Capítulo 18 #2
—No hace falta —gruñe Paqui, pero suena más a «no me da la vida» que a «os odio».
Pone esa cara suya de «me molesta respirar», pero no monta pollo. Está reventada y se le nota. Y a mí eso me da un pellizco raro, porque Paqui, cuando está mal, suele ponerse insoportable. Y hoy está cansada, ya está, sin ganas ni de llevar la contraria.
—Qué pesadas sois —murmura, ya medio rendida.
—Es amor —dice Carol, recogiendo el bolso con una sonrisa de culpa cero—. Mal gestionado, invasivo y un poco tóxico, pero amor.
Paqui saca un billete, lo deja en la mesa y ni mira la cuenta.
—Yo me voy antes de que esta pregunte por la frecuencia cardíaca durante el coito.
Carol se lleva una mano al pecho, ofendidísima, pero con esa alegría suya de «me han abierto la puerta y yo entro».
—¡Perdona! Eso sería una pregunta razonable. Médica. Científica. Preventiva.
—No le des cuerda —se burla Nerea.
Y ahí está otra vez la voz de doctora borde. Qué gustito. Qué problema tengo yo con esta mujer, de verdad. Me lo voy a tener que mirar. Con ella, claro, que sale más barato.
Paqui me mira. Dos segundos. Seco.
—Cuídate, pesada.
—Tú también, amargá.
Ella me pone la mano en el hombro. Luego mira a Nerea. La repasa otra vez, de arriba abajo.
—Y tú no la líes.
Nerea se cruza de brazos, tranquilísima.
—No suelo liarla.
Carol y yo hacemos el mismo ruido a la vez. Un resoplido con risa de «venga ya, preciosa». Paqui remata:
—Claro.
Bárbara me da un beso en la mejilla y me aprieta un poco el brazo.
—Estoy muy contenta por ti, Mine. Mucho.
A mí se me sube algo a la garganta y me hago la dura porque tengo una cabeza…
—No te pongas tierna, Bárbara, que me vuelvo gilipollas.
Ella sonríe y luego se gira hacia Nerea, todavía más suave.
—Y gracias por aguantarla.
Ahí Nerea hace una cosa mínima. Se recoloca, incómoda. No sabe dónde meterse cuando alguien le habla bonito.
—No es un sacrificio —dice.
Y mira… qué coraje me da cuando dice esas frases sin enterarse del efecto. Porque a mí me entran unas ganas de besarla absurdas. Ridículas.
Carol, que no sabe irse de un sitio sin dejar una frase para la posteridad, se planta delante de Nerea y le señala el pecho con un dedo.
—Tú. Cuídala. —Luego me señala a mí, con la misma solemnidad—. Y tú recoge la casa. Que da grima y yo no pienso perder a una médica tan guapa por una intoxicación bacteriana.
—Carol, de verdad… qué obsesión con mi casa —protesto—. Mi casa está viva. Tiene personalidad.
Nerea le clava el dedo en el brazo, seria.
—Y tú la próxima vez bebe menos.
Carol abre mucho los ojos y se hace la ofendida.
—Uy, ya salió la cuñada.
—Eva está sola con los niños —dice Nerea, con los brazos cruzados—. No me pongas borde porque gano.
—Qué mal rollo das cuando te pones responsable —dice Carol, encantada—. Te pone más guapa todavía, y ya es decir.
Nerea pone cara de «me quiero ir ya», y yo me hago la neutra, pero por dentro estoy aplaudiendo.
—Lárgate, anda —le digo a Carol, dándole una cachetadita floja en el brazo—. Ve a salvar el mundo o a dar por saco a otra gente.
Ella me da un beso en la frente, de los suyos.
—Te la dejo, pero me la devuelves entera.
—No prometo nada —dice Nerea, tan tranquila.
Se van las tres. Paqui delante, caminando en plan «os tolero por deber moral». Bárbara pegadita a ella, pendiente de todo. Carol hablando sin respirar y seguro que ya montando teorías sobre nuestra vida sexual con gráficas y conclusiones, la muy cabrona.
Las miro alejarse y me entra esa sensación de fin de plan bueno. Me da un bajoncillo. El de «jo, qué a gusto estaba». Pero miro al lado y ahí está Nerea, tiesa, guapa y absurdamente bien puesta para existir. Y se me pasa.
—Vamos a casa.
—¿Eso es una orden?
—Es una decisión.
—Uf… qué señora eres para decidirme la vida.
—Minerva.
—Vale, vale. Pero luego no me llores.
—Cuando lleguemos… te vas a arrodillar.
—¿Sí? —Sonrío con una alegría que no me cabe en la cara—. ¿Así, tal cual? Qué fina eres para decir barbaridades.
—Sí. Y no subes hasta que yo lo diga.
