Capítulo 17 #2
Paqui se tapa la cara.
—De todo.
Y ya está. Eso es lo que dice. De todo.
Yo miro a Carol. Carol me mira a mí. Bárbara la achucha.
Y yo, que hace cinco minutos venía a hablar de mi vida caótica con Nerea y mis especias vencidas desde el Paleolítico, me callo.
Porque de repente mi drama es una tontería.
Y lo peor es que no sé qué hacer con Paqui así.
No sé si soltar una broma y que me odie, si abrazarla y que le agobie, si decirle «yo te entiendo» (que es mentira, porque no tengo un niño, ni un Gonzalo, ni esa vida), o si sentarme y no estorbar.
Así que hago lo único decente que puedo, por una vez: dejo que el silencio sea de Paqui, no mío.
Y mira que me cuesta, ¿eh? Que yo tengo la boca con motor.
Carol se inclina un poco hacia ella.
—Vale. No hablamos. Pero no te vas a ir sola.
Paqui no responde. Pero su mano se mueve apenas, debajo de la mesa, y aprieta la de Bárbara.
—Voy al baño, ahora vuelvo —dice, levantándose.
Me cago en todo. Cuando me empieza a ir bien algo, la vida decide recordarme que nada es estable. Ni yo, ni mis intentos de ser normal, ni la paz mental. Me bebo otro trago de cerveza, por inercia y por cobardía.
Carol, que no pierde la oportunidad, se va directa a Bárbara para interrogarla. Le cambia la cara a modo «operación cotilleo», que eso le sale sin calentar.
—Chiquis, tenemos unos minutos, Paqui mea rápido… ¿Qué le pasa a esta mujer? ¿Has hablado ya con ella de los mensajes?
—Nada, tía —susurra Bárbara—. Me los manda de vez en cuando de madrugada, los borra. Yo no digo ni mu.
—¿Pero no te parece sospechoso que no le preguntes siquiera qué ha borrado?
Bárbara la mira, medio riéndose, medio agotada.
—Ya. Ella sabe que alguno he leído. Que tonta no es, y yo tampoco. Pero yo no le digo nada, a ver si saca ella el tema. Y nada.
—Qué asco eso, tía —masculla Carol—. Lo de ir tragando y tragando. Luego un día explotas y te tienes que comprar un robot de cocina pa llenar el vacío.
—Carol, por favor…
Les doy un codazo porque veo a Paqui volver. Trae un vaso de agua con hielo en la mano.
—¿Agua, Paqui? —pregunto.
—¿Agua? ¿Qué dices, hija? Yo hoy el agua solo la he visto pa lavarme la cara.
Me río, qué voy a hacer. Tampoco voy a ponerme recta yo, que llevo un rato dándole a la cerveza. Carol se gira y busca al camarero con una rapidez envidiable.
—¿Nos traes tres más de lo que bebe mi amiga?
Pues mira, perfecto. Esto se lleva mejor si todas vamos a la par. Ole mi pelirroja. Y ole mi Paqui, que ha vuelto a la mesa y no se ha ido a encerrarse a llorar. Hoy, con eso, me vale.
Nerea sale de mi portal, que desde la terraza se ve perfecto.
Va distraída, con el paso rápido de «tengo cosas importantes», que luego lo importante es que se le ha olvidado comprar café.
No le he dicho que estaba aquí abajo con las niñas, porque me apetecía verla salir y que se le pusiera cara de «anda, mira tú».
Ella va impecable, porque ella siempre va impecable.
Vaqueros pegados, camiseta blanca metida por dentro, el moño ese que a mí me da un calorcito…
con el cuello despejado. Guapísima, joder.
Me entran ganas de levantarme, saltarme la mesa y hacer una estupidez monumental.
Va trasteando con el móvil, sin mirar al frente. Yo ya estoy que me va a dar algo.
—Uf —se me escapa, bajito, pero se me escapa.
Carol, que tiene un radar para mis cosas, me pega una patadita por debajo de la mesa.
—Compórtate, Minerva.
—¿Compórtate dice? Si yo estoy en un proceso hormonal, niña. No mando yo. Manda mi cuerpo.
Bárbara suelta una risita de mala persona y se echa hacia atrás, encantada.
—Está en modo «me da igual todo». Mira cómo la mira… Ay, qué bonita es tu novia, hija.
—No me da igual todo, Bárbara. Me da igual el decoro. Que es distinto. Y no me digas «tu novia» con ese tonito que te veo venir.
Paqui levanta la ceja, con su copazo delante. No dice nada, pero lo dice todo. Qué coraje me da cuando se pone en plan esfinge.
Nerea cruza de acera y, en ese momento, Bárbara se crece, se incorpora medio cuerpo por encima de la mesa y le pega un grito que retumba en media calle.
—¡NEREAAAA!
—¡BÁRBARA, NO! —le digo, pero ya tarde. Ya tarde.
Nerea pega un respingo. Levanta la cabeza y busca alrededor.
Su cara pasa por todas las fases: sorpresa, reconocimiento, «ah, coño», y al final el modo doctora educada de puerta para fuera.
Guarda el móvil en el bolsillo y viene hacia nosotras con esa sonrisa de «me habéis pillado», pero sin perder la compostura.
Yo me quiero morir, porque me da miedo lo que le puedan decir las capullas estas.
Carol me mira y se ríe por lo bajo.
—Se te está notando todo, Mine.
—Calla, quilla.
Bárbara se estira y le planta dos besos cuando llega.
—Hola, Bárbara —saluda Nerea, con la sonrisa esa que le sale cuando quiere ser simpática en sociedad. O sea: cuando sufre por dentro.
Bárbara le sonríe con una guasa, que a mí me dan ganas de tirarle una servilleta a la cara.
—Hola, doctora.
Nerea ladea la cabeza, fingiendo que no se ha dado cuenta del numerito.
—No me digas doctora fuera del hospital, por favor, que me metes una responsabilidad que no he pedido.
Carol remata, que es malvada y encima le encanta.
—Hola, cuñada. ¿Qué tal la convivencia? ¿Minerva ya recoge la ropa o sigue en su etapa creativa?
—Carol, te juro que te tiro el cóctel por encima —le suelto, pero sin fuerza, porque estoy ocupada mirándola a Nerea. Que está preciosa y encima viene oliendo bien.
Nerea se acerca a Carol y le da un pellizco en el moflete, suave, pero con intención de «a ti te tengo calada».
—Tú estás muy habladora para lo temprano que es.
Luego se gira hacia Paqui. Se inclina un poquito, educación máxima, y le da dos besos.
—Hola, Paqui.
—Hola —responde Paqui. Seca. Correcta. Misteriosa.
Bárbara no se aguanta y mete más leña, encantada.
—Nerea, hija, qué mona vienes. Normal que Minerva se ponga tonta. Si yo fuera ella, también.
—Bárbara… —le aviso, con el tono de «cállate ya» que no me sale nada convincente.
Nerea me mira por fin. Me mira a mí. Y yo me derrito, qué quieres que te diga.
—¿Y tú qué haces aquí abajo sin avisar? —me pregunta, bajito, con sonrisa.
—Nada. Vivir. Respirar. Existir. Lo típico. Y… mirarte. Porque estás guapísima y me da la gana.
Carol suelta una carcajada.
—Ay, por favor, la romántica.
Yo noto el ambiente cargadito ya y Nerea todavía ni se ha sentado. Esto promete.