Diagnostico: Nosotras (Entre nosotras nº 3) Capítulo 14
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Capítulo 14

Nerea

Vuelvo a casa tardísimo. Apagué el teléfono antes de salir del hospital. A tomar por culo el mundo. Ni mensajes, ni notificaciones, ni la tentación de escribirle a Minerva, ni la posibilidad de que me escriba ella. Silencio. A veces me lo receto yo sola, y me lo tomo en serio.

Llego a mi portal y tiro hacia las escaleras.

El ascensor me da pereza y, vale, también me cuento la película de que así me mantengo en forma.

Subo lenta por otra razón: si subo rápido, abro la puerta antes.

Y ahora mismo no sé si me apetece abrirla, porque abrirla significa estar a solas con mi cabeza, con todo lo que he tragado hoy y con lo que llevo semanas tragando.

Cierro los ojos un momento, respiro por la nariz y me prometo el Rioja que no abrí ayer.

Me lo debo. Y también me debo una ducha larga y la ropa a la lavadora, que huelo a hospital.

Llego a mi planta. Y ahí me llevo la hostia.

Minerva.

Sentada en el escalón. Espalda contra la pared. La chaqueta doblada sobre las rodillas, tapándose. Tiene frío, lo veo en los labios pálidos y en cómo se abraza el cuerpo. Minerva odia esperar. Y ahí está, quieta.

—¿Minerva?

Me sale bajo, raro. Ella levanta la cabeza despacio. Me mira fijo, sin sonrisa. Esa mirada que no parpadea y que te dice: he subido hasta aquí y ahora tú verás.

—Hola, doctora —dice—. Llegas tarde.

Me planto con las llaves apretadas en la mano, marcándome la palma.

—¿Qué haces aquí?

—Ejercicio. Subir cuestas mejora la circulación. Y tomar decisiones fortalece el carácter y las piernas.

—Pues yo hoy he fortalecido mi capacidad de no reventarle la cara a nadie. Y llevo el móvil apagado.

—Lo sé. He hablado con una señora muy simpática. Me ha dicho que estabas fuera de cobertura. Ella ha sido más comunicativa que tú.

Me acerco un paso. Solo uno, porque si doy dos ya la tengo encima y con Minerva eso siempre acaba en algo. La luz del rellano le cae de lado y le marca las ojeras. Me da un pinchazo en el pecho… y otro en el coño. Me cabrea que con verla ya me cambie el pulso y me entre hambre.

—Has venido sin avisar.

—Sí.

—¿Desde cuándo haces cosas impulsivas?

—Desde que tú te vas a otra ciudad a «respirar». —Hace comillas con los dedos, con una mala hostia preciosa—. Se contagia.

Me apetece discutir aquí mismo, en mi puerta, en mi sofá, en mi cama. Me apetece discutir con su boca ocupada, también te lo digo. Pero me muerdo la lengua.

—¿Cuánto llevas aquí?

Mira el móvil. Se lo piensa. Dar el dato le duele.

—Dos horas y once minutos.

—Estás fatal —digo—. ¿Tú sabes lo que es tener amor propio?

—Hoy lo he dejado en casa —contesta—. Me salía rentable venir.

—¿Rentable? ¿Qué esperas sacar, ingeniera?

—Que me abras la puerta. Y que dejes de hacerte la dura conmigo.

Cruzo los brazos. Me obligo a mantener la postura, porque por dentro me entra un alivio idiota por verla. Sí: verla aquí me enfada y me calma a la vez. La mezcla perfecta para liarla.

—¿Y si no hubiera vuelto?

—Ibas a llegar. —Se encoge de hombros—. Tienes esa manía de volver siempre a casa.

Silencio. El sensor de luz se apaga y el pasillo se queda medio oscuro. Pulso el botón y vuelve. Ella ni pestañea. Me sostiene la mirada como si esto fuera un pulso y ella ya hubiera decidido que lo gana.

—He tenido un día de mierda.

—Yo también —contesta—. Por eso no me he ido a casa a hacerme la fuerte.

—Podrías haber llamado antes de venir.

—Podría haber confiado en ti antes de que te fueras.

Se me sube un «joder» a la garganta. Me lo trago, porque si lo suelto aquí, en este rellano, la cosa se va a ir a un sitio feo o a un sitio muy guarro. Y ambas opciones me atraen.

Un mechón se le mueve con la corriente del portal y se lo aparta con ese gesto seco que me calienta desde la primera vez que lo vi. Me acuerdo, sin querer, de su mano en mi nuca. De su manera de apretar. De cómo me mira cuando sabe que me tiene.

—Vale —digo, despacio—. Vamos a hacer esto sin teatro. Tú me dices por qué has venido de verdad y yo abro. A la cara.

Ella me mira y entorna un poco los ojos. Le gusta el juego, la cabrona. Le gusta que yo no me achique.

—He venido porque no dejo de pensar en ti —dice al fin—. Y porque necesitaba verte y aclarar las cosas.

Me fastidia que mi primer impulso sea acercarme más y taparla con mi cuerpo, pegarla a mí para quitarle el frío. Y me fastidia todavía más que, si lo hago, sé lo que viene después. Porque con Minerva la distancia dura poco y yo no voy dando lecciones de autocontrol precisamente.

—Eso suena bastante poco rentable.

—No me provoques, Nerea.

Dice mi nombre y se me engancha por dentro. Me entra calor por la nuca. Me conozco: cuando Minerva baja la voz, yo me vuelvo valiente y tonta a la vez. Y también muy húmeda, para qué maquillarlo.

—¿Vas a dejarme entrar o me vas a hacer el interrogatorio completo en el rellano? —añade.

