Diagnostico: Nosotras (Entre nosotras nº 3) Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

—Me ha servido para parar un poco —digo—. Para ordenar ideas. Pero no quiero hablar de eso ahora.

—Uy. Eso suena a «tema prohibido» —pincha Carol.

—Suena a que he venido a comer y a veros —digo—, no a hacer terapia en la mesa.

Carol asiente, respetando, pero sin soltarme del todo.

—Vale, deja Granada. ¿Qué cara es esa que traes?

Me encojo de hombros, pero con una sonrisa chula, porque si no me pongo así me rompo.

—La de que necesito que me contéis cómo estáis vosotras. Y que Eva deje de mirarme como si hubiera vuelto embarazada o metida en una secta.

—Yo no miro así —protesta Eva—. Yo miro con amor.

—Con amor y con ganas de meter el dedo en la herida —le digo.

—Eso también es amor.

Minerva suelta una risa pequeña. La miro otra vez y, esta vez, no baja la vista. Me sostiene. Carol, por supuesto, no aguanta callada ni medio minuto.

—Vale, fuera misterio. —Apoya los codos en la mesa—. ¿Vas a seguir en Granada más de tres meses o te vuelves en cuanto se cumpla el contrato?

—No lo sé —digo, sin darle más vuelta—. He firmado tres meses. Luego decidiré.

—¿Decidiré? —Carol abre los ojos—. Eso suena a «depende de lo que me apetezca».

—Pues sí —le contesto, tranquila—. Depende.

Eva hace una mueca.

—Nerea, tía, al menos di «depende del trabajo» para disimular.

—Depende de lo que me dé la gana, he dicho —remato, y me sale una sonrisa.

Ulises suelta un gritito y golpea la mesa con la mano. Lleva el babero lleno de manchas y una mejilla pringada.

—Mira quién opina —dice Carol—. El jefe.

—El jefe quiere más pan —dice Eva, señalando el puño de Ulises.

Stella estira el brazo hacia mi plato.

—Tita, dame una gamba.

—Eso no ha sido pedir —le digo, pero ya me estoy riendo.

—Sí ha sido pedir —contesta, seria—. Lo he dicho con educación.

—Con educación habría sido «por favor».

—Por favor —añade, sin pestañear, y me mira con toda la calma del mundo.

Le paso una gamba y Stella la coge con dos dedos y se la mete en la boca.

—Niña, deja de robar comida. —Eva la señala con el tenedor.

—No robo —dice Stella, masticando—. Me la han dado.

Carol se ríe.

—Esa niña va a ser abogada o presidenta. O las dos.

La vida sigue, sí. Pero debajo de la mesa está todo lo que no hemos dicho, lo que sí hemos hecho, lo que prometimos una noche y luego tragamos con orgullo. Yo lo siento en el pecho, y también entre las piernas, así de claro. Me arde el cuerpo entero y no voy a adornarlo.

Carol y Eva se levantan a recoger los platos.

—Venga, va —dice Eva—. Carol, tú recoge, yo limpio la mesa y le traigo la fruta a Ulises.

Ulises vuelve a dar palmadas y suelta un «ba-ba-ba» que nos hace girar a todas.

—Ulises opina que sí —dice Carol.

Stella se baja de la silla de rodillas, haciendo el tonto.

—Yo ayudo.

—Tú ayudas conmigo. —Carol la agarra de la mano—. Y no quiero ver dedos en la paella.

—Pero si ya no hay paella ya —protesta Stella.

Carol tira con ella hacia la cocina. Eva se lleva a Ulises en brazos con el babero colgando, y él intenta agarrarle el pelo, encantado con su propia maldad.

—¡Ulises, no! —le regaña Eva—. A mí no me tires del pelo.

Se van a la cocina y, de regalo, nos dejan a Minerva y a mí a solas. Muy listas, sí.

Se instala un silencio raro. Minerva no me mira del todo al principio. Habla bajito, pero firme.

—Quiero irme a casa contigo.

No lo dice en plan capricho. Lo dice en plan «ya está, hasta aquí». Y a mí se me mueve algo por dentro, pero no pienso hacerme la tonta ni poner cara de sorpresa. La miro de frente.

—Dímelo bien —le pido—. ¿Quieres venir porque te apetece follar conmigo o porque confías en mí?

Se le tensan los hombros.

—No me lo pongas así.

—Así es como es —contesto, sin subir la voz—. Me lo merezco y tú también.

Baja la cabeza. Ese gesto suyo, mínimo, que lo dice todo sin decirlo.

—Ya —murmura.

—Eso ya es una respuesta, Minerva.

Levanta la vista. Ojos brillantes, pero no llora. Es orgullosa hasta para pasarlo mal. Y yo estoy cansada, sí. Cansada de medias palabras, de ir con el freno puesto. Y tengo ganas. Muchas. Y no voy a fingir que soy de piedra.

—Mira… A mí me encantaría llevarte a casa y que me quitaras la ropa con esa cara seria que pones cuando estás intentando hacerte la fuerte. Y acabar las dos sudadas y despeinadas sin hablar de nada.

Minerva abre los labios, respira cortado. Me aguanta la mirada ya del todo.

—Nerea…

—No, escúchame —sigo, sin temblarme la voz—. Yo no tengo problema en desearte. Me pones muchísimo. Me pones desde el primer día. El problema es lo que pasa después. Tú después te cierras, dudas de mí. Y a mí me toca tragarme el orgullo o hacerme la fría. Y no pienso volver a eso.

Minerva aprieta los labios.

—Es que todavía no entiendo por qué te fuiste.

Tengo la mano lista para ir a su cintura. Me obligo a pararla. Me cuesta un mundo.

—Porque me estoy cuidando —le digo—. Porque estoy harta de esperar a que tú decidas si sí o si no. Porque te has montado la historia de que yo dudo, cuando en realidad la que tiene dudas eres tú.

—Yo no juego contigo.

—Sí juegas —le corto, sin mala leche, pero directa—. Igual no lo haces queriendo, pero sí. Y cuando lo haces, me duele.

Minerva baja la mirada otra vez.

—No quería…

—Ya lo sé. Pero pasa.

Me levanto y me acerco. Esta vez sí la abrazo.

Largo. Con una mano firme en su espalda, apretando lo suficiente para que entienda que no me voy por falta de ganas.

Me quedaría ahí horas y eso es justo el problema.

Ella se pega a mí, me huele el cuello, y me entran unas ganas salvajes de cambiar de idea. No lo hago.

—Si un día me dices «confío en ti», voy a ser la primera en llevarte a casa —le susurro—. Y ese día no te vas a escapar.

Siento su respiración contra mí. Asiente muy despacio.

—Buenas noches, Minerva.

—Buenas noches, Nerea.

Me separo, cojo mi bolso y salgo antes de que la cabeza me convenza de hacer una estupidez. Duele. Pero no me rompe. Hoy no. Hoy aguanto. Y mañana… mañana ya decidiré.