Capítulo 16
Nerea
Dos meses después
Me despierto sola en casa de Minerva. Técnicamente mi piso sigue siendo mío, con sus facturas y su buzón, pero ayer subí aquí una maleta grande, dos cajas de libros, el portátil, ropa para unas semanas y mi neceser.
Lo básico. Lo demás ya veré. Paso a paso.
Si esto sale bien iré trayendo más cosas.
Y si no, pues me comeré el orgullo y volveré a mi casa.
Hoy no voy a meter la cabeza en ese agujero.
Minerva ya se ha ido a trabajar. Lo sé porque no está y porque cuando ella está, la casa tiene otra energía. Cuando no está, también. Me cago en la leche, qué manera de ocupar espacio tiene esta mujer.
Me giro y me hundo en su lado de la cama por vicio. Porque me pone. Porque yo para muchas cosas soy formal y hasta pesada, pero con el cuerpo de Minerva pierdo puntos. Huelo la almohada. Sí, ya sé. Qué intensa. Me da igual.
Cojo el móvil. No hay mensajes suyos. Normal: a estas horas ya estará metida en faena. Me pican los dedos para escribirle cualquier tontería. «Buenos días, guapa». «He soñado contigo». «Me duele el coño de pensarte». Me quedo con el teclado abierto y al final no mando nada.
Tengo una semana libre. La pedí para aterrizar, para volver a Sevilla sin sentir que el cuerpo se me quedó en Granada y la cabeza en aquel hospital. Para recolocar rutinas, horarios, mudanza, vida. Menuda risa.
Dos meses separadas. Bueno, separadas tampoco.
Nos hemos visto lo que hemos podido: fines de semana, cenas tarde, dormir abrazadas y cada una otra vez a su sitio.
Lo suficiente para echarnos de menos y lo bastante poco para no reventarnos conviviendo antes de tiempo.
Y me fastidia admitirlo, pero nos vino bien.
Bajó la ansiedad. Nos permitió querernos sin correr.
Y follar con ganas, sin el ruido de «hay que poner una lavadora» de fondo.
Porque lo doméstico a veces te mata más que una bronca.
Aparecí tres días antes de lo previsto. Porque por una vez en mi vida quise ser espontánea y romántica y misteriosa y todas esas cosas que hace la gente estable en las películas francesas. Yo, haciendo de francesa. Yo, que soy más de planificar hasta cuándo me va a dar por llorar.
Minerva esperaba que llegara el lunes. Yo me planté el sábado por la tarde y llamé al portero automático con la maleta detrás y cara de «sorpresa, he tomado malas decisiones».
—¿Sí? —Su voz, distorsionada por el telefonillo, siempre suena a que está a punto de mandarte a la mierda aunque te quiera.
—Soy yo.
Hubo un silencio de esos que en mi cabeza duró un año.
—¿Nerea? ¿Qué…? ¿Estás abajo?
—No, estoy en Marte. Claro que estoy abajo.
Y ahí la escuché reír. La risa de Minerva es peligrosa.
—No te rías, ¿vale? Ábreme.
—Sube, loca.
Subí. Y cuando abrió la puerta, me dio un beso rápido, de esos de «no me da tiempo a emocionarme», y luego miró la maleta.
—¿Eso qué es?
—Mi equipaje emocional —le solté.
—Tu equipaje emocional pesa más.
—Calla y bésame otra vez.
Y me besó. Y ya. Adiós coherencia. Se llevó una sorpresa…
y luego me llevé yo otra. Porque yo esta casa ya la conocía.
Mucho. He dormido aquí mil veces. He dejado sujetadores olvidados, he robado camisetas, he desayunado medio dormida en esa cocina y he tenido sexo en casi todas las superficies disponibles.
Pero claro. Antes Minerva me esperaba. Y eso, al parecer, incluía recoger como una persona integrada en la sociedad. Antes había una versión presentable del piso, una versión «ven, cariño, quédate», una versión con cojines colocados y platos en su sitio.
Lo que yo no conocía era el estado natural del ecosistema.
Y ahora sí.
Me incorporo. Piso frío. Se me eriza todo, y no de emoción. Camino hacia el baño y ahí me cae todo de golpe: el desorden.
Pero no un desorden triste. No un «me estoy hundiendo». No. El desorden de Minerva es un desorden con carácter. Con chulería. Una declaración personal: «me da igual, vivo, sobrevivo, y si no te gusta, pues te jodes».
Un bote de gel abierto, boca abajo. La pasta de dientes sin tapón. Una horquilla en el lavabo. La etiqueta de una camiseta arrancada a medias. Un calcetín en el suelo. Esta criatura me va a matar. No hoy, pero en algún momento.
Me miro en el espejo. Tengo la cara de alguien que ha dormido bien, lo cual en mí es casi un milagro.
