Capítulo 13
Minerva
El bar de debajo de mi curro está a reventar de gente que ha sobrevivido al turno y viene a anestesiarse con cebada.
Mesas pegajosas, servilletas hechas una bola por todas partes, el aire con ese runrún de oficina derrotada que solo se escucha aquí, en estos antros con luz mala.
El garito es una mierda de las gordas, pero yo he convencido a las niñas para que vengan.
Porque soy una persona práctica: si me voy a mi casa, ya me da pereza vital y empiezo a pensar en ponerme el pijama.
Bárbara aparece primero. Tote de tela, móvil en la mano y cara de traer el cotilleo del año. Carol entra detrás, directa a la barra, sin transición, sin saludos, sin nada. Ella va en línea recta siempre. Si un día la atropellan, será por no girar.
—Tres cervezas —le suelta al camarero, apoyando medio cuerpo en la barra. Luego se gira hacia mí—. Y no me pongas esa cara, Mine, por favor. Hoy es lunes y eso lo justifica todo.
—Lo justifica, dice —murmuro porque yo nací para juzgar y luego hacer lo mismo, pero con más drama.
Carol me señala con el dedo, muy digna.
—Tú cállate, que te he visto beberte un tinto a las nueve de la mañana en el desayuno de Navidad del curro.
—Eso fue una necesidad médica —digo yo—. Y además era «comida de empresa», ahí no cuenta.
Nos vamos a una mesa pegada a la pared, porque yo necesito tener control visual del bar, por si entra alguien del trabajo o por si me da un ataque y decido irme.
Bárbara se coloca a mi izquierda, Carol a la derecha.
Me siento en medio, atrapada. Esto es una encerrona, y yo en una encerrona siempre acabo pagando la ronda o haciendo de terapeuta, y hoy no tengo cuerpo para ninguna de las dos cosas.
—Bueno, Bárbara. —Me cruzo de brazos—. ¿Cuál es la urgencia?
Bárbara suelta un resoplido, levanta el móvil y lo deja boca abajo sobre la mesa. Teatralidad máxima. Le falta una luz cenital y una música de tensión.
—Bombazo. Paqui me ha escrito.
—¿Nuestra Paqui? —digo—. ¿Y qué pasa? Si estáis el día entero con los WhatsApps.
—La misma —asiente Bárbara—. Pero ella no escribe nunca. Solo manda audios y encima hay que ponerlos a 2x porque mínimo son siete minutos de introducción y tres de despedida.
Carol se frota las manitas, ya en modo «venga, suelta».
—Y respirando fuerte, siempre. Paqui habla y parece que está subiendo una cuesta con bolsas del Mercadona.
—Pues eso —sigue Bárbara, disfrutando—. Hoy me ha escrito algo…
—Ajá —digo yo, seca—. Algo. Qué concreción.
Bárbara baja la voz, se acerca un poco, porque le encanta montar escena.
—Una frase. Rarísima. Y luego… pum. Borrado.
—¿Qué frase? —pregunto, con la fe en la humanidad a punto de partirse en dos—. ¿Y tú qué has hecho?
—Leerlo rápido, ¿qué os creéis? Si yo tengo el móvil en la mano todo el santo día —dice—. Dos veces. Porque soy profesional. Solo me faltó hacer captura, pero me dio el parón y no me dio tiempo. Y ya… «mensaje eliminado». Plof. Fuera. Pero a mí eso no se me va de la cabeza.
Carol y yo nos miramos.
—¿Y qué ponía? —insiste Carol, que está a punto de agarrarla del brazo.
Bárbara sonríe con culpa, que es su expresión favorita.
—Se le ha ido la olla.
—Madre mía… —murmura Carol—. Ya estamos otra vez. Bárbara, coño, dilo.
—Vale, vale —cede, por fin—: Decía algo así: «No debería escribirte esto, pero llevo todo el día pensando en ti».
Carol suelta una risa corta que empieza en «qué fuerte» y termina en «no puede ser». Después se lleva una mano al pecho, con esa exageración suya tan natural. Carol dramatiza hasta pedir pan.
—¿En serio? ¿No se habrá equivocado? Esa chiquilla va sin frenos, te lo digo yo. Lo mismo era pa un nota y te lo has comido tú.
—Paqui no se equivoca escribiendo, Carol —digo yo—. Paqui se equivoca en la vida, pero el teclado lo controla. Bueno, sigue, ¿tú qué has hecho? —pregunto, y ya estoy arrepintiéndome, porque con Bárbara nunca hay respuesta normal.
—Nada —dice Bárbara—. Salvo venir corriendo a contároslo.
—O sea, gestionar, cero —remato yo.
—Gestionar es venir a mi equipo técnico. Que luego decís que no cuento las cosas.
Carol levanta la cerveza cuando por fin llega el camarero y la planta en la mesa.
—Brindemos por la discreción.
—Brindemos por no liarla —digo yo, que soy una hipócrita con aspiraciones.
Chocamos los vasos. Yo doy un trago largo, de los que te ponen un poco más soportable el mundo y a la gente.
—Pero… ¿a Paqui qué le ha dado contigo? —pregunto—. Esto no sale de la nada. O sí, pero no me gusta.
Bárbara se recoloca en la silla y ya sé que viene confesión con detalles.
—A ver… A Paqui la conozco desde siempre, ya lo sabéis.
Antes de ser tan amigas, yo pensaba que era hetero curiosa.
Y claro, una tiene ojos… me fijé en sus tetas, que es de dominio público que esas dimensiones me vuelven loca.
Luego en su boca, en esa manía que tiene de morderse el labio cuando habla.
En verdad me gustaba todo de ella menos su nombre.
—Normal —dice Carol—. Ese nombre no ayuda nada.
