Diagnostico: Nosotras (Entre nosotras nº 3) Capítulo 19
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Capítulo 19

Nerea

Sábado. Dos semanas conviviendo y, contra todo pronóstico, seguimos vivas. Rectifico: seguimos sin matarnos entre nosotras. Que es distinto. Convivir con Minerva no tiene nada de zen. Esto tiene días de prueba de paciencia, con sorpresas y trampas.

Yo he palmado por dentro unas cuantas veces. No hace falta llamar a urgencias, pero mi autocontrol ha tenido varios amagos de apagón. Luego respiro, me trago el impulso de montar un drama y vuelvo a mi centro. O a algo parecido. Todo controlado. Más o menos.

Caso número uno: el bote de mayonesa abierto. Ni medio cerrado, ni «se me pasó». Abierto. Y con la mayonesa amarilleando por los bordes.

Me planté delante del bote con el pecho inflado y pensé: «Nerea, no eres la policía de la mayonesa. No eres esa persona». Mentira. Soy esa persona.

—Minerva —la llamé desde la cocina, con voz suave, de esas que una usa antes de perder la paciencia—. Ven un momento.

Apareció arrastrando los pies, en chanclas.

—¿Qué he hecho? —dijo.

Le señalé el bote.

—Esto.

Miró la mayonesa, miró mi cara, volvió a mirar la mayonesa.

—Ah. Ya. —Se rascó la nuca—. Me preparé un sándwich.

—Y luego decidiste dejar el bote abierto para que respirara.

—No exageres, mujer.

—No exagero. Está abierto.

—Vale, vale. Perdón. —Lo cerró con dos vueltas torpes—. Ya está.

—No, «ya está» no. Esto se limpia.

—¿Ahora?

—Sí, ahora.

Puso los ojos en blanco, pero lo limpió. A su manera: un papel de cocina, dos pasadas rápidas y a otra cosa. Yo lo habría hecho con jabón, agua caliente, secado, y después un pensamiento de disculpa a mi sistema nervioso. No dije nada.

Caso número dos: la taza de té abandonada en el fregadero con la bolsita dentro. Flotando. Hinchada. Triste.

La vi y me salió del alma:

—¿En serio?

Minerva estaba entrando en casa, con el móvil en la mano, distraída.

—¿Qué pasa?

—La bolsita.

—¿La qué?

—La bolsita de té. Dentro. En el fregadero. Viviendo su segunda vida.

—Ay, tía… —se rio—. Si total, luego lo tiro.

—No existe «luego». Existe «ahora» y existe «lo tiro yo».

Me acerqué, la saqué con dos dedos, la tiré y lavé la taza.

Caso número tres: la botella de Coca Cola con «un culito». El concepto «culito» aplicado a un líquido potable me da ganas de gritar en varios idiomas. Si tiene fondo, se termina. Si no se termina, se tira. No se deja ahí tres días para mirarla y pensar en ella.

La botella llevaba en la mesa desde quién sabe cuándo. La cogí, la agité un poco. Lo suficiente para irritarme.

—Minerva —otra vez—, ¿qué es esto?

Se incorporó, vino a la cocina, me quitó la botella de la mano con toda la calma del mundo, bebió ese resto en dos tragos, y en lugar de tirarla la dejó otra vez en la mesa.

Yo me quedé mirándola, en silencio, con una paciencia que no sé de dónde salió.

—¿Ves? —dijo ella, sonriendo—. Solucionado.

—No. Falta tirarla.

—Ah, cierto. —La cogió, la tiró, y me dio un beso rápido en la mejilla, con guasa—. Ya puedes volver a respirar.

No dije nada, porque si abría la boca me salía una charla sobre higiene y convivencia civilizada. Y me apetecía más mirarla.

Diagnóstico preliminar: Minerva tiene síndrome de Entropía Crónica. Vale, me lo he inventado, pero si le pongo nombre médico parece menos grave y más publicable.

En este preciso momento la observo mientras deja un vaso en la encimera porque «ahora vuelvo». No vuelve. El vaso sigue ahí. Y lo peor no es el vaso.

Lo peor es que cuando la veo caminar por casa con el pelo mal recogido y esa camiseta marcándole los pezones…

se me borra la lista de normas. Me da una calentura tonta y me olvido del vaso.

Y ahí me doy cuenta de algo bastante humillante…

que yo quiero tenerlo todo controlado porque, si no, siento que algo se va a ir a la mierda.

Y con ella lo que se va a la mierda muchas veces es mi autocontrol. Y tampoco está tan mal.

Se gira desde la puerta de la cocina y me pilla mirándola.

—¿Qué? —dice.

Yo ya la estaba juzgando en silencio, sí, lo reconozco. Pero también le estaba mirando la boca.

—Nada.

—Ese «nada» tuyo significa muchas cosas.

—Significa que no voy a discutir por un vaso.

—¿Y por qué no? Te encanta discutir.

—Me encanta ganar.

—Ah, claro. —Se acerca, apoya la cadera en la encimera y me mira de arriba abajo—. ¿Hoy vas de mandona o de buena?

Yo me río, porque me conoce.

—Depende de lo que hagas tú.

—Yo hago de desordenada preciosa.

—Tú eres un peligro.

— Peligro, tú. Ven aquí, anda.

Me agarra de la camiseta y me tira hacia ella. Me deja cerca, pegada, y me da un beso lento. A mí se me olvida la mayonesa, el té y el puto culito de Coca Cola. Me importa otra cosa: su mano en mi cintura y esa forma suya de buscar pelea para acabar follando.

A pesar de todo, la convivencia va bien.

Va muy bien, en realidad. Cocina de maravilla.

