Diagnostico: Nosotras (Entre nosotras nº 3) Capítulo 21
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Capítulo 21

Nerea

La carta pesa dentro del bolsillo. Respiro hondo y me pongo de pie, con la sonrisa preparada, la de «aquí no pasa nada».

—Bueno…

Encarni se gira al instante, con un trozo de sandía en la mano y una sonrisa enorme.

—¿Qué pasa, hija? ¿Te sirvo más? Mira que aún hay, ¿eh?

—No, no, gracias —digo, con una serenidad que ni yo compro—. Estaba todo buenísimo. Ahora entiendo por qué Minerva cocina tan bien… tiene a quién salir.

Pitu asiente, feliz, con la cerveza en la mano, ya metido en modo anfitrión orgulloso.

—¿A que sí? Y el queso… vamos, que eso no lo encuentras en cualquier lado.

—El queso está criminal —añado—. Casi como las croquetas de Encarni.

Saco el móvil y hago el numerito. Lo miro, lo desbloqueo, pongo cara de «pereza máxima», y hasta suelto un bufido calculado, de actriz barata.

—Perdonad, tengo que ir al hospital. Una urgencia.

Minerva carraspea. No dice nada, pero su expresión es de «no te atrevas». Me atrevo. Me acerco primero a Encarni. Le doy dos besos, bien puestos, con esa corrección que te sale cuando quieres salir viva.

—Encantada, de verdad —le digo—. Y gracias por el festín. Os habéis marcado un planazo.

—Ay, qué pena que te tengas que ir, hija. Pero corre, corre, no te preocupes. Ya nos veremos otro día, ¿no?

Otro día. Claro. Encarni sonríe con esa felicidad de madre que cree que su hija ha pillado una buena pieza. Me acuerdo de mi madre y me da algo raro en el pecho, una punzada que no pienso abrir aquí, en el salón, con sandía y servilletas de tela. Me lo trago y sigo con el protocolo.

Voy a por Pitu. Otros dos besos. Porque ya estamos en el circo y yo, cuando me meto, actúo.

—Un placer, Pitu. Lo que más me ha gustado han sido las aceitunas. Me tienes que traer más la próxima vez, ¿eh?

Le guiño un ojo a Minerva al decirlo, por joder un poco, por hacerme la graciosa y porque sí. Pitu se toca el pecho, orgulloso, feliz de verdad.

—Ole tú, niña. Así me gusta. Con arte.

Minerva sigue callada. Me acerco a ella y ahí se me complica todo.

Porque de cerca es otra cosa. Su boca. Su olor.

Esa manera de estar plantada, con los hombros rectos y los ojos clavados en mí, como diciendo «no me la cuelas».

Y a mí me dan ganas de no irme. De agarrarla del pantalón, meterla en su cuarto y cerrar la puerta.

Sin explicaciones, sin familia, sin lentejas, sin nada.

Le doy un beso que dice tres cosas a la vez: te quiero, no me montes escena, no preguntes ahora.

—¿Qué haces? —me susurra, rozándome apenas, pero lo suficiente para que me suba el calor por el cuello.

Yo saco mi mejor sonrisa de falsa tranquilidad.

—Me voy antes de que tu madre me pregunte si orino normal y me haga un seguimiento.

Minerva abre los ojos, incrédula, y no sé si quiere reírse o matarme.

—¿En serio te vas?

Me aclaro la garganta y me giro hacia sus padres, educada.

—Os dejo que disfrutéis de vuestra hija.

Encarni se pone la mano en el pecho, encantada con mi numerito.

—Ay, qué niña más educada.

Pitu asiente, con esa solemnidad de padre que opina de todo.

—Sí, sí. Eso está bien. Que hay que dejarlas su rato.

Minerva aprieta los dientes. Yo la oigo hasta sin mirarla.

—Nerea… —dice, y en ese «Nerea» va medio reproche y medio «no me hagas esto».

Me acerco un poco más, con la boca cerca de su oído, para que parezca una cosa bonita. Lo es, pero también lleva mala leche, porque yo también voy tensa.

—No me mires así. No me estoy largando por ti.

Minerva entorna los ojos.

—¿Seguro?

—Estoy haciendo una retirada estratégica —digo—. No dramatices. De verdad que tengo que resolver algo.

—Me estás dejando sola.

—Sola no estás. —Señalo con la barbilla a Encarni y Pitu—. Mira el acompañamiento que llevas.

Minerva suelta una risa seca, sin ganas.

—Te odio.

—No me odias —le digo en voz baja—. Me adoras. Y lo sabes.

Minerva se acerca también, bajando la voz.

—¿Adónde vas?

Ahí toca actuar. Porque la verdad es que me voy a casa de La Boquerona a respirar, a soltar el aire y a decidir qué hago con este sobre antes de reventar delante de su madre, que seguro que me ofrece un té y me mira con ojos de «cuéntame tu vida». Pero eso no lo digo. Digo:

—Me ha escrito La Boque.

Minerva frunce el ceño, desconfiada.

—¿Para qué?

—Tiene un marrón serio en el hospital.

—¿A las cuatro de la tarde un sábado? —me suelta, mirándome de arriba abajo, buscando dónde escondo la mentira.

—Sí.

—Nerea…

—Minerva.

Nos miramos. Si aguanto un poco más aquí plantada, saco la carta del bolsillo y la estampo en la mesa entre el queso y la sandía. Se lo cuento todo. Y me rompo. Y no me voy a romper en el salón de Minerva mientras su padre se bebe una cerveza y su madre corta fruta.

Así que no. Cojo el bolso. Me lo cuelgo al hombro. Guardo el móvil en el bolsillo con una tranquilidad que no siento.

