Diagnostico: Nosotras (Entre nosotras nº 3) Capítulo 20
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Capítulo 20

Minerva

Nerea está en el salón, perfecta, arreglada, perfumada, fingiendo que es una persona serena. Lleva dos semanas conviviendo conmigo y ya le he visto tres versiones, que yo esto lo tengo ya catalogado:

Hoy estoy viendo una versión nueva: Nerea en alerta roja porque vienen mis padres.

Y yo, que soy una irresponsable profesional, llevo desde por la mañana actuando de anfitriona adulta. Me he puesto hasta crema. Crema. Yo. Que para mí eso ya es nivel diplomática.

Suena el timbre. Voy hacia la puerta y, antes de abrir, Nerea me agarra del brazo con una uña bien clavada.

—Minerva… —susurra—. Recuérdame por qué no me he ido a mi casa.

La miro con una sonrisa tranquila, o de psicópata, según quién mire.

—Porque quieres vivir emociones fuertes.

—Yo quería paz y meterte mano por debajo de la mesa.

—Esa emoción te la guardas pa mañana, quilla. Hoy toca el circo.

Respiro, me coloco un mechón que no se coloca ni a tiros y abro.

Y entran.

Primero mi madre. Encarni. Viene cargada a reventar: bolsas del mercado, una bolsa térmica, otra que suena a cristal, una mochila que no sé de dónde ha salido y cara de madre que entra en tu casa y ya está haciendo inventario con los ojos.

Detrás, mi padre. Mi padre entra con una bolsa del Carrefour en una mano y en la otra… no sé si es una herramienta o un arma blanca, porque con él nunca se sabe.

—¡HIJA! —grita mi madre.

Y, en vez de abrazarme ni nada, mira por encima de mi hombro, buscando. Tarda dos segundos en localizar su objetivo porque es grande, rápida y muy larga.

Nerea. Que está muy recta, muy formal, muy educada, plantada ahí con una sonrisa de «encantada de conocerles». La pobre no sabe de verdad lo que le espera. Nadie nace preparado.

Mi madre hace ese ruido, como un chasqueo, lo que hacen las madres cuando ven algo bonito y creen que tienen derecho a opinar.

—¡AYYYYY!

No un ay cualquiera. Un ay que se escucha en toda la casa. Retumba y te deja el oído pitando.

Se me pone mala cara porque ya sé lo que viene.

Nerea da un paso mínimo hacia delante. Error de principiante, porque mi madre se va hacia ella, directa, en tromba.

Le planta dos besos tan fuertes que a Nerea se le mueve la cabeza.

Dos besos sonoros. Nada de un roce de mejillas.

Labios pintados en la cara. Uno. Dos. Pum.

Pum. Toma ahí, besos con ganas. Veo en vivo y en directo cómo a Nerea se le desconfigura el sistema operativo.

Aprieta la mandíbula y respira con ese autocontrol que le viene de fábrica.

Me muerdo el labio. Es que es tan mona así.

Mi madre se aparta para mirarla de arriba abajo, con evaluación de suegra que todavía no asimila que es suegra.

—Jolines, qué guapa es.

Yo intento respirar, me sale un resoplido.

—Mamá…

—No, no, escúchame —me ignora con arte—. Es guapa con avaricia, cariño.

Nerea tiene la cara como un tomatorro. Me mira en plan «socorro». Yo le guiño un ojo.

Mi madre sigue:

—Tú me habías dicho que era guapa… pero yo pensaba que era porque tú eres tonta perdía cuando te gusta una chica.

Vale. Mamá. Cállate la boca, por Dios. O por quien sea, me da igual.

Nerea intenta una sonrisa.

—Buenas… —intenta decir.

No la deja.

—Pero no. No. Además, alta y qué pelo ¡por Dios! ¿Te lo puedo tocar? — Y antes de que Nerea responda, mi madre ya está ahí, sobándole el pelo con toda la confianza del mundo—. Qué bonito, qué ondas tienes.

