Diagnostico: Nosotras (Entre nosotras nº 3) Capítulo 17
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Capítulo 17

Minerva

Las niñas están en una mesa en la terraza, la mesa de siempre: la de la silla coja y el servilletero pegajoso que te da coraje mirarlo.

Bárbara tiene el bolso abierto, ha volcado medio universo encima de la mesa y rebusca algo…

a saber el qué. Y Paqui está. Pero no está bien.

Y eso, en Paqui, es cosa seria, porque a ella siempre le da por alguna historia.

La semana pasada se apuntó a tiro con arco y se compró el equipo entero; no le faltaba ni la pose ni la pluma de las flechas.

Hace unos meses le dio por ser adiestradora de perros: se hizo dos cursos —dos— y se paseaba con un silbato colgado del cuello…

sin perro ni ná. Por si pasaba uno y le pedía ayuda, yo qué sé.

Previsora, sí. Un peligro para la tranquilidad del barrio, también.

Pero hoy no. Hoy está callada. Cabizbaja. Con la mirada metida en su vaso, fija. Paqui callada es un fallo del sistema. Paqui, cuando le pasa algo, te lo suelta antes de sentarse y antes de pedir. Y a veces antes de respirar.

Dejo el móvil en la mesa, las miro a las tres con un gesto de «no me reventéis» y me dejo caer en la silla.

Carol se inclina hacia mí, contentísima, con esa cara de que viene a por el salseo.

—¡Por fin! ¿Dónde estabas, quilla?

—Viviendo. A duras penas.

—Bueno, bueno. ¿Cómo estás? —pregunta Bárbara, sin levantar la vista del bolso, pero con la oreja tiesa.

Me encanta esa pregunta. Te la sueltan y tú por dentro: «¿Qué contesto yo ahora, reina?».

—Estoy… —miro la calle, a ver si encuentro una respuesta decente por ahí tirada— …tranquila regular. Bah. Estoy de los putos nervios.

Carol se parte.

—Eso ya sí eres tú, chiquilla.

Paqui ni levanta la mirada. Raro de cojones. Si Paqui no te mira, malo. Si Paqui no comenta, peor.

La camarera se acerca y yo levanto dos dedos, sin consultar a nadie.

—Una cerveza, por favor.

Carol me pone cara de «me vas a amargar la vida».

—Pero si son las doce de la mañana, miarma.

—Carol, por favor. No me hagas el numerito. Tú me conoces. Yo no desayuno. Yo sobrevivo. Y hoy sobrevivo con cebada.

Bárbara hace un gesto a la camarera para pedir también, pero no suelta el hilo ni a tiros. Esa mujer viene siempre con preguntas, siempre.

—Venga, amiga. ¿Qué ha pasado?

Yo trago saliva. Microparón mental de «no lo digas». Y yo, pues nada, fiel a mi tradición de tomar decisiones de mierda.

—Nerea se ha mudado conmigo. Y me ha ordenado la casa entera, así que ya está: oficialísimo.

Silencio. Nadie dice nada. Bárbara abre los ojos, intentando disimular que está encantada. Y Paqui, por fin, levanta la mirada despacito. La muy cabrona de Carol sonríe, feliz, y levanta un dedito.

—Yo ya lo sabía. Me lo ha contado Eva, que se lo ha contado Nerea… pero quería verte hablar, a ver si te salía decirlo o te morías de vergüenza.

—Qué considerada.

Le hago una peineta fina, de hermana a hermana. La cerveza llega, fresquita, y yo le pego un trago largo. Trago de «me lo he ganado».

—¡Cuenta eso bien, capulla! —salta Bárbara—. ¿Qué le haces tú a esa mujer? Que encima va y te limpia la casa. La pornochacha. No me lo creo.

Yo alzo los hombros.