Y aun así, el cuerpo se me pone tenso. Porque yo puedo ser muy sexual, muy segura, muy «me adapto», pero me pones un tapón sin cerrar y se me activa la parte de cerebro que cree que el mundo se va a acabar.
No pasa nada, Nerea. No eres una señora al borde del ataque por un tapón. Respira.
Voy hacia la cocina. Botellas de agua por todas partes: en la encimera, en la mesa, en el suelo, al lado del frutero. Me llevo dos dedos a la muñeca, por inercia, médica de mí misma: vale, Nerea, puedes con esto. Es agua. No es ácido.
Hay un vaso con algo dentro. No sé qué es y lo peor es que no quiero saberlo. No lo huelas. No lo hagas. Lo huelo. Sigo sin saber qué es. Perfecto.
En la nevera hay un post-it con su letra torcida: «Almorzamos juntas, solo tienes que calentar el pollo». Sonrío sin querer. Porque claro. Ella es así: caótica, pero detallista. Abro la nevera y hay otro post-it, pegado encima del táper: «Este, bonita».
Lo miro y me da un pinchazo por dentro. Qué tontería. Qué cosa tan de pareja, tan de «te he pensado». Me aprieta el pecho.
Y en vez de ablandarme y ponerme ñoña, mi cerebro hace lo suyo: activar el modo control. Porque si hay algo que me da más ansiedad que el desorden… es querer a alguien que vive en el desorden. Quererla de verdad. Quererla al nivel de empezar a traer cosas a su casa y que eso ya signifique algo.
Me entra la risa, bajita, con un punto de vergüenza. Me dan ganas de mandarle un audio a la Boquerona: «tía, estoy en casa de Minerva y esto es un caos, pero me da igual porque me deja post-its llamándome bonita». Pero no lo mando. Me lo guardo. Hay cosas que quiero proteger, incluso de mí.
Me sale solo, me recojo el pelo, me remango y pongo una playlist. Suena Breakfast in America, de Supertramp.
Empiezo a recoger. Primero con calma de mentira, en plan «solo recoloco cuatro cosas». A los tres minutos estoy yendo a saco. Cojo botellas, apilo cosas que no deberían ir apiladas y abro cajones con la cara dura de quien lleva años aquí, aunque lleve horas.
—Esto aquí, esto allá… —murmuro, hablándome igual que a una cría para que no se me dispare la cabeza.
Y en mitad de la ida de olla, me paro con una camiseta de Minerva en la mano. La huelo. Me la pego al pecho. Me la imagino puesta en ella y mi cuerpo responde con una alegría inmediata, básica, deliciosa: calor en la barriga, ganas de morderle el cuello y de que me calle con la boca.
Me cuelgo la camiseta del hombro y sigo. Pero ya no va solo de control. También va de estar presente. De que, cuando vuelva, tenga que pensar: «vale, Nerea ha estado aquí».
Tiro tres clínex arrugados del sofá con una indignación que no tengo ni viendo sangre en urgencias. Y mira que yo he visto cosas. Pero esto me enfada más porque es por gusto. Desorden porque sí.
Doblo una manta. Luego otra que sale de debajo. Este sofá guarda sorpresas. Saco una bolsa de basura y me veo aquí, un martes por la mañana, haciendo limpieza profunda en casa ajena. He tardado veinte horas en convertirme en la mujer que se altera por una taza fuera de sitio. Récord personal.
Voy a por la silla del dormitorio. La silla típica donde la gente «deja la ropa un momentito» y luego ya vive ahí. Hay vaqueros, una camiseta del revés, un sujetador, calcetines sueltos… uno con un agujerito. Me contengo para no tirarlo directo a la basura.
Separo por colores. Por tejidos. Por niveles de suciedad.
Por «esto todavía vale» y «esto a la lavadora ya, por favor».
Mientras doblo, pienso en su cara cuando lo vea.
En cómo se va a partir el culo. En cómo va a soltar alguna guarrada para ponerme roja y dejarme sin defensa sin tocarme…
aunque, sinceramente, si me tocara tampoco iba a protestar. Yo también juego.
Voy habitación por habitación, eficiente y un poco obsesiva. Porque tengo un problema: a mí me relaja limpiar y ordenar. Me baja el pulso. Me pone en paz.
El gel: cerrado. El lavabo: seco. El espejo: sin gotitas.
La cocina: despejada. Las tazas: ordenadas, con las asas mirando al mismo lado, porque yo no soy una salvaje.
Pongo el lavavajillas, paso un trapo por la encimera, alineo las botellas.
Hasta recojo dos horquillas del suelo que no sé de dónde han salido, porque Minerva no tiene pelo para tantas horquillas.
O igual sí, vete tú a saber; en su casa siempre aparecen cosas.
Cuando termino, me limpio el sudor de la frente, me miro las manos y me pregunto qué clase de persona soy. Pues una doctora hasta las trancas, con demasiado control en sitios raros y un puntito tarada.