—No voy a dejarte en la escalera, criatura. Luego dicen que soy una seca.

—Seca, precisamente no —dice—. Capulla igual sí.

Y me mira la boca al decirlo. A posta. Mi respiración cambia y ella abre un poco las aletas de la nariz, satisfecha, porque lo ha visto. Minerva disfruta empujando donde sabe que yo salto.

—Capulla —murmuro, y la palabra me tiembla con ganas de risa y de otra cosa—. Entra. Y deja de hacerte la chula. Estás helada.

Meto la llave en la cerradura sin apartar la vista de ella, y abro. La dejo pasar primero, porque me da la gana verla entrar en mi casa. Porque también es mi forma de decirle: vale, estás aquí; ahora hablamos… y luego ya veremos si hablamos con la boca o con el cuerpo.

El piso está oscuro y en silencio. Cierro detrás de nosotras.

El clic de la cerradura suena demasiado alto y a mí se me dispara el pulso.

Ya está. Se acabó el pasillo, se acabaron las salidas elegantes.

Aquí dentro solo quedamos ella, yo y el desastre que montamos por no saber hablar sin sacarnos los ojos.

Nos quedamos plantadas en la entrada, dos pasos de distancia, las dos con esa rigidez de «no voy a ser la primera en moverme». Ridículas. Y también muy nosotras.

—He venido porque lo he entendido —dice.

Me cruzo de brazos por inercia. Por defensa. Porque si no me agarro a mí misma, la agarro a ella y la cosa se me va de las manos en diez segundos.

—¿El qué?

Me mira sin ironía. Sin esa sonrisa de medio lado que usa para provocarme.

—Todo. Incluido lo idiota que he sido. Me di cuenta en un bar. Gracias a una francesa bastante espectacular.

—Ah. La famosa francesa.

—Sí. Muy culta. Muy interesante. Muy disponible.

—Qué bien —suelto, seca—. Un pack completo.

—Nerea…

—No, no. Sigue. Que me encanta esta parte.

La conozco demasiado. Quiere decir mil cosas a la vez y no sabe por cuál empezar.

—No pasó nada.

—Bravo —digo—. Medalla a la decencia. ¿Te la cuelgo yo o te la cuelga la francesa?

Sonríe nerviosa. Y eso me cabrea un poco más, porque esa sonrisa me enciende y me jode que me encienda.

—No me vaciles.

—Yo no vacilo. Yo reviso. Control de calidad. —Me inclino hacia ella—. A ver, dime: ¿te tiembla algo cuando hablas de ella?

—Solo me tiembla algo cuando hablo de ti —responde, muy seria.

Directa. Me atraviesa y me deja el estómago apretado. Y el pecho caliente. Me gusta que me lo diga así, a bocajarro.

No retrocedo. Tampoco avanzo. Este es nuestro deporte favorito: aguantarle la mirada a la otra hasta que una se rinde. Y con Minerva rendirse suele tener consecuencias. De las buenas. De las que luego te dejan sin voz.

—No he venido a exigirte nada. —Da un paso más—. He venido a decirte que quiero estar contigo. Sin tonterías de celosa. Aunque no tenga ni idea de cómo se hace eso sin montar un drama.

La tengo ya tan cerca que le huelo el pelo. Y yo, que venía muerta, ahora me siento demasiado viva. Qué rabia. Qué gusto.

Ella da otro paso. Yo no me aparto. Me mantengo firme, porque si cedo, cedo entera, y luego a ver quién me reconstruye.

—¿Y qué hacemos con eso? —pregunto.

Minerva se encoge de hombros. De verdad. Sin truco.

—De momento… estar. No darle más vueltas. Dejar las chuminadas. No arrancarnos la cabeza cada dos frases. Y si me dejas… —baja la voz, y a mí se me eriza la piel— te quito esa cara de hospital a besos. Luego discutimos lo que quieras. Pero primero te quiero a ti. Aquí. Ahora.

Me sale una risa, más sucia que tierna.

—Lo dices y ya me estabas desnudando con los ojos desde que hemos entrado.

—No te hagas la víctima —dice, y se acerca aún más—. Tú llevas desnudándome años. Y no me lo pongas difícil. He venido a recuperarte. A ganarme tu confianza yo también. Y a que me perdones con la boca, si hace falta.

La frase me pega directa en el bajo vientre. Y me da rabia, porque me conoce. Sabe qué botones tocar.

—Quédate. —Mi voz suena más grave—. Sin catálogo de reconciliación perfecta.

—Sin garantías. Eso también lo he entendido —añade. No aparta la vista—. Pero si me tocas, no respondo.

—Pues no me toques tú.

Ninguna cumple. Nos besamos a la vez, con hambre y con mala idea.

La agarro del cuello y la pego a mi cuerpo.

Disfruto de sentirla así, sin espacio, sin escapatoria.

Le muerdo el labio. Ella me devuelve el golpe con la lengua y me aprieta la cintura con esas manos frías que a mí lo que hacen es calentarme.

Mi piel reacciona al instante. Y mi cabeza se calla, por fin.

Nos separamos para respirar. La miro más de lo prudente. Tiene los ojos oscuros, la boca roja, la respiración rota. Y yo pienso: me da igual la francesa, el bar, la película completa. Lo único que me importa es que está aquí y yo la quiero encima.

—Quiero sentirte, doctora —dice.

—Entonces te portas bien. Hoy mando yo.

Le acaricio la cara despacio. No por romanticismo. Por control. Marco el ritmo y me aseguro de que me mira, de que me escucha, de que se queda.

—Necesito hacer esto bien. —Le tiembla un poco la voz. No el cuerpo. La voz.