Capítulo 15
Minerva
No le quito el ojo de encima. Me encanta pillarla en este punto, cuando no está pesando cada palabra, con el ceño apretado y la guardia clavada en los hombros.
Respira hondo, a lo bruto. Boca entreabierta. Pelo revuelto. Y aun así, con presencia. Es que tiene presencia hasta dormida, la tía. Siempre me impone. Desde el primer día. Qué coraje me da eso, de verdad.
Y yo, que tendría que estar tranquila. Que ya hemos hablado. Que se supone que no hay guerra, ni bandos, ni «a ver quién gana». Pues nada. Con ella cerca me descoloco con una facilidad que me da hasta corte admitir. Me noto torpe, y yo torpe soy por vocación… pero esto ya es otro nivel.
Se me mete una idea en la cabeza. Simple. Tonta. Estoy enamorada de verdad. Así, sin dramas raros ni historia mística. Y no lo digo en voz alta porque me da una vergüenza que me muero. A mí, Minerva, la valiente, la bocazas, la que tiene una opinión de todo… pues mira, hoy calladita.
Porque esto, lo que me pasa con ella, es enamoramiento del serio. Del que no se arregla con dos bromas y una huida estratégica. Y yo de huir sé tela, pero hoy no me da la gana.
Me levanto intentando no hacer ruido… y va el suelo y suelta su opinión, helado y cantoso.
La casa está en penumbra, en silencio. Me voy a la cocina y abro armarios con cuidadito.
Y claro, ahí están las tazas. Todas. Ordenadas.
Las de cristal a la derecha, las de porcelana a la izquierda.
Las asas mirando para el mismo lado, ni una rebelde.
Esta mujer organiza hasta el caos, te lo juro.
Me entra una mezcla rara: ternura y ganas de desordenarlo todo solo por tocarle las narices. Cambiar las tazas de sitio. Girar dos asas. Dejar una donde no toca. Ver si le tiembla el párpado cuando lo vea. Me encanta desafiarla… pero hoy no. Hoy soy Minerva blandita, edición limitada.
La cafetera arranca y mete un estruendo. Genial. Ya no hay vuelta atrás. Me cruzo de brazos mientras cae el café y vuelvo a fijarme en las tazas, tan correctitas ellas, en fila. Se me escapa el comentario bajito, para mí.
—Qué pesada eres hasta cuando no estás.
Y me río sola, idiota. Porque la verdad es que me encanta. Me pone nerviosa… y me encanta. Mira tú qué plan.
Cuando vuelvo al dormitorio con la taza en la mano, está sentada en la cama, desperezándose. Con mi camiseta puesta. Mi camiseta. La que a mí me queda grande y a ella le queda… peligrosa. Y yo aquí, intentando ser una persona normal. Ajá, sí.
Se pasa una mano por el pelo y no arregla nada, porque no le hace falta. Tuerce un poco la boca… y yo pienso: no hagas eso, alma de cántaro, que luego yo me quejo, pero bien que me afecta.
Me flipa cuando está así. Sin pose. Sin el personaje de adulta impecable. Sin el «yo lo tengo todo controlado». Que no lo tiene, y lo sabemos las dos, pero le encanta fingir.
—Buenos días, científica —dice—. Qué activa te veo.
Dejo la taza en la mesilla con cuidado, porque si la tiro ya remato la faena. Me doy un respiro mental para recomponerme, que por fuera voy muy sobrada y por dentro estoy hecha polvo.
—Siempre que la noche ha sido imprudente —contesto.
Se le escapa una sonrisa de las que no saca delante de cualquiera. Esa versión que casi nadie ve. Me siento a su lado. Mi cadera roza la suya. No parece gran cosa, pero a mí me deja tonta. Doy un sorbo al café y se lo paso. Ella bebe. No protesta. No suelta comentario. Lo acepta con naturalidad.
—He soñado que llegaba tarde al hospital —dice—. Y era por tu culpa. Me quitabas las llaves del coche y las tirabas por la ventana.
Me hago la ofendida.
—Eso no es un sueño. Eso es una advertencia.
Se ríe. Se inclina hacia mí y apoya la cabeza en mi hombro, tan tranquila, tan de casa. Y yo me tenso por instinto, porque me cuesta tragarme las cosas buenas sin pensar que viene letra pequeña.
Su pelo me roza el cuello y me recorre un escalofrío que me da hasta coraje. Yo quería estar serena y me dura la intención dos minutos. Me pongo tiesa. Intento que no se me note, que soy una roca. Mentira. Me afecta todo. Hoy está diferente, más cercana, más suave. Y yo no sé qué hacer con eso.
—Me gusta esto —dice, bajito.
—¿Despertarte conmigo o meterte conmigo tan temprano?
Se encoge de hombros y sonríe. Maldita. Lo tienes todo estudiado para dejarme sin palabras sin decir nada. Y yo, que me creo graciosísima, de pronto no encuentro ni un chiste decente. Me muerdo la lengua, porque si abro la boca me sale una tontería y encima cursi.
—Has roncado —dice, tan pancha.
