Diagnostico: Nosotras (Entre nosotras nº 3) Capítulo 22
74%

Capítulo 22

Minerva

Mis padres llevan en la cama una hora larga. Mi madre ha caído rendida después de repetirme por quinta vez lo de su hermana Asunta, la que vive fatal, la que tiene una vecina que le roba el wifi, la que se está quedando «muy delgadita», la que… bueno, Asunta.

Mi padre ha palmado en el sofá con la manta subida hasta el pecho y la tele a volumen de «vamos a enterarnos todos». Boca abierta, ronquido, y de vez en cuando, ese espasmo cutre de: «¿Qué pasa? Estoy despierto…», que tú lo miras y piensas: sí, campeón, despiertísimo.

Yo estoy en mi cuarto, en la cama, con un libro abierto. Llevo diez minutos con el mismo párrafo. Lo miro, lo leo, me voy a mis cosas, vuelvo, lo releo, y así. Bucle infinito. Reina del autoengaño: «estoy leyendo». Ya.

Pum. Se oye la llave. El giro. El clic. Y mi cuerpo hace ese ajuste absurdo que hace cuando sé que es Nerea: me mosqueo… y a la vez me alivia.

Entra descalza, en silencio, con esa habilidad de hospital de moverse por la casa sin que crujan ni las tablas. Asoma la cabeza por la puerta del dormitorio y, al verme despierta, hace un gesto mezclado de «hola» con «no me mates todavía».

—¿Ya duermen tus padres? —pregunta, bajito, como si la casa tuviera oídos. Que los tiene. Mis padres, sobre todo mi madre, tiene oído de tísico.

—Supongo —respondo sin levantar la vista del libro. Y como soy una señora adulta con sus valores… pues me sale la versión rencorosa—. Llegas tarde.

Ella calcula el terreno desde el marco, con el bolso colgando y la chaqueta medio puesta. Luego entra del todo y deja el bolso en la silla con un cuidado que me crispa, porque ese cuidado lo usa cuando sabe que la ha liado.

—¿Tarde para qué? —dice—. Hoy es sábado.

Levanto por fin la mirada. Despacito, para que se note que estoy conteniéndome y que merezco un premio por no montar el numerito.

—Ya. Pero yo pensaba que íbamos a pasarlo juntas.

—Juntas con tus padres —contesta, chula, en plan: es obvio, Minerva, no seas pesada.

—¿Eso qué quiere decir? ¿Te han caído mal?

Ella ladea la cabeza.

—Para nada. Me han caído muy bien. —Pausa—. A pesar del despliegue.

—¿El despliegue?

Nerea señala con la barbilla hacia el pasillo, hacia la cocina, hacia toda mi vida.

—Sí. Las bolsas. Las lentejas. El queso cortado en bloques. Y ese chorizo colgado ahí… huele toda la casa, por cierto.

Me río por la nariz, sin querer, porque es que la tía tiene razón y me da rabia.

—Qué delicada eres, doctora.

—Soy una persona con sistema nervioso —me corrige—. Y hoy ha estado a prueba.

Se nota que espera algo de mí. Una pregunta. Una escena. Me sale otra cosa, más fea y más honesta.

—Me habría gustado que no hubieses salido corriendo.

—No he salido corriendo.

—Ah, ¿no? Entonces lo de irte y desaparecer horas es… ¿un paseo terapéutico?

No dice nada. Y ese silencio en Nerea ya es un párrafo entero. Gira hacia el baño sin contestarme. Va con ese paso de «no voy a discutir» que, en su idioma, significa «no sé por dónde salir sin romper algo». Yo me trago el orgullo y me apoyo en el cabecero, con el libro en las manos.

Vuelve al rato con la cara limpia, el pelo ya sin recoger y esa expresión seria que le queda demasiado bien y me irrita más todavía.

Se planta al lado de la cama y me mira desde arriba.

