Diagnostico: Nosotras (Entre nosotras nº 3) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

—Ahora bebe —le digo a Bárbara—, que esto se habla mejor con cerveza. Y mañana, con resaca, te parecerá peor idea todavía, que es lo suyo.

Bárbara alza el vaso.

—A vuestra salud, mis consejeras de mierda.

—A la tuya, reina del desastre —remato yo, y bebo otra vez, porque lo que nos faltaba ya era Paqui encendiendo fuegos por WhatsApp

Estamos todavía con la risa colgando, yo con la tercera cerveza en la mano y la garganta medio seca de hablar, cuando alguien pasa por detrás y me roza el hombro. Es Juliette, claro. Va perfumada, peinada, entera. Yo voy… yo voy.

—Me voy ya —dice Juliette, asomando la cabeza entre Carol y Bárbara, toda fina—. Mañana te veo. Chao, chicas.

Y se despide tan tranquila, tan educada, tan de «yo pasaba por aquí y no pasa nada», que me dan ganas de decirle: quilla, que me acabas de poner el cerebro a hacer ruido. Pero claro, yo me pongo en modo automática, que para eso tengo práctica.

—Hasta mañana, guapa. —Levanto la cerveza a modo de brindis triste—. Descansa.

Juliette me dedica una sonrisa de persona que duerme ocho horas y bebe agua, y se va sin mirar atrás.

Y en cuanto desaparece por el pasillo del bar, el aire cambia.

Se hace ese silencio que yo ya me sé. Ese silencio de preludio, de «ahora te vamos a destripar». Mis amigas tienen muchas virtudes, pero dejar pasar una… no es una de ellas. Y yo, que tengo la boca grandísima para según qué, noto de pronto el sudor tonto en la nuca.

Carol carraspea y se gira despacito hacia mí, con toda la mala intención del mundo. Se apoya en la mesa, codo fuera, mirada fija.

—¿Y esto qué ha sido?

—¿El qué? —Finjo normalidad—. ¿Ha pasado algo? ¿Se ha caído alguien? ¿He tirado yo algo? Porque yo tiro cosas, aviso.

Me sale regular, la verdad. Soy malísima mintiendo. Si algún día tengo que mentir en un juzgado, me mandan a la cárcel por bocachancla.

Carol ni parpadea.

—Eso. —Señala con la barbilla hacia donde se ha ido—. La francesa.

Bárbara sonríe de lado.

—Está buena, ¿eh? —afirma, y no es un comentario inocente.

Me acerco la cerveza a los labios, pero no bebo. Hago teatro, por lo visto. Carol se me planta encima con la atención al cien por cien. No hace falta que diga «te estoy interrogando», lo dice el brillo en los ojos.

—¿Y?

—Y nada, Carol. Nada. No os montéis películas raras, por favor, que después me hacéis responsable del guion.

—Ajá —dice Bárbara, y mete un chasqueíto de lengua que me da un coraje tremendo—. Ese «nada» tuyo huele a problema.

Me tapo media cara con la mano, de puro mosqueo conmigo misma. Porque yo, que me creo supermadura, me pongo nerviosa por una tía mona que me roza el hombro y ya está la feria montada.

—Que sí, que vale… —se me escapa, bajito, sin querer—. Me ha invitado a salir.

Carol abre la boca y Bárbara hace un «mmm» de satisfacción.

—¿A salir? —dice Carol—. ¿En plan cita?

—En plan… a tomar algo. A hablar. A lo que sea que hacen las personas normales cuando se gustan un poquito y no entran en pánico —digo yo, que no soy de esas.

—¿Y tú qué has dicho? —pregunta Bárbara.

—Ni de coña voy a hacer nada —añado rápido, antes de que empiecen con las teorías—. Estoy con lo de Nerea, ¿vale? Y me da vergüenza hasta contarlo, pero… si no fuera por eso, me tentaría. Y ya. Ya lo he dicho. Ya me podéis poner la multa.