Eso también es una amenaza, porque si alguien te alimenta así y luego te mira con esa sonrisa, tú te ablandas.

La cocina suele acabar medio recogida para todo lo que lía.

Medio. Eso se lo reconozco. Además vemos series abrazadas en el sofá…

o lo intentamos, porque a los diez minutos nos metemos mano y luego pasa lo que pasa.

Follamos en la ducha, en la cama, en la encimera, sobre la lavadora, en el suelo del salón, en la silla que ya no tiene ropa, ejem…

Yo, que soy muy de normas, con ella me vuelvo una niña mala.

También te digo que va bien porque yo recojo lo que ella desordena y ella vive convencida de que el universo trae un servicio de limpieza integrado. Yo lo intento con calma. Respiración. Profesionalidad. No cometer delitos.

Me repito que no me pesa. Que lo hago porque me sale del coño.

Que es cariño. Mentira a medias. Lo hago porque necesito control y porque las cucharas van con las cucharas y los tenedores con los tenedores.

No es tan difícil, coño. Y también porque estoy aprendiendo que amar a alguien desordenado implica tragarte muchas cosas y elegir tus guerras.

Y yo elijo: la elijo a ella, incluso cuando me deja un calcetín encima del sofá y me dice tan tranquila:

—Es que iba a ponérmelo luego.

—¿Luego cuándo?

—Luego.

—No existe el «luego», Minerva.

—Pues invéntatelo, Nerea.

Y encima me guiña un ojo. Y yo, que soy una tía lista y con carácter, caigo igual.

Ahora estamos en el salón y la casa está en ese punto raro en el que todavía se puede vivir sin tropezarte con nada.

Esto va a durar quince minutos antes de que Minerva vuelva a dejar algo en un sitio absurdo.

Y yo ya estoy pensando si le digo algo… o si le como la boca y que le den al orden por hoy.

—¿Qué miras?

—Estoy revisando el techo. A ver si has dejado otra botella de agua por ahí arriba, y luego te cae en la cabeza y te la abres.

—Me cuidas muchísimo —suelta, con esa sonrisita de lista.

—Te vigilo. No te vengas arriba.

Minerva se ríe y estira el brazo para atraerme. Hace ese gesto de «ven» que a ella le funciona con todo el mundo. Conmigo también. Mis pies avanzan antes de que mi orgullo diga nada, y yo ya voy pensando: Nerea, tía, ponte dura. O, por lo menos, intenta aparentarlo.

Me agarra de la cintura y tira de mí hasta dejarme medio sentada en su muslo, encajada contra el sofá.

Me planta un beso en la mejilla, luego en la comisura de los labios, lento, suave.

Yo cierro los ojos. La doctora seria, la mujer adulta con autocontrol, la que da consejos a pacientes y cree sus propias normas…

todo eso ya no está al mando. Ahora manda lo que me provoca ella, y me provoca mucho.

—No tires de mí así —murmuro. No me muevo. Muy valiente, Nerea.

Tiene la boca muy cerca de la mía y me prueba a ver hasta dónde. Está esperando a ver si me enfado de verdad o si lo estoy disfrutando.

—¿Así cómo? —pregunta, haciéndose la inocente. No le sale ni un poco.

Le agarro la muñeca y aprieto lo suficiente para que entienda el mensaje sin que yo tenga que escribirlo con un cartel.

—Así: dando por hecho que yo no puedo decir que no.

Se le mueve algo en la cara. Muy poco. Sonríe con los ojos.

—Tú no puedes decirme que no.

—Ya —le respondo, seca—. Y tú puedes dejar de comportarte como una cría caprichosa.

Le aparto el pelo detrás de la oreja, despacio. Me va lo de tocarla con calma, dejar claro que el ritmo lo pongo yo. Ella se deja. Ella espera. Me acerco. A mi manera, con la mano en su nuca y mi boca decidiendo.

Le muerdo el labio inferior, suave, lo suficiente para que se le corte la respiración. Que se calle, que me mire, que trague.

—¿Ves? —le digo bajito—. Ahora sí.

—Qué mandona te pones cuando te calientas.

Le cojo la barbilla.

—No pierdo el control.

—Claro que no. Qué guapa eres, chiquilla —dice, provocando, disfrutando.

Me bajo de su muslo con el pulso acelerado y el cuerpo pidiendo guerra. Me pongo de pie y la miro desde arriba, porque a veces hace falta recordarle quién mide más.

—¿Me estás intentando ablandar?

Minerva abre las manos, teatral.

—Yo solo…

—No —la corto—. Tú solo nada. Tú te estás pasando de lista.

Doy un paso hacia ella, ahora invado yo. Ocupo espacio. Le pongo una mano en el cuello y juego con el pulgar en su piel. Le cambia la cara. Bien.

—Hoy no me ganas tú.

—¿Y quién gana? —Intenta sonar tranquila. No cuela.

Yo sonrío, chula, con el corazón disparado y tratando de que la cabeza no se me vaya por la misma pendiente de siempre.

—Hoy ganamos las dos… pero mando yo.

Y cuando ya la tengo donde quiero, cuando está mirándome con esa cara de «vale, haz lo que te dé la gana conmigo», abre la boca, me mira como si estuviera valorando algo y entonces…

—Vale, pero rapidito, que hoy vienen mis padres.

Se me corta el rollo de golpe.

—¿Cómo dices?

Minerva parpadea, tan pancha.

—Mis padres.

—¿Hoy?

—Sí.

—¿Aquí?

—Sí.

—¿Y se van después o piensan instalarse? —pregunto, porque necesito datos. Yo con datos funciono mejor.

Minerva hace una mueca.

—Una noche.

Y me pone cara de «perdón», pero con un puntito de «te aguantas».