Capítulo 12
Minerva
Juliette aparece a mi lado a las ocho y cincuenta y ocho de la mañana. Dos minutos antes de su hora. Ya me dirás. Eso habla bastante de ella y muy poco de mí, que llego siempre corriendo.
—Buenos días —dice, con la mano en el respaldo de mi silla.
Y no te creas que lejos, no. Cerquita. Para lo temprano que es, eso debería venir con aviso.
Levanto la cabeza del ordenador. Tengo el café todavía intacto, con su espumita arriba. Señal clarísima: no estoy preparada para interactuar con personas. Con animales sí. Con gente que te hace preguntas y espera respuestas, ni de coña. Necesito dos cafés más y una vida distinta.
—Depende —le digo—. ¿Buenos para quién?
—Para mí, sí. Para ti… todavía no lo sé.
—Los lunes no son buenos para nadie con la cabeza en su sitio —respondo—. Eso lo saben hasta los ratones coloraos.
Juliette se ríe bajito. No molesta. No invade. Eso se agradece, porque a estas horas tengo tolerancia cero a todo, incluso a mí.
—Entonces buenos días de lunes. —Se inclina hacia mí, con esa intención de «¿qué te pasa?» que me entra regular antes de las nueve—. ¿Todo bien?
Ajá. Pregunta peligrosa. Pregunta que, si la contestas de verdad, le estropeas la mañana a cualquiera y a ti te da el bajón ya para el resto del día.
—Todo lo bien que puede estar una persona que ha dormido tres horas —digo—, y que se arrepiente de no haberse ido a vivir a una cabaña en el monte con sus cabritas. Sin Wifi. Sin reuniones.
—Uf. Estás fatalítica.
Silencio. Levanto la cabeza otra vez. La miro ya en serio.
—¿Cómo has dicho?
—Fatalítica.
—No.
—¿No?
—No puedes decir eso por la vida.
Frunce un poco el ceño.
—Pero me gusta muchísimo. Merde. —Pausa—. La he usado ya tres veces.
—Juliette, necesito saber quién te está educando en español antes de que acabes llamando «churrita» a un desconocido y yo tenga que intervenir.
Juliette apoya ahora la mano en la mesa, con un cuidado raro, como si mi mesa fuese una cosa delicada. Y mi mesa lo único delicado que tiene es mi salud mental encima.
—Bueno. ¿Te importa si me siento un momento? Tengo una duda con el informe de ayer.
—Si es una duda técnica, adelante.
—¿Y si no?
—Entonces también, pero sin interrogarme con la cara —le digo—. Estoy sensible y con pocas ganas de hacer vida social.
Se ríe otra vez y se sienta. Y yo, que soy tonta, lo noto: me cae bien. Me cae demasiado bien. Y cuando alguien te cae bien en el trabajo, empiezan los problemas. Porque te da cosa ser borde. Y yo borde puedo ser un rato largo, pero hoy no tengo energía ni para eso.
—Eres divertida. No lo pareces, pero lo eres.
—Gracias… creo —contesto, porque no sé si eso es un piropo o una amenaza.
—Es un cumplido —aclara—. Oye, el otro día… me puse a pensar y… —Se muerde el labio—. Nada. Da igual.
Cuando alguien dice «da igual», no da igual nunca. Eso es ley universal.
—No. Ya que has empezado, ahora me lo tengo que comer. Venga. Di lo que sea, pero dilo.
Se toma su momento de valentía, respira, mira a la pantalla en plan «no mires a la persona, mira al Excel», y va al grano.
—Solo iba a decir que, si algún día te apetece salir a tomar algo fuera de aquí…
Toma ya.
En otro momento me habría salido una sonrisa tonta. Hoy lo que me sale es una mezcla de ternura y cansancio, y la sensación de que soy un cuadro.
—Juliette —empiezo—, voy a ser muy honesta contigo porque es lunes y no tengo energía para juegos sociales ni para frases bonitas.
Asiente, sin dramatismo. Bien por ella. Nada de cara de víctima ni de «ay, qué mal». Eso me gana puntos.
—Estoy en un momento raro. Y cuando digo raro quiero decir «emocionalmente torpe» y «peligrosamente sincera». No quiero meter la pata contigo. Ni liarte. Ni liarme. Que a mí me cuesta dos días arreglar lo que estropeo en cinco minutos.
—Entendido —dice—. Continúa.
—Estoy viendo qué pasa con otra persona.
No se ofende. No pone cara rara. No intenta tirarme de la lengua. Se limita a asumirlo con una tranquilidad que me deja un poco descolocada, la verdad. Yo ya iba preparada para el «ah, vale» seco y el aire frío. Y no.
—Gracias por decírmelo así. Eso también dice cosas buenas de ti.
—No tantas —murmuro—. Soy más desastre del que aparento. Y mira que aparento bastante.
Se me escapa una risa corta, de puro nervio. Ella también sonríe, pero sin aprovecharse, sin ese rollo de «ya te pillaré». Y yo agradezco eso más de lo que debería.
Juliette se levanta, se ajusta la ropa con cuidado y coge su papel del informe, que ni lo ha abierto. Vamos, que venía a lo que venía. Y tampoco pasa nada. La vida es así de directa a veces, y yo casi lo prefiero.
—Cuando deje de ser lunes, me avisas.
—Eso puede tardar años —le contesto, y me sale hasta sincero. Mi voz suena a derrota y a café frío.
—Tengo paciencia.
Y se va. Yo me embobo con el cursor parpadeando y el correo abierto, sin leer nada. El café sigue ahí, intacto.
Pienso en Nerea. En Granada. En la espera.
En el miedo, que no es poca cosa. Pienso en sus manos en mi cintura.
En sus labios en mi cuello. En cómo se contiene, en cómo respira, en el momento exacto en el que se le va la concentración y ya no hay negociación posible.
Hasta las trancas estoy. Vaya panorama tengo montado, quillo.
Abro el WhatsApp.