—Te lo juro. Me la encontré con su minipijama y sus movidas de señora ordenada. Con su… —hago un gesto con la mano, de arriba abajo— …perfección. Y mi casa, que era un desastre, ahora está limpia y colocada. Todo en su sitio. Todo.

Carol se echa hacia atrás en la silla, dramática.

—No puedo. No puedo con tu vida.

—Y qué buena estaba —añado yo, porque yo tengo el talento de complicarme sola—, toda sudada después de limpiar.

Bárbara ladea la cabeza, analizándome.

—Vale. Aparte de eso, quiero saberlo todo: qué come, cuánto duerme, si hace ejercicio, si se despierta con ojeras o viene siempre apañada. Y, sobre todo… quiero saber cómo lo llevas tú.

—Yo no sé si esto es amor o un estudio de campo, Bárbara. ¡Que me ha reorganizado las especias y todo!

Carol se lleva una mano al pecho, escandalizada de verdad.

—¡NO!

—Sí, quilla.

—No te creo.

—Que sí. Me ha puesto el orégano al lado del tomillo. Al lado. Yo tenía el orégano con el café soluble, porque las dos cosas no las uso. Era mi sistema. Cutre, pero sistema.

Bárbara se ríe. Carol se ríe. Paqui no se ríe.

Paqui hoy está apagada, y a mí eso me pincha por dentro.

Bárbara, por una vez, deja de meterme caña y se pone en modo amiga.

Se inclina hacia Paqui y le roza el brazo con los dedos, suave, con cuidado.

Paqui ni se aparta; lo acepta por inercia, sin fuerzas.

Carol me mira con brillo en los ojos, todavía enganchada a lo mío, que es una alegría y una ruina, según el día.

—Bueno, Mine… ¿Entonces estás feliz?

Esa pregunta trae trampa. A mí me cuesta soltar cosas bonitas sin ponerles una coletilla, por si luego me las tiran a la cara.

—Estoy feliz. Y cagada.

Carol abre la boca.

—¿Por qué cagada? ¿Otra vez con eso?

Apoyo los codos en la mesa, miro la cerveza, miro a las niñas y me meto una almendra en la boca antes de contestar. Lo saladito me baja las revoluciones. Y también porque, si hablo con la boca vacía, digo alguna burrada que no toca.

—Porque Nerea es de esas personas que se tropiezan y siguen andando tan tranquilas. Yo, cuando me tropiezo, tiro algo, me doy un golpe, suelto un taco y encima me enfado con el mueble por existir.

Bárbara sonríe, con esa ternura suya que da rabia porque funciona.

—Pero ella ya sabía eso y se ha ido contigo de todas maneras.

—Sí. Y yo todavía no entiendo por qué. Estoy esperando el momento en el que diga: «mira, hasta aquí».

Carol suspira y le sale el tono de terapeuta sin querer.

—Mine…

—No me digas Mine con voz de psicóloga, que se te ha pegado de tu mujer, Carol. Me dan ganas de morderte.

Carol se ríe.

—Tía, es que tú…

—Yo qué.

—Que tú quieres a esa mujer.

Me rasco la oreja, incómoda, porque me encanta ir de dura hasta que me pillan con el carrito del helado.

—Sí —admito, bajito—. Me tiene loquita. Y no solo por lo de sentir cosas, ¿eh?

Es que luego me mira y me toca y yo me vuelvo idiota.

Y en la cama… en fin. Que yo voy muy segura por la vida y luego llega ella y me hace pedir agua y perdón.

Ya lo sabéis. Así que, por favor, decidme que esto no va a terminar conmigo tirada por dentro, con la dignidad hecha mierda, en el suelo del salón, al lado del tomillo.

—Disfrútalo y ya está, Mine, joé.

—No está —suelto rápido—. No está nada. Querer a alguien es fácil, sí.

Lo jodido es que se plante y no salga corriendo cuando me vea de verdad.

Carolina, tía, tú me conoces. Yo antes me curraba el numerito en mi casa cuando venía ella.

