Diagnostico: Nosotras (Entre nosotras nº 3) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

—Pitu, lávate las manos y ponte a cortar el queso. Las niñas a sentarse ya, que esto se enfría —ordena mi madre—. Nerea, te lo comes todo, ¿eh? Que tú tienes cara de comer poco.

Nerea sonríe educadísima. Su sonrisa dice «soy doctora, no puedo pegarle a esta mujer».

—Sí, gracias…

—Esto te viene bien, hija, pa que cojas hierro —añade mi madre. Yo me quiero meter debajo de la mesa—. Que tienes una cara fina… de las que se caen si sopla el aire.

—Mamá…

—¿Qué? Si es verdad. —Y mientras habla, coloca un plato enorme delante de Nerea. Lentejas hasta arriba. Lentejas con chorizo. Luego saca las croquetas—. Y croquetas, que esto es comida de verdad. De la que se agarran al cuerpo.

Nerea pasa del plato a las croquetas, del mantel al aire. Mi padre, que ya está instalado como si viviera aquí, corta queso tarareando. Queso cortado como un helado Comtessa, de los que te alicatan.

—Prueba, Nerea. —Le ofrece un trozo con solemnidad—. De oveja. Del bueno. Huélelo.

Nerea hace un esfuerzo y lo huele. Frunce un poquito el ceño, concentrada. Luego asiente muy seria.

—Jolines, Pitu… pues sí que huele bien. Mi madre compraba uno parecido a veces. Lo abría y olía la cocina entera. Mis hermanas y yo protestábamos un montón porque decíamos que apestaba… —Hace una pausa mínima y sonríe apenas—. Y luego nos lo acabábamos entero.

Mi padre se paraliza. Y yo también. Porque Nerea acaba de decir «mi madre» así, sin más. Natural. Y Nerea esquiva hablar de su madre como yo esquivo ordenar cajones: con compromiso absoluto.

Mi padre sonríe de golpe.

—¡Ole tú! —dice, orgulloso—. Esta muchacha tiene criterio. —Y aquí viene lo mejor—. Toma una aceituna. Las he aliñado yo.

Ahí está.

Mi madre se gira con la cuchara en la mano.

—¿A que sí? ¿A que es apañá? Si es que se le nota. Mira qué cosita.

Nerea baja un poco la cabeza y cuando vuelve a mirarme tiene los ojos abiertos y media sonrisa. Y yo me quedo mirándola más de la cuenta. Porque la conozco. Y porque sé que ella ni se ha dado cuenta de lo que acaba de hacer.

—Come —le digo bajito—. Si sobrevives a esto, sobrevives a todo.

Ella se mete una cucharada de lentejas y traga. Mi madre, encantada con su víctima, le planta una croqueta en la mano.

—Eso. Venga. Que tú estás muy delgadita.

Nerea intenta protestar, pero mi madre entra en modo madre a jornada completa. Ese modo donde no existe el consentimiento, solo el plato lleno.

—No, no, tú come. Que luego estáis las modernas con que «me da bajón» y «me mareo» y «ay, me falta hierro». Toma hierro aquí. Del de verdad. Del que se come con cuchara.

Mi padre se ríe por lo bajo, con la cerveza en la mano.

—Encarni, deja ya a la muchacha, que la vas a asustar.

—¿Asustar? Si yo estoy cuidando. Que una ve a una niña con esta carita y le entra un no sé qué, Pitu.

Gracias a Dios suena el portero. Un timbrazo seco. Nerea levanta la cabeza antes que nadie. Luego deja la servilleta encima de la mesa y se pone de pie demasiado rápido. Va directa al telefonillo. Pulsa. Contesta. Escucha.

—Es el cartero.

—Ay, pues abre, mujer, que esto se enfría y luego no está igual de bueno —protesta mi madre, que tiene una cruzada personal contra cualquier cosa que interrumpa una comida.

Aparece un señor con una carta en la mano.