A mí eso me pone nerviosa, porque yo con Nerea siempre tengo la sensación de que va un paso por delante, aunque esté perdida.

Luego hace lo que hace siempre cuando no sabe qué decir: se quita la camiseta. Esa es su especialidad: dejarme sin discusión antes de quedarse ella sin control. Qué asco me da que haga esto. Porque encima le funciona. Porque yo, que estaba superenfadada y superadulta, pues me pongo idiota.

Se quita el sujetador sin mirarme del todo, un gesto normal, como quien se quita los calcetines.

Luego se pone una cosa mínima, de tirantas, transparente, que no sé si llamarlo pijama o «vengo a arreglar esto por la vía rápida».

Y mi mirada la recorre antes de que yo pueda frenarla.

Me doy cuenta y no paro. Muy bien, Minerva, control emocional de primera.

—¿Qué?

Cierro el libro con calma, lo dejo a un lado, rollo señora responsable.

—Que me lo pones difícil, esa es la respuesta.

—No era mi intención.

—¿Tú te crees que puedes dejarme aquí con mi madre y sus historias de Asunta, mi padre roncando, y encima venir con esta exhibición? ¿Ese trapito que no sé ni cómo llamarlo?

Nerea se ríe bajito. Se le marca el hoyuelo y a mí me entran ganas de darle un beso y de empujarla fuera a la vez. Complicadísima.

—Es lo que había limpio.

—Mentira.

—Vale —admite—. Pero sé que te gusta.

La miro más de la cuenta. Ella sostiene el pulso. No se mueve. No retrocede. A mí me sube el calor por la nuca. Qué fácil me tiene cogida. Qué vergüenza, de verdad.

—Ven —le digo.

Nerea no viene. Se acerca. Que no es lo mismo. Clava una rodilla en la cama y se inclina hacia mí para cogerme la barbilla. Sus ojos están oscuros. Alerta. Brillantes. Y yo noto en el pecho ese clic tonto de «ya está, ya me ha ganado». Soy básica, sí. A mucha honra.

—Eres preciosa.

—No empieces —murmuro, porque si empieza, yo pierdo.

—Empiezo si me da la gana, y a ti te gusta.

Tira de mí un poco más cerca y me besa. Lento, a su ritmo.

Ese ritmo que me seduce y me enfada a la vez porque se me va el aire y me cambia la respiración.

Le agarro la nuca. Le muerdo el labio y ella responde con un sonido contenido.

Sonrío contra su boca, porque lo tengo claro: Nerea podrá irse cuando le dé miedo, pero vuelve. Siempre vuelve.

—La próxima vez no te largues —le digo, bajito, entre beso y beso, sin orgullo ninguno ya.

No responde. Se tumba encima y me besa lento otra vez. Mi mosqueo se deshace en cuanto su lengua roza la mía. Un suspiro me delata y la capulla sonríe contra mis labios, chulita, se crece.

Me sube una mano por el muslo, por encima de la tela, mete la mano por debajo de mi pijama y me agarra fuerte por encima de las bragas.

—¿Ya has terminado de seducirme para que se me olvide que me has dejado tirada? —murmuro, con mala leche y cero convicción.

—No he terminado.

Me aparta las bragas y me roza con la yema del dedo. Pego un respingo. Ella me mira, seria, mandona, disfrutando.

—Hoy calladita —susurra—. Que tus padres no tienen por qué enterarse de lo bien que reaccionas.

Me masacro el labio, molesta… y encantada. Nerea me muerde el cuello. La piel se me eriza. Cierro los ojos. Mañana me arrepentiré de no haber hablado. Ahora no. Ahora ni de broma.

—Eres mala.

—Soy eficiente —me corrige, y me roza con la punta de la nariz, pegadita.

Me río. Joé. Qué rabia, porque hoy me apetecía hacerme la dura, aunque fuera cinco minutos. La agarro por la cintura y la bajo para sentirla entera: me gusta su peso encima, el calor y cómo me encaja en el cuerpo.