Yo me pongo en medio, intentando rescatar a Nerea de sus manos.

—Mamá, por favor, ni que fuera un caniche…

—¿Y de dónde eres, hija?

Ahora la agarra por la barbilla y le analiza la cara a veinte centímetros. A Nerea le tiembla un poquito la sonrisa, pero aguanta. Es cirujana, ha visto cosas peores, me digo. A ver si eso le sirve para mi madre.

—De Córdoba… pero ya casi de Sevilla.

Mi padre, que hasta ahora solo observaba la escena, se mete por fin, y cuando se mete, se mete a voces.

—¡CORDOBESA!

—Vaya tela, Pitu —grita mi madre, porque ella grita, no habla.

Nerea parpadea.

—¿Pitu?

Mi padre se señala el pecho con orgullo.

—Yo soy el Pitu. Bueno… en verdad me llamo Jorge. Pero si me dices Jorge, igual ni me doy por aludido.

Nerea asiente despacito.

—Encantada, señor… Pitu.

—¡Ay, qué educada! —dice mi madre, y le coge las manos nivel amistad de toda la vida.

Nerea me mira otra vez. Después de esto me deja, lo leo en sus ojos. Y con razón. En ese momento me vibra el móvil en el bolsillo. No lo miro, pero sé quién es. Carol tiene un sexto sentido cuando hay drama. Otra vibración. Me lo saco disimulando y leo: «¿Han entrao ya? ¿Sigue viva?».

Yo tecleo: «Han entrao. Nerea está procesando. Si no sobrevivo, mi coche es tuyo».

Carol responde: «JAJAJA te lo mereces, quilla».

Mi madre va embaladísima.

—¿Y dices que médico? Ay Pitu, por Dios, ¡médico!

—Sí… —responde Nerea con un hilillo de voz que yo no reconozco—. Soy cirujana.

Mi padre silba fuerte mientras se acaricia la calva como si aún tuviera su flequillo de los ochenta.

—Mira qué muchacha, y médica. Eso está muy bien. Pero que muy bien.

Nerea sonríe educada. Le tiembla un poco el párpado derecho, no sé si por mis padres o porque ve el clínex que se me ha caído en el sofá, puta alergia que no me da tregua. Luego mira las bolsas que ha dejado mi madre repartidas en el salón. Pobrecita.

Mi madre pasa por al lado de ella, directa a la cocina, con confianza. En dos minutos. DOS. La encimera está llena de cosas. Todo el orden de Nerea desaparece. Nerea hace una cosa mínima con la mandíbula. La misma mandíbula que Paqui decía que apretaba cuando se estaba muriendo por dentro.

—Os he traído morcilla del pueblo —dice mi madre, contenta, abriendo una bolsa con orgullo—. Y chorizo.

Y antes de que Nerea pueda preparar su cara de persona adulta, mi madre le planta el chorizo cerca de la nariz. Yo me quiero morir aquí mismo, de pie.

—Huele, huele, hija, que es ibérico. Esto no es de plástico —insiste mi madre—. Lo cuelgo aquí, que se cura mejor.

Con una maestría doméstica, lo engancha en un mueble de la cocina.

Nerea abre la boca… y no sale ni un «eh». Se le queda la cara en blanco, pobrecita. Mi madre, mientras tanto, sigue sacando cosas. Mete la mano, rebusca y va poniendo tápers en la encimera a ritmo frenético.

—Y esto… lentejas. Puchero. Pisto. Huevos rellenos, que me han salío de categoría. Y unas croquetas pa chuparse los dedos, vamos, te lo digo yo. —Me clava los ojos—. Ah, y caldito. Caldito, ¿eh? Que estás mu flaca.

—Mamá, que estoy bien.

—Qué bien ni qué niño muerto —insiste, y me señala con el dedo sin cortarse un pelo—. Se te ven los huesos de la cara, hija. ¿Tú te estás cuidando o qué pasa aquí?

