta. ¿Tú? ¿Con tu archivador y tu tonito? Por favor.
Paso por delante de un bar y veo a gente desayunando. Envidio muchísimo a esa gente. Nadie les cita en Recursos Humanos. Lo máximo que les pasa es que se les cae la tostada por el lado de la mantequilla. Yo ni tostada ni mantequilla: yo tengo «diligencias informativas».
Se me cruza la tentación de llamar a Minerva, pero acelero y vuelvo a ensayar. Si no controlo esto por dentro, lo de fuera se me va a la mierda.
«No respondo a insinuaciones. Quiero hechos».
Aparco. Corto el motor. Silencio otra vez. Y ahí, el cuerpo intenta hacer de las suyas: respiración más corta, latido más rápido, garganta seca, estómago revuelto. Pongo una mano encima del bolso y me hablo claro: Vale, Nerea. Cirujana. Control. No pasa nada… No. Pasa. Y lo voy a manejar igual.
Abro la puerta, salgo y cierro sin dar portazo.
Camino hacia el hospital con paso seguro, dueña de mi nombre y de mi sitio.
Que traigan el papel que quieran: yo entro, digo quién soy, pregunto lo que toca y que intenten tumbarme si les da la vida.
Y aun así, mientras cruzo la puerta del hospital, mi cuerpo se prepara igual que cuando voy a entrar en el quirófano. Solo que esta vez el paciente soy yo.