Diagnostico: Nosotras (Entre nosotras nº 3) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

—Nada, Boque. Paso visita, quirófano, sesión clínica, otra vez quirófano. Y cuando salgo, tengo ganas de follar o de dormir, en ese orden. No tengo ganas de jugar al jefe baboso.

La Boquerona suelta una risa breve, nerviosa, y me mira con cariño y cabreo a la vez.

—Ya. Y eso también te lo puede jugar en contra, ¿sabes? Que te dé igual esconder que te gusta el sexo. Hay gente que confunde seguridad con… con «provocación». —Hace comillas con los dedos, con asco.

—Que se compren una vida. —Me froto las palmas, otra vez sudor—. Y que me dejen operar.

Boque me señala la carta.

—Esto es una investigación interna, Nerea. Es el paso previo a abrir expediente. Están cubriéndose las espaldas.

Me paso la mano por la cara.

—Pero ¿de qué estamos hablando? Porque «convivencia profesional» puede significar desde una bronca en un quirófano hasta… yo qué sé, estamos dando por hecho algo que no sabemos.

La Boquerona vuelve a mirar la carta.

—Sí. Pero cuando RR. HH. escribe así de ambiguo, habla de diligencias reservadas y encima te cita tan rápido… no es porque alguien se haya enfadado contigo por un cambio de turno. En cuanto alguien pronuncia ciertas palabras, el hospital activa protocolo. Aunque luego sea humo.

—¿Qué palabras, Boque?

—Acoso. Conducta impropia. Abuso de jerarquía.

Ese tipo de marrones. Escúchame. —Se pone seria, con ese tono de cuando deja de ser la payasa y le sale la cabeza—.

En estos procesos importa menos la verdad y más lo que puedas demostrar.

¿Hay algo escrito? ¿Mensajes? ¿Una conversación fuera de contexto?

¿Una broma a una residente que te pareciera inocente?

—No mando mensajes a residentes. Ni a adjuntos que no sean mis colegas. Y a los colegas les mando memes y órdenes de quirófano, punto.

—Vale. Bien. ¿Y en persona? Puede ser desde tocar hasta comentarios sobre el cuerpo.

Me arde la cara.

—Yo no comento cuerpos en el trabajo. Ni el mío. Y mira que el mío da para comentario, pero no en el hospital.

La Boquerona me mira un momento, medio sonriendo pese al drama, y luego vuelve al papel.

—¿Has rechazado a alguien?

La pregunta me entra recta al estómago.

—No. O… no a lo bestia. —Pienso rápido—. He sido borde con un adjunto de traumatología. Y he puesto en su sitio a una enfermera que intentó colarme un «esto aquí se hace así» en mitad de un cierre. Eso es jerarquía y seguridad del paciente.

—Ya. —Asiente—. Aun así, hay gente que te mete en el mismo saco: «me humilló» y «me acosó». No debería, pero pasa.

Me paso la mano por la cara con un puto agobio que ni te cuento.

—¿Minerva lo sabe? —pregunta Boque.

—No.

—¿Se lo vas a decir?

Pienso en la casa de Minerva. Sus padres. Las lentejas. Las aceitunas. Las servilletas de tela. Y Minerva queriendo que yo encaje. No tengo fuerzas para gestionar una familia.

—Hoy no. Están sus padres en casa. Y no voy a soltar esto delante de gente que luego me va a mirar raro en el postre.

—Bien. —Boque asiente, práctica—. Pero mañana sí. Minerva está contigo. Y tú ahora mismo necesitas un equipo.

Me apoyo en el respaldo e intento ordenar la cabeza.

—Y tú, por favor… no vuelvas a dudar de mí a la primera, capulla.

La Boquerona se gira hacia mí.

—Tienes razón. Ha sido automático. Lo siento.

—Gracias. —Me sale más suave, porque la verdad es que me duele—. Ya tengo bastante con que otros me quieran pintar de algo que no soy.

Boque recoge la carta otra vez y la lee en voz alta, ya en modo médico, precisa.

—«Se recuerda la obligación de mantener la debida confidencialidad». Esto lo ponen para que no hables y no contamines testimonios. Y para protegerse ellos si alguien filtra.

—O sea: «cállate o te jodes más».

—Traducción libre, sí.