—¡Ah! —Carol da una palmada—. Ya decía yo que aquí había tomate.

—Que me ha invitado a salir y yo le he dicho que… que ya veríamos. Bueno, que no. Que no. —Me lío, claro, porque tengo una boca que funciona sin supervisión—. No voy a hacer nada, de verdad.

—Eso también lo dijiste antes de cortarte el flequillo —me recuerda Bárbara.

—Y mírame ahora. —Me estiro el pelo, ofendida—. Me va estupendo. Reina de mi cuarto de baño, que no se diga.

—Reina de tu cuarto de baño y del autosabotaje —añade Carol, muerta de risa.

Yo me agarro a esa risa un momento, porque me relaja. Me baja el pulso y me da un respiro. Pero Bárbara se pone seria de golpe, y cuando se pone seria da miedo.

—A ver, Minerva. Que si la chavala está buena, está buena. Y ya. Que a todo el mundo le gusta gustar, y eso no te convierte en nada raro ni en una mala persona. Pero escucha… ¿te das cuenta de que esto es lo que le pasa a Nerea a veces y a ti te raya tanto?

—¿Qué? No es eso…

—Se cruza con tías guapas que le entran —sigue Bárbara—. Y Nerea tiene ojos. Y tiene ego. Un ego importante, vamos a decirlo también. Que no pasa nada por decirlo.

Me remuevo en la silla. Me entra esa incomodidad que odio porque me deja sin chistes. Y yo sin chistes soy una persona muy normal, y eso me asusta.

—Ya… pero la diferencia es que a mí ni se me ocurriría hacer nada.

—Mira qué bien te ha salido la coherencia —ironiza Bárbara—. ¿Aplaudimos o esperamos a que se te pase el numerito?

—No es un numerito. —Me sale más seco de lo que quiero—. Y no se me va a pasar. Pero no cruzaría esa línea.

—Vale —mete Carol, más suave—. Y Nerea tampoco la ha cruzado, ¿eh? Eso también te lo recuerdo.

—Y casi tiene más mérito que tú, chiqui —remata Bárbara—, porque tú ya sabemos que te tienen que pedir casi matrimonio pa que te líes con alguien. Pero para ella un polvo no es algo tan trascendental. Y te hablo con conocimiento de causa, porque yo soy igual.

Y ahí… ahí me cae todo de golpe. El estómago se me hace un nudo. No es una frase bonita ni una revelación de película. Es una hostia práctica.

Eso era.

Eso le pasa a veces a Nerea. Que las oportunidades están. Llegan. Le aparecen. La opción fácil existe. Y ella, aun así, decide no cruzar la línea. Porque le importa lo que hay al otro lado. Lo que hemos construido. Lo que promete. Lo que puede romperse.

Yo he estado leyendo la novela de otra manera. Con mi drama, mis sospechas, mi cabeza dando vueltas, montándome películas de terror con la música a tope. Yo, que soy capaz de sufrir por adelantado y encima cobrarme por el servicio.

Se me calienta el pecho. Sin ironía y sin ganas de soltar una frase graciosa para escapar. No me sale. Y eso, en mí, es grave. Yo soy de huir con chistes hasta cuando se me quema una tortilla.

La he tenido esperando.

Y me entra miedo. Miedo de perderla. De llegar tarde. De no llegar. Miedo de haber estado castigándola por lo mismo que hoy estoy a punto de entender… y que encima lo entiendo porque una francesa guapa me roza el hombro en un bar.

Qué ganas me entran de pronto de salir de aquí y hacer las cosas bien, por una vez, antes de que la cague del todo.

Carol y Bárbara se fueron hace rato, y yo sigo en el bar, tiesa en la silla, con el portátil abierto y los correos del curro dándome la tarde.

Termino al fin, mando el último «vale, gracias» con una educación que no sé ni de dónde la saco, y cierro todo.

