Capítulo 18
Minerva
Nerea me da un pico, natural.
—Nena, ¿me acompañas un momento? Ya que te he pillado, tengo que subir una caja del coche que pesa un huevo.
—Venga, sí. —Me levanto a toda velocidad, que me falta decirle «mi amor» y ponerme a aplaudirle la existencia. Me limpio las manos en la servilleta porque me da por sentirme pringosa de golpe—. Y después encima te invito a comer, que tú eres mucho más interesante que estas locas.
—¡Uy! —protesta Carol, encantada—. Ya estamos, ya ha empezado con el peloteo. La niña no sabe disimular.
—Peloteo no, cariño. Hechos. —Y la miro otra vez porque no aprendo.
Carol hace una mueca de asco de mentira, Bárbara se ríe por lo bajini y Paqui me mira con cara de «no te flipes, Minerva, que te conocemos».
Me despido de Carol con una cachetadita floja en la cara, ella me intenta morder la mano de broma. A Bárbara le saco la lengua y ella me hace un gesto obsceno con la pajita. Todo muy fino. Y cuando llego a Paqui… Paqui hace una cosa que no estaba en ningún guion. Que no había hecho antes.
Se inclina y me da un beso breve en los labios. A mí. Paqui. En los labios. Delante de todas. Y yo me pongo rígida, pero no me aparto, ni loca. Es un beso mínimo, de esos de «a ver qué cara ponéis». Y vaya si ponen cara.
—Paqui, me encantas que me des besos delante de mi… —Toso, porque mi garganta decide hacerme una putada—. De mi…
Nerea entorna los ojos. Y quillo, con esos ojos y esa boca, es que me dan ganas de pedirle perdón por existir.
—¿Novia? ¿Aún no lo decís con normalidad? —remata Carol, que no se calla ni para dormir.
Me entra el bochorno del bueno. Bochorno…
qué palabro. Estoy aquí, en mitad de la terraza, con estas cabronas, y sé que me van a putear hasta que me jubile.
Y Paqui lo sabe también. Lo único que quiere es que a mí me dé un yuyu y que Nerea pase vergüenza.
Paqui hoy se ha levantado con ganas de guerra.
Nerea pone una cara seria, cerrada. No sé si le ha sentado mal el beso o la palabra «novia» dicha así, en alto, con alegría, y encima con las otras dos haciendo palmas por dentro.
Paqui, a lo suyo, vuelve a sentarse tan tranquila, coge su copa y mira al frente. Ni una disculpa, ni un guiño. Nada.
—Siéntate, mujer —le dice a Nerea, señalando la silla libre con la barbilla—. Ahora vais a por la caja esa. Tómate algo con nosotras, anda. Que ya eres de la familia, ¿no?
—Ay, Paqui, cállate ya —le digo, pero sin convicción, porque esto me lo he buscado yo por lista.
Nerea tarda en responder. Sé que no le apetece sentarse con mis amigas, que te preguntan hasta el DNI y luego te lo comentan en voz alta.
Pero lo hace. Porque Nerea es así: por dentro podrá tener el pulso acelerado, pero nunca te deja mal delante de nadie.
Se sienta recta, manos juntas sobre las rodillas, cara de «yo puedo con esto».
Y yo pensando: qué guapa es hasta sentándose, la desgraciá.
Vuelvo a agarrar mi copa, que a este paso me la bebo en dos tragos y pido otra por ansiedad.
—Bueno… —dice Carol—. Ahora que estamos todas… ¿qué tal la convivencia? ¿Qué tal vivir con Minerva? Que yo quiero detalles. Sucios, a poder ser.
—Carol, eres una guarra —murmuro, pero me río.
Nerea parpadea lento, respiración controlada, tono de consulta médica.
—Bien.
Yo toso, porque «bien» es una palabra que a Nerea le dura poco.