Pero eso no lo aguanto todo el día. Tengo botellas de agua repartidas por la casa sin explicación, una silla que se traga las cosas como en Lost, con ropa vieja, bolsos, papeles y mierdas que no sé ni de dónde salen, y mi cocina…

buf. Mi cocina tiene botes abiertos, especias caducadas y otras que han echado raíces.

Paqui murmura, sin mirarme:

—Tu silla no es tan grave.

Me giro hacia ella, sorprendida.

—¿No? Gracias, Paqui, coño. Me acabas de arreglar la tarde.

Paqui por fin me mira, con cara de «niñata».

—No es la silla. Es toda tu casa.

—Paqui, por favor, habla más —pide Carol partiéndose el culo—. De verdad. Te pago con aceitunas, lo que tú quieras.

Paqui vuelve a mirar su vaso. Y vuelve a callarse. Está rara. Rara de verdad. Y Paqui rara a veces tiene gracia, pero esto no. Esto da mal rollo.

Bárbara le toca el brazo con cuidado. Paqui no aparta la mano de Bárbara, pero tampoco la mira.

Está apagada. Carol también lo pilla, porque Carol es metomentodo profesional, detective sin placa.

Pero se muerde la lengua. Eso en ella es noticia.

Luego mira a Paqui, intentando sonar casual. A Carol el casual le dura dos frases.

—¿Y tú estás bien, chiquilla?

Paqui no contesta. Carol insiste, más suave, casi en modo madre.

—Paqui, cariño.

Paqui levanta la vista. Tiene algo cansado en los ojos. Algo que no viene de hoy.

—Estoy —dice al final, con voz baja—. Estoy.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo. Gonzalo se ha llevado al niño dos días y no me hallo.

Bárbara le aprieta el brazo con más firmeza. Paqui se deja. Y a mí me entra una presión rara en el pecho, porque Paqui, por lo general, maneja ella el tema del contacto. Si no le apetece, no hay.

Carol se inclina hacia Paqui, seria de golpe.

—No te puedes hundir. Tienes que tirar pa adelante por Gonzalín.

Paqui mira el vaso. Lo gira despacio entre los dedos.

—Ya.

—Estamos contigo, pa lo que sea y lo sabes —dice Bárbara.

Paqui ni sonríe. Ni amaga. Y a mí me entra el nervio, porque con estos silencios me pongo tonta. Me da por hablar de beicon, por inventarme una alergia, por soltar cualquier cosa con tal de no ver a nadie así.

—Paqui…

Paqui corta, seca:

—No quiero hablar.

Se abre un vacío incómodo. De los que te obligan a mirar tus manos, las uñas, el móvil apagado, la servilleta, lo primero que pilles. Me aclaro la garganta, porque soy incapaz de aguantar un momento serio sin meter la pata.

—Vale, pues no hablamos —digo—. Nos sentamos aquí en silencio y ya. Pero con cerveza, que por lo menos no estamos secas.

Carol me mira con ganas de matarme y de enterrarme luego en una jardinera.

—Mine.

—Vale, vale. Perdón. Es que me da ansiedad que la gente esté mal y yo no pueda arreglarlo. Soy así de egoísta, tía. Yo necesito que todo el mundo esté bien para poder relajarme. Muy sano todo.

Paqui levanta la mirada y, por primera vez, me mira de verdad.

—No es tristeza —dice.

Y a mí se me corta el rollo de golpe, porque el tono es serio. Formal. Me pongo recta en la silla.

—¿Entonces qué es? —pregunta Carol.

Paqui tarda. Respira. Y cuando habla, parece que le cuesta empujar la palabra.

—Cansancio.

Bárbara la abraza y le besa la sien, suave, intentando sostenerla. Paqui no se aparta, pero tampoco acompaña. Se deja, sin más.

Carol baja la voz.

—¿Cansancio de qué?