—Me encanta la sanidad pública. —Me río por la nariz, sin gracia—. Vengo a salvar vidas y me tratan como a una amenaza.

—No te pongas dramática, doctora.

—No estoy dramática. Estoy cabreada. —Me inclino hacia ella—. Y no voy a ir allí con cara de culpable ni con voz temblona. Me quieren asustada. No me sale.

—Eso. —Boque chasquea los dedos—. Esa actitud te la compro para la vida, pero cuidado en la entrevista. Seguridad sí. Soberbia no. En estos protocolos, el tono cuenta.

—Ya. Son capaces de escribir «faltó a la cooperación» por respirar fuerte.

—Exacto. —Vuelve al papel y lo golpea con el dedo—. Mira: preservar, en todo momento, un entorno profesional adecuado. Eso significa cero pasillos, cero WhatsApp, cero «hola, ¿qué tal?». Tú a partir de ahora, todo por correo. Con copia. —Boque me mira—. Nerea, todo por escrito a partir de ya.

Asiento. Esto sí lo entiendo. Esto es medicina y burocracia: si no está escrito, no existe.

—Vale. Todo por escrito.

—Y otra: no borres nada. Ni mensajes, ni mails, ni calendarios. Nada. —Se inclina más, bajando la voz—. Y no vayas hablando por ahí. Ni con los adjuntos coleguitas, ni con enfermería, ni con nadie.

Me quedo mirando la carta. Me duele el orgullo y me enfada que me duela, porque yo no he hecho nada. Aun así, sé cómo funciona esto: te ponen en una esquina y esperan a que te equivoques.

—Boque… —digo, más bajo—. Alguien me quiere hundir.

—Está claro que esto no nace de la nada. O alguien interpreta algo a su favor o alguien mueve hilos. Y tú llevas dos semanas en Sevilla y una trabajando. Eso es rápido.

—Una semana y ya tengo expediente. —Me río, sin ganas—. Récord personal.

—No es expediente todavía. Son diligencias. —Me corrige, profesional—. Están recopilando. Entrevistan al denunciante, a testigos, a ti. Luego deciden si archivan o abren expediente disciplinario.

—Y mientras, yo con el cartel de «peligrosa».

—Mientras, tú impecable. —Boque levanta un dedo—. Puntualidad. Trato correcto. Nada de chistes. Nada de confianza extra. Guardias perfectas. Y, si te preguntan por tu vida, cortas.

—O sea, que me convierta en un robot.

—En el hospital, sí. Fuera, haz lo que te salga del coño, que para eso eres tú.

Ese «tú» me relaja un poco. Me recoloco en el sofá y me suelto el pelo. Me da asco que hasta eso me lo piense ahora, si llevar el pelo suelto puede dar pie a que un imbécil invente una historia.

—Me da ganas de ir en bata y repartir hostias verbales.

—No. —Boque me corta—. Que hay alguien por ahí que quiere que explotes.

—No voy a explotar. Voy a ser lista. Pero me da vergüenza… —Me paro, porque no es vergüenza exactamente—. Me da rabia. Me da asco. Me dan ganas de señalar a quien sea y decirle: «yo follo porque me apetece, no porque abuse de nadie».

—Eso dímelo a mí, a Minerva y a quien te conozca bien.

A Recursos Humanos no le importa lo que hagas, le importa el riesgo legal del hospital.

Por eso te acompaño. Si quieres, pido a un colega abogado que te explique la dinámica.

—Se levanta y va a la cocina, vuelve con una botella de agua y me la planta en la mano—. Bebe. Tienes la boca seca.

Bebo. Me entra el agua y me baja un poco el nudo de la garganta.

—Gracias.

—Y, por cierto. —Se apoya en el marco de la puerta con su sujetador de deporte—, ya que estamos: ese traje de «mujer segura» te lo pones también. No para seducir a nadie, sino para no pedir perdón por existir.

La miro y me sale una media sonrisa de verdad.

—Yo no pido perdón por existir. Pido perdón si corto donde no debo.

—Eso, doctora. —Boque señala la carta—. Ahora, plan: hoy no escribes a nadie del hospital. Cenas algo. Duermes. Mañana, correo a RR. HH. y pides acceso a la información relevante y a los hechos que se te atribuyen. Si no te la dan, que quede constancia.