A Nerea le sale un gemido casi imperceptible en cuanto la aprieto más contra mí, lo camufla con un carraspeo. Yo me hago la chula también, porque para chula, yo. Bueno, yo lo intento.

—Ah, ¿encima te haces la fuerte?

—Yo no me hago nada —contesta. La voz tiene ese puntito de superioridad que le encanta. El cuerpo, en cambio, ya está cantando.

Me besa. Esta vez más insistente. Me muerde el labio y tira un poco, jugando.

Y yo se lo devuelvo sin paciencia, con ese hambre tonta de cuando llevas todo el día acumulando cosas.

Porque yo estaba esperándola y el día se me ha hecho eterno.

Porque he echado de menos su boca en la mía a todas horas, incluso cuando me he puesto a recordar la escena de antes y me ha dado hasta la risa: Nerea tiesa, formal, con mi madre acariciándole el pelo, que parecía que acariciaba un pony.

Y porque Nerea lleva ese pijama diminuto… y a mí se me apaga el cerebro.

Su mano baja otra vez y se mete debajo de la camiseta. Me toca las tetas, me roza los pezones, con esa mirada que se le pone cuando está caliente.

Suelto un suspiro más fuerte. Ella sonríe, orgullosa de sí misma.

—Ya está —murmura—. ¿Ya se te ha pasado el mal humor?

Me vuelve esa cara de antes. La de la cocina. La del sobre. La agarro por la barbilla, firme. La paro.

—Espera.

—No puedo —dice entre jadeos.

Me clava los dedos en las caderas, apretando donde sabe.

—Espera, por favor.

Apoya las manos en el colchón y se incorpora un poco. La respiración arriba, desordenada. Los labios húmedos. El pelo rozándome el pecho. Los ojos oscuros, tensos, con ese fastidio pequeño de quien estaba metida en otra cosa… y la han frenado en seco.

—¿Qué pasa?

—Que estás intentando follarte mi cabreo.

Nerea parpadea, lenta.

—¿Y funciona?

—Demasiado —confieso—. En realidad no estoy enfadada contigo.

Ella sonríe, chula, y se vuelve a echar encima, buscando mi boca otra vez, queriendo distraerme a base de besos, pero aún me susurra:

—¿Y qué es, bonita?

No lo pienso, lo digo:

—¿Qué ponía la carta? Porque sé que ha sido más eso que mis padres.

—Nada.

—Nada no te hace desaparecer toda la tarde.

—No he desaparecido —me contesta, defensiva, con tono de «no me toques las narices».

—Claro. Has hecho… turismo a casa de la Boquerona.

Nerea me sostiene la mirada. Orgullo y miedo. Del que te empuja a mentir aunque no quieras.

—Era… del hospital —dice al fin.

Se me encoge el estómago.

—¿Y qué?

Nerea se aparta. Me saca la mano de la camiseta y se incorpora hasta quedarse sentada, otra vez mirándome desde arriba. Se coloca el escote del pijama, se pasa la mano por el pelo. Ordena lo de fuera para que no se note lo de dentro.

—Un tema administrativo. Del traslado. Nada serio. Burocracia.

Me arde en la garganta. Ella aguanta el tipo, pero le late el cuello. Le tiembla el aire al respirar. Y yo ya le tengo pillado cuándo dice «no pasa nada» para que yo no mire donde le duele.

—¿Un tema administrativo? —repito, porque necesito oírla insistir para saber hasta dónde va a llegar.

—Sí —dice, seca—. ¿Qué quieres, Minerva? ¿Qué me llegue una carta de amor?

—De amor ya me llegan otras cosas tuyas —murmuro, bajito, porque me sale y porque me encanta pincharla.

Nerea se frena y el deseo le vuelve a brillar en la cara. Mi voz le ha dado donde le da. Tira de mi mano hasta que me quedo sentada, con su boca otra vez a diez centímetros.