—Bien dice —murmura Paqui, y a mí me da la sensación de que el alcohol le ha dado energía—. Bien es al principio. Luego te lo va a echar todo en cara, Minerva.
—Claro, chiqui. Pero yo soy un encanto. Tranquila. Discreta.
Bárbara se inclina hacia Nerea y ya se mete en faena.
—¿Entonces qué tal con… ya sabes… el desorden de la niña? Que tú vienes de tu piso perfecto y ahora has aterrizao en el de ella, bueno… en el vuestro. Ay, qué fuerte.
Nerea cierra la boca un momento. Se nota que está contando por dentro, que se está aguantando.
—Estoy en proceso de aceptación.
Paqui se acomoda en la silla, cruza las piernas despacio y mete la puntilla sin subir la voz.
—Uf, mentira. Eso es negación. Lo siguiente es limpiar mientras te enfadas.
Nos giramos todas hacia Paqui. Carol se ríe con un sonido feo, feliz. Bárbara se tapa la boca, pero los ojos la delatan. Nerea clava la mirada en Paqui. Luego se gira hacia mí y dice, seria:
—Yo no niego nada. Estoy estupenda. Gracias.
—Estupenda, sí. Se te nota, vaya. —Paqui da otro sorbo, tranquilísima—. Esto no va a durar.
Yo me río, porque no puedo evitarlo. Pero la frase se me engancha en la cabeza y me molesta ahí detrás, que no me hace ninguna gracia que Paqui diga esas cosas.
Nerea se gira hacia mí con una sonrisa educada.
—Luego hablamos tú y yo —dice.
Y yo, que soy valiente solo en teoría y en los mensajes de WhatsApp, le doy un sorbo a mi bebida, me limpio la boca con la servilleta y respondo:
—Cuando quieras, doctora.
Nerea me aguanta la mirada. Bien. Sin pestañear casi.
Y luego gira la cabeza, despacito, hacia Paqui y ahí…
ahí cambia algo. Nada, una mijita. Pero yo lo pillo, porque a Nerea ya le tengo fichados esos microgestos de cuando se le cruza el cable y se pone en modo: voy a ser educada mientras te entierro.
Paqui, en cambio, tan pancha, con la copa en la mano y cara de haber venido a mover el avispero por deporte.
—¿Qué pasa? —dice.
—Bueno… ¿y eso qué ha sido? —pregunta Nerea.
Yo intento no reventar de la risa, porque esto me da vergüenza ajena… y a la vez me da un gustito que me recorre entera y me delata hasta el flequillo.
Paqui me señala con la copa, sin mirarme siquiera, directa al hígado.
—¿El beso?
—Sí. El beso.
Qué formal se pone Nerea cuando está a punto de explotar. Te habla y parece que te va a sacar una analítica con ayunas y todo.
—Era un test —dice Paqui, tranquila.
Silencio. De los que agobian. Hasta el camarero pasa por detrás y acelera, el pobre, que no le pagan suficiente para estas movidas.
Nerea abre los ojos, flipando.
—¿Perdona?
—Quería ver qué cara ponías.
Carol ya está doblada sobre sí misma, con los hombros temblándole, haciendo ese ruido de risa muda que da coraje.
—Paqui, por favor… qué enferma eres —susurra, con lágrimas en los ojos.
—Y ha funcionado. —Paqui le señala el cuello a Nerea—. Mira, mira. Hasta se te ha marcado una vena aquí, doctora.
Nerea se toca el cuello en automático. Yo bajo la cabeza y se me escapa la risa por la nariz, que es la manera más ridícula de reírme y la que más me pasa cuando estoy nerviosa.
Vaya cuadro. Es que está celosa. Nerea Medina.
La persona más correcta de Andalucía. Celosa.
Por mí. Qué cosa más absurda y más bonita, me cago en mi vida.
—No se me ha marcado ninguna vena —dice ella, seca, con la dignidad agarrada con pinzas.