—El caso es que luego entendí que lo nuestro era improbable. Nos hicimos amigas, se pasó el momento.
Bárbara siempre se cuenta las películas con voz de narradora de documental.
—Y ahora te pica esa curiosidad.
—No me pica —protesta—. Me rasca. Y eso es peor.
Nos reímos las tres a la vez, porque la frase es muy Bárbara y porque si no nos reímos, esto se nos va de las manos y acabamos llamando a Paqui desde el bar.
—Pero es Paqui, quilla. —Carol la empuja con el hombro—. Paqui. Que no está bien. Y echar un polvo contigo ahora sería… no sé… incesto raro.
—Ay, qué sí. Pero yo no lo veo así —protesta Bárbara, indignadísima—. Vale, he dormido con ella, hemos compartido duchas, resacas, llantos… y una vez nos comimos la boca las dos a la vez con un tío. Que conste en acta que yo lo hice por ella…
—Agg, todo muy sano y muy repugnante —murmuro, y doy un trago a la cerveza porque necesito desinfectarme por dentro.
—Pero escuchadme. —Bárbara levanta una mano—. ¿No os acordáis cuando la conocí? Os lo dije tal cual: «me he enamorado de Paqui».
Carol sube una ceja hasta casi el nacimiento del pelo.
—Lo recuerdo. Y también recuerdo que tú te enamoras cada dos semanas, guapa. No me lo niegues, que te conozco.
—Yo no me enamoro, gilipollas, yo me tiro a tías y punto. —Bárbara se recuesta y agarra la cerveza—. ¿O me habéis visto con alguna en serio? Otra cosa os digo: se me pasó el arrebato el día que me contó que le había chupao la polla a uno en el descampao del Alcampo.
—Normal —me río—. Ahí se cae cualquier mito, hija.
—El caso —continúa Bárbara, ya sin frenos— es que yo eso lo enterré… Bien enterrado. Y ahora va y me escribe eso tan… tan Paqui. Y encima lo borra.
—El clásico mensaje resucita-muertos —dice Carol—. Ese no trae nada bueno nunca. Eso trae «estoy mal», «necesito atención» o «me he tomado dos copas». O las tres.
—Y tú —la señalo con el vaso— sigues diciendo que no pasa nada mientras ya estás haciendo planes. Me la tiro, no me la tiro, me la tiro, no me la tiro. Y al final acabas escribiéndole tú, que te conozco.
Bárbara suspira y levanta la cerveza otra vez, como brindando por su propio desastre.
—No digo que vaya a pasar algo. Solo digo… me ha removido. Y ahora que no está Gonzalo…
Yo apoyo el vaso en la mesa superfuerte. Carol salta por las dos, con los ojos abiertos.
—Bárbara, por Dios y la virgen. ¿Qué estás diciendo? Termina la frase, tía. No te hagas la interesante. Que aquí hemos bajado a beber, no a jugar al «adivina qué».
—Y no me metas a Gonzalo en la ecuación así, sin aviso —añado yo—, que me da coraje.
Bárbara se muerde el interior de la mejilla, duda, y ahí ya sé que la cosa es más seria de lo que parece.
—Que Paqui está sola, que está rara… y que si me escribe eso es por algo —dice, al fin—. Y yo… yo no sé si debería hacerme la loca o preguntarle qué coño le pasa.
Carol deja el vaso despacio.
—¿Rara en plan qué? ¿Rara de triste, rara de intensa, rara de «voy a liarla»? Porque Paqui tiene varios raros.
—Rara de… que ya no manda audios, tía —responde Bárbara—. Que eso no es normal en ella. Me contestó con dos palabras el otro día. Dos. Paqui. Dos palabras. Eso es que está regular.
—O que se le ha acabao el bono de datos —digo yo, por tocar las narices, pero me sale flojo.
—Mine, no —me corta Carol—. Que no.
Me rasco la ceja, mirando a Bárbara.
—Vale. Entonces tú lo que quieres es permiso para escribirle, ¿no?
—No quiero permiso —dice Bárbara, a la defensiva—. Quiero no cagarla.
—Pues ya está —digo—. Le preguntas qué coño le pasa. Fin del misterio. Y lo haces sin el rollo romántico. Sin indirectas. Sin «ay, es que ayer…». Directo. «Paqui, ¿estás bien? Me llegó un mensaje raro y lo borraste. ¿Qué te ocurre?». Punto.
Carol asiente, muy segura.
—Y si te sale con lo de «no, nada, era una tontería», tú no entras al trapo de «ay, cuéntame más». Tú te mantienes firme. Porque ella es especialista en hacerse la ligera y luego soltarte el drama en tres tandas.
—¿Y si me dice que sí? ¿Y si me dice que piensa en mí de verdad? —pregunta Bárbara, bajando la voz.
—Entonces tú respiras —digo—. Y recuerdas que Paqui no es un experimento. Y tú tampoco eres un servicio de urgencias. Que nos conocemos y luego pasa lo que pasa. Y luego estamos nosotras aquí comiéndonos el marrón.
Carol señala a Bárbara con la botella.
—Y además, Bárbara, que tú eres muy valiente pa unas cosas y muy cobarde pa otras. No te precipites, que luego te arrepientes.
Bárbara abre la boca para protestar, pero se lo piensa. Se le nota en la cara: le da coraje porque es verdad.
—Vale… —dice—. Vale. Lo sé. Por eso os lo cuento. Porque estoy entre cagarla y hacer una cagada enorme. Y yo, cuando estoy así, necesito testigos. Y que me paréis los pies.
—Pues testigos tienes —digo—. Y jurado también. Carol hoy viene en modo fiscalía, ya te aviso.
—Yo vengo en modo «no lieis una desgracia», que os conozco —dice Carol—. Y porque me aburro en mi casa.