Capítulo 19 #2
—Neni…
—Ya lo sé.
—No. No «ya lo sé». —Me incorporo del todo, seria—. Esto es una emboscada.
Se cruje los dedos, nada culpable y encantada de sí misma.
—No te lo he colado. Es… información tardía.
—A ver, bonita, ¿y por qué no me lo dijiste ayer?
—Porque ayer estabas en modo «voy a ordenar tu casa y tu vida» y a mí me convenía mucho, la verdad. Y además me daba miedo que te fueras corriendo.
—Sigo en ese modo. —Señalo alrededor—. Solo que ahora además estoy en modo «dos señores mayores van a mirarme la cara y a evaluarme».
Minerva se ríe.
—Mis padres no evalúan.
—Minerva. Los padres siempre lo hacen. Y si no dicen nada, lo piensan muy fuerte.
Me aparto de ella y me levanto de golpe. Empiezo a pasearme por el salón. Me sale solo cuando me sube la ansiedad. Me cruzo de brazos, los descruzo, me toco el pelo, me paro, vuelvo a andar.
—¿Qué quieren? ¿Cenar? ¿Ver el piso? ¿Hacer preguntas incómodas? ¿Mirarme de arriba abajo y decidir si soy «seria» o «peligrosa»?
Minerva suelta aire por la boca y se apoya en el respaldo del sofá, incómoda. Parece mentira que sea la misma que hace nada estaba a punto de derretirse.
—Son un coñazo, ya que preguntas.
Me paro en seco.
—Ah, ¿sí?
—Sí. Vienen de vez en cuando, se creen que aún tengo doce años. Mi madre pregunta si como verduras. Mi padre trae la caja de herramientas y se pone a buscar cosas para arreglar. A veces me viene bien: me cuelga un cuadro, me arregla un grifo. Él dice que hay que aprovechar el viaje.
—Qué planazo. ¿Y yo qué hago? ¿Me voy a mi piso?
—Me apetece que estés. Y te quieren conocer.
—Ah, claro. El examen. Dices «me apetece» y yo tengo que aplaudir, ¿no? —La miro con recelo—. ¿De verdad te apetece?
Asiente.
—Sí. Les he hablado de ti.
—¿Y por qué? —pregunto, porque tengo esa manía de estropear las cosas bonitas analizándolas. Me odio un poco por eso.
Se rasca la nuca. Minerva cuando se pone tierna no sabe dónde meter las manos.
—Porque estoy viviendo contigo, mujer desconfiada. No te puedo meter en un armario cada vez que vienen. Y porque… —se toma su tiempo— porque quiero que te vean.
Me paso la mano por la cara y me recoloco la camiseta, de forma automática. Es ridículo: llevo dos semanas recogiendo sus calcetines, aguantando su caos. Y ahora, con la palabra «padres», me entra el pánico social.
—Quiero hacerlo bien contigo —añade—. No quiero que salgas corriendo cuando me conozcas más.
—No voy a salir corriendo, nena —le digo, y vuelvo hacia ella porque también necesito tocarla para no ponerme más nerviosa. Me siento a su lado y pego mi muslo al suyo, firme—. Otra cosa es que me apetezca poco la idea de caerles bien.
—Te voy a confesar algo. Hago cosas a escondidas.
—¿Qué cosas? —La miro aterrorizada.
—Escondo mi desorden para que no te me descontroles.
¿Qué lo esconde? Menos mal. Madre mía.
—Menos mal. —Me llevo una mano al pecho—. Pensaba que ibas a decirme algo peor.
Minerva suelta una risita.
—¿Ves? Te pones intensa.
—Yo no me pongo intensa. Yo me pongo eficiente. —La miro de lado—. ¿Tanto se me ve cuando me rayo?
—Mucho. Te sale todo: la cara, el tono, las ganas de mandar. —Me mira el cuello con descaro—. Y esa vena que te pone sexy cuando te cabreas.
—No empieces con eso, que me desconcentras. —Me sale más serio de lo que quería—. Mira, neni. No montemos un drama. Me largo a mi casa y ya los conozco otro día, con la cabeza preparada. Así tú tranquila, ellos tranquilos y yo sin colapso.
Minerva niega, inmediata.
—No.
—Minerva…
—No, Nerea. No te vayas, por favor. —Se pega más a mí, sin espacio—. Mírame. —Me sujeta la cara con las dos manos—. No te vas. Esta es tu casa ahora, ¿no?
—Pero tus padres…
—Mis padres ya son bastante —me corta, y luego baja un poco la voz—. Y por eso te quiero aquí. Conmigo. Esta noche.
Me dan ganas de hacerme la fuerte y también de esconderme debajo del sofá. Gran plan.
—Esto es muy de relación seria.
Minerva me mira con algo que no tiene nada de broma. Algo firme. Me sostiene la mirada y a mí me entra la tontería peligrosa de pensar demasiado.
—¿Y te asusta? —dice—. Es lo que toca, ¿no crees? Ya no tenemos diecinueve.