Le giro la cara un poco.
—Eso es mentira y lo sabes, maligna.
—Has respirado fuerte, Minerva. Que me has movido hasta la almohada.
Le doy un empujoncito con el hombro.
—Te voy a tirar de la cama.
—No puedes. Esta cama es mía, y además soy más fuerte que tú.
Bajo la vista. Y qué coraje lo guapa que está con mi camiseta. Le cae bien, está tranquila, y encima le da igual que yo la esté mirando por dentro y por fuera. Qué asquito, de verdad.
—Dame ya mi camiseta, antes de que me arrepienta —murmuro, intentando sonar dura y sonando a Minerva con el corazón blandito.
Me hundo más en el colchón y le paso las piernas por encima, invadiéndole el sitio, que para eso ya hay confianza. Ella me acaricia las rodillas con ese gesto suyo automático, el de cuando está en otra cosa. La conozco. Cuando se calla así, es que está dándole vueltas a algo.
—No quiero irme sin ti —me sale de golpe, sin prepararme ni nada.
Ella no contesta al momento. Me aprieta el muslo, despacio, midiendo.
—No te vayas.
Ahí está. Dicho y ya.
—Ojalá, pero tengo que volver a la realidad.
—A mí me faltan aquí casi dos meses…
Intento hacerme la tonta, la que no va a soltar una bomba emocional a las siete de la mañana. Pero se me nota. A mí se me nota todo, por desgracia.
—Estaba pensando… —Ahora me da hasta corte—. Tu piso es muy tú. Todo en su sitio, sin ruido, sin cosas por medio. Libros de anatomía. Toallas dobladas por colores. Fruta que no está pocha. O sea, una fantasía.
—Gracias… creo.
—Y el mío es más chico, más caótico y está más cerca del hospital, del laboratorio, de las niñas… —Bajo la voz al final—. Detalle importante…
Deja la taza en la mesita. Tranquila. Haciendo tiempo. Pensando antes de hablar. Yo hablo, luego pienso, luego me arrepiento y luego me enrosco en la cama. En ese orden.
—Ajá.
Respiro hondo. Vale. Venga. A mi manera. Sin postureo, sin cursilerías que dan alergia.
—Cuando vengas a Sevilla… —empiezo, y se me va la voz un poco, qué puta vergüenza—. Podrías venirte a mi casa. Pero de verdad. No en plan visita. En serio.
Se le para el gesto un instante. Parpadea un par de veces.
—¿Me estás diciendo que me vaya a tu piso?
—Bueno… sí. —Se me atasca la risa—. Que probemos a vivir juntas.
Se cruza de brazos. Y ahí va ella, toda formal. Y yo, nerviosa, con la boca seca. Prefiero que me suelte una bronca, te lo juro. Cuando se pone así, tan serena, me cago de miedo.
—Minerva…
—Espera —la corto, levantando un dedo, fatal, porque encima parezco mi madre—. Te vienes a mi casa sin estar entrando y saliendo, sin maleta por medio, te traes tus cosas… y tu piso lo mantienes si te da seguridad. Y vamos viendo.
—¿Y si no funciona? —pregunta, con una ceja arriba. Esa ceja tiene más carácter que yo.
—Entonces discutimos por el lavavajillas, no por silencios raros —respondo del tirón—. Y eso ya es otro nivel. Discutir por cosas normales hasta viene bien.
Se acerca y me agarra la cara con las manos, seria. Me deja quieta, me mira un rato a los ojos hasta ponerme más nerviosa. Y luego me besa.
—Claro que quiero vivir contigo, neni —dice, pegadita—. Lo que me da miedo es que tú no me aguantes.
—Si me tocas como anoche, te aguanto lo que haga falta —contesto, y me sale la chulería automática.
—Me usas y lo sabes.
—No te uso —replico, y ya no me sale la risa—. Te elijo. Que es peor, vaya. Y encima lo hago sabiendo que doblas las toallas por cromatismo. Por cromatismo, Nerea. Eso no es normal.
—Eso es higiene mental.
—Eso es obsesión. Y yo soy la del cajón desastre, no puedo competir con tu nivel.
Sigue seria. No me lo compra. Ni un «ja» ni nada. Y a mí se me van las ganas de bromear de golpe, porque cuando ella se pone así, yo me quedo chica.
—Minerva…
Buf. Mi nombre dicho así me da en el pecho. Trago saliva otra vez, porque hoy estoy tragoncísima, reina del drama mal gestionado, con matrícula.
—No sé decirlo mejor sin sonar cursi, pero quiero esto. —Me señalo a mí, la señalo a ella, el follón entero—. Estar contigo. Aunque me pongas nerviosa. Aunque me corrijas cómo pongo los platos. Aunque me señales que he vuelto a dejar una pinza del pelo en el grifo. Que sí, que soy esa persona.
Silencio.
Ella arquea una ceja, la misma de antes, la que me deja en evidencia sin abrir la boca.
—Esa era tu versión romántica, ¿no?
