Capítulo 14 #2
—Vale —contesto—. Bien. Pero no me vengas con penitencias eternas. Me pides perdón, te pido perdón. Nos lo cobramos y luego ya veremos.
La agarro de la mano y la arrastro al baño.
Enciendo el jacuzzi. El agua llena la bañera con ese sonido constante que me baja un punto la ansiedad y me sube otro tipo de hambre.
Abro una botella de vino y traigo dos copas.
Si vamos a reconciliarnos, al menos que sea con clase… o con algo que se le parezca.
—Bañera con jacuzzi. No esperaba menos —dice, con una risa que suena a alivio.
—He aprendido algo —respondo—. Si me hundo, me hundo cómoda.
Ella suelta otra risa y se le cae un poco el orgullo al suelo. Me encanta verla así. Más humana. Menos lista. Más mía.
Me quito la ropa sin espectáculo, sin prisa, con esa calma que a mí me sale cuando estoy segura de lo que quiero. Y yo la quiero a ella. Entera. La provoco con la mirada, con la boca seca, con las manos que ya no saben dónde ponerse.
Me siento en el borde de la bañera y abro las piernas.
—Ven aquí.
Ella se acerca y se detiene a un paso. Me mira de arriba abajo. Se le marca la respiración en el pecho. Y ese autocontrol suyo… hoy lo quiero romper.
—¿Te vas a poner romántica?
—Me voy a poner pesada —digo—. No voy a correr. Ni a huir. Y tú tampoco. Ni una desaparición, ni un portazo, ni un «lo siento» a medias. Hoy te quedas y me miras a la cara.
Se coloca entre mis piernas. El agua se mueve apenas. Yo le aprieto los muslos, fuerte, para notar que está aquí de verdad. Que no me lo invento, que no es una de esas noches en las que me acuesto sola y me enfado con su fantasma.
Hay una sonrisa pequeña, sí. Y también algo serio. Un pulso compartido que no se fabrica. Esto o está o no está. Y está.
Me inclino hacia ella. No la beso todavía. Le dejo el aire justo. Que lo note. Que lo piense.
—Estás temblando.
—No. —Exhala—. Me contengo.
—Ya. Eso se te da genial.
Paso los dedos por su cuello. Por fin. Despacio. Su piel reacciona al momento. Cierra los ojos y los abre otra vez, obediente y orgullosa a la vez. Me encanta esa mezcla.
—Dime una cosa —le digo, bajito—. ¿Te arrepientes de haber venido?
—No.
—¿De la francesa?
—Me arrepiento de haber necesitado a otra persona para darme cuenta de que me estás eligiendo a mí.
Esa frase me toca un sitio peligroso.
—Vale —susurro—. Entonces demuéstramelo.
Le engancho la nuca y por fin la beso otra vez, más lento, más sucio. Le marco el ritmo con la boca. Le dejo claro que hoy no me vale con un «he venido». Hoy quiero hechos. Quiero su cuerpo aquí, su cabeza aquí.
Y cuando la noto rendirse, cuando su respiración se rompe del todo, yo sonrío contra sus labios.
Bien. Que empiece la reconciliación. De la manera que de verdad nos sale.
—Despacito, doc —me pide.
—Voy todo lo despacio que puedo —le susurro—. Estoy a nada de devorarte.
Nos reímos y esa risa se nos rompe en la boca, en la respiración. La acerco y esta vez la beso lento, con mala intención. Mis manos le buscan la piel y empiezo a quitarle ropa con calma, porque quiero que lo note todo.
—Si en algún momento quieres parar, paramos. Nos bañamos y ya —murmuro, toda correcta.
Lo digo por ponerme la medallita, porque las dos sabemos la verdad: aquí nadie viene a «bañarse y ya». Se ríe, la cabrona. Encima me roba un beso. Lengua dentro. Me lame y me deja el cerebro en blanco.
Nos metemos en el agua. Nos movemos despacio. Me obligo a bajar revoluciones. Quiero que esto sea arreglo del bueno: con piel, con saliva y con el orgullo tragado.
Echo gel en las manos y le toco los hombros. Bajo por la espalda. Me sé su piel, me sé sus lunares, me sé dónde se eriza y dónde aguanta. Me satisface comprobar que sigue siendo ella y que sigue siendo mía, aunque nos hayamos hecho daño.
La noto aflojarse.
—No te acostumbres —le murmuro al oído—. No hago servicio de spa a domicilio.
—Qué decepción —responde—. Pensaba dejarte una propina.
Sonrío contra su cuello.
—La propina ya la cobro yo. Y con intereses.
Se apoya en el borde, frente a mí. Abre las rodillas, tranquila por fuera. Por dentro la noto tensa, esa tensión rica que le entra cuando no controla. Pongo burbujas.
—Mira que te gusta montar escenarios.
—Y eso que has aparecido sin avisar —la pincho, porque también sé morder.
Apoyo las manos en su cintura bajo el agua. Mis pulgares dibujan círculos lentos. Ella deja escapar un suspiro que me da vida.
—Así sí —murmura.
—¿Así cómo?
—Así sin prisas.
Me acerco. Rozo su frente con la mía.
—Te he echado mucho de menos.
—Y yo a ti —contesta, seria.
Mis manos suben por su espalda y aprietan. Reclaman. Ella apoya la frente en mi hombro y me rodea con las piernas, directa.
—No me tocas como antes —dice bajito.
—¿Como cuando te corrías en cinco minutos?
Me pellizca bajo el agua.
—No. Como cuando me tocabas con el cuerpo. Sin pensar tanto.
Me callo. Me toca donde duele, la muy hija de puta. Porque tiene razón. Pienso demasiado. Mido demasiado. Y hoy no quiero medir nada. Hoy quiero sentirla y que me sienta, y que lo nuestro vuelva a encajar por el sitio más básico.