—Sí —responde Paqui—. Y has apretado la mandíbula una barbaridad, que yo lo he notado desde aquí, quillo.
Bárbara ya está abanicándose con la carta, teatral a más no poder.
—Yo no puedo más. De verdad. Qué fantasía. ¿Pedimos palomitas o qué?
Nerea la ignora. Sigue mirando a Paqui con esa seriedad de «lo voy a intentar por las buenas antes de darte un repaso».
—Pues ya has visto la cara.
—Sí —dice Paqui—. Y he sacado una conclusión.
—Qué miedo —murmura Nerea, sin moverse.
Paqui da otro sorbo, se relame un pelín y se apoya en el respaldo, cómoda. Ella huele drama y se instala.
—Que la quieres de verdad.
Cambia el aire. No mucho, pero lo suficiente. Porque ya no suena a cachondeo. Ya no es Paqui haciendo de Paqui. Nerea no responde. Yo tampoco. Carol, por supuesto, sí.
—Bueno, pues ya estaría. Confirmadísimo. La doctora está enamorada —anuncia, y luego se tapa la boca, porque sabe que se está pasando… pero es que Carol no se controla ni con un bozal.
—Carol, cállate —murmuro, aunque se me está escapando la sonrisa y me vende en dos segundos.
Paqui sigue mirando a Nerea, sin achantarse. Esa mujer tiene una mirada de «me da igual que seas cirujana o astronauta, tú aquí vas a pasar por el aro».
—Ahora sí me esfuerzo en caerte bien.
Nerea frunce el ceño.
—¿Ahora?
—Claro. Si al final no sois nada, yo paso, me da igual, yo a lo mío. Pero a mi amiga no me la haces sufrir, ¿eh? Porque entonces tenemos un problema.
Paqui lo dice con el mismo tono con el que le diría a una señora en la cola del Mercadona que no se cuele. Y debajo hay otra cosa. Cariño. Mal gestionado. Feo. Andaluz. Pero cariño.
Nerea le sostiene la mirada.
—No voy a hacerle daño.
Paqui mueve la copa; hielo contra cristal. Niega con la cabeza.
—Eso no se dice. Eso se demuestra.
Carol se lleva la mano al pecho, ya sin vergüenza ninguna.
—Paqui, de verdad, déjala ya, que te falta la lámpara en la cara y el «¿dónde estabas la noche del sábado?».
—Y aun así soy la más equilibrada de esta mesa —dice Paqui, tan fresca.
—Eso da muchísimo miedo —dice Bárbara, con una sinceridad que te deja tiesa, y se ríe bajito.
Yo ya no sé dónde meter la cara. Ni las manos. Ni la vida entera. Tengo las orejas ardiendo. Y eso que yo venía hoy a tomar algo tranquilita, con mis planes bien ordenaditos, reina de mi agenda.
Carol sigue roja de reírse. De mí, de Nerea, de la humanidad en general. La pelirroja disfruta el drama ajeno con una alegría que hasta enternece… hasta que recuerdas que el drama eres tú y te entran ganas de pedir la cuenta y desaparecer.
Paqui deja la copa en la mesa y se levanta.
—Yo me voy.
Así, tal cual. Ni explicación, ni palmadita, ni «qué bien lo hemos pasao». Paqui es alérgica a las despedidas largas… y a casi todas las emociones humanas, para qué nos vamos a engañar. Ella termina un plan igual que termina una frase: cortando y a otra cosa.
Bárbara arruga la nariz en el acto, con esa cara de madre del grupo… o peor, con esa cara que se le pone con Paqui últimamente.
—¿Cómo que te vas?
Paqui ya tiene el bolso medio colgado, el cuerpo mirando a la puerta y la paciencia en la ruina.
—Pues andando —dice—. No tengo helicóptero. Ni ganas de buscarlo.
—No empieces, quilla —salta Carol—. Te acompañamos.