Y ahí me entra el pánico de verdad. Porque esto ya no parece su casa.
Parece un piso de esos que te enseñan para venderte la idea de que tu vida puede ser perfecta si compras la mesa por 399 euros.
La casa de alguien que no es Minerva. Y Minerva es…
bueno, Minerva. Un desastre guapo. Una persona que come patatas en la cama. Y no exagero, lo he visto.
Me dejo caer en el sofá, reventada. Hoy no he salvado vidas, pero he estado peleándome con el polvo, con el caos y con mi cabeza.
Y entonces suena la puerta. El clic de la llave, el giro. Entra Minerva y se para en el marco. Mira el salón. Me mira a mí. Mira la cocina, el pasillo, vuelve al salón. Luego otra vez a mí. Parpadea una vez. Dos. Se le achinan los ojos.
—¿Qué ha pasado aquí?
Intento sonar normal. Equilibrada.
—He… organizado un par de cosas.
Da un par de pasos y escanea el piso buscando alguna prueba de vida: un clínex, una botella medio vacía, un calcetín muerto en una esquina. Algo que grite «esta casa es mía y hago lo que me da la gana». Se gira hacia mí, sin creérselo.
—¿Tú has hecho esto?
Levanto un dedo, muy seria.
—No lo sé —digo—. Creo que ha sido una señora que vive dentro de mí.
Minerva aguanta el tipo un rato y se le va una carcajada. Fuerte. Y a mí me remueve algo por dentro, qué quieres que te diga. Me entran ganas de besarla y de morderle el labio hasta que se queje, pero también de zarandearla por vivir entre tapones abiertos y migas.
—Eres un peligro —dice, todavía riéndose—. Te dejo sola unas horas y me conviertes el piso en un anuncio.
—No me busques —me defiendo—. Tu casa me saca lo peor… y lo mejor. Yo he venido aquí a follar y a cenar algo rico, no a vivir en un vertedero.
—¿Vertedero? —replica ella, está divirtiéndose.
—Sí. Esto era un descontrol, nena. Y tú ya sabes que yo… yo soy de las que alinean las cosas. No es un defecto, es un servicio público.
Minerva se sienta a mi lado y me mira con esa mezcla suya de vacile y cariño.
Me apoya una mano en la rodilla. A mí se me sube el calor por el muslo y me imagino todas las cosas que le haría en este sofá ahora mismo, con la boca y con las manos.
Sigo sudada y huelo a detergente, que no es mi perfume más sexy, pero tampoco me corta.
—Doctora… ¿tú estás bien?
—No.
—¿Te ha dado un brote?
—Sí.
—¿Por mi casa?
—Por tu casa, por tus botellas, por tus clínex, por ese gel que nunca se cierra… y mira que detesto los tapones sueltos, pero contigo casi tienen sentido.
Se queda seria de golpe. La risa se le apaga.
—No has ordenado mi casa —dice al final—. Has intentado calmarte.
Tiene razón. Y qué coño, me fastidia que tenga razón, porque yo quería que esto fuera solo una manía graciosa y ya. Pero no. Era ansiedad.
Minerva me da un beso corto, suave, y a mí me dan ganas de alargarlo y que me calle de verdad la cabeza, con su lengua.
—Pero te voy a poner una norma.
—¿Cuál?
—La próxima vez que te dé un brote, me llamas.
Me río, pero es de nervios.
—¿Para qué? ¿Para que vengas a verme ordenar?
—Para recoger juntas.
—Eso suena a relación sana.
—Qué quieres que te diga. Estoy en una etapa rara —dice con guasa.
Y ahí me entra la risa a mí, sin querer.
Porque lo entiendo. Piso ordenado, ella ahí, tan bonita y tan pesada, y yo con el cerebro haciendo números.
No me asusta su desorden. Me asusta acostumbrarme.
Me asusta que esto —ella, yo, esta casa— empiece a sentirse bien.
Y luego, ¿qué hago con eso? ¿Me dejo querer?
¿Me dejo meter en una rutina? ¿Dejo de salir corriendo cuando alguien me trata bien?
Minerva se levanta, va directa a la cocina, abre un armario y saca un paquete de patatas. Lo deja sobre la encimera, que ahora brilla.
Mira todo, tan limpio. Me mira a mí. Y, tan pancha, dice:
—Bueno… voy a liarla un poco, porque esto me está dando ansiedad.
—Te odio —murmuro, porque es lo que toca decir, y porque me encanta decirlo con ella.
Sonríe. Sabe lo que pienso y lo que me pide el cuerpo.
—No, no me odias.
Se mete una patata en la boca y deja migas por la mesa. A propósito. Con intención. Y encima me mira mientras mastica, chula, retándome en silencio: «a ver qué haces».
Yo la miro. Y no. No la odio.
Qué putada.