—Entonces deja de preguntar.

Me besa y yo se lo sigo, claro, porque soy humana y porque me puede. Pero esta vez hay tensión. No está entregada del todo. Quiere que me pierda en su boca para que no le tire del hilo. Y yo, que soy una pesada y una cabezona, le corto el aire cuando se confía. Me separo otra vez.

—Me estás mintiendo.

Nerea se queda quieta.

—No.

—Sí.

—Neni…

—Nerea, me da igual si es administrativo o si es el fin del mundo —le digo bajito—. Lo que no me da igual es que te vayas, vuelvas hecha polvo y me intentes cerrar la boca con sexo.

Nerea se pone recta. Y ahí vuelve ella. La doctora. La que controla y no se permite fallar ni aunque esté reventada.

—No estoy hecha polvo —me dice casi sin voz.

Mentira. Le tiembla la respiración. Le acaricio la cara con el pulgar. Está caliente. Viva. Y lejos, que es lo que me mata.

—No. Estás preciosa. Que es peor. Porque me dan ganas de besarte y de cuidarte y no sé por cuál empezar… y yo para estas cosas no valgo, tía. Yo valgo para poner una lavadora, quemar el beicon y discutir por orgullo. Para esto me entra la torpeza.

Se le va la chulería y le queda la cara en algo más real, más frágil, más ella.

—Quiero que confíes en mí —le digo.

Ella no contesta. Porque no puede. Porque si abre la boca, lo suelta todo. Y yo lo sé. Por la forma de estar callada, tiesa por orgullo, aunque tenga la emoción a punto de desbordarse.

No es el momento de pedirle explicaciones. No con mis padres durmiendo al otro lado del pasillo, con mi madre que detecta un drama aunque esté la tele puesta y con mi padre, que oye regular pero tiene la manía de levantarse cuando no debe.

Así que hago lo único que puedo hacer sin liarla más: me dejo llevar.

Vuelvo a su boca, a su cuello, a esa piel que me calma y me vuelve loca a la vez.

Le meto la nariz en el hombro, le doy besos cortos, con prisa y con cuidado.

Nerea me agarra más fuerte, me pega a ella, y ya no habla. Solo respira.

Y nos perdemos durante horas, a ratos en silencio, a ratos con la respiración desordenada, con ese cuidado raro de no hacer demasiado ruido y, al mismo tiempo, sin contenernos nada.

Me muerdo la boca para no soltar un sonido de más.

Ella me tapa la boca con la suya cuando me nota perder el control.

Manos apretando donde hace falta. Piel. Calor.

Orgasmos tragados para dentro por pura supervivencia doméstica, porque no me apetece que mi madre venga a preguntar si me pasa algo y yo tenga que decirle que no, que todo bien, que era el somier.

Y aun así, en medio de todo, la carta sigue ahí, clavada.

No la veo, no la toco, no la nombro… pero está.

Y Nerea también. Pegada a mí. Intentando sostenerse.

Intentando sostenerme. Y yo, que soy una intensa y una cabezona, decido que ya habrá tiempo de sacar el tema.

Ahora no. Ahora la tengo aquí. Y no voy a soltarla.

Cuando por fin se duerme, cae boca abajo, desnuda, rendida, con el pelo desparramado en la almohada. A mi lado.

La miro en la oscuridad, con el corazón todavía demasiado despierto. Sé qué le ha pasado algo malo. No sé qué. No sé cómo. Pero claro que lo sé, esas cosas se saben. Y me da miedo que esto… que ella… que nosotras… se me vaya de las manos justo ahora que por fin lo siento de verdad.

La atraigo hacia mí otra vez. Le beso la frente, me abrazo a ella, suave, calentito. Y le prometo, en un susurro, que voy a estar a su lado, sea lo que sea.

Aunque no estoy segura de saber cómo hacerlo.