—Vuelvo luego, te lo prometo.

Minerva me agarra de la muñeca y a mí me da un vuelco.

—¿Estás bien?

No. No estoy bien. Tengo algo encima que me puede cambiar la vida y no sé ni por dónde empezar sin cargarme lo que tengo con ella. Pero hay público. Y yo no hago dramas delante de padres, por mucho que me estén entrando ganas de llorar y de follar en la misma frase.

Sonrío.

—Estoy bien, tranquila. Voy a ayudar a una amiga.

Minerva no se lo cree ni por un rato. Le cambia la cara. Pero no me monta el numerito aquí. Me suelta despacio. Yo le guiño un ojo, canalla, para que no me lea el miedo.

—Portaos bien —digo, mirando a los tres—. No me desmontéis el piso.

Encarni se ríe.

—Ay, qué graciosa eres.

Pitu levanta la cerveza.

—Ve con cuidado, niña.

—No tardes —dice Minerva, y en ese «no tardes» hay orden y hay cariño, y hay una cosa que me aprieta por dentro.

Asiento. Abro la puerta. Y cuando cruzo el umbral, suelto el aire por fin.

En el rellano me llevo la mano al bolsillo y toco el sobre. Y pienso, con una lucidez horrible: me he ido para no estropearlo todo… pero lo que hay en esa carta ya lo ha estropeado por mí.

Bajo las escaleras rápido. Demasiado rápido. Me monto en el coche, no arranco, abro la carta y la leo con detenimiento.

Hospital Universitario del Guadalquivir

Dirección de Profesionales y Recursos Humanos

Sevilla, 22 de noviembre de 2025

Asunto: Comunicación de apertura de diligencias informativas

Estimada Dra. Nerea Medina León:

Por medio de la presente, se le comunica que esta Dirección ha recibido una comunicación formal relacionada con hechos presuntamente vinculados al ámbito de la convivencia profesional y las relaciones interpersonales en el entorno laboral.

Con el fin de esclarecer las circunstancias referidas y conforme a los protocolos internos vigentes del centro, se ha acordado la apertura de diligencias informativas de carácter reservado.

A tal efecto, se le convoca a una reunión el próximo día 3 de diciembre de 2025, a las 11:00 horas, en el despacho 1.04 del Área de Recursos Humanos, con objeto de recabar su versión de los hechos y facilitar cuanta información considere oportuna.

Durante el desarrollo de dichas diligencias, se recuerda la obligación de mantener la debida confidencialidad y preservar, en todo momento, un entorno profesional adecuado.

Sin otro particular, reciba un cordial saludo.

Dirección de Profesionales y Recursos Humanos

Hospital Universitario del Guadalquivir

Me sudan las manos y la boca se me seca. ¿Qué coño ha pasado? No entiendo nada. Llevo dos semanas en Sevilla desde que vine de Granada y no he tenido ningún problema con nadie.

Arranco con el pulso disparado y me meto en el tráfico sin mirar demasiado. Me pita una moto. No pasa nada: me dedica un repertorio completo sobre mi árbol genealógico. Yo, por educación sevillana y por mala leche, le devuelvo una peineta perfecta.

Y tiro recto. A casa de la Boquerona.

La Boquerona me abre en sujetador, empapada de sudor, con la música a todo volumen y la cara roja de esfuerzo.

—Antes de que abras la boca: no estoy en una orgía —dice, secándose la frente con la muñeca.

La evalúo de arriba abajo. Asomo la cabeza dentro y veo una bici estática plantada en mitad del salón.

—¿Te persigue alguien? —pregunto, por si acaso.

—Me persigue mi culo si no hago cardio. Este cuerpini no se mantiene por fe.

Entro. En la tele hay una monitora sonriendo, de esas que te hablan con voz dulce mientras te revienta las piernas. Cojo el mando y pauso el vídeo.

—Qué cara traes, tía —dice ella, siguiéndome—. ¿Te has peleado con Minerva?

—Peor.

Saco la carta del bolso y se la doy sin introducirle nada. La Boquerona se sienta en el sofá, cruza una pierna sobre la otra y la abre con cuidado. Empieza a leer.

Al principio pone cara de «bah». Luego frunce el ceño. Después rechina los dientes. Llega a la parte gorda y suelta el aire por la nariz, cabreada.

—¿Qué es esto, Nerea?

—Eso me pregunto yo.

Lee en voz baja.

—¿Qué coño has hecho ahora?

Le clavo la mirada. No grito. No me hace falta.

—Gracias, Boque. De verdad. Por la presunción de inocencia. Preciosa. Ejemplar. Muy de amiga.

La Boquerona aprieta los labios, incómoda. Por una vez, no se ríe.

—No he querido decir eso, mujer.

—No pasa nada —la corto, con sonrisa de «sí pasa, pero necesito que me ayudes ahora, no enfadarme contigo»—. Solo me flipa que tú, que me conoces desde hace más de treinta años, pienses directo que he hecho algo.

—Nerea, yo te conozco. Y por eso mismo me acojona. Porque tú no eres una santa de convento.

—No ser una santa no es delito. Y a mí no me tiembla la voz cuando flirteo, ni cuando digo que no. —Me señalo con el dedo—. Y yo no toco a nadie sin consentimiento. Ni una mano en la espalda. Ni una broma. Ni un mensajito. Nada.

La Boquerona deja la carta sobre la mesa, despacio, y se inclina hacia mí.

—Vale. Te creo. Pero alguien te ha denunciado. ¿Tú has hecho algo o tienes idea de qué va esto?

Me siento en el borde del sofá, sin apoyarme. La espalda recta. La cabeza funcionando a toda pastilla.