—Es lo que hay. Yo no hago poemas. Hago Excel apañados, con colores y filtros y todo, que ya es bastante.
Se le afloja la boca, se le va la tensión de los hombros. Lo noto antes de que hable.
—Ya lo sabía.
—Claro que lo sabías. Eres lista, pero no tanto como yo —digo, intentando recuperar el control, que a mí me encanta hablar de control cuando soy un desastre.
Se acerca otra vez y me roza la nariz con la suya, suave, en plan tonta cariñosa. Y yo me dejo, porque me hago la dura, pero soy facilísima.
—Yo también quiero esto —dice, y me imita, señalándonos—. Y me da más miedo que funcione a que salga mal.
—Eso es muy de controladora, tía.
—Y tú eres un desastre.
—Pero te gusto.
No me responde con la broma fácil. Se planta delante, seria de narices, y a mí se me encoge algo por dentro. Y qué coraje, porque esa sensación de estar al borde de llorar sin motivo oficial es de lo peor que me pasa.
—Sí. Muy poquito.
Me agarra la cara con las dos manos. Con calma, además.
—¿Me crees?
—Te creo —digo. Sin ironía. Sin chiste. Sin nada.
La beso yo esta vez. Más lento. Menos chulería. Más… vale, sí, más de verdad. Cuando nos separamos, me mira concentrada, analizándome el careto.
—Esto suena a compromiso serio.
—No te vengas arriba —respondo—. Que voy a empezar a dejarte un par de cajones.
—¿Un par? Un poquito más, ¿no? —se ríe, por fin, y yo respiro otra vez. Qué alivio, de verdad. Esa risa me arregla el día.
—No negocies ahora.
—Soy médica. Yo negocio siempre.
—Pues negocia viviendo conmigo.
Sonríe.
—Eres un problema.
—Pero uno bastante bien amueblado —digo, y me arrepiento en el acto porque suena a anuncio de sofá barato, pero ya está, Minerva, campeona: frase dicha, frase comía.
Me besa la mejilla y apoya la frente en la mía. Nos quedamos así un rato, respirando parecido, sin hablar, con las manos todavía en mi cara. Y yo por dentro: «vale, Minerva, no metas la pata ahora, por favor, que por una vez te está saliendo medio bien».
Me subo al coche con esa sensación rara de haber dejado algo importante atrás…
pero no perdido. El asiento está frío. Me molesta que esté frío, qué quieres que te diga.
Pongo mi playlist y entra Lola Young. Bajo el retrovisor por manía, por necesidad de un orden mínimo dentro de mi caos, y arranco antes de pensarlo demasiado, porque si me paro a pensarlo me conozco: me bajo, subo otra vez, vuelvo a bajar, y termino montando un dramón en el portal, que es mi especialidad.
Despedirme de Nerea ha sido difícil. Nos abrazamos más de la cuenta.
Nos tragamos lo obvio, porque decirlo en voz alta impone.
La tía me ha besado con calma, y a mí casi me da un parraque, porque yo con la calma me descompongo.
Yo necesito el chiste, el ruido, la prisa…
y ella va y me da paz. Y yo, que soy nerviosa por vocación y por mala costumbre, no sé ni dónde meter eso.
Bajo la ventanilla. Entra aire fresco y Granada se va yendo para atrás.
Yo conduzco. Música alta. Canto fatal. Manos firmes en el volante, que por lo menos aparento.
El cuerpo tira para delante y la cabeza va por libre, haciendo listas: «mudanza», «cajones», «sus cremas ocupando media balda», «su manía con el orden», «mi manía con no tener manías», que esa es otra.
Y yo aquí, intentando no montar un drama… y pensando, muy bajito, que a lo mejor esta vez sí. Que a lo mejor no lo estropeo. O por lo menos no lo estropeo del todo, que ya sería un triunfo histórico para mí.
Tengo miedo. Claro que lo tengo. A que esto sea demasiado.
A que no sepamos hacerlo bien. A que cuando llegue Sevilla la realidad sea más dura que lo que hemos construido aquí, en este paréntesis bonito y peligroso.
Me da miedo quererla sin plan B. Me da miedo que funcione.
Porque cuando algo funciona ya no tienes excusa para largarte, ni para hacerte la loca, ni para decir: «bah, era una tontería».
Y yo he vivido muchos años tirando de excusas, que son baratas y te dan una falsa sensación de control.
Pero también vengo contenta. Ligera. Con esa ilusión tonta que casi nunca me permito.
La de pensar en alguien y sonreír sin querer.
La de imaginar su taza en mi cocina. Su cepillo al lado del mío.
Sus cosas ocupando espacio. Su orden chocando con mi caos.
Pero en plan normal: yo dejo la chaqueta en una silla y ella no me monta un juicio; ella coloca las especias y yo no me siento atacada. Cosas de adulta, vamos. Qué vértigo.
No siento que esté improvisando una relación. Ni huyendo. Ni aguantando. Solo noto ganas. Ganas de que salga bien. Ganas de intentarlo sin trampas. Y eso me asusta, sí… pero también me pone contenta, qué coño.