Diagnostico: Nosotras (Entre nosotras nº 3) Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

—Y come algo, por favor. Que tú con el estómago vacío eres un peligro público.

—Sí, mamá.

—Cuídate, niña.

Cuelgo y me quedo mirando el móvil con la pantalla ya negra.

Me noto la mandíbula apretada. Paso por delante de un escaparate y veo mi cara reflejada.

Tengo la expresión esa de cuando estoy a punto de meterme en un lío o de hacer algo importante.

Y muchas veces es lo mismo, para qué nos vamos a engañar.

Me entra el mensaje con la dirección. Granada. Me da la risa sola, de nervios, de vergüenza y de «mira qué valiente ahora». Llego al coche y me meto dentro sin darle más vueltas porque, si me pongo a pensar, me rajo. Enciendo. Me ajusto el espejo. Me miro otra vez.

Arranco. Es tarde y, encima, voy a llegar más tarde todavía.

En la carretera el cielo se pone serio y en la radio suena Por si pareces, de Alice Wonder.

Yo voy con las manos firmes en el volante y regular por dentro.

Solo tengo una idea clara, clarísima: plantarme allí y decirle que ya lo he entendido.

Que he tardado, sí. Que soy una carajota, también. Pero que lo he entendido.

Conforme pasan los kilómetros, se me va yendo la valentía. Me entra el paquete completo: miedo, dudas, lo típico mío. Empiezo a hablar sola, que también es típico.

—¿Y si ya no me espera? ¿Y si está hasta el moño de mí? ¿Y si ha conocido a otra y yo aquí, haciendo el numerito? —digo, con la voz rebotando en el coche—. Minerva, por favor, para.

Me entran ganas de darle un trago a algo y lo único que tengo es una botella de agua medio caliente en el posavasos. Le doy un sorbo y me da asco.

Falta una hora y media. Piso un poco más.

No puedo seguir así, con el cuerpo tenso, el estómago vacío y la cabeza echando humo.

En una gasolinera paro, me compro un sándwich tristísimo y un paquete de Pictolines, porque mi cuerpo ya está amenazando con apagarse.

Me lo como en dos bocados, de pie al lado del coche, mirando la nada y pensando que mi vida es un chiste malo.

—Venga —me digo—. Vamos a lo que vamos.

Sigo. Y llego. Granada de noche tiene otra cosa. Mucha luz, calles más calladas, un ambiente más serio. Hasta el aire se nota distinto. Me recorre un escalofrío por la espalda y se me ponen los pelos de punta. Estoy nerviosa perdida. Pánico mezclado con ganas. Ojú.

Aparco a dos calles. Podría haber aparcado más cerca, sitio hay, pero no.

Ahora que estoy tan cerca necesito andar.

Necesito que el cuerpo se canse antes de que la cabeza empiece con ideas malas.

Me bajo, cierro el coche y me dejo las llaves a mano, por si me da por salir corriendo.

Qué triste, de verdad. Yo misma me doy penita.

Subo la cuesta despacio. Respiro fuerte, con el pulso en las orejas.

En el trayecto repaso frases en mi cabeza, y todas me parecen malas.

«Hola, he venido». «Perdón». «Te echo de menos».

«Soy idiota». Vale, esa última es la más honesta.

También se me ocurre: «Vengo a que me perdones», y me dan ganas de darme un guantazo.

El portal es tal cual me dijo Eva. Bonito.

Caro. De categoría. Muy Nerea, vaya. Está abierto y no me paro a llamar.

Entro. El ascensor tarda. Siempre tarda cuando vas nerviosa.

Me planto delante del espejo del interior y me veo la cara: pelo revuelto, ojeras y los ojos abiertos de más.

Tengo pinta de venir a decir algo importante o de liarla monumentalmente. A veces tampoco hay tanta diferencia.

Me impone pensar en la cara que va a poner cuando me vea aquí.

En su voz. En ese saludo que ya lo estoy escuchando dentro de mi cabeza y me estoy cagando de miedo.

«¿Qué haces aquí, criatura?», me dice mi imaginación con acento incluido, para rematar.

Y yo me respondo mentalmente: «Pues mira, vengo a pasar vergüenza en tu rellano».

Cuarto piso. El rellano está en silencio. Camino hasta la puerta correcta. Me paro. Respiro. Levanto la mano. Y no llamo.

Me paralizo, tonta perdida, con el corazón a mil y la garganta seca. Me obligo a moverme. Me acerco a la mirilla, por esa manía absurda de querer controlar lo que no se puede controlar. Al otro lado, oscuridad. No se filtra luz por debajo. No suena nada: ni música, ni pasos, ni una tele. Nada.

Toco el timbre. No responde nadie. Vuelvo a tocar. Nada. Le doy con los nudillos, ya con poca fe.

—Un mojón pa mí —murmuro, con toda mi elegancia.

No está. Saco el móvil y la llamo. Una vez. Dos. El tono suena raro, cortado. Bajo el móvil y leo la pantalla. Móvil apagado o fuera de cobertura. Y el premio es para la artista invitada.

Me apoyo un momento en la pared, sin saber qué hacer con mis manos. Me entra un calentón de vergüenza que me sube por el cuello.

Vaya, Minerva. Enhorabuena. Has venido hasta Granada para hablar con una puerta. Qué bien inviertes el tiempo, hija.

Miro la puerta otra vez. Miro el timbre. Me quedo ahí, respirando fuerte, con el móvil en la mano, esperando a que se me ocurra una idea que no sea otra cagada. Ole yo.

Me apoyo en la pared y de golpe me entra el vértigo.

No el de altura, el otro: el de pensar que a lo mejor no duerme aquí esta noche.

O que aparece con alguien. O que viene y, al verme, se le borra la sonrisa de golpe y me manda a paseo.

Y yo no sé qué hacer con las manos, ni con el cuerpo, ni con esta mezcla de ganas y miedo que me ha traído hasta Granada a estas horas.

—Genial, Minerva —me digo bajito—. Plan perfecto. Estrategia impecable. Cero fisuras.

Podría volver al coche y dejarle un mensaje.

Podría hacer lo que hago siempre cuando me asusta algo: huir con dignidad regular y luego llorar en el baño, que es mi sitio de confianza.

Pero no me muevo. Porque no he venido hasta aquí para rajarme al final.

Porque ya estoy cansada de ser valiente solo de boquilla.

Me siento en el escalón, con la espalda en la pared. El frío se me mete en la ropa y me espabila un poco. Frente a mí, esa puerta cerrada tiene ahora mismo un poder absurdo sobre mi vida. El silencio pesa distinto cuando sabes que la persona que buscas está cerca… pero no contigo.

Me pregunto si debería estar aquí. Claro que me lo pregunto. Me conozco. Luego me pregunto otra cosa, más útil y más triste: cuánto tardará en llegar.