Capítulo 11
Minerva
En cuanto se va, levanto un poquito la cortina mostaza y asomo medio cuello por el cristal.
Soy una vieja del visillo sin ningún tipo de glamour, porque una tiene principios…
pero tampoco tantos, ¿sabes? La veo salir del portal y cruzar la acera con esos andares suyos de saber lo que hace, aunque hoy no sepa ni lo que ha desayunado.
No se gira. Eso sí que es nuevo. Y me fastidia más de lo que pienso decir en voz alta. Me espero por si hace el numerito de volver a por algo y en realidad vuelve a por mí. Nada. Ni amago. Ni una miradita.
Me aparto del cristal y resoplo. Me voy para dentro con el orgullo arrastrando por el suelo, que también pesa, el cabrón. Y, me cago en todo, Eva y Carol me miran desde la cocina. Las dos. Quietas. Coordinadas. Con esa cara de «ven aquí, criatura, que te vamos a arreglar a base de palabras».
Eva abre la nevera, saca un botellín de cerveza helado, lo apoya delante de mí y lo empuja un poquito con el dedo, en plan protocolo médico.
—Bebe.
—No quiero beber.
Me escucho y me dan ganas de abofetearme por mentirosa. Eva ni parpadea.
—Claro que quieres beber. Lo que no quieres es pensar.
Carol, que está apoyada en la encimera con los brazos cruzados y el moño mal hecho, remata:
—Bebe. Y habla. Que aquí no se viene a hacer teatro mudo.
—Qué pesadas sois, de verdad…
—Y tú qué cabezona —dice Eva, pero con esa media sonrisa suya que te riñe y te arropa al mismo tiempo—. Anda, siéntate.
Me siento en la silla sin ganas de nada y ya tengo el botellín entre los dedos, que esto va solo. Le doy un trago pequeño. Me raspa la garganta. Me lo merezco.
—No lo sé, quillas. Vaya mierda todo.
Carol chasquea la lengua, impaciente.
—Sí lo sabes. Dilo. ¿Qué habéis hablado?
—Le he dicho que quería irme con ella a su casa y me ha dicho que no.
—¿Mi hermana? ¿Sin matices? ¿Que no y punto?
—Ha dicho que hasta que no confíe en ella, nada.
Carol ladea la cabeza, ya de tertulia.
—A ver. Explícate despacio, porque a mí esto me huele a lío del bueno. ¿Qué juego es este ahora?
Eva le corta el vuelo, seca, pero sin mala leche.
—Carol, no empieces. Nerea no está jugando. Y tú tampoco la pinches, ¿vale? Que ya viene calentita y no necesita más leña.
Carol abre la boca para replicar, la cierra, y se encoge de hombros.
—Vale, vale. No pincho. Pregunto. Que yo soy muy de preguntar.
Yo me paso la mano por la cara, por la frente, por la nariz. Rabia y vergüenza, todo junto, qué combinación más mona.
—No le he dicho lo de irme con ella por calentón… Bueno, un poco sí. No os voy a mentir. Pero sobre todo es que necesito pasar un rato con ella, hablar tranquilas. Yo qué sé. Lo que sea. Y va y me pregunta si confío ya en ella. Y yo… me he atragantado por dentro.
Eva se apoya en la mesa, más cerca, baja el tono.
—¿Y qué le has dicho?
—Nada bueno. Me he puesto tonta… —Me corrijo, porque ni yo me soporto—. Me he callado. Porque eso no es una pregunta de sí o no, tía. Eso es una pregunta de «desnúdate por dentro» y yo ahí… fatal. Yo no sé desnudarme bien. Yo me lío, me tapo, me da frío, me da coraje.
Carol me mira con esa cara de «te entiendo, pero también te veo el cuadro».
—Tú, lo de abrirte… regular, ¿eh?
—Gracias, Carol, por el diagnóstico.