Nerea la coge, firma, cierra. Silencio. Abre la carta, la lee rápido, la vuelve a doblar y se la guarda en el bolsillo trasero del pantalón.

Cuando vuelve hacia la mesa, yo espero que diga algo.

Que suelte una broma. Que haga el gesto humano de «no pasa nada». Pero no. Se le va el color de la cara.

Mi madre la mira feliz, sin pillar ni media.

—¿Una carta? ¿Pa ti?

Nerea parpadea.

—No.

—¿Pa Minerva? —curiosea mi padre, que para eso ha nacido.

—Tampoco.

Coño, qué misterio. No aguanto.

—¿Y entonces?

—Era… publicidad.

Publicidad dice. Mi madre abre la boca y se me adelanta.

—¿Publicidad? ¿Y la trae el cartero?

Nerea asiente, tiesa.

—De… colchones. Pedí unos presupuestos el otro día. Nos hace falta uno nuevo, más grande.

Yo me atraganto con el aire. Yo me atraganto con el aire. Mi padre deja el queso en el plato, muerto de risa.

—¿Os hace falta un colchón nuevo? ¿Acaso suena mucho?

Nerea aprieta los labios, hace un intento de rebobinar la vida.

—¿He dicho eso?

—Lo has dicho —confirmo, disfrutando. Soy basura, qué le voy a hacer.

Mi madre reacciona la primera, que para eso tiene reflejos.

—AYYYYYYYYYY. ¡Qué modernas! —Me vuelve a poner en evidencia—. ¡Un colchón más grande, dice la criatura!

Yo cierro los ojos. Me da vergüenza, sí. Pero también me da gustito. Porque Nerea sigue sentada, con la servilleta de tela en el regazo, intentando mantener la compostura en una comida familiar que se ha ido al barro en dos frases. Y yo, por desgracia, la quiero más que nunca.

Intenta volver a relajarse. No le sale del todo, aunque lo disimula bastante bien, la tía, pero se ha puesto rara.

No me hace falta más para saber que se ha rayado con lo que ha leído en esa carta.

Así que en cuanto mis padres se van a la cocina a por el postre, aprovecho.

Porque soy así: valiente cuando no hay público.

Me rasco la nuca, incómoda, buscando cómo meterme ahí sin hacerle un interrogatorio.

Me arrimo. Rodilla con rodilla. Le rozo el muslo con los dedos, suave, por debajo de la mesa.

Nerea gira un poco la cara hacia mí. En sus ojos hay algo que no me mola nada.

Ya no tiene nada que ver con mis padres ni con el teatrillo familiar.

Yo sonrío bajito, con esa sonrisa mía de «venga, no pasa nada».

—¿Te ha llegado una multa por ordenarlo todo? —susurro—. Porque si es así, me declaro culpable y hasta firmo.

Nerea abre la boca, con intención de reírse.

No le sale. Se le queda ahí la risa a medio camino y eso, en ella, es rarísimo.

Está decidiendo si me deja entrar o si me cierra la puerta en la cara sin decir ni pío.

Baja la mirada al plato, le da una vuelta al tenedor y tarda un segundo más de la cuenta en volver a mirarme.

Y ahí se acaba la duda. Ahí lo veo. Ahí se le cierra la cara un poquito.

Muy poco. Lo justo. Pero, mira, mala suerte: yo no soy fina ni paciente.

Le aprieto el muslo con un poquito más de firmeza, en plan «estoy aquí, no te me vayas».

—Luego —le digo, muy bajito, solo para ella— me lo enseñas.

Se le mueve la garganta y asiente una vez, apretando los labios. Eso es todo lo que puede darme ahora mismo sin venirse abajo con mis padres a tres metros.

Yo me pego a ella, con la rodilla contra la suya, con la mano cerca por si me la busca. Porque sí: mis padres han venido a desordenarlo todo, a meter ruido, a preguntar de más, a opinar de todo. Pero lo único que me importa, de verdad, es que Nerea no se me desordene por dentro y se lo trague sola.