Pago. La camarera me dice «hasta luego» y yo contesto «sí, sí» sin mirarla, porque voy ya en automático.

Salgo a la calle y ahí ya se me revuelve todo, qué quieres que te diga.

El aire está fresquito y yo voy caliente por dentro, con la nuca tensa y los hombros arriba, que parezco una percha cara.

Empiezo a andar sin rumbo, que es mi deporte oficial.

Granada. Nerea. La espera. Y yo con mi talento natural para liarla cuando, en realidad, lo único que quiero es verla y dejarme de tonterías.

Me noto el cuerpo raro, la boca seca, la cabeza dando vueltas.

De verdad, soy una pesada. Encima me doy cuenta de que no he comido nada decente en todo el día, y eso en mí es una mala idea: me pongo dramática y maleducada.

Miro alrededor, paso por delante de un sitio de kebab, lo huelo.

Ni se te ocurra, Minerva. No vas a arreglar tu vida con salsa blanca.

Saco el móvil. Lo miro. Lo vuelvo a mirar, porque me encanta el suspense, al parecer. Llamo a Eva. Me lo coge a la segunda.

—¿Qué pasa? —dice—. Si es para rajar de la francesa, llegas tarde. Ya me ha contado Carol.

—La bocaza de tu mujer… —protesto—. Como la pille, le escondo las zapatillas y no va a tener calle pa correr. Pero no es por eso. O sí. No sé, quilla.

—Ajá. —Se oye al niño llorar por detrás—. Venga, suelta.

—Que no digas eso, que me pongo nerviosa.

—Tú ya estás nerviosa, Mine. ¿Qué pasa?

Me paro en una esquina porque me he dado cuenta de que estoy andando en círculos como una tonta.

—Oye… ¿Dónde vive Nerea en Granada?

—Minerva —dice, muy tranquila, demasiado—. ¿Qué quieres hacer?

—Nada —miento fatal—. Cosas normales. De persona adulta, equilibrada, con su agenda, su botellita de agua y su paz interior.

—Eso no existe viniendo de ti —bufa—. ¿Vas a ir?

Cierro los ojos. Tengo el corazón dando golpes. Me aprieto el puente de la nariz, que es mi gesto de «me estoy metiendo en un lío y lo sé».

—Sí.

—¿Y se lo vas a decir?

—No.

—¿Por qué no?

—Porque me va a decir que no vaya. Porque me va a preguntar cosas. Porque me va a notar. Porque… joder, Eva, porque me da miedo.

—Vale. —Otra pausa—. Y tú, en tu cabeza, esto te parece buena idea.

—No, me parece una idea de mierda. Pero es la única que tengo ahora mismo.

—¿Has bebido?

—¿Tú te crees que yo me pongo a hacer estas cosas sobria por gusto? No he bebido. Estoy así de fábrica.

Eva suspira, y yo la estoy viendo sin verla: sentada en el sofá, con cara de «esta niña me va a costar años de vida».

—Te paso la dirección —dice—. Pero escúchame una cosa bien clara.

—Dime.

—No la atosigues, ¿vale? No está bien.

—Eva, parece que no me conoces, coño.

—Te conozco. Eres un poco como mi mujer.

—Eso es un insulto y un piropo a la vez, qué arte.

—Y otra cosa —añade—. Si te abre, hablas normal.

—Que sí, pesada. Voy a hablar normal. ¿Me prometes una cosa?

Me sale sin pensar, con la voz más chica. Qué asco da tener sentimientos, de verdad.

—¿Qué?

—Que no le vas a decir que voy.

—Mine, cariño. No le voy a decir que vas. Tranquila. Pero prométeme tú otra: si te dice que no, te vas. Sin insistir. Sin quedarte en la puerta. Promételo.

—Te lo prometo… voy a intentarlo.

—Eso ya es más real.

—Gracias.