—De nada, para eso estoy. ¿Qué esperabas? Es que, tía, le pediste tiempo.
—¡Que yo le pedí tiempo! —me sale del tirón, con la cerveza ya calentándome el genio—. No que se mudara tres meses a otra ciudad y, encima, casi ni me hable. Es que no entiendo qué pretende con eso. ¿Que me dé confianza siendo capaz de largarse así, cuando no sé ni lo que está haciendo allí?
A Eva se le nota que le pica contestar fuerte, pero respira y contesta con cariño.
—Minerva, Nerea no se ha ido por capricho ni para castigarte. Y te habla lo que puede, que está hasta arriba. No la pongas de mala, por favor.
—No la pongo de mala —refunfuño, mirando el botellín—. La pongo de Nerea, que es peor, porque la quiero.
Carol suelta un bufido y me señala con el dedo, contenta de pillar el hilo.
—Ah, amiga.
—Ese «ah» no me gusta —murmuro, sin mirarla.
—Ese «ah» es de «te has metido tú sola en el lío», y lo sabes.
Me giro un poco en la silla y apoyo el codo en la mesa, que ya estoy en modo confesionario versión cocina.
—Yo tengo mis inseguridades… No sé si Nerea sabe estar solo conmigo. —Me toco el pecho, sin drama, pero con verdad—. Y eso no se me va a quitar porque se vaya. Al revés. Me come más la cabeza.
Eva asiente despacito, en plan «te sigo».
—Eso es una inseguridad tuya, sí. Pero también es una conversación que podéis tener, Mine.
—No —la corto—. Déjame acabar, que si no me desordeno y luego digo tonterías.
La quiero. Muchísimo. Y me da miedo quererla así, ¿vale?
Porque yo ya me conozco: estoy bien un día y al siguiente tengo el corazón apretado y la cabeza inventándose películas de miedo.
Y encima luego voy y actúo en base a la película.
Y claro, sale mal. Porque soy lista, pero también soy idiota.
Carol me mira con un puntito de ternura, que le cuesta, pero hoy le sale.
—Eres intensa. Eso sí.
—Gracias otra vez, doctora.
—Yo no soy doctora. Y tú tampoco, pero mírate. —Baja la voz—. Venga, sigue.
Eva se endereza del todo, y aquí se le nota que le sale la hermana mayor aunque sea la pequeña.
—Vale. Pero escucha una cosa. De verdad. Sin chistes, ¿eh?
—Uf, ya viene el sermón.
—No es sermón. Es que te quiero, y me duele verte así. Y quiero a Nerea, claro, es mi hermana, pero a ti también te tengo cariño, Minerva. Mucho. Y me da coraje que estés sufriendo por cosas que todavía no han pasado.
Qué peligrosa es Eva cuando se pone suave. Te desarma y tú con la cerveza en la mano, que pareces una adolescente.
—Dime.
—¿Te has parado a pensar que a lo mejor es que ella quiere hacerlo bien?
—¿El qué? —pregunto, porque mi cabeza va a tirones.
Eva me mira fijo, muy seria, pero sin dureza.
—Todo. Contigo. La relación. El ritmo. No arrasarte.
—¿Arrasarme? —Me sale una risa corta—. Si yo me arraso sola, hija.
—Ya, y ella lo sabe —dice Eva, y me toca el antebrazo con dos dedos, en plan «te estoy hablando y te sostengo»—. A ver, Mine… ¿y si la criatura está intentando no liarla? Porque ganas de llevarte a la cama tiene. Eso lo sabe hasta Stella.
Carol asiente, por una vez sin meter cizaña.
—Y además se ha ido sin discutir.
—Eso también me ha jodido —confieso, y me doy cuenta en cuanto lo digo—. Porque yo esperaba… no sé. Una pelea. Un «Minerva, no digas tonterías». Algo. Pero ha hecho «no» y puerta.
Eva niega con la cabeza.