—¿Puedo pedir eso?

—Sí. Derecho de información y de defensa. Y si te dicen que no, que te lo digan por escrito. —Me mira—. Esto es medicina y derecho, cariño. No solo bisturí.

Asiento otra vez. Ojalá estar pensando en un polvo pendiente, en el cuerpo de Minerva, en cualquier cosa que no fuera esta mierda. Pero toca esto.

—Boque…

—Dime.

—Gracias por espabilar. —La miro fijo—. Y por creerme.

—Te creo. —Se acerca y me da un golpe suave en la rodilla—. Y ahora te voy a cuidar, aunque me llames imbécil.

—Te lo has ganado.

—Me lo he ganado, sí. —Se sienta a mi lado, agarra la carta otra vez y la deja lisa con la palma—. Vale, cirujana. Empezamos desde cero. ¿Has tenido algún conflicto reciente? ¿Sospechas de alguien en concreto?

—Conflictos tengo desde que abro los ojos. En Urgencias ya sabes: gente cabreada, familiares, el celador que discute por todo…

—Uno de verdad, Nerea. —Boque me pincha con el dedo en el brazo, sin fuerza, pero con intención—. ¿Alguien con quien hayas cruzado líneas? ¿Una bronca fea? ¿Una guardia con tensión?

—No.

—Mientes.

—No miento. —Exhalo por la nariz—. Vale. Hay una residente que lleva un tiempo… Luz.

Boque abre los ojos y la comisura se le sube.

—Ah. Vale. Ya vamos llegando.

—Ni «ah» ni nada. No empieces.

—No estoy empezando. Estoy ubicándome. —Se inclina hacia mí, en modo cotilla profesional—. ¿Qué ha pasado con Luz?

—Nada.

—Te gusta.

—No.

—Te atrae y te molesta que yo lo diga en voz alta.

—No me atrae, joder. Me llamó la atención. Punto. —Me recoloco el pelo detrás de la oreja, más seca de la cuenta—. Y fue hace casi cuatro meses.

Boque hace una mueca de victoria.

—Traducción: te gustó.

—Boque, por favor.

—Vale, vale. —Levanta las manos—. No te gustó. Solo tu sistema endocrino hizo una tontería y tu corteza prefrontal tuvo que apagar el incendio.

Me froto la sien. Me da risa porque tiene razón y me fastidia que la tenga.

—Me invitó a tomar algo y le dije que no.

—¿Y ella qué hizo? ¿Se hizo la interesante o se puso intensa?

—Sonrió, dijo «vale», y siguió con su vida… durante una semana. Luego volvió a invitarme. Y le dije que no otra vez. Claro y sin juegos.

—¿Y desde entonces?

—Desde que he vuelto, me mira más.

Boque deja de reírse. Me estudia la cara.

—Define «más». Con precisión clínica.

Aprieto los labios, porque odio lo bien que me obliga a aterrizar.

—Más pendiente. Me busca en el control. Se apunta a mis pacientes aunque no le tocan.

Pregunta por mis planes de guardia, por si voy a estar…

—paro antes de decir nada que suene a película—.

Y cuando le marco un límite, me hace esa sonrisa de «ya veremos».

Insistente. Y… esperando que yo meta la pata.

Se inclina hacia mí, seria ya, la Boque médico y no la amiga cabrona.

—Eso ya no suena a mamoneo. Suena a alguien empeñada en meterse en tu espacio. Y en un hospital, con jerarquía, eso es un problema. Más si luego se traduce en una queja formal.

—¿Intención de qué?

—De castigo. De control. De «si no me das lo que quiero, te hago daño con lo que tengo». —Respira hondo—. Hay gente que no tolera un no. Y si encima lo vive como humillación, buscan una vía para devolvértela.

—Yo no le he dado pie. No le he sonreído de más, no le he escrito nada, no la he tocado, no he ido de intensa. He sido educada y ya.

—Da igual. Hay gente que se inventa la película completa y luego te acusa de haberla dirigido. Y tú no tienes por qué ser perfecta para que te respeten.

Me tapo la cara con las manos. Me arde la piel de las mejillas. Me entra un bajón físico, estómago apretado y músculos duros.