Y pienso: ya está. Ya me ha pillado. El miedo hace el resto y me pone la lengua en modo defensa.
—No me da miedo. Es que no me apetece.
Minerva no se aparta. Se acerca todavía más, a propósito, para que no pueda escaparme.
—Eso ha sido cruel, tía.
—No sé ser normal.
—Perfecto —dice Minerva, y suelta el aire por la nariz—. Porque mi madre tampoco. Y a mí me encanta cómo eres. Hasta cuando eres borde.
—¿Qué hace tu madre?
Minerva cambia la cara, pone voz de señora.
—«Ay, qué delgada estás, Minerva. Tú no comes nada, hija. Esta niña tiene que comer mejor y dormir».
No me muevo. La imagino y no sé si reírme o llorar.
—¿Esta niña?
—Sí. Yo. Soy «esta niña».
—Pero si tienes treinta y uno.
—Por eso. Para más humillación. Y luego remata: «con lo mona que eras de pequeña».
Me sale una carcajada y me odio por ello, porque la risa me afloja. Y a mí, cuando me aflojo, se me va la fuerza por el desagüe.
—¿Y tu padre?
—Mi padre te mira dos veces y luego te ofrece aceitunas —dice Minerva—. Si te ofrece aceitunas, te ha aceptado. Si no, te ofrece agua. Y si te ofrece agua, mal.
—¿Ese es el lenguaje del amor en tu familia?
—El único —asiente—. Aceitunas, agua y críticas pasivo-agresivas. Ah, y «ponte algo en el cuello, que te vas a resfriar», aunque estés en agosto.
Respiro hondo. Me veo a mí misma con mi cara de «yo controlo» y te aseguro que me iría ahora mismo. Y al mismo tiempo me tienta agarrarla de la camiseta y decirle «venga, vale». Opto por la segunda.
—Vaaaale.
—Vale qué.
—Vale… no me voy.
Minerva no da saltitos ni se pone cursi. Pero se le ablanda la boca, más relajada, y a mí eso me puede.
—Gracias.
Me sale la defensiva, porque si no me pongo chula me tiembla todo por dentro.
—Pero una cosa.
—¿Cuál?
—Si tu madre comenta el orden del piso… le dices que te has vuelto ordenada de pronto.
Minerva parpadea, en serio.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que piense que soy una maniática del orden. Ni que vengo aquí a mandarte. Ya tengo fama de intensa, no me hace falta sumar.
Minerva se ríe.
—Lo eres.
—Soy normal.
—Vale, vale. Miento por ti. —Se me acerca y me roza la nariz con la suya, muy suave—. Pero mi madre me conoce.
—Gracias.
Minerva mira alrededor, calcula el desastre con la mirada. Yo me acerco a su oído.
—Pero cuando se vayan me tienes que compensar.
Le cambia la voz.
—Eres una calentorra.
—Calentorra sí. Y encima me tienes tonta perdida, qué quieres que te diga. —Le muerdo la palabra al final, despacio, para fastidiarla un poco.
—No digas eso.
—¿Por qué?
—Porque luego me lo creo.
—Pues créetelo —murmuro—. Y no me hagas hablar más, que me pongo pesada… ¿Y qué hacemos ahora?
Minerva mira el salón, el suelo, la mesa, y vuelve a mí.
—Recoger.
La miro, ofendida, con los brazos cruzados.
—¿Recoger qué? Si esto está más que decente. —La señalo con la barbilla—. Tú estás exagerando porque te ha entrado el pánico de madre.
—Te enseño mi escondite.
Levanta la tapa de la mesa de centro. Dentro hay un compartimento bastante grande que yo no sabía que existía.
Me asomo. Me quedo sin palabras, que eso ya es grave en mí.
Ahí hay de todo: dos botellas de agua vacías, cartas dobladas, monedas, caramelos, y lo peor, un paquete de galletas abierto, de los que ya huelen a rancio seguro.
—¿Esto qué es, mujer?
—Lo meto ahí para no dejarlo por medio. Es casi ordenar.
—No. Eso es esconder porquería con técnica.
—Pues funciona.
—Hasta que tu madre lo abre y te hace un interrogatorio.
—Por eso te necesito —dice—. Porque si no lo limpiamos nosotras, lo limpia ella y luego me lo echa en cara hasta 2037.
—Eres un desastre.
—Y aun así me tienes que querer.
—A ratos.
Minerva suelta una risa y me da un empujoncito con la cadera, juguetona.
—Venga, doctora.
Me arremango y empiezo a sacar cosas una por una.
—Esto es ridículo.
—Te encanta —dice Minerva.
—No me encanta.
—Te encanta porque estás aquí.
Me da un beso rápido en la mejilla que me descoloca más que uno largo.
Y lo peor es que, mientras saco las botellas y las cartas y el paquete de galletas asquerosas, pienso: qué miedo.
Y también: qué ganas de todo con esta tía.
De discutir, de reírnos, de meterme en su cama, de plantarme delante de sus padres y no agachar la cabeza. De estar con ella y punto.