—No hizo «puerta». Se controló. Que Nerea se controle es porque está haciendo un esfuerzo. Ella no se controla por postureo, Mine. Se controla porque está cagada de miedo, igual que tú, aunque lo disimule mejor.
Le pego otro trago a la cerveza. Más grande esta vez.
—Se ha ido porque yo no confío —digo en voz baja—.
Y yo no sé cómo cambiar eso en mi cabeza.
Me da miedo, cojones. Tenerla y luego que aparezca otra residente y se encierre con ella en la consulta.
O que venga una paciente monísima, lista, intensa…
y ella, que es… Nerea. Y todas las tías quieren con ella.
Y yo aquí con mi cara, mi carácter y mi drama.
Que yo no soy fácil, Eva. Yo soy un papelón.
Carol me hace un gesto con la mano.
—Tú eres un papelón, sí, pero también eres un caramelito. Amargo, pero caramelito.
—Qué romántica.
—Yo es que tengo mis días.
Eva me mira ya más firme, la voz con filo, pero del bueno.
—Minerva. Para. Nerea quiere hacer las cosas bien contigo y, encima, aguanta que tú la midas con una vara que ni existe. Y te digo otra cosa: ella también tiene miedo. No es hierro, aunque se haga la dura. Nerea se exige muchísimo. Y contigo se exige el triple. Porque le importas.
—Ya, pero…
—Pero nada —me corta Eva, sin gritar, pero con ese tono que te pone recta—.
Te quiere. Y quiere demostrártelo sin meterte mano y sin arrastrarte a lo fácil.
Eso para Nerea es un mundo. Y te lo digo yo, que la he visto por dentro desde chica.
Esa niña no sabe hacer «medio». O se tira de cabeza o desaparece.
Carol se acerca y me da un golpecito en el brazo, más suave que antes.
—El riesgo del amor. No hay garantía, tía.
—Ya, pero…
En ese momento aparece Stella por el pasillo, en calcetines, con el pelo regular y una camiseta que no combina con nada, arrastrando a Petete del brazo, que es un muñeco medio destripado y aun así ella lo ama con una fe que ya la quisiera yo para mis relaciones.
—Tita Mine. —Se frota un ojo—. ¿Por qué estáis enfadadas?
Carol se gira con una sonrisa automática.
—No estamos enfadadas, amor. Estamos hablando.
Stella se sube a la silla de al lado, mira el botellín que tengo delante y frunce la nariz.
—Eso huele a pis.
—Gracias, cielo —digo—. Me ayuda muchísimo.
Eva le aparta un mechón de la cara a su hija.
—Ve con Ulises al salón, que ahora vamos.
Stella, por supuesto, no va a irse y ya, se clava con su lógica de cría lista.
—Tita, si tú no confías en la tita Nerea, ¿por qué quieres ir con ella? Cuando yo no confío, no me subo al tobogán.
Se me atasca el aire. Porque la cabrona tiene cinco años y me acaba de poner un espejo delante sin despeinarse.
—Stella… —me sale, pero no termino la frase.
—Y si te da miedo caerte, te agarras. —Me señala la mano—. Tú no te agarras nunca. Tú haces así. —Y hace el gesto de cruzarse de brazos, perfecta, como una mini yo con menos traumas y más dibujos en la camiseta.
Eva se queda tiesa, sorprendida, y luego suelta una risa bajita, de esas que son orgullo y desesperación a la vez.
—Venga, filósofa. Al salón —le dice.
Stella se baja, recoge al muñeco y antes de irse remata, tranquilísima:
—Si la quieres, dile cosas. No te calles. Porque luego os da pena.
Y se va, tan ancha, hacia el salón.
Yo me quedo ahí, con el botellín frío y el cerebro haciendo pum. Y lo peor es que no puedo ni decir que no tiene razón, porque la tiene. Una niña de cinco años. Y yo aquí, con treinta y uno, haciendo oposición para sufrir.