—Vale. Otra opción. ¿Algún compañero?

—No. Y no me digas lo típico de «alguno te tiene ganas» porque no. Me llevo bien con la gente. No soy una santa, pero tampoco voy por ahí liándola.

—No eres una santa, ya lo sé —dice Boque—. Y tampoco hace falta. Una mujer puede ser sexual, tener vida, mirar, desear, y aun así tener límites claros. Eso no le da derecho a nadie a inventarse nada.

Me baja un poco la tensión en los hombros. Asiento, porque lo necesito dicho así, sin moralina.

—Gracias.

—No me des las gracias aún. —Se pone recta—. ¿Te han amenazado alguna vez con algo parecido? ¿Una queja, un rumor, una insinuación tipo «te voy a denunciar»?

—No. Y eso es lo que me da miedo. Porque no sé manejarlo. —Sueno vulnerable, qué mierda—. Sé manejar una hemorragia. Sé manejar una sepsis. Sé manejar a un adjunto gilipollas. Esto no.

Boque asiente. Ahora habla con cabeza de hospital, de protocolo, de «esto tiene pasos».

—Se maneja con calma y con método. Y sin decir más de lo necesario. En serio, Nerea: cada frase cuenta. En Recursos Humanos o en Dirección Médica, lo que vale es lo documentable.

—¿Qué método, si no sé ni qué dicen que he hecho?

—Si es Luz, o quien sea, tendrá «algo». O intentará fabricarlo. Un mensaje sacado de contexto. Una conversación de pasillo contada a su manera. Una testigo amiga. Un comentario en una sesión clínica convertido en «trato vejatorio». —Me mira fijo—. Cosas pequeñas. Y luego las exprimen.

—Pero es que no hay nada. No he escrito nada, no he hecho nada.

—Perfecto. Eso juega a favor. Pero que no haya nada no evita que lo intenten. —Se inclina, baja la voz—. Y aquí viene la parte médica de verdad: tú haz historia clínica de esto. Cronología. Fechas. Turnos. Quién estaba. Qué se dijo. Dónde. Sin adjetivos, sin interpretaciones. Hechos.

Me obligo a pensar como cuando hago un parte: objetivo, ordenado, frío.

—Una línea temporal.

—Eso. Y guarda todo: correos, mensajes, cambios de turno, asignaciones raras, cualquier cosa que huela a represalia. Si te han movido pacientes sin motivo, si te han dejado sin apoyo en quirófano, si te han cambiado guardias, si te han apartado de un caso… eso es patrón. Y un patrón es defendible.

—Joder. —Me sale sin filtro—. Suena a guerra.

—Suena a hospital. —Boque chasquea la lengua—. Y a gente con tiempo libre para dar por culo.

Me paso una mano por el pelo. Tengo los dedos fríos.

—Me da miedo que Minerva me deje cuando se entere de todo esto. —Odio admitirlo, pero me puede.

Boque me corta, seca.

—Nerea. Se va a enterar. Cuéntaselo tú antes de que se entere por otra vía, que si no parecerá que ocultas algo, aunque no hayas hecho nada.

Me llevo la mano a la boca. La respiración me tiembla, corta.

—Escúchame. —Boque me coge la muñeca—. Lo primero: no estás sola. Lo segundo: no eres culpable. Lo tercero: esto se maneja con pruebas, con estrategia y, si hace falta, con mala leche bien dirigida.

—Eso lo dices porque tú no eres la que va a sentarse delante de RR. HH.

—No, pero soy la que va a entrar contigo si me dejas. —Sonríe, chula—. Y si no me dejas, entro igual. Porque me conoces y porque me aburro si no me meto en líos útiles.

Me sale una risa floja. Me pican los ojos, pero me aguanto. No pienso llorar delante de ella ni hoy ni ningún día.

—Gracias.

Boque me mira suave.

—De nada. Y ahora dime la verdad, Nerea.

—¿Qué verdad?

—La que no dices ni aunque te paguen. ¿Qué es lo que más miedo te da?

Bajo la mirada al suelo. Me tomo el tiempo de decirlo bien.

—Que esto destroce lo único que me importa.

Aprieto la carta con la mano. No pienso permitir que una cría con hambre de poder me saque de sitio. Pero me da miedo que lo consiga.