—Ya veremos —murmuro, haciéndome la chula, que luego me dura dos frases—. ¿Y la caja misteriosa?
—Pesa muchísimo.
—Qué sexy eres cuando te pones mandona.
—Neni…
—¿Qué? Es verdad. Te queda fatal eso de hacerte la seria, ¿sabes? —Me muerdo la lengua tarde, porque me encanta picarla.
Ella niega con la cabeza.
—Ven.
Vamos hacia el coche. Abre el maletero. Yo me callo porque lo que veo no es una caja. Aquí hay una mudanza en toda regla.
—Nerea…
—¿Qué? Son cosas necesarias.
—Tres bolsas y una caja grande… necesario el oxígeno, no esto.
—Dos son cosas del piso.
—Ajá. ¿Y la otra?
Hace una pausa mínima. La mínima que usa para fastidiarme y para que yo me muera por dentro, que esa es su afición favorita.
—Velas.
La miro con el ceño ya levantado.
—¿Velas?
—Ambientación.
—¿Ambientación de qué? ¿De «Nerea y su caja de los secretos»? ¿De «la doctora tiene fantasías»?
—No empieces.
—No, no, si me parece precioso. Muy profesional todo. «Hola, soy tu ginecóloga y traigo velas». Supernormal.
—Eres insoportable.
—Y tú eres peligrosita. Esa combinación no sale barata. Ni pa ti ni pa mí.
Me vibra el móvil en el bolsillo, pero tengo las manos ocupadas de cosas y de ganas. Aun así miro la pantalla porque soy una cotilla con carnet.
El grupo de las niñas.
—Tus amigas otra vez —dice Nerea, sin mirar el móvil, porque lo ha olido.
—No son mis amigas. Son mis fiscales.
—Bloquéalas.
—Imposible. Tienen llaves de mi paz mental y de mis vergüenzas.
Nerea coge la caja grande y yo la agarro por el otro lado. Pesa un huevo. A mí se me tuerce la cara y ella lo ve, porque lo ve todo, la muy lista.
—Madre mía —protesto entrando al portal—. Si esto sigue así, me sale hombro. Y luego no me protestes si me pongo irresistible.
—Más todavía sería agotador.
Me paro en seco, con la caja en vilo y el orgullo en guardia.
—¿Perdona? ¿Eso ha sido un piropo?
Ella pulsa el ascensor, tan tranquila, con su cara de «yo no he dicho na».
—No te emociones.
—Nerea, por favor. No me sueltes esas cosas y luego te hagas la fría. Yo soy de Sevilla, yo me vengo arriba con nada. Y tú lo sabes.
—Se nota.
—Y tú disfrutas. No me mientas.
—No disfruto.
—Ya, ya.
Las puertas del ascensor se abren. Entramos cargadas.
Hace calor. Yo noto el sudor en la espalda y me entra una alegría tonta.
Qué cabeza tengo. Pero es que la tengo aquí.
Sigue aquí. Y hace un rato se ha puesto celosa delante de todo el mundo y casi le sale decir «mi novia». Y yo, con eso, ya tiro una semana.
La miro de reojo. Mucho.
—Deja de mirarme.
—No puedo.
—Minerva.
—Es que estabas muy guapa celosa.
Gira la cabeza despacio.
—No estaba celosa.
—Claro. Y yo no me pongo tonta cuando me hablas serio.
Me aguanta la mirada dos, tres… Luego baja la vista a la caja, porque ella es muy de «aquí no pasa nada» cuando está pasando todo.
—No la tires.
—Estoy fuerte.
—No eres fuerte.
—Soy persistente.
—Eres un peligro.
—Y tú eres la jefa de los peligros. Luego no te extrañes cuando me salga la boca sola.
—A ti la boca te sale siempre.
—Porque tú me provocas.
—Yo no provoco.
—Ya, ya. Y las velas eran para leer.
Me río y ella me lanza una mirada asesina, pero se le mueve un poquito la comisura. Lo suficiente para que yo me venga arriba otra vez.
—No te rías.
—¿Qué hago, lloro?
—No digas tonterías.
Las puertas se abren. Salimos al pasillo. Llegamos a la puerta del piso y mientras ella saca las llaves, tan tranquila, dice:
—Por cierto.
—¿Qué?
Abre la puerta. Me mira de arriba abajo.
—Lo de arrodillarte sigue en pie.
Entra al piso cargando la caja ella sola, porque le sale del alma y porque le encanta rematarme con una frase y dejarme aquí, en el rellano, con cara de carajota.
Yo me planto fuera, con las manos vacías y el corazón acelerado. Sudando. Con el móvil vibrando otra vez. Con la mente en blanco y una idea clara: qué poca vergüenza tiene esta mujer.
Y qué poquísima intención tengo yo de que se le quite.