Carol carraspea, que es su manera educada de decir «espabila, criatura».
—Bueno, pues la niña te acaba de dar una masterclass y ni siquiera ha dormido siesta.
—Qué humillación —murmuro, y me río sin ganas—. Me lo merezco.
—Tú te ríes, pero a mí me daría vergüenza ajena. —Carol me apunta con el dedo, pero sin mala baba—. Cinco años y ya te ha hecho una intervención.
—Es que me ha dejado planchada, tía.
Eva se acerca un poco más, sin invadirme, y me aprieta el brazo.
—Minerva, tú no eres mala ni estás rota. Estás asustada. Pero Nerea no es tu enemiga.
Carol hace un «ajá» bajito, como dando fe.
Eva sigue, sin soltarme.
—Mi hermana no te quiere hacer daño. No es perfecta, tiene sus cosas y tú ya las has visto. Pero no es una manipuladora ni una egoísta. Se está esforzando. A su manera, sí. Con su torpeza, sí. Igual que tú con la tuya.
—O sea, que encima me llamas torpe.
—Te estoy llamando humana —me corrige.
Asiento despacio, porque ahí no hay mucho que discutir.
—La quiero recuperar —digo, ya más clara.
—Vale —responde Eva—. Entonces igual tienes que dejar de exigir certeza absoluta.
—Es que, Eva, la certeza absoluta me pone cachonda, no te voy a mentir —suelto, y Carol resopla.
—Minerva, por favor. —Eva me mira con esa cara de «no me hagas chistes para esconderte»—.
Mira: tú estás midiendo todo con una lupa.
Cada frase, cada gesto, cada silencio… y así no se vive.
Estás prefiriendo pasarlo mal ahora por miedo a pasarlo mal después.
En vez de aprovechar que ahora te está diciendo, a su manera, que te quiere solo a ti.
—Porque si luego me hace daño me estampo entera y lo sabéis —digo, con el tono feo de quien se protege.
Carol se encoge de hombros.
—Pues te rompes, Mine. Como todo el mundo cuando le parten el corazón. Y ya. Se llora, se come helado, se raja a gusto, se le manda un audio a la amiga a las tres de la mañana y se sigue. Que no te vas a morir. Pesada.
—No me llames pesada, que me vengo abajo —le digo, y me sale una risa pequeña.
—Te llamo pesada porque te quiero.
Carol me saca la lengua. Eva se gira hacia ella y luego vuelve a mí, más suave.
—Además, Minerva… —Baja un poco la voz—. Tú estás hablando de «si me hace daño» y yo te pregunto otra cosa: ¿y si no? ¿Y si esta vez sale bien? ¿Vas a perderte eso por intentar controlarlo todo?
—Es que no sé confiar —admito, y me da coraje decirlo en alto—. Se me da fatal.
—Ya lo sé. —Eva me aprieta el brazo otra vez—. Por eso te lo estoy diciendo con cariño y con claridad. Nerea te está diciendo, a su manera, que te quiere. Y tú estás intentando convertir ese «te quiero» en un contrato con cláusulas y firma ante notario.
—Es que yo sin notario no funciono —murmuro.
—Tú funcionas. —Eva me aguanta la mirada—. Lo que pasa es que te da miedo. Y, oye, normal. Pero no la castigues por adelantado.
Carol me da un toque en el hombro.
—Y deja de castigarte tú, por favor, que cansa.
Vuelvo a la ventana, por pura inercia. Y ya no está. Ni rastro. La calle sigue con su vida, la gente a lo suyo, y yo aquí con la mía, que es un caos organizado.
Pienso que se ha ido. Pienso que está esperando. Pienso en Stella diciendo lo del tobogán y lo de agarrarse. Me da miedo… y ganas. Las dos cosas a la vez. Y eso, por desgracia, suele significar que voy a acabar haciendo algo. Porque yo soy así: valiente para lo que no debo y torpe para lo que sí.