Nerea observa el espectáculo tiesa perdida, con los brazos pegados al cuerpo y la cabeza echando cuentas. Se le nota que le están dando ganas de reorganizar los tápers por tamaño, por fecha y por orden alfabético, pero es que no puede. Ahora mismo no puede ni respirar hondo.

Mi madre sigue:

—Y te he traído pan, que no me fío yo de tu congelador… y naranjas. Que luego me vienes con que no hay fruta, y a mí me da un coraje…

Mi padre, que hasta ese momento estaba más bien tranquilo, abre la nevera con toda la confianza del mundo y saca una cerveza. La mira, la gira, la abre. Y entonces suelta, tranquilo, con la chapa de la botella ya por ahí rodando:

—Supongo que puedo, ¿no?

Y lo dice mirando a Nerea, no a mí. A mí ni me registra. Yo abro la boca para decir algo, pero Nerea se me adelanta. Educadísima, sonrisa puesta, el tono perfecto… y por dentro a dos pasos de reventar.

—Sí, claro. Puede. Faltaría más.

Mi padre asiente, satisfecho.

—Bien.

Pega un trago, hace un sonidito de gusto y deja la cerveza en la mesa.

Luego saca un destornillador de estrella y una llave inglesa de la bolsa de Carrefour.

Los levanta en alto y nos los enseña con una ilusión que me enternece y me da un poquito de vergüenza ajena, todo a la vez. El pobre hombre, vaya.

—He traído esto… porque el otro día no te pude ajustar la bici.

Mi madre, que no va a ser menos, gira el cuello a cámara lenta, localiza su bolso y se pone a hurgar ahí dentro con energía. Entre que lo abre, que lo cierra, que mete media mano, yo ya estoy pensando a ver qué saca ahora.

—Ay, también te he traído unas servilletitas de tela monísimas que vi y pensé: «Esto para mi niña».

—¿Servilletas… de tela? —pregunta Nerea.

Mi madre se gira hacia ella.

—Sí, hija. ¿No usáis en tu casa?

Nerea pasea la vista por la cocina, por mi madre, por mi padre con sus herramientas en modo Papá Manitas, y vuelve a mí un instante. Responde lo que puede, que ya es mucho.

—Sí… claro. En mi casa… usamos muchas cosas…

Tiene voz rara, de persona haciendo un esfuerzo histórico por no salir corriendo. Y yo la entiendo. Yo la entiendo más que a nadie, que esta escena es mi infancia, pero con invitada.

Mi madre le toca el brazo con ese cariño invasivo que ella maneja tan tranquila, pensando que es un gesto normal, cotidiano.

—Ay, qué formalita eres. Me encanta.

Nerea me mira, y en esos ojos hay un «Minerva, por favor, sácame de aquí» clarito. Yo le sonrío. ¿Qué voy a hacer? Ahora mismo soy espectadora y me está encantando. Mala persona, sí. Pero coherente. Y encima, mira, entretenida, que ya me conformo con poco.

—¿Quieres agua, Nerea?

Ella no me quita los ojos de encima.

—Quiero una salida de emergencia —dice bajito.

Mi padre la oye, se ríe y brinda con la cerveza en el aire.

—Esta muchacha me cae bien.

Mi madre asiente, encantada.

—A mí también. Y mira qué cosa, Minerva… ¡tú con una doctora en casa! ¡Qué tranquilidad me da eso!

Nerea hace el amago de sonreír. Pero lo que hace es sobrevivir. Dios. Cómo la quiero. Y qué bien me lo estoy pasando viendo cómo se le muere el orden interno.

Mi madre no se detiene, no pregunta, ejecuta. En menos de un minuto ha puesto la mesa como si vinieran siete primos de un pueblo distinto, con un mantel que no sé de dónde ha salido, servilletas de tela —maldita sea— y un pan gigante.