La acaricio con más intención. Ella me besa el cuello, me muerde suave. A mí se me enciende todo.
—Eres insoportable cuando haces eso.
—Y tú cuando te pones mandona.
La abrazo más.
—No tienes ni idea de lo que me cuesta no ir a saco.
—Claro que lo sé —dice contra mi piel—. Te tengo en la palmita.
Le coloco un mechón detrás de la oreja y le agarro la nuca con firmeza.
—No juegues conmigo, cabrona.
—No juego —contesta—. Si jugara, ya te habría ganado.
—Soberbia hasta en la bañera.
—Y tú competitiva hasta desnuda.
Deslizo una mano por su costado y ella se queda sin aire.
—Respira, anda —le susurro.
—Nerea… venga.
—Todavía no.
—Eres cruel.
—No. Soy paciente.
—Eso es peor.
Sonrío, porque me encanta que me lo diga.
—Bienvenida a mi terreno.
Nos quedamos ahí un momento. El agua burbujea, el vapor nos tapa, y yo me noto la garganta apretada por las ganas. Y por todo lo que no dijimos y por lo que sí dijimos y sobró.
Bajo las manos a su pecho y se me resbala por el gel. Me da igual. La agarro bien. La abarco. La aprieto. Ella hace un sonido pequeño, traidor, y yo noto el subidón en el estómago. Sus tetas me caben perfectas en la mano, el peso me vuelve loca.
—Nerea…
—No digas así mi nombre —le corto—. Me lo dices bonito o no me lo dices.
Subo un poco y le atrapo los pezones entre los dedos. Aprieto para que le tiemble la voz. Intenta esconder un gemido y no puede.
Se da la vuelta y se echa hacia atrás. Me busca. Pega el culo a mi sexo con toda la intención del mundo. Sabe lo que hace. Siempre lo sabe.
Le beso el cuello. Los hombros. Despacio. Le muerdo. La marco. Quiero que se acuerde mañana. Le sujeto la cintura y la acerco más a mí. Mis manos bajan, firmes, hasta su vulva.
La toco apenas. Un roce mínimo. Ella se tensa entera y se aprieta contra mí.
—Sigue…
Obedezco, pero a mi manera. La acaricio por encima. No entro. Le doy solo en el clítoris. Despacio. Suave. Me recreo. Hago círculos pequeños y me concentro en su respiración, en cómo se le corta, en cómo intenta llevar el control y lo pierde.
Ella mueve las caderas y busca presión, me pide más sin decirlo. Yo no se lo doy todavía. Quiero que me lo pida bien. Quiero que se moje la boca de tanto tragar ganas.
Le recorro la entrada de arriba abajo, sin meter nada. Solo la vuelvo loca. Siento su culo frotarse contra mi coño y me saco placer de ahí también. No me hago la fina. Hoy no. Muerto el orgullo, viva la carne.
Muerdo su cuello otra vez. Más fuerte.
Le tiembla la tripa. Se entrega sin palabras y al mismo tiempo me lo pide todo.
—No… —murmura—. No pares.
No paro. Tampoco acelero. La tengo en mi mano y lo sabe. Y a mí me encanta que lo sepa. Ella abre más las piernas, se arquea un poco y pega el culo con más fuerza. Le late el cuerpo.
—Los dedos, venga.
Yo sonrío contra su piel.
—Ya suplicas. Me encanta.
Le aparto el pelo del cuello para verle la cara de reojo. Necesito verla rendida. Necesito verla conmigo.
—Mírame.
Cuando lo hace, le meto dos dedos despacio. Sin golpe, despacio. Con presión constante. Ella se queda rígida y luego se rompe en un gemido largo.
—Mmm, joder… —dice, y le sale una risa baja, sucia.
—Eso. Dímelo así.
Meto un poco más y empiezo a mover la mano con ritmo. Corto. Profundo. Busco el punto y lo encuentro rápido, porque su cuerpo me lo chiva todo. Ella me aprieta los dedos y se agarra al borde de la bañera.
—No pares, Nerea… no pares…
—No paro. Hoy no paro —le digo al oído—. Hoy te dejo nueva.
Con la otra mano vuelvo al clítoris. Le froto suave al principio, luego más firme, y ella pierde el aire. La oigo jadear y me excito más de pura envidia.
—¿Te acuerdas de lo que dijiste antes? Que no te toco como antes.
—No me hables ahora —me suplica, rota.
—Te hablo porque me da la gana. Y porque te encanta.
Aumento la presión en el clítoris cuando mis dedos dentro hacen ese gesto que la hace temblar entera.
—Ahí… ahí… —dice, casi sin voz.
—Aquí mandas tú para pedir y mando yo para darte. Y hoy te lo doy todo.
Ella se corre con un espasmo que le sube desde la pelvis hasta los hombros. Se le doblan las rodillas y el gemido no lo tapa ni el vapor ni el ruido del agua. A mí se me aprieta el coño solo de sentirla.
No saco los dedos. No todavía. La sostengo, la acompaño hasta que baja un poco el temblor. Le beso el hombro, la nuca, más suave ahora.
—Vale —le digo bajito—. Ahora sí. Ahora respiramos.
Ella gira la cabeza, me busca con la boca y me besa, húmeda y caliente.
—Te odio un poco —susurra.
—Mentira.
—Te odio lo justo para quererte más.
Me río y le muerdo el labio.
—Eso suena a reconciliación sucia. De las mías.
La giro despacio para tenerla de frente otra vez. La siento blanda y preciosa, pero con esa chispa en los ojos que no se apaga.
—Ahora me toca a mí —le digo, clara.
Y por su sonrisa sé que esta pelea